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Publicado el 6 Mayo, 2021 por Pastor Batista en Actualidades
 
 

EDUCACIÓN CUBANA

Los encantos de Doña Leonor Pérez

Allá, en un apacible remanso de geografía holguinera, niños y profesores viven el privilegio de continuar apegados cada día al pupitre y al pizarrón, a pesar de los obstáculos que a escala nacional sigue imponiendo el SARS-CoV-2
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Los encantos de Doña Leonor Pérez

Desde que los niños acceden a la escuela, cumplen a pie de letra las medidas de seguridad.

Texto y fotos: PASTOR BATISTA VALDÉS

El nombre o puede ser más apropiado (Leonor Pérez Cabrera) para un centro escolar como ese, donde al visitante le parece que en cualquier momento aparecerá el niño José Martí, vestido de uniforme rojo y blanco, pañoleta azul y mochila al hombro, entre los más de 60 alumnos que conforman la matrícula.

La escuela, desde luego, no está en la calle Paula, de La Habana, donde nació y vivió el Héroe Nacional cubano, sino en un apacible paraje rural de la geografía holguinera, en el oriente del país, conocido como Jagüeyes, cercano a los límites con la provincia de Las Tunas.

Los encantos de Doña Leonor Pérez.

Cada grupo es llevado al aula por el maestro o maestra.

Ustedes son realmente privilegiados, le comento a Anisley García Donny, coordinadora general del primer ciclo en esa enseñanza, quien, a modo de respuesta, me regala una criolla sonrisa. Obviamente, sabe muy bien por qué lo digo: mientras en toda Cuba hay cientos, miles de escuelas cerradas como consecuencia de los peligros que genera la Covid-19, aquí niñas y niños continúan recibiendo, cada día, las clases correspondientes a los programas que el Ministerio de Educación concibe desde preescolar hasta sexto grados.

“El hecho de que nuestro municipio, Calixto García, no presente una situación complicada con la pandemia, no significa que en la escuela nos confiemos o nos descuidemos. Todo lo contrario: día por día extremamos las medidas para que no haya casualidad” –afirma Anisley.

“Me refiero, por ejemplo, al paso podálico y condiciones para desinfección de manos a la entrada de la escuela por parte de todos los niños y trabajadores del centro, uno por uno. A eso se suma la ubicación de agua clorada también en los baños, el uso obligatorio y permanente del nasobuco, el distanciamiento nunca inferior a un metro en todas las áreas. De hecho, el aula con más alumnos tiene solamente once.”

Los encantos de Doña Leonor Pérez.

El proceso docente transcurre sin dificultad en esta apacible escuelita holguinera.

Relativamente cerca de nosotros, Yanet Vázquez Mojena y Yenni Yero Rodríguez, escuchan con atención, asintiendo, de vez en vez, con la cabeza. Ambas tienen a su cargo una pesquisa que a pesar de su recurrente realización (dos veces al día) no cae entre las fatales redes del formalismo o de la superficialidad.

“A las siete de la mañana estamos ahí, frente a la escuela, esperando a que lleguen los niños y el personal docente o de servicios. Entonces les preguntamos si se sienten acatarrados o con algún síntoma parecido, dudoso; les pedimos que se bajen un instante el nasobuco para revisar la nariz y les recordamos que ante cualquier sospecha deben avisarnos de inmediato. Por la tarde repetimos similar procedimiento. Parece rutinario, pero no podemos dejar que se convierta en una rutina o en algo aburrido. Los padres cooperan mucho, los niños también” –explica Yanet.

Una de las principales medidas, sin embargo, está asociada a la no entrada de personas ajenas al centro.

“Y cuando por razones muy justificadas alguien accede, entonces se le toman todos los datos y se sigue rigurosamente el protocolo establecido desde el punto de vista higiénico y sanitario para impedir contagio o transmisión de la enfermedad, además de limitar su movimiento al área o local específico que visitará” –añade Anisley.

Los encantos de Doña Leonor Pérez.

Volverá el día en que imágenes así retornen a todas las escuelas del país.

Actuar así, no solo ha redundado en una protección segura para alumnos, profesores y demás trabajadores de la escuela, sino también en confianza y tranquilidad para padres y familiares de los niños.

“Pues sí que lo son” (afortunados), me digo entonces a mí mismo, mientras dejo atrás la entrada de la limpia y acogedora escuelita rural que lleva el nombre de Doña Leonor, la adorada madre de José Martí.

No sé para otros transeúntes o viajeros que circulan por la carretera central… para mí, detener la marcha y permanecer unos minutos mirando a esas personitas atendiendo a la maestra, levantando la mano para responder la pregunta recién lanzada al aire o simplemente riendo, merendando o jugando durante el receso, deviene esa mezcla de placer y de privilegio que no todo el mundo, ni en todas partes puede disfrutar hoy.

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Pastor Batista

 
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