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Publicado el 25 Abril, 2016 por Victor Manuel González en Bohemia Vieja
 
 

BOHEMIA en Girón: Avanzando con el pueblo en armas

No es la edad, sino la dignidad y el valor lo que conduce a los hombres a la pelea

A cargo de Víctor Manuel González Albear

Fotocopias: Martha Vecino

Otro de los históricos reportajes de BOHEMIA sobre la invasión mercenaria y su derrota en Playa Girón fue el de la destacada escritora Dora Alonso, Avanzando con el pueblo en armas. El texto es muy extenso y abarcó un considerable número de páginas, de las muchas que la revista dedicó al tema en su edición del 30 de abril de 1961.

Como modesto homenaje a la conmemoración del aniversario 55 de esa decisiva victoria de nuestro pueblo, reproducimos los facsímiles de aquellas páginas y algunas de las imágenes que nunca podremos olvidar.

La bomba está llena de blanco polvo. Una bomba de 81 milímetros aún sin estallar.

La bomba está llena de blanco polvo. Una bomba de 81 milímetros aún sin estallar.

AVANZANDO CON EL PUEBLO en ARMAS

por DORA ALONSO

Fotos de GILBERTO ANTE

SANTIAGO de Cuba amaneció, el lunes 17 de abril, con un calor tremendo y un sol fuerte. Sobre las diez de la mañana estábamos visitando la placita de Santo Tomás y leyendo en una tarja los nombres de bronce de los muchachos del barrio aquel, asesinados por el ejército de Batista. Cuando llegábamos al de Frank País, el chofer de la máquina llegó corriendo a dar su viso:
—Ya estamos en guerra, !Llegó la invasión!
—¿Por dónde?
—Dicen que por Cienfuegos. Están dando los partes.
En un momento se advierte que la noticia ha volado de boca en boca.  Santiago parece moverse en masa en un leve desplazamiento de sus habitantes. No es bullicio; ya lo hemos dicho: el santiaguero es mesurado y firme. No es tampoco alarmar ni remolino; sencillamente se palpa, se respira un movimiento intenso de emoción en cada rostro, en cada persona. Los milicianos parecen vibrar.

En Playa Larga, los botes motores ocupados al enemigo eran como testigos vencidos del más espantoso ridículo hecho por pías alguno ante los ojos del mundo.

En Playa Larga, los botes motores ocupados al enemigo eran como testigos vencidos del más espantoso ridículo hecho por pías alguno ante los ojos del mundo.

Al llegar al hotel, ya tenernos de decidida la salida rumbo a Cienfuegos.  A tirones y a la carrera, diez minutas mis tarde estábamos en el salón de espera de los ómnibus Santiago-Habana. Allá hay rostros serios y llenos de preocupación. Se habla a media voz: los pasajeros preguntan y comentan y los empleados tratan de servir al público que comienza a acudir en solicitud de pasajes para distintas partes de la Isla. Hay bastante confusión sobre la posibilidad de que se mantengan o no las comunicaciones por carretera; las aéreas están suspendidas.
OTRAPARTE-BARZAZAAntes de salir, bromeamos con una empleada de quince años: —Prepárate, que pronto vendrá otro desembarco destinado a los santiagueros
Y echando chispas por los ojos verdes y luminosos, responde entera:
—Si vienen, cogerán el polvo tinto en sangre. ¡Ahora mismo voy a bucar mi Fal.
A las 1230 del día, nuestro vehículo arranca desde la antigua y típica plaza de Marte, dando tumbos pesadotes y llevando ocupados todos los asientos.
A pesar de nuestra personal preocupación vamos observando el ambiente. Nadie habla. Ni siquiera con el compañero de asiento. El conductor avanza solicitando los pasajes y el tric-trac del ponchador se escucha claramente

La agresión del Pentágono jamás pensó que hasta los niños vendrían al frente para rechazar al agresor.

La agresión del Pentágono jamás pensó que hasta los niños vendrían al frente para rechazar al agresor.

Por las ventanillas cruza el adusto paisaje envuelto en plumas de palmeras verdes, quietas dentro del viento muerto. El ómnibus ruge en cada sección de la carretera y luego vuelve a su marcha monorrítmica, de curva en curva.

En los primeros pueblos, ya se nota expectación. Hay público en las esquinas. Frente a los sindicatos se agolpan los obreros. Y a todo lo largo de los montes, se ven sombreros de yarey, camisas azules y los cañones de los fusiles, como un seto de acero y de vergüenza dispuesto a contener al invasor.
Las milicias campesinas se suceden a todo lo largo del tiempo y del camino. Son muchachos de tierra y sol, serios y fuertes, que unidos avanzan formando

Luis Gómez es un guajirito regordete, un niño de escasos catorce años que ni bozo apunta. Luis, que viene en busca de un arma para combatir al invasor.

Luis Gómez es un guajirito regordete, un niño de escasos catorce años que ni bozo apunta. Luis, que viene en busca de un arma para combatir al invasor.

largas tiras de cubanía. Y en cada poblado. se van reuniendo por miles y miles, en un incansable y poderoso afluir que reúne al pueblo armado en todos los sectores de trabajo.  A veces,

delante del ómnibus, una larga hilera de camiones repletos de milicianos, enfila la ruta con nostros, Cuba abajo. Otras, por la izquierda y en sentido contrario, sobre una línea de combatientes que parece no acabarse nunca; o se movilizan, pesados y cargados hasta la topes, docenas de transportes militares con pertrechos para distintas plazas.

Al cruzar los poblados, las banderas engalanan portales y ventanas Hombres mujeres y niños saludan entre vivas el paso de los milicianos. Ellos contestan a gritos, levantando los armamentos sobre las cabezas juveniles. Es como una poderosa fiesta. Una extraña y admirable forma de cumplir el deber de cubanos. Van alegres al combate y quizá si a la muerte. Y los despiden un cerrado aplauso sin lágrimas ni miedo.

Dentro de ómnibus, el mutismo empieza a ceder. Alguna que otra palabra, que otra frase suelta, parece firmar sobre el silencio, brevemente. Se alcanzan periódicos locales y se buscan

A nuestra llegada a Jagüey, la Revolución evacuaba a las familias campesinas de la Ciénaga.

A nuestra llegada a Jagüey, la Revolución evacuaba a las familias campesinas de la Ciénaga.

noticias políticas. Los vendedores de naranjas, de dulces, de pan, ya son atendidos a medias; las manos se alargan por las ventanillas para comprar y pagar. Hasta Holguin dura ese estado

de semisilencio, de semi-inercia; el peso de la realidad guerrerista que el Pentágono siembra como un hierro traidor en la entraña de Cuba. Ya en la ciudad oriental, se escuchan las primeras bolas Se anuncian más invasiones, se asegura que Santa Clara está siendo bombardeada y que los aviones yanquis

ametrallan las ciudades y las carreteras.
Sin embargo, no parece haber pánico, sino odio y desasosiego en todos los lugares. Los síntomas del temor no aparecen, aunque buscamos bien, deseando ser verídicos Únicamente un recelo, una reserva

El cadáver de la campesina asesinada. A su lado, afligido, el compañero que pide solamente una cosa: que la muestren al mundo como prueba de la barbarie desatada sobre el suelo cubano por el imperio del dólar y la guerra.

El cadáver de la campesina asesinada. A su lado, afligido, el compañero que pide solamente una cosa: que la muestren al mundo como prueba de la barbarie desatada sobre el suelo cubano por el imperio del dólar y la guerra.

molesta parece posarse sobre el grupo de pasajeros. Nadie quiere opinar en voz alta y ya comenzamos a sentirnos molestos, a escudriñar mirada y gestos, a intentar saber, penetrar el por qué de esa forma cerrada de manifestarse en tal momento.
Cuando cae la tarde el conductor asegura que de ser ciertos los rumores, tendremos que hacer noche en Cansagüey, porque no nos permitirán seguir más allá. Se mencionan posibilidades de sabotaje, quizá si bombardeos de las vías de comunicación. El desembarco crece en la imaginación como un fantasma. Pero en Camagüey, si bien no hay más partes oficiales para orientarnos, tampoco hay orden alguna de cortar la marcha. Y seguimos.
Hasta la zona de Las Villas no se reiteran los registros;  pero una vez en aquella provincia, milicianos que nunca llegan a los veinte años, suben avizores, corteses, dando acusas, y miran y observan. Se repiten y se repiten las breves paradas.
Entonces, alguna protesta injusta nos detona las ganas de pelear y sostenemos pequeñas escaramuzas verbales, recordándoles a les nerviosos los registros al uso del ejército de la tiranía.

Un pasajero joven, con burlones ojos, con un silbido muy revelador de tonada banal en los labios, señala en pretensión de razones:

—Es que resulta muy molesto. Quisiéramos volar para llegar pronto a La Habana.
—Bueno —respondemos— por volar no se preocupe demasiado. A lo mejor volaremos dentro de un rato con las bombas yanquis. En un momentico llegaremos todos al paradero final.
La descarga surte efecto y, sobre todo, lo surte el pensamiento directo de los aviones de combate entre la noche buscando señales de faro sobre la cinta negra de la carretera.

En el improvisado hospital de sangre hay varios heridos

En el improvisado hospital de sangre hay varios heridos

Ya no hay más sosiego: realmente no lo hay. Cada quien mira y mira hacia la noche, al cielo, Prestando oídos a cualquier rumor de motores aéreos. En suspenso, latiendo los pulsos aceleradamente, se llega a Sancti Spiritus… Pero allí aseguran que no, que no es cierto.
—No, hombre, no: ¡nada de bomabardeos en Santa Clara ni en las carreteras! En Matanzas sí hubo otro desembarco.
—¿Lo dice el parte oficial?
—No han dado ninguno más. Pero los camioneros que pasaron hace un rato por aqui, dijeron que…
Es en Santa Clara, a la medianoche, donde hallamos el primer destello real de todo lo que está pasando. El ómnibus se detiene en el andén y corremos hacia un viejo empleado, que fuma sentado sobre un taburete, con la gorra echada sobre los ojos.

No es la edad, sino la dignidad y el valor lo que conduce a los hombres a la pelea. El anciano Barreras, de Jagüey Grande, veía al enemigo desde la carretera.

No es la edad, sino la dignidad y el valor lo que conduce a los hombres a la pelea. El anciano Barreras, de Jagüey Grande, veía al enemigo desde la carretera.

—Compañero, ¿puede darme alguna noticia sobre la invasión? El viejo nos mira y luego señala hacia el salón de espera:
—¿Ve aquella señora vestida de negro? Ella viene de allá. Fue a saber de sus hijas, que estaban precisamente en la zona de combate.
La mujer se destaca junto a un banco. Allí corremos. Allí llegamos. —Señora, por favor, ¿qué me cuenta?
Es una mujer campesina, de mediana edad, humilde. trigueña.
—¡Figúrese! Yo tenla a mis dos hijitas precisamente en la Ciénaga. Anoche durmieron en los pantanos por los bombardeos de esos canallas que han entrado como malas bestias acabando con cuanto encontraban
—Pero, ¿y qué más? ¿Cómo va todo? ¿Qué cosa sabe de la batalla?

Cuando se hable de heroismo, cuando de grandes entre los grandes, tendremos que recordar a los niños artilleros de la Base Granma.

Cuando se hable de heroismo, cuando de grandes entre los grandes, tendremos que recordar a los niños artilleros de la Base Granma.

—Pues, mira, yo no pude llegar a Jagüey Grande, porque ya es zona militar; pero supe de mis hijitas, que están en el pueblo, ¡Ya le hemos tumbado tres aviones a esos perrmi. Se está peleando muy duro, pero no los dejamos avanzar!
Ahogándonos  de emoción retornamos al ómnibus, gritando la nueva a un soldadito rebelde que va sentado en el primer asiento. Todo el mundo vibra y luego, cerrado, estalla un aplauso.

El joven de los ojos verdes trata de sonreir y hace una mueca. Y entonces dice que se alegra mucho. Que si sabíamos que estaba preso Boza Masvidal.

A la entrada del central Australia, de continuo, camiones y material bélico en constante trasiego.

A la entrada del central Australia, de continuo, camiones y material bélico en constante trasiego.

Colón-Jagüey-Australia

Llegamos a Colón a las 3:30 de la mañana. En la cafetería del hotel,  un buen hotel que lleva el nombre de la misma ruta que nos trae, hay un joven miliciano, un hermoso muchacho trigueño, alto, sonriente, de grandes ojos negros; como leontina de guerra, a la cintura lleva una granada de mano. No tiene más de dieciocho años. Está hablando con dos compañero. Por él confirmamos la noticia, de la campesina vestida de negro. El muchacho viene de allá y cuenta de los aviones derribados por nuestros artilleros. De la pelea empeñada.

Los niños artilleros, tras el arma antiaérea, listos para cortar el vuelo a los cobardes piratas del aire.

Los niños artilleros, tras el arma antiaérea, listos para cortar el vuelo a los cobardes piratas del aire.

De la moral y de la fuerza miliciana y rebelde.
En cuanto amanece nos disponemos a salir para Jagüey Grande. Las choferes se niegan o piden demasiado dinero para vencer el temor. Al fin hallarnos uno dispuesto a medias:
—Bueno yo los llevo, pero en cuanto la primera posta diga que hay que virar…  Lo tranquilizamos y al enfilar la carretera de Guareira se suelta poco y empieza a decir cosas: Oiga me, esos milicianos no le tienen miedo a la muerte. Cuando llegó la movilización marchaban para coger puesto en los camiones que iban para el frente. Nada más gritaban: ¡Venceremos!

Ruinas en Playa Larga. Ruinas acusadoras que nada ni nadie podrá silenciar.

Ruinas en Playa Larga. Ruinas acusadoras que nada ni nadie podrá silenciar.

—¡Pues claro está que venceremos! ¿Lo duda?
Se azora un poco haciéndonos sonreír.
Cruza Guareiras. entre paradas de postas, explicaciones y carnet de BOHEMIA revolucionana. Pasado Manguito recogemos a un campesino con su yarey, su fusil y su camisa azul.

Ramón Monzón, de la Finca Adelaida, es un guajiro viejo, curtido, con mano donde el arado dejó dureza de hierro. Nos responde claro y muy firme.
—Para mí, que la misa ya se está acabando. No tienen con qué pelear contra nosotros; les falta la razón Y

Un transporte volcado por el bombardeo.

Un transporte volcado por el bombardeo.

así no valen armamentos. Mire, “yo tengo un hijo en el frente, y ahora mismo no sé si es vivo a muerto. pero si algo le sucedió fue por Cuba libre y me conformaré
Ramón Monzón es responsable de milicias campesinas. Tiene formas muy suyas de comentar.
—Usted sabe, ¿no? Anoche hubo mucha comida pesada para los invasores.

—¿Y qué sabe, viejo?
—Bueno, pues que trajeron paracaidistas y tanques y de cuanto Dios crió. Los guajiros del frente, los cienegueros a quienes le ametrallaron la familia, cuando los apeaban de sus paraguas

Metralla y muerte desde el aire, allí donde hubiera un hogar de campesino pobre.

Metralla y muerte desde el aire, allí donde hubiera un hogar de campesino pobre.

querían echárselos a los caimanes.
—¿Y qué le parece todo esto? Nos mira asombrado de la pregunta:
—¡Qué me ve a parecer! Que era ya era hora de que acabaran de decidirse a venir. Hemos vivido martirizados más de un año, cargando el fusil de la casa pa´l trabajo y del trabajo pa´la casa como los monos. Ahora se ríe mostrando la falta de dos dientes
—Solamente, que, en este momento, los monos son ellos peleando contra los leones   (…)

En este mismo estilo característico de la excelente escritora, y abundando en detalles de los acontecimientos y sobre todo del entorno humano en esa situación extraordinaria, el texto original se extiende a muchas más páginas de las que podemos reproducir aquí. Sirva no obstante esta muestra, ampliada con parte del material gráfico, para rememorar la hazaña del pueblo heroico que conducido por su Comandante en Jefe infringió al Imperio agresor su primera gran derrota en la América nuestra.

UN REPORTAJE DE DORA ALONSO DESDE EL FRENTE DE BATALLA

Victor Manuel González

 
Victor Manuel González