0
Publicado el 20 Abril, 2017 por Victor Manuel González en Bohemia Vieja
 
 

Las Famosas Aceras de la Habana

A esta deliciosa crónica ilustrada con fotos que recrean los ambientes descritos, dedicó Bohemia varias páginas en su edición del 2 de febrero de 1930. Las Famosas Aceras de la Habana, a las que también hoy pudiera dedicársele un foto-reportaje con otros comentarios acerca de su estado actual y los personajes típicos que ahora las pueblan, vuelven a ser noticia, para disfrute de nuestros lectores y con la invitación, como siempre, a que aporten comentarios, que enriquezcan, y actualicen, los recuerdos.


Las Famosas Aceras de la Habana

“Las clásicas y pintorescas.—Las incómodas y detestables.—Las suntuosas y monumentales. —Otras aceras que están a… cero.”

¡Las aceras de la Habana!

Las aceras de Obispo

-¿Quién no ha oído hablar de ellas?  No vamos a decir mucho como de la colonial, política y legendaria del Louvre, porque ya ha servido de base para abundante literatura desde la épica hasta la caricaturesca. Nuestras aceras son las simpáticas o personales miradas “bajo” el transeunte o a través de sus viandantes o aquellas otras de fisonomía propia y que representan por sí mismas o su situación pintoresca, curiosa o de sensaciones varias, un algo que da lugar al “tipismo” callejero y casi popular, que pasa desapercibido a veces desconocedor de nuestro ambiente.

Una acera de Monte, comercial que en movimiento de carrousel y con bulla feriante, nos traslada por unos momentos al mercado pueblerino, no tiene para nosotros todo el valor de una acera del Vedado, ni todo el sabor de ambiente de la recientemente formada en Palatino, ni para nosotros es la acera de Galiano y San Rafael pulida, tersa cual alfombra que cualquiera del barrio del Pilar pongamos por barrio, truculentamente convertida en huesa funeraria unas veces y otras en rústico trozo de potrero en miniatura…

Las aceras de San Rafael.

Las aceras de San Rafael.

Hay aceras de tranvía, como las de Neptuno y Galiano, donde pies menudos, impacientes, golpean rítmicamente o con furia desesperante, por el tranvía o guagua que no llega, haciendo contraste con ruar como la de Egido, cuyas aceras son de antesala de andén ferroviario; maleteros, viajeros que, portando macetas, demandan un próximo hospedaje, agentes de hoteles, mezclados con algún que otro camarero de barco o tripulante, ansioso de tierra y de lugares donde poder trasegar abundante bebida y a poder ser acompañado de un amor fácil.

Hay otras aceras, como las del Parque Central donde el turista americano hace campo de atracción para sus descansos y aburrimientos de hotel, campo también del picarismo bien trajeado y donde todo exotismo tiene su asiento, desde el truhán de “pool room”, de suburbio neoyorkino, hasta el inocente y bíblico pastor de Georgia o Alabama. Las aceras del Porque Central, como sus pequeñas avenidas del centro, con sus sillas y rústicos bancos, no sólo tienen una fisonomía propia, vida interior y de la más grande curiosidad, sino que aquellas sillas y aquellos bancos han sido y son, testigos diariamente, de calladas tragedias del vivir.

La acera del Louvre.

La Acera del Louvre.

Los cuatros trozos en que pudiéramos dividir las aceras que rodean al Parque Central y la gran acera que constituye su centro, son a la vida habanera lo que a Nueva York su Broadway, a Marsella su Cannebiera, a Berlin su Unter der Linden, a Londres su Picadilly o a Madrid su Puerta del Sol. Variedad, cosmopolitismo, reflejo de su vida y amor ente músicos y artistas políticos y cicerones, desocupados y atorrantes que nosotros conocemos con el castizo nombre de “habitantes”, esta es la fauna pintoresca que puebla la famosa Acera desde Neptuno hasta San Rafael o sea la del Louvre, que solo guarda su prestigio en dios de lucha política o de conmemoración patriótica; desde San Rafael a San José, acera siempre solitaria, menos a las horas de espectáculo en el “Nacional”, la pasean los “primos” de las tan famosas criadas del Vedado, a quienes instruyen de la laberíntica y complicada manera de colocar sus ahorros en el Banzo Gallego; la acera de “Payret”, de San José a Zulueta es el campo de actividades de la reventa de localidades para los teatros próximos, de Zulueta a San Rafael, nueva acera de intenso movimiento estudiantil, que asalta tronemos y guaguas para distribuirse en la gran urbe, se ha convertido en una acera multiforme, arbitraria, parecida a torrente humano desbordado y enloquecido; la acera de la Manzana de Gómez (manzana cuya descripción ocuparía un volumen en octavo de cuatrocientas páginas con grabados “intercalados” en el texto) es donde ahora los músicos tienen su mercado v horas de contratación, separados “levemente” de los cómicos que a falta de Casino, llenan el “Salón H”, como antes lo hicieron en el “Pasaje”, café y Arco comprendidos.

La calle de la Amargura.

La calle de la Amargura.

Este movimiento no hay que extrañarlo pues no se puede hablar de acera de la Habana sin vincularla a un café y la desaparición de uno de estos establecimientos como su inauguración o apertura, señala el hecho de un “cambio de domicilio” de una de estas instituciones o la aparición de otra nueva, como sucede en otro lugar del Parque, corno es la acera que comprende el trozo de Neptuno v Prado en el que la instalación de unos cuantos negocios de índole variada y una “barra” han caracterizado esta nueva acera como sector de, actividades del ramo tabacalero al por menor y accidentalmente durante la campaña hípica como centro irradiados de apuestas, combalaches, pronósticos y otros excesos, relacionados con las carreas de caballos, principalmente entre el elemento americano; fauna heteróclita donde lo mismo se concierta una apuesta sobre las patas de un caballo que una buena partida de tabacos de Vuelta Arriba tiara la exportación del primer barco excursionista que sale de bahía. Hay, por último, en el Parque Central un lugar, que siendo acera y parque, parece que la estatua de Martí ha convertido en señalada división, una cosa y otra. Mientras por el día unos cuantos pequeñuelos con sus juegos y correterías encuadran en el marco que el Apóstol brinda, de sencillez y poesía, por otro lado unos somnolientos y aburridos sin trabajo completan la visión martiniana que altera de tarde en tarde, una reunión mitinesca con un aluvión de verborrea o unas pintorescas tribunas de madera y percalina, integradas por una numerosa y brillante representación del mundo oficial que preside un patriótico desfile de escolares. Tribuna y casino, parque de nirvana o ensueños infantiles, en las altas horas de la noche, se convierte en hospitalario acobijo de algún paria que cabecea un sueño atrasado y constantemente interrumpido por el alerta del vigilante de policía.

Los Cuatro Caminos.

Los Cuatro Caminos.

De estas aceras clásicas, pintorescas, anchurosas, pasemos a esas otras estrechas, incómodas, peligrosas y que niegan el apelativo, pues están a cero de justificación de su noma en la presente época. Son las aceras de esa Habana vieja colonial, sin ningún otro atractivo más que su pátina del tiempo, que nos enseñan otra Vida y otras costumbres habaneras de urbanización. Calles, donde la aparición de un tranvía o automóvil supone un problema de impenetrabilidad tanto fuera de la acera como dentro de ella, ante el muro o la fachada de un viejo edificio, que nos pone en el grave peligro de salir magullado de cualquiera manera que trate el sujeto de colocarse, a no ser pegado sello de correos, cuyo despegue supone, una ración de tintorería o de sastre zurcidor. Hay aceras de esa Habana vieja, tomadas por los negociantes con puentes levadizos, acorazados camiones y ocupadas por levas de hombres, fornidos, sucios Y brutales, abrumados por grandes y pesados sacos que nos hacen pensar en viejas fortalezas, para cuya defensa se precisan innúmeras artes guerreras, exóticas en una urbe pacifica o en faraónico hormigueo fabricando una pirámide en los alrededores del Nilo. Aquí el viandante no se aventura a pasar, si no es por una obligada y apremiante necesidad. Los nombres de todas ellas son bien conocidos: Amargura, Oficios, Inquisidor y otras.  

Como ejemplares de aceras incómodas, detestables y peligrosas, ahí quedan las de las calles de Chacón, Angeles, San Joaquín, donde lo mejor que puede hacer cualquier mortal es no pasar por ellas… o atravesarlas en tranvía.

Las aceras de La Habana, final.Hay calles, con aceras en las que el olvido más censurable impera, situadas en el corazón de la ciudad, como son algunos trozos de la calle de Neptuno a los que afluye enorme gentío, principalmente mujeres, para tomar tranvías y guaguas. Esos grupos a horas determinadas, ponen espanto en el ánimo mejor dispuesto para querer adentrarse en un vehículo de cualquier clase. Los tipos que forman el abigarrado conjunto son de la más grande variedad; desde la señora de los paquetes que tonta el tranvía y cuya presencia se mira con horror por cuantos están ya instalados en sus asientos, hasta la modesta obrerita que, débilmente lucha, entre desconsiderados viajeros afanosos por ganar un buen puesto en el primer tranvía o guagua que asoma. Entre todos los tipos callejeros para los que la acera es su campo de operaciones, sobresale el donjuanesco y galantuomo, desocupado que asalta los tranvías ya pletóricas de femeniles siluetas que unas veces es el señor discreto que se “desliza” entre las alegres chicas de un taller jugando al asequible roce, encontronazo, vaivenes, ora agradables, ora aprovechados y aprovechables y algunas veces sin intención “rascabucheril”, pero que producen airados juegos de ojos y severos gestos. Estas aceras de tranvía y las esquinas de Tejas, Cuatro Cansinos, Reina y Belascoain, como las más conocidas, son punto de cita, base de excursiones, “parquet” de pequeños negocios, que no pueden afincar en un café, por muchas circunsancias. son. en fin, aceras guiones, jalón necesario e imprescindible sin el cual no se pode la vivir.

De esas aceras mercantiles, la Habana tiene varias y de aspecto y caracteres diferentes. Las aceras de Obispo y Acular son “bolsín” y mercedo azucarero, oficina destacada, propicia a veces para los negocios de terrenos, hipotecas, alquileres, pactos de retro y otros negocios más o meros limpios en contraste con las mientas aceras de un poco más allá donde los tratos de cargaremes y colecturías, como la  adquisición de billetes por re-vendedores, ocupan toda la atención, y esto, salpicado con brotes de vendedores ambulantes que con sus gritos vendiendo “camelots”, hojas de afeitar y bisutería, hacen de las aceras de la calle de Obispo desde su entrada hasta el final un “totum revolutum” de actividades políticas, financieras y mercantiles de característica neoyorquina indiscutible.

Las aceras del Vedado… ! Las aceras de los templos que sólo tienen días y horas de flirt, de musiteo murmurador y acerado, frases galantes y chabacanas de mal gusto. Las aceras de la iglesia del Angel y las de los jesuitas de Reina … aceras de crónica social y mundana en todos los tonos, armonía musical de clavicordio, muy Luis XV, aceras que han sido bastante criticado, ridiculizadas y … olvidadas.

Quedan aún en La Habana más aceras y son las suntuosas y monumentales, las de las regias avenidas del Prado, Malecón. Parque del Maine, de los Presidentes, de la Fraternidad y las que circundan el Capitolio, entre otras, pero exceptuando las de Prado y Malecón, domingueras y salutíferas para viejos catarrosos, donde por una paradoja extraña se funden predilecciones, gustos y costumbres pura y francamente coloniales crin ambientes y paisajes de la Cuba moderna y republicana. El Malecón de las tardes estivales y el Prado dominguero, son cuadros de color fuertemente hispano y sus aceras un exponente de los fuertes, apretados, indisolubles, cordiales, etc., etc., lazos de cubanos con los naturales de la Península Ibérica.

J. Martón e Izaguirre


Fotocopias: Yasset Llerena alfonso – Transcripción: Claudia Lugo Miranda


N. del E: Se ha respetado la ortografía y estilo originales.


 

Guardar


Victor Manuel González

 
Victor Manuel González