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Publicado el 9 Junio, 2016 por Redacción Digital en Bohemia Vieja
 
 

Viñetas habaneras

Se dice que La Habana siempre ha estado de moda y ha sido una ciudad maravillosa. La edición de BOHEMIA del 14 de febrero de 1932 publicó estas Viñetas habaneras, que les invitamos a disfrutar.


 

viñetas-habanerasViñetas Habaneras

Por L. González del Campo

La Habana bulliciosa e inquieta, luce como una moza coquetuela y casquivana, exenta de moda­lidades, desprovista de complicaciones, tan sólo atenta a los fútiles detalles de una alegría artificial y ruidosa y con la sola preocupación de una mujer moderna: cosméticos, cremas, creyones rojos, esencias. Y los que la miran con la misma superficialidad con que se mira la grácil muñeca que atraviesa la calle rauda, o que se cruza con nosotros en la estrecha acera, jamás lograrán penetrar las intimidades del alma de La Ha­bana, jamás lograrán conocer de ella otra cosa que su estela vaporosa de perfumes combinados y su silueta sugerente y atractiva, si no su risa falsa de moza de escenario y cabaret.

Pero el alma de La Habana existe y se descubre. Basta un poco de paciencia y buen deseo. Nos acerca­mos a ella, le sonreímos, le tratamos, hablamos de sus encantos y virtudes, deslizamos un discreto elogio, sen­timos un continuaciónpoquitín de inquietud, y a poco más que observemos se nos des­cubre el complejo de la ciudad nerviosa, escondido tras el velo de su risa eterna, mezclado al ruido intenso de su vida la­boriosa.La Habana, como las mujeres elegan­tes, tiene sus secretillos de tocado, tiene sus trucos de salón, tiene sus vestidos preferentes y hasta gusta, en horas de­terminadas y momentos precisos, jugar al flirt de una modalidad expresa.

Los lunes, después de las fiestas y or­gías del domingo, sintiendo la pesada ja­queca de una mala noche, soportando el cansancio de largas jornadas de placer, la ciudad parece dominada por ese espí­ritu de holganza que nos hace maldecir cuando los rayos del sol se cuelan, a des­pecho de la cortinilla ventanera, y sus reflejos, como hierros candentes, nos hie­ren la vista. Desde sus comienzos, el lu­nes resulta pesado. Y según avanzan las horas, crece nuestra antipática predispo­sición por el día que marca las cinco le­tras de su nombre, bajo la negra corco­va del número del calendario. Los lu­nes parece como si la constante alegría citadina se hubiera esfumado. Diríase que las mujeres bellas y los hombres alegres y chistosos hubieran desapareci­do el día anterior. Dos tipos específica­mente, son los dueños de La Habana, en este día. El chino lavandero, fácil de.- dominar en estos momentos de conflicto amarillo, que en todas partes y en todos los instantes, a pie o caballero sobre las cuatro ruedas de un auto destartalado, se cuela como humo por todas los reco­vecos urbanos, en busca de mercancía que lavar. El otro tipo del lunes es el cobrador. Antipático, repulsivo, terriblemente odioso, va y viene con su libretita .bajo el brazo. Sube y baja escaleras, suda a mares, jadea como fragua, adula unas veces y vocifera las más, pero impertérrito y contumaz, no deja de to­car a una sola puerta con los tres golpes sacramentales que cons­ternan la beatífica paz hogareña. El cobrador es el tipo de marido rufianesco y celoso, que prende pavuras en el corazón de la ale­gre chiquilla que es la Habana; insensible, cobardote y persistente, ese mal hombre que es el cobrador, hace pasar mil malos ratos y sofocones a la pobre Habana. Y ella, tan buena, tan sumisa, tan noblota, sufre en silencio, llora, se doblega como una flor bajo el peso de tanto martirio, pero no tiene valor suficiente para librarse del cobrador que no deja de darle su escenita cada lunes.

Así, cada día de la semana, tiene una modalidad para la ciudad risueña; así cada momento tiene su fisonomía estereotipada de tal forma en su sensibilidad, que cada hora del día puede darnos un retrato distinto y certero de la bella ciudad.

El sábado, el día de las fiestas y algazaras, el de los optimismos burgueses, tiene, a través de los rítmicos compases de sus horas, tres aspectos característicos indelebles, tres interesantes ejemplares de este muestrario humano que es la capital.

La Mañana. —

El organillero

El organillero (FOTO: VALES)

La mañana del sábado es una prematura venganza de la sana alegría del resto de sus horas. Tal parece la ciudad, una inmensa exposición de miserias que andan y palpitan. Con los primeros reflejos del día, que se cuelan por la curva lejana de la línea horizontal, se sitúan los primeros mendicantes en los atrios de las iglesias, cuyas altas torres aún están envueltas en el velo tupido de las brumas nocturnas. El sol que tiene corazón de llama, es el primero en pasar revista a la multitud allí instalada. Diríase aquello, la más perfecta exhibición de todas las miserias y deformidades que Dios pudiera depararle a los humanos. En fila, siguiendo la inclinación de la escalinata y hasta estableciendo una jerarquía de desgracias, están el ciego, el cojo, el manco, el mutilado: la anciana de boca enjuta y torso abombado y hasta el chicuelo que ensaya su precocidad morbosa, pidiendo “para la abuelita enferma”. En cada uno de aquellos cuerpos, la Calamidad ha dado un recio y eterno mordizco; en cada una de aquellas bocas flota una historia desdichada, en cada uno de aquellos ojos hay una súplica que daña y en los labios triunfa un dubitativo temor que bien puede esbozarse en sonrisa o sollozo. ¡Oh, las miserias de La Habana!

En las oficinas, en las escaleras, en las calles, en todas partes, se proyecta la silueta de un desdichado que implora auxilios y men­diga piedad. Y como directores de la amarga sinfonía, los ciegos transitan por las aceras, presurosos, marcando compases de ritmo premioso y captando impresiones del mundo exterior por el ojo invisible del largo bastón

Mediodía.—

El billetero.

El billetero. (FOTO: VALES)

Pero después de la amargura mañane­ra, vienen los sonoros medios días, con entrechocar de castañuelas, con ritmo de alegría en el diapasón de las copas, con bordoneo de chistes y de risas. Y es que el mediodía del sábado inicia el ansiado fin de semana, es que el mediodía del sá­bado señala el calderón alegre entre nota y nota grave de la vida.

Cuando suena la provocación de los cen­tavos del salario en los bolsillos; cuando las pesetas en alegre charla entonan co­plillas de optimismo en las carteras, qué cosa más natural que ir a la barra cerca­na a gustar una copa de licor espumoso, qué cosa más natural que irnos a almor­zar con un amigo y dejar que la alegría se desborde dentro del pecho y se trans­pire desde el alma.

Aprovechando ese estado anímico, co­nociendo esa disposición a la alegría, es que salen a la calle los organillos en le­giones, como extraños saltamontes de es­tómagos sonoros. Frente a la barra, junto al restaurant, a la vera de la frutería, van desdoblando el discurso de corcheas y se­mi-fusas que anuncia su programa: “Ca­pullito de Alelí”, “Aquellos ojos verdes”, “Rachel” y tantos otros renglones de esa música callejera y ruidosa que en tales instantes nos hace rodar con más gusto los caldos gustosos y hasta mirar con gra­titud al director de orquesta.

El meridiano del sábado, es la hora del organillero. Es el momento, el único mo­mento en que sus compases estridentes pueden impresionarnos y arrancarnos una propina claudicante de mal gusto.

La noche.—

La noche del sábado es noche de danzas de ac

El pordiosero

El pordiosero. (FOTO: VALES)

ademia y cabaret, es la noche amable y prodigiosa, en que bajo el fuelle de un auto se agazapa una gaita estridente o se asoma una risa argentina y feliz. Pero también es la noche del azar y el sorti­legio. A cada esquina aparece Guasimodo redivivo, como si acabara de escapar de un cuadro antiguo y se hubiera apropia­do varias fracciones de billetes en la pró­xima vidriera. Los números dispuestos en la mano y la pródiga giba de la dicha a la espalda: el billetero se inquieta porque su voz atiplada la absorbe el secante del bullicio urbano. En la media noche es el murmullo del secreto gutural de los mo­tores de mil autos, quien acalla sus gritos que ofrecen la suerte. Pero en la ma­drugada, como en el aquelarre de brujas y agoreros, reina el billetero, moderno Cagliostro, que ofrece fortuna y riqueza con la mágica fórmula de sus cifras im­presas.

La voz aguda del billetero, tiende su escala por la madrugada. Desciende a los sótanos, asciende a los pisos más altos, se. cuela por los intersticios de puertas y ven­tanas y parece el golpear de un martillo frontero al oído: “Ya se juega mañana… Compre un numerito, casera…”

Es difícil pensar en la noche del sábado, sin el grito implorante del que vende bi­lletes, que unas veces parece la voz del sereno anunciando la hora y otras veces semeja el graznido agorero de un ave nocturna…

* * *

Pero dentro de los optimismos del sá­bado, todo cabe; dentro de las modalida­des de La Habana, todo es bello. Y estos tipos que le dan colorido, no son más que otras tantas redomas de otros tantos afei­tes de la Habana, coquetuela y modosa. Parte de la dulce alegría de fin de sema­na, matices de las bellezas habaneras pue­den ser, el cieguecito que toca al tam-tam de la acera, el organillo que sopla estridente su fuelle griposo y el grito agorero del que vende billetes que penetra de puertas adentro y nos muerde el oído, como un fuerte dolor.


Nota del editor: Como siempre, se respeta el estilo y ortografía originales

 


Redacción Digital

 
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