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Publicado el 23 Diciembre, 2021 por Roxana Rodríguez en Actualidades
 
 

Que no solo se halague a los ojos en los espacios públicos

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Que no solo se halague a los ojos en los espacios públicos

La comunidad de El Fanguito es una de las beneficiadas con las recientes trasformaciones constructivas. (Foto: granma.cu).

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Hace unas semanas mientras esperaba el transporte público, el desdén de una señora ya entrada en los 60 años concitó la reprobación de la mayoría. La torpeza de esa persona comenzó a caldear los ánimos de los allí presentes cuando, sin levantar la vista de su celular –al parecer estaba leyendo la prensa nacional–, profería malsanas expresiones, entre airadas y sarcásticas, sobre las labores de reanimación en 65 comunidades de La Habana identificadas como vulnerables.

Ante la reprimenda de quienes sí aplaudimos en cerrada ovación la iniciativa emprendida desde abril de 2021 en los barrios de San Isidro y Jesús María –y en el decurso extendida a los restantes–, la señora desistió de su viaje, no sin dejar la pista caliente con el último de sus perniciosos desplantes: “¿Después que terminen las labores qué? En esos lugares nadie cuida nada”.

Por unos minutos más, y hasta que llegó la guagua, la gente siguió reprochando la insolencia de “la veterana incendiaria”, como la tildó un estudiante universitario en tono jocoso. Durante el trayecto, esas palabras aletearon en la cabeza de esta reportera, pues en aquel comentario malintencionado había algo de certidumbre, por muy perturbador que sonara.

Es incuestionable la intención manifiesta del Estado y el gobierno cubanos de proveer condiciones de vida adecuadas a todos los ciudadanos, en particular para quienes viven en áreas con determinadas vulnerabilidades que, por razones de distinta índole, han visto postergadas la solución a dificultades acumuladas por años.

No son un secreto para nadie las acciones sociales concretadas hasta la fecha en apenas pocos meses; tampoco las intervenciones reales y visibles que se ejecutan ahora mismo, con más o menos niveles de celeridad en las entregas, las cuales comprenden al sector inmobiliario, los servicios comunales, las telecomunicaciones, los viales, las redes hidráulicas, entre otros.

Sin embargo, todavía preocupa a muchos –y también debiera ocupar– la indolencia y el descuido de algunos de sus pobladores en la preservación de lo que tanto cuesta construir. Al mismo tiempo, alarma y a veces hasta irrita, la lentitud o inoperancia de ciertas administraciones locales para diseñar estrategias viables de amplia participación popular que involucren más activamente a la vecindad en el proceso de crear y revitalizar sus propios espacios públicos.

Entre todos se puede crecer
Que no solo se halague a los ojos en los espacios públicos

El barrio de Jaimanitas es representativo del arte en espacios públicos. (Foto: LEYVA BENÍTEZ)

Como la mayoría de estas localidades se halla distante del centro de la ciudad y de sus principales circuitos artístico-culturales, valdría la pena también que los decisores se enfocaran con exhaustividad en idear, experimentar, explotar resortes enriquecedores de la espiritualidad de las personas.

En la medida en que esas zonas de encuentro e interacción ciudadana, definidas como espacios públicos (parques, plazas, establecimientos comerciales, áreas de recreo y deportes, centros culturales y otros), además de expresar las características sociodemográficas de la comunidad, representen los rasgos identitarios, costumbres y tradiciones de sus habitantes, se potenciará el sentido de pertenencia, la cohesión y la integración hacia ese terruño que llamamos “el barrio”.

Diversos expertos en el tema coinciden en que lugares insignificantes, en ocasiones ordinarios, sin ninguna gracia particular, pueden llegar a poseer vida y alma singulares cuando las personas, desde el entramado de sus cotidianidades e intereses (culturales, deportivos, recreativos, comerciales, entre otros), son capaces de reorganizar, reinterpretar y reformular sus usos en función de la colectividad.

Cuando estas circunstancias confluyen, los residentes entretejen lazos de confraternidad, autentican valores asentados en la memoria y la cultura del territorio; de modo que la imagen e identidad locales crece, se extiende y configura paso a paso; mientras dichos espacios comienzan a integrarse a determinados iconos arquitectónicos, monumentales, de culto popular, religioso o cualquier otro que ya estén definidos como tradicionales dentro del imaginario e idiosincrasia de los lugareños.

De acuerdo con algunos estudios, los espacios públicos diseñados coherentemente, con apoyo especializado y participación ciudadana, resultan esenciales para transformar las comunidades de manera positiva. Elevan la autoestima de los pobladores, incentivan sentimientos y actitudes favorecedoras de la salvaguarda, cuidado y respeto de aquello que es de todos.

Debido a que estos entornos de coincidencia física y/o espacial gozan de la preferencia de los conciudadanos y las autoridades públicas estimulan la sostenibilidad, el desarrollo económico local, lo cual redunda en la disminución del potencial delictivo y el aumento de la calidad de vida de las personas, al generarles fuentes de empleo tanto en el sector estatal como en el privado.

Que no solo se halague a los ojos en los espacios públicos

MOR es una plataforma de arte que procura un vínculo estrecho con la comunidad de Romerillo, donde está enclavado. (Foto: pinterest.cl).

Proyectos como el Museo Orgánico de Romerillo (MOR), en el municipio de Playa, concebido por el artista visual y activista social Alexis Leiva Machado Kcho; Alegría de Vivir, refrendado por el ceramista, dibujante y grabador José Rodríguez Fuster en el poblado costero de Jaimanitas del mismo municipio; o el  Proyecto Sociocultural Comunitario Callejón de Hamel, justo en la barriada de Cayo Hueso, en Centro Habana, gestado por el pintor, escultor y muralista Salvador González Escalona; son algunos de los más reconocidos y paradigmáticos trabajos en este ámbito.

No son los únicos. En la capital del país y en las provincias existen otros, tan buenos como los citados. Sería conveniente que los gobiernos locales retomaran experiencias de esta naturaleza, ajustadas a los escenarios y particularidades de cada zona y sus habitantes.

No cabe duda de que cuando la gente participa en la concepción de los espacios públicos, en los cuales el arte tiene fines utilitarios y de uso común, se está incidiendo directa y positivamente en su gusto estético y se fomentan seres humanos sensibles hacia todo lo que les rodea.

Que no solo se halague a los ojos en los espacios públicos

Salvador González Escalona (fallecido en 2021), promotor cultural y gestor del proyecto Callejón de Hamel, consagró su vida a generar espacios para la participación y la formación integral. (Foto: canalcaribe.icrt.cu).

Asimismo, se originan procesos de creación con amplio alcance y eficacia que, en numerosos casos, funcionan a modo de micro industrias culturales. La realidad ya ha demostrado cuánto trascienden estos proyectos el marco específico de la localidad, al punto que, por su profesionalidad y rigor artísticos, se convierten en organizadores de eventos culturales de relevancia nacional o son sedes privilegiadas en los circuitos de otros encuentros de reconocimiento internacional.

Si bien las Bienales de La Habana han dedicado ediciones completas a los espacios públicos y sus dinámicas en las comunidades, o insertado proyectos sugerentes e innovadores sobre la temática en los programas generales de otros de sus capítulos, la vida y su cotidianidad en los entornos seleccionados vuelve a retomar la inercia de antes una vez concluidas las jornadas de la cita más importante de las artes visuales cubanas.

Es verdad que para estos empeños se necesitan recursos materiales y económicos, pero eso no lo es todo, se puede hacer mucho con menos de lo imaginado. Lo valioso, incluso hasta novedoso, estaría en identificar en cada barrio aquellos talentos natos, esos artistas empíricos, quienes con orientaciones –elementales o no– de la academia, sean capaces de integrarse a proyectos interdisciplinarios que contribuyan a refundar sus respectivas localidades. Lo meritorio –y también justo– sería darles voz y plaza abierta para que sean visibilizados en la medida de sus logros.

Lugareños, urbanistas, diseñadores, arquitectos, artistas en general, expertos en disciplinas afines, no pueden conseguirlo solos, precisan de un trabajo coordinado y concatenado de todos los actores sociales, los gobiernos locales, las autoridades de las ciudades y la alta dirección del Estado.

Que no solo se halague a los ojos en los espacios públicos

La impronta de las Bienales y en particular el proyecto Detrás del Muro, son experiencias excepcionales para retomar en otros propósitos y perpetuar en el tiempo. (Foto: LEYVA BENÍTEZ).

Únicamente juntos es posible reinventar las comunidades en desventaja económica y social, desde los valores de la cultura y el arte, por medio de la consolidación de espacios públicos que susciten genuina satisfacción y orgullo a sus ciudadanos, donde no solo se halague a los ojos, también al corazón.

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Roxana Rodríguez

 
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