0
Publicado el 24 Mayo, 2017 por Victor Manuel González en Bohemia Vieja
 
 

La Ciudad Padece Fiebre…

Los lectores habituales, u ocasionales, de este espacio han tenido recientes oportunidades de asomarse, desde las vetustas páginas de Bohemia, a La Habana de hace casi un siglo, a los mundillos pobladores de sus aceras más famosas entonces; al inicio de la pavimentación de sus calles… Ahora vuelve a ser noticia el ambiente recreado en la edición de la Centenaria correspondiente al 29 de junio de 1930, podrán disfrutar, de otra maravillosa experiencia: la de cuando aquellas calles -las mismas de ahora mucho más viejitas- se repletaron de los más diversos tipos de vehículos. Los impulsados por las encallecidas manos que siempre empujaron carretillas, o por los propios pies del ciclista, o arrastrados sobre sus engrasadas ruedas por las nobles bestias, o propulsados por modernos motores de combustión interna, o movilizados por el milafro de la electricidad… En fin, toda clase de equipos andantes y rodantes, con cargas de mercancías o personas, como transportes individuales o colectivos, moviéndose en cualquier dirección, lentamente o a toda prisa, a veces con la impresionante velocidad… que para la época podrían ser unos pocos kilómetros por hora… Una fiebre de tránsito, incurable, que padecemos hasta hoy.


La Ciudad Padece Fiebre…

La Habana ha recibido una clasificación certera y vulgar, hija de su aspecto variado y hasta chocante. Desde el antiguo Paseo del Prado, hoy suntuoso Pase de Martí, que ostenta la genial concepción de Forestier, hasta el mar, se denomina “La Habana Vieja”. Desde allí hasta perderse en la fastuosidad de sus diversos repartos y barrios modernos, se llama “La Habana Nueva”. Y en esta clasificación el público no ha tomado para nada en cuenta el elemento cronológico de la vida de la urbe gigante. Ni siquiera se ha considerado el factor histórico. Simplemente ha sido el aspecto físico, la conformación de la ciudad, la que lo ha determinado. Es que en realidad, dentro de la capital existen dos ciudades distintas: aquella que va hasta los muelles con sus mil calles y callejuelas, estrechas y retorcidas como barras de hierro, con sus construcciones antiguas y mal dispuestas, hay orgia de aire y luz y construcciones en que se plasma el ultimo capricho arquitectónico. En la nueva ciudad reside el capitalismo, la burguesía y aun la burocracia. En la ciudad antigua reside el  comercio; allí están, como la boca gigantesca de un monstruo, los muelles que engullen millones y millones de toneladas de mercancía; allí están, en fin, las industrias de más antiguo establecimiento. La vida de la fastuosa ciudad nueva, necesita, para sostenerse, de los suministros de la vieja ciudad. Y ese perpetuo intercambio de una y otra ciudad, esa perenne necesidad que tiene lo nuevo de lo antiguo, hace que exista, como problema insoluble hasta hoy, el de la congestión del tránsito. El de la expansión  de las estrechas vías de comunicación que existen entre el puerto y la ciudad.

Hace mucho tiempo que se viene pensando en utilizar medios que eviten esta deficiencia de La Habana, deficiencia tanto más sensible cuanto que es causa de la perpetua congestión, de la continua paralización del tránsito, en forma tal que ya es perfectamente conocido el disgustado gesto de los conductores de vehículos y aun de los que por motivos de negocios tienen necesidad de transitar en horas del día y es que especialmente de la mañana, por aquellos rincones citadinos en que subsisten, indeleblemente grabados en piedras y ladrillos ennegrecidos por el tiempo, girones de la historia de la ciudad colonial. Muchos proyectos se habían hecho, cuando la Secretaria de Obras Publicas hizo venir al famoso galo Forestier para refundir todos los planes y proyectos de ensanches en uno solo, consistente en hacer desaparecer calles estrechas y manzanas de construcción para dar origen a anchurosas avenidas que permitieron la rápida circulación por aquella parte de la ciudad. Pero mientras la idea de Forestier toma forma, subsiste el inquietante problema de la circulación, agravado por la multiplicidad de vehículos q a diario ruedan su a veces ridícula anatomía por las calles estrechas de la urbe antigua.

Tal parece como si las calles de La Habana fueran una multitud de finísimo capilares en que se mueven, a manera de microbios, los distintos factores de la circulación.

Entre todos esos hay uno que pudiera ser un organismo gigante, que cuando rueda hace retemblar el pavimento, que es de andar lento, pesado, amenazador. Se llama Mack de cinco toneladas. ¿Ves aquel que marcha a velocidades inauditas, que vertiginoso pasa de una a otra calle haciendo que todos embargados de terror se detengan a su paso? Tened mucho cuidado; ese es como el germen del paludismo, es endémico en la vistosa ciudad tropical; todos los elementos profilácticos hasta ahora ensayados contra el han fracasado. En un ómnibus de los que hoy existen miradas.

Y aquel que va engullendo detritus mal olientes, materias en descomposición? Ese es un elemento de defensa de la ciudad, viene a hacer las mismas funciones que un glóbulo blanco de sangre. Es un carro de Obras Públicas, destinado a la recolección de desperdicios y basuras. 

¿Y aquellos otros de dos ruedas, uno de los cuales da disparos intermitentes y circula con velocidad de rayo? Esos son elementos peligrosos para la integridad física de los peatones, son mensajero, con bicicleta el uno y con motocicleta el otro. A lo largo de la ruta Central, los guajiros le han dado al último el simpático e irónico calificativo de “caballito del diablo”

¿Y aquellos otros tan abundantes que tan buen auxilio prestan a los transeúntes? Son elementos valiosos que simplifican el complicado problema del trasporte llevándolos desde Belascoain al Muelle de Luz por twenty cents casb que no siempre les son satisfechos. Corrientemente se les da una denominación poco elegante, que no puede negar, sin embargo, la utilidad de estos vehículos debidos al genio constructivo, al estudio continuo y al esfuerzo consiente de ese gran celebro, de ese ejemplar carácter que en el mundo de la industria se llama Henry Ford.

Hay otros elementos, sumamente útiles a la circunstancia, que llevan algo así como un flegelo dirigido al espacio. Son los tranvías que hace tiempos sufren una crisis debido al aumento de los ómnibus.

¿ Y aquel otro de color azul intenso que parece surgir como un levantamiento del bituminoso asalto de la calle? Ese no es un germen, amigo, ese es un elemento indispensable al fenómeno de la circulación. En las venas existen válvulas que regulan la marcha de la sangre y en las calles de mucho tránsito precisan estos elementos reguladores que se llaman agentes de policía.

Y entre tantos elementos de probada utilidad, existen a manera de microbios, de perniciosas bacterias, los carretones de tracción animal, los coches destartalados y de hambrientos jamelgos, restos de aquella Habana colonial, que sentía el orgullo de sus estrechas callejas.

Y junto a estos, como un mentis a la civilización actual, como una necesidad comercial estranguladora de toda otra necesidad, como una razón de vida superior a toda otra razón, la variedad inmensa de carros de tracción manual: carro de pan, de frutas, de ropas aun, en estos días de verano, el característico carro de mangos cuya presencia se anuncia a distancia por el grito desagradable y sin ritmo de “Manguito, mangüe… de Torrecillaaa…”

Existen, además, calles preferidas por la circulación a pie, calles ya popularizadas por esta característica, calles de subida y bajada para peatones, como existen para los vehículos. Tales son Obispo y O´Reilly, Neptuno y San Rafael. Y ello tiene su explicación; estas calles son cuna de todas las pasiones, fiel contraste de todas las virtudes, finalidad de todos los afanes, génesis de todas las amarguras, joyeles de todos los tesoros. Finas y brillantes pedrerías, coloreadas y vistosas telas, trajes tentadores, esplendidas mujeres, todo lo que fascina, lo que atrae, lo que seduce, se encuentra en las cristalinas arcas de las vidrieras de estas calles y atreves de sus cauces poblados y sugerentes. Y allí, frente a lo tentador, a lo alucinante, se desarrollan los grandes amores, los odios tremebundos, las tragedias que conmueven. Allí se quiebran virtudes mantenidas por largo años, allí se entierran cuantiosas fortunas: allí palpita, a través la Moda, el Lujo y el Confort, la última conquista de la civilización, que es al cabo el último elemento del humano dolor. De entre los pliegues de las sedas brillantes que se exhiben en esas calles, del iris de sus fantásticas pedrerías salen las legiones de los vencidos, e insensible a ellos, otras legiones les suceden y les sucederán, porque la atracción de las grandes ruas, su encanto, su luminosidad, está muy por encima de toda ponderación, de todo dolor, de toda experiencia…

¡Las grandes ruas citadinas son como focos potentes de luz, quemante pero atrayentes!

Y todos eso cuerpos que viven, que circulan, que se agrandan y se achican, que se apartan y se chocan, mantiene a La Habana, febril y acalorada. Ellos son la vida y la muerte, la civilización y el progreso. Solo la alarmante y prolongada crisis económica que padecemos, podrá, desgraciadamente un día, matar esta fiebre que es la vida de la gran ciudad. Pero La Habana, la eterna coqueta del Golfo, la bullanguera ciudad tropical, es como esas chicas risueñas y cascabeleras, juguetona y despreocupada. Ella seguirá mostrándose con la incesante algarabía, con la a veces infernal balumba delos ruidos de mil ruedas y pregones, ajena a todo, indiferente a todo.

Que el tiempo este bueno a malo, que los negocios marchen bien o mal, que en nosotros haya tristeza o alegría, que la situación política sea obscura o trasparente, siempre La Habana seguirá el curso de su vida, padeciendo la fiebre intensa de su gran circulación.

L.G. del C. 


Fotocopias: Yasset Llerena alfonso – Transcripción: Claudia Lugo Miranda


N. del E: Se ha respetado la ortografía y estilo originales.


 


Victor Manuel González

 
Victor Manuel González