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A la boda en guagua

Los sábados suelo despertar más temprano que los demás días de la semana. Hay que madrugar, la vida no espera… falseo el ánimo al oír la alarma invasora de mi sueño.

Los sábados estoy en la parada cuando aún La Habana no cuela su primera taza de café. La ciudad remolonea el despertar, pero ya hay personas andando, guaguas azarosas, bicitaxis de piernas de gente sin desayunar; pasos y murmullos que se confunden en «la luchita diaria». En lo que llega el transporte, la señora de la videollamada acorta distancias y husos horarios con el pariente del más allá, en un narrarnos constante: ayer nos quitaron la corriente ¡seis horas! pero estamos bien, porque donde vive mi hermana Margarita sí está mala la cosa, la pobre, más nunca ha podido seguirle el hilo a la novela cubana.

La familia de los bultos emprende el viaje hacia el hospital, la niña debe ingresar, parece dengue. Tiene fiebre muy alta y dolor de cabeza. Hay quien está peor, y en asuntos de enfermedad, ningún problema es comparable. Alrededor también está el que marca en la tienda del frente, el custodio del policlínico, la militar con el bolso de Frida donde se lee Pinto flores para que así no mueran.

Las mismas historias, diferentes rostros. Pero hay un par que no es usual; los advierto desde que pido el último y levantan su mano: la pareja de novios.

-¡Se me quedó el adorno de la mano! Te lo dije, eran tantas cosas -lamenta la veinteañera vestida de encaje blanco. Mientras se ajusta un collar con diamantes fantasía, el novio le lanza una mirada dócil. Lo que hago por amor, pensará.

Ojerosa, bordea la acera con sus chancletas de «metedeo» y uñas rojas. El rojo combina con el blanco. La pureza y el deseo del futuro matrimonio. Ni tan puros ni tan deseables. Pero eso no se los diré.

-Cualquiera nos sirve, pero no pasa nada -se inquieta.

En el espejo pequeño descubre que aún no tiene maquillaje. Se iba a pintar antes de salir de casa, pero el calor infernal hubiese hecho que se derritiera como relojes de Dalí.

Es lo más exótico del lugar, pero en La Habana hay una pila de locos, Manolito Simonet. Está bella: despeinada, polvorienta, escuálida. Libre de clichés, desnuda de realeza importada.

El novio no pronuncia palabra. Camisa blanca arremangada, gorra roja y tenis amarillos. El amarillo también da buena suerte en las bodas. Seguro tienen algo nuevo, algo viejo y algo prestado.

¿Dónde será la firma? ¿Cómo llegarán los testigos? ¿El ramo será de azucenas? ¿Acaso algunas de estas preguntas importan?

No pasa ni una chivichana por Belascoaín. Si yo tuviera un carro, a estos les daba botella. Y a la familia de la niña, y al que va a trabajar, y a la militar. Ay, ¿si yo tuviera un carro?

Por ahí viene el P6. Cinco pesos hasta la Universidad. Se van, y aunque yo siga esperando y desesperando, me alivia apreciar la escena: sudados, con la ilusión a cuestas, se dejan empujar, un pasito más, para llegar a tiempo a su día.

Hay quien va a su boda en guagua. La belleza de la humildad, como las flores de Frida, no muere. Por difícil que parezca la cosa en estos tiempos, todavía hay gente que canta, todavía hay gente que juega*.

*Eduardo Galeano

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