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Publicado el 6 Diciembre, 2016 por Victor Manuel González en Bohemia Vieja
 
 

Caruso, su día feliz en Jaimanitas… antes de correr por El Prado vestido de egipcio

Para ampliar esta información de Bohemia vieja, añadimos al final una breve nota tomada de Radio Enciclopedia sobre el acontecimiento cultural que significó la presencia de Caruso en la Habana. Disfrútenla también

Algunos días atrás los noticieros culturales cubanos reseñaban la presencia en La Habana del afamado cantante español Plácido Domingo y la expectativa por su actuación anunciada para el  sábado 26 de noviembre pasado en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.  Al decretarse el duelo nacional por el fallecimiento de Fidel quedaron suspendidos todos los espectáculos publicos, y el de Plácido Domingo, fue pospuesto para una nueva fecha dentro del primer semestre del próximo año.

En un ambiente tan propicio como el que antecedía al esperado concierto, nos pareció oportuno traer de nuevo como noticia la que publicó BOHEMIA en su edición del 17 de junio de 1920, cuando visitaba la capital cubana otra celebridad musical, Enrico Caruso, quien además de ofrecer una muy recordada actuación, se tomó un asueto playero en el entonces exclusivo “Club Náutico de Jaimanitas”, y  es precisamente a esto último que se refiere la crónica de la Centenaria, que ofrecemos de nuevo a nuestros lectores. Disfrútenla.


CARUSO TUVO UN DIA FELIZ EN JAIMANITAS

POR GUILLERMO PI

El “Club Náutico de Jaimanitas” se ha anotado entre sus visitantes ilustres la personalidad relevante del gran divo Eurico Caruso. Hace algunos días—no más de 15—tuvo René Berndes, la genial ocurrencia de invitar a su feudo al más prodigioso cantante de la época, al que es hoy nuestro huésped de honor: y con él al señor ministro de Italia y otras personas de alto relieve social.

A Caruso le acompañó su secretario particular, su médico, las tiples y figuras principales de la compañía de ópera que con el gran tenor acaba de terminar brillantemente la temporada en el teatro “Nacional”. Todos fueron recibidos de la manera más cortés y simpática en el pequeño club-house de la pintoresca playa de Jaimanitas por el Presidente y propietario de aquel poético lugar, por René Berndes, en traje de lobo de mar.

Caruso y sus acompañantes desde el momento que llegaron pusieron en franquia, es decir cambiaron sus indumentarias por otras más propias del lugar donde se encontraban: se vistieron de marineros y calzaron zapatilla de lona o se quedaron  con los pies desnudos. Caruso fué de los que no quisieron calzado alguno, y se quedó la mayor parte del día recibiendo la sabrosa frescura de la fina arena sobre la epidermis.

Se pasaron horas de franca y sana locura: horas de alegría de colegial cuando troca las severidades del estudio, la rígida disciplina del plantel de enseñanza, la cara adusta y enigmática del profesor por la playa abierta, el campo libre y la fraternal camaradería.

El out door life—que dicen los americanos—fué gozada a pulmón batiente sin preocupación alguna por aquel grupo de personas distinguidas qué no tenían más objetivo que divertirse, que aspirar el oxígeno puro del Golfo, que pasa a raudales por aquellos parajes que bordean , el azul infinito de las aguas.

Se hizo sport, mucho sport, pues ¿cómo no habla de hacerse cuando era lo indicado? las lanchas motores del Club llevaron a los huéspedes en rápida marcha frente a los tramos de costa rocosa, o de playas blanquísimas y brillantes que se extiende ante la vista como deliciosos tapices para contrastar el verdor sempiterno de la exuberante vegetación tropical. Hubieron ejercicios de remo y natación: tiro al blanco con rifles sobre un target movedizo a más de 100 metros… y luego vino el almuerzo, un verdadero festín donde abundaron las delicadezas del paladar, se saborearon mojarras y guaguanchos, pescados aquel mismo amanecer: acreditadas bodegas francesas y españolas proveyeron los vinos exquisitos, hasta llegar al champán que doró las copas de amplio vientre, entonando un himno a la vida en el murmurar de sus espumas.

Por la tarde se hizo esgrima celebrándose varios asaltos en el salón principal del Club. También hubo música y canto, canto ligero, en el dulce idioma de Donizetti.

Caruso quedó tan complacido de su día en Jaimanitas, que no piensa abandonar nuestras playas sin volver a repetir sus horas felices, tan felices como no había gozado otras iguales en muchos años, según espontánea declaración al dueño de la casa, a René Berndes, que se siente íntimamente satisfecho, verdaderamente alborozado, por haber proporcionado a Caruso esos momentos de alegría bajo el techo de su Club Náutico en la hermosa playa de Jaimanitas.

Las fotografías que publicamos en esta página son la demostración más evidente del sano júbilo, y la franca alegría que reinaron durante las horas pasadas por tan ilustres visitantes en aquella hermosa playa, una de las más bellas de Cuba.

Guillermo PL


Fotocopias: Yasset Llerena Alfonso

Transcripción: Claudia Lugo Miranda

Se ha respetado la ortografía y estilo originales.


Para ampliar esta información de Bohemia vieja, añadimos a continuación una breve nota tomada de Radio Enciclopedia sobre un pintoresco incidente en el  acontecimiento cultural que significó la presencia de Caruso en la Habana. Disfrútenla también.

Enrico Caruso en La Habana

Publicado: 2016.04.27 – 16:57:38   /  web@renciclopedia.icrt.cu  /  Juan Blas Rodríguez
  
Enrico Caruso en La HabanaUn gran arrebato produjo la actuación en La Habana del gran tenor italiano Enrico Caruso, mas no fue solo de entusiasmo.

Corría 1920 cuando se presentó en el escenario del Teatro Nacional una temporada de ópera con la presencia de Caruso, el cantante más popular de los primeros años del siglo XX, que poseía una voz muy potente y de gran belleza.

Los amantes del “bel canto” estaban de pláceme, así como los que iban a exhibirse públicamente, y las que asistían para mostrar el último modelo llegado de París…

La temporada se fue desarrollando felizmente. Caruso escogió la ópera Aída del compositor Giuseppe Verdi para finalizar su actuación, como despedida de los habaneros, igual que el programa de la Televisión Cubana De la Gran Escena en su tema de cierre.

El escenario estaba listo. La sala estaba abarrotada. Enrico terminaba de cantar la segunda escena del primer acto, cuando estalló una bomba que estremeció el teatro.

El público se alteró naturalmente, pero permaneció en sus butacas. Sin embargo, detrás del escenario cundió el pánico. Algunos músicos corrieron hacia la calle, otros se fueron con la música a otra parte, todos vestidos con trajes egipcios….pero… ¿y el gran Caruso dónde está? Pues Caruso, vestido de Radamés, el egipcio, corría velozmente a lo largo de todo el Paseo del Prado, ante la mirada sorprendida de los transeúntes, que no atinaban a comprender porque aquella persona vestida tan estrafalariamente, corría como loco sin ser perseguido por nadie.

Así llegó hasta el Hotel Sevilla donde se encontraba alojado. Su carrera por el prado habanero -podemos afirmar- no fue precisamente una “marcha triunfal” a lo Aida.

 

 


Victor Manuel González

 
Victor Manuel González