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Publicado el 18 Julio, 2017 por Redacción Digital en Bohemia Vieja
 
 

Cuando Ramón y Cajal estuvo en Cuba…

Un trabajo muy interesante, publicado en la edición de Bohemia del 4 de mayo de 1952, que recomendamos a nuestros lectos, por la prominencia del personaje, el eminente médico Ramón y Cajal, su experiencia como capitán médico en la guerra de independencia cubana, y el curioso estilo narrativo del autor; como para no perdérselo.


CENTENARIO

 

Cuando Ramón y Cajal estuvo en Cuba…

 


Un capitán español más.— La Habana entrevista.— Cartas jamás entregadas.— ¡A la manigua, capitán! .— Ramón y Cajal, republicano.— El barracón de Vista hermosa.— Un laboratorio sobre cajas de lata y botes de medicamentos.— Heroísmo y paludismo.— La dulce convalecencia de Puerto Príncipe.— La trocha de San Isidro.— Cajal empapelado por protestar contra la organización militar española.— ¡Ah, la tozudez de los generales y gobernantes metropolitanos! .— Nostálgico adiós a la Isla y alegre despedida de la vida militar.— De cómo Cuba participó en el primer microscopio de Ramón y Caja y tiene derecho a sentirse copartícipe del Centenario.

Por GERARDO ÁLVAREZ GALLEGO

I

1873.Cuba. Santiago Ramón y Cajal de uniforme de paño de capitán de Sanidad Militar.

1873.Cuba. Santiago Ramón y Cajal de uniforme de paño de capitán de Sanidad Militar.

Un barco de la Trasatlántica acaba de atracar al muelle de la “Machina. Es el “España”. Buque arrogante a pesar de que apenas traspone la categoría de un barco negrero. La batería de luces colocada en su interior hace que los innumerables agujeros de las ventanillas se iluminen como si allá adentro estuviesen de fiesta. Al ser amarrado al muelle, a los pasajeros les parece como si la calle aledaña fuese una turbulenta avenida de agua por la que navegasen, corno navecillas fugitivas, los transeúntes vestidos de blanco y como barcos también.

Entre los militares que arriban de la Península, un capitán con uniforme de rayadillo y ros blanco con barbuquejo negro está empinado en el puente queriendo taladrar, con unos ojos brillantes de color pardo oscuro, las imágenes de la noche, tornasolada por la luminaria de Ios muelles. Es un oficial que viene, como tantos otros, a ser vaciado por el vómito en los cañaverales espesos. Mozo desgarbado, de talla menos que mediana, ancho de espaldas, robusto, carirredondo y con una tez de color aceituna. Quisiera abarcar con sus binóculos de campaña toda La Habana. Imposible. Apenas acierta a ver bien más que la enorme cuña de la proa del barro. Como es escritor, las luces de la orilla del agua la sugieren una metáfora bastante nueva: ¿no son como los dientes de oro de un boxeador negro que al fin se hubiese cansado de zarandear al “España”? ¡Dieciocho días de mala travesía, y eso para debutar como navegante! Y, sin embargo, el viaje había sido para él como un raro sortilegio. Años más tarde, lo describiría así:

“Hasta en el negro oleaje (el negro mar de Hornero)… encontraba sorpresas cautivadoras. En noches de calma no se limitaba a copiar pasivamente las luces del firmamento, sino que irradiaba profundos y misteriosos fulgores. Y mi curiosidad se embelesaba persiguiendo la estela fosforescente producida por el enjambre de noctículas, excitadas por la sacudida de la hélice. La sensación de flotar entre dos infinitos no me causó pavor. Frescas las lecturas de los evolucionistas que consideraban el mar como la cuna de la vida, el ritmo de las olas evocaba en mí el latido anhelante del corazón de la madre que estrecha amorosamente a los hijos. Verdad es que no había sorprendido aún a la diosa Tetis en sus arrebatos homicidas.

II

Retrato hecho en La Habana. Ramón y Cajal (sentado) entre dos compañeros de la época en que estuvo en Cuba.

Retrato hecho en La Habana. Ramón y Cajal (sentado) entre dos compañeros de la época en que estuvo en Cuba.

El joven capitán desciende, al fin, la escala del barco. En lo alto del kepis lleva las insignias del Cuerpo de Sanidad Militar. Con esa facilidad para el olvido, tan característica en los navegantes… y en las mujeres, el capitán médico abandona la nave expedicionaria en donde gozó, por primera vez, las delicias de la travesía sobre un mar que jamás había visto antes; pero en donde también sufrió, como nauta primerizo, las singladuras del mareo en los malos días a bordo: viento en contra, los pantalones destrozados por el oleaje, el estrépito de las vajillas hechas añicos al furor de los bandazos y el palo mayor del “España” perdiéndose en las aéreas tinieblas mientras el zarandeo del buque descubría y ocultaba, acompasadamente, la linterna roja del vigía, a la mitad del mástil.

No piensa el capitán en la guerra que vino a librar. Ya está en La Habana, bajo un cielo sedeño y ca-be a las moles blancas de los edificios. Y todo como envuelto en una tibieza que es por si sola la voluptuosidad… ¡La Habana! Parécele al viajero como si la hubiese visto anteriormente, aunque envahada por las nieblas del sueño. Ahora eran las casas enjalbegadas, los blancos palacios, las quintas entrecruzadas por ringleras de palmas, las calles sombrosas y estrechas que dejaban ver el fresco patio interior y adivinar la presencia de unas mujeres lánguidas, de ojos enormes y pelo negrísimo. ¿Todo aquello lo había leído en Alejandro Humboldt? ¿O era el producto de cuantas descripciones había oído a otros compañeros de promociones anteriores, que hablan estado de guarnición en La Habana? No lo sabía. Mas aquel aire tibio y cargado de aromas, aquel sol radiante, la orgía en el paladar de aquellas frutas y de aquellos refrescos, era para él, fuerte mocetón del alto Aragón, como una caricia deliciosa en todo su ser.

Se alegraba, a pesar de todo, de haber venido. Ciertamente que solo se había embarcado por pundonor. Había habido más bajas españolas en Cuba. Se hizo una nueva leva de ayudantes médicos, que lo comprendió a él. Se lo comunicaron a la guarnición de Lérida, en donde se había estrenado como oficial del Ejército, al mismo tiempo que el ascenso. Tuvo la resistencia del padre:

—Renuncia, Santiago. Tu porvenir no está, en la milicia, sino en la práctica de la Medicina, aquí a mi lado, superando mi propio y duro ejercicio profesional.

Pero la terquedad del hijo era digna de la tozudez del padre:

—Perdona, padre Justo. Es una cuestión de dignidad. ¿Cómo voy a retirarme después de haber sido destinado a Cuba? ¿No ves que muchos lo tomarían por miedo?

Resignóse Don Justo Ramón. Calló. A los pocos días, había movido sus influencias y había logrado reunir unas cartas para el Capitán General, para el Gobernador, para el Cornel Jefe de Sanidad de la plaza:

—Toma, hijo mío. Preséntalas en cuanto llegues. ¡Que siquiera te destinen a un puesto salubre!

III

Al regreso de Cuba, todavía enfermo de paludismo y tuberculosis, Ramón y Cajal, con dinero de Cuba, compra el primer microscopio.

Al regreso de Cuba, todavía enfermo de paludismo y tuberculosis, Ramón y Cajal, con dinero de Cuba, compra el primer microscopio.

Santiago Ramón y Cajal, el capitán médico recién llegado a La Habana, se propuso, desde que embarcó en Cádiz, no presentar las cartas jamás. Le hubiera, es verdad, placido quedarse en la Capital, que era como una Andalucía todavía más perezosa y más cálida. Pero, no. Se contentaba con los días —corrió hasta un mes maravilloso— que tardaran en destinarlo al campo. Iría a donde fuera. ¡Allá la suerte! Esta fué bastante mala.

El capitán de Sanidad Militar tendría que cubrir la baja de un colega en Vista Hermosa. Plena manigua. El hospital, en pésimas condiciones sanita-rias, y una fortaleza de piedra negra y guarnición bisoña. Eso era todo. Llegaba allí, además, desconcertado.

Los días pasados en Puerto Príncipe, esperando el convoy que lo arrojaría en Vista Hermosa, fueron muy desagradables. Los compañeros que iba encontrando, aficionados a la pendencia, a las mujeres, al vino.

Por añadidura una noche de café y juerga, que él se limitaba a presenciar, un Comandante, también aragonés, le preguntó:

—Oiga, Capitán, usted que acaba de llegar de España: ¿qué se cuenta allí de la conspiración que debe proclamar a Don Alfonso XII?

—¿Conspiración? ¿Don Alfonso? ¡Fantasía! La República merece la confianza del Ejército.

—¡Usted está en Babia, no en Camagüey, paisano! El Ejército es alfonsino. Y cualquier día caerán Castelar y demás repúblicos. Esté seguro.

Habían caído, en efecto, en los días en que Ramón y Cajal llegaba a Vista Hermosa. Una fría madrugada de Enero, el General Pavía, armado de un charrasco y seguido de una docena de espadones desenvainados, asaltara al Congreso en plena sesión. Al fin, el hijo de Isabel II fuera proclamado en Sagunto.

IV

El fortín de Vista Hermosa, en Puerto Príncipe, donde primeramente estuvo Ramón y Cajal,

El fortín de Vista Hermosa, en Puerto Príncipe, donde primeramente estuvo Ramón y Cajal,

Esta disconformidad con el curso de los acontecimientos, fué para Ramón y Cajal una más de cuantas le acometieron en Vista Hermosa. ¡Qué ironía hasta en el nombre! Los paisajes bellísimos de Cuba habían quedado atrás. Cajal se fatigó de recorrer el pequeño campamento que se extendía por las faldas del montículo, alojando bajo aspillera, a las órdenes de un Capitán a una compañía siempre diezmada por las enfermedades. Se refugió en el barracón de madera con techo de palma, flanqueado por dos torreones reforzados con parapetos de troncos, que llevaba el nombre excesivo de hospital ¡Cuántos enfermos! Paludismo y disentería. Los hombres están flácidos, con enormes ojeras, amarillos como un pus. Además, apenas hay con que combatir el mosquito terrible. Quinina y más quinina. Los soldados se vacían, como si fueran pellejos de vino pinchados al exterior. El mismo cae víctima de las dolencias que cura. Apenas puede moverse. Ha tenido que abandonar hasta un pequeño laboratorio fotográfico —luego esa afición contribuiría a sus grandes descubrimientos científicos— que había podido ir alzando, en un rincón de la gran barraca de madera, con latas de galleta y botes de medicamentos usados. El reposo forzado no lo es para él, sin embargo. Lee más que nunca. Aprende inglés durante su enfermedad. Una madrugada, los mambises atacan el hospital. Tiene que levantarse y cumplir su deber, al frente de las sombras que, más vivos que muertos han de sostener un fusil en las manos. Afortunadamente, el ataque ha sido de refilón y no como en el Cascorro próximo, en donde toda la guarnición acababa de ser pasada a cuchillo. Ramón y Cajal es elogiado en la orden de la plaza por haberse defendido en el propio Hospital, al frente de los enfermos, sin haber querido refugiarse en el fortín, como le ordenaron. Pero su salud se torna todavía peor y el Jefe de Sanidad —por cierto, un Dr. Grau— lo hace evacuar a Puerto Príncipe, seguro de que si llega con (Continúa en la Pág. 95)

CUANDO RAMON Y…

(Continuación.)

 vida no la sostendrá mucho tíempo.

V

Ramón y Cajal es el eterno optimista y aún viendo morir a su alrededor docenas de enfermos menos graves que él, creyó siempre que se salvaría. Se salva, en efecto; pero tan por una uña que tiene que convalecer mes y medio en Camagüey. No recibe su paga. Abomina del alcohol, que embrutece a soldados y oficiales. No interviene en las rumbas costosas, de juego y mujerío. Tienen que hacerle un préstamo, porque sus mensualidades no le llegan, debido al desbarajuste en la Administración. Y, sin embargo, a Ramón y Cajal le basta el encanto camagüeyano, lo acogedor de los cubanos y lo grato de la vida social, para que confiese haber pasado allí las seis semanas más inolvidables de su vida en Cuba. Pronto se repone. Su inicial fortaleza de cuerpo y alma, lo sacan de la dulce convalecencia. Ha de ir a ocupar un nuevo destino. Una voz interior le grita:

–¡Acuérdate de las cartas de recomendación! Puedes ir a un hospital en La Habana, quedarte agregado al cuerpo de guardia del hospital militar de Puerto Príncipe. ¡Sólo van a las enfermerías de la manigua los médicos militares sin amigos influyentes!

Mas su sentimiento de la equidad, su protesta contra la injusticia, su espíritu sano, le hacen desoír la voz egoísta.

—Mira, –insiste ésta— que aún estás a tiempo. El campo es el peligro de guerra y, más aún que él, el enorme número de enfermos. ¡Quédate, Santiago! Podrías además saciar tu sed de estudiar, tu ansia de investigar.

Fue más fuerte que todo su candoroso ánimo viril y mientras compañeros suyos removían influencias para quedar asignados a plazas de Hospital, Ramón y Cajal volvió a la manigua espesa, ahora al campamento de San Isidro, todavía peor que el de Vista Hermosa. El médico director, al que iba a sustituir, acababa de morir en el cumplimiento de su deber. Igual le había pasado a su antecesor. Santiago Ramón y Cajal era uno más en la “fila macabra”, según el mismo escribiría años después.

VI

San Isidro está en la trocha, que comenzaba en Bagá y terminaba en Nuevitas. La estrategia de los generales españoles, cosecheros de desastres, había imaginado que constituyendo una pista militar, bordeándola de fuerte empalizada, defendida por un fortín de madera cada kilómetro y cada medio un blocao, guarnecido de soldados, se iba a ganar la guerra. A esta táctica la llamaban graciosamente los cubanos la del “chorizo estrangulado”. Era así, como convirtiendo a la Isla en una morcilla, desde Pinar del Río a Santiago de Cuba, creían ganar la guerra. Pero la mayor burla de los “insurrectos” consistía atravesar la trocha cuantas veces se les ocurría, riéndose de su supuesta inexpugnabilidad y obligando a inmovilizar un gran ejército regular, contra la agilidad de ardilla de las tropillas mambisas, dotadas de una enorme agilidad de maniobra.

Cuanto más copioso era el ejército metropolitano, más ineficaz como cortacircuitos de la Revolución. En cambio, más propicio por el hacinamiento al contagio de la viruela, a la infección palúdica, a la disentería y las ulceras. Además cundía la inmoralidad, y desde el jefe de la guarnición sal último cabo furriel, se robaban las provisiones y se escamoteaba la comida. Cajal se rebela contra tal estado de cosas.

–Mi comandante —le anuncia un día al Jefe de San Isidro—. Usted falta a su deber, no vigilando lo que ocurre. Si no corta los abusos, yo estoy dispuesto a denunciar este estado de cosas.

La respuesta fué el aislamiento por los oficiales comprometidos y el comandante consentidor. Le hacen la vida imposible. Para molestarle, el Comandante llega a encerrar dos de sus caballos, en el hospital, cerca de los enfermos. Cajal furioso, echa violentamente a pala-freneros y animales. Colérico, el Comandante lo increpa. (Tomamos el diálogo de la biografía de Dorothy F. Cannon, asi como otros datos de esta crónica).

—¿Quién es usted para desobedecerme? —le grita el jefe del fortín a Cajal— Aquí represento la suprema autoridad. Usted tiene que acatar ciegamente órdenes superiores.

Ramón y Cajal responde:

—Dentro de un hospital no hay más autoridad que la mía. Mi con-ciencia de médico no puede consentir que, por un capricho de emperador romano, usted intente convertir la sala de una enfermería en cuadra. Sumaria por insubordinación. Quieren mandarlo a presidio. Pero las autoridades militares de Puerto Príncipe descubren los escándalos, y esto hace echar tierra al proceso incoado. Su liberación de San Isidro la debería, más tarde, a una recaída palúdica, a la inutilidad bélica de la trocha y a un comandante de visita en San Isidro que al fin se aviene a cursar su petición de licencia absoluta por enfermo. Gracias al envío de fondos de su padre, Cajal logra salir de la Isla, un día de marzo de 1875. El mismo “España” lo devolverá a Cádiz. Ahora, con muchas menos ilusiones que en el viaje de ida, porque lleva una nausea en el alma, que más tarde hará pública:

“Asombra e indigna —escribió— reconocer la ofuscación y la terquedad de nuestros generales y gobernantes, y la increíble insensibilidad con que en todas las épocas se ha derrochado la sangre del pueblo. ¡Qué pena da pensar en la absoluta irresponsabilidad de que gozaron nuestros ineptos generales y nuestros egoístas ministros!”.

VII

Cuba contribuiría decisivamente a la gloria científica que había de alcanzar aquel joven capitán médico que se devolvía a España renunciando a la carrera militar. Una última mirada a la seda de la bahía que el barco arrugaba. Doblando ya El Morro, al contrario de aquel otro rencoroso militar español que volvía a España amargado de fracasos y dijo:

—”¡Cuba: así te hundas!

Ramón y Cajal, ganado por la belleza de Cuba, el derecho a su libertad nacional y su nostálgico re-cuerdo para la Isla embrujadora, suspiraría para sí en su último adiós: 

—¡Cuba: ojalá te salves!

Cuba contribuiría, decimos, a la gloria de Cajal, porque con aquella moneda cubana que no le pagaron por sus sueldos devengados, hasta tiempo después de volver a España y tras un papeleo largo y copioso, amén de dejar el cuarenta por ciento en las uñas largas de los tramitadores, con moneda cubana Santiago Ramón y Cajal adquiriría su primer microscópio; aquel instrumento merced al cual había de rectificar muchas falsas concepciones, científicas de su época y descubrir las más finas estructuras del sistema nervioso. Más aún: en el barracón del Hospital de Vista Hermosa, en Camagüey, la instalación de aquel primer laboratorio fotográfico de Cajal había de servirle de práctica para las preparaciones de Histología en la que fué maestro universitario de muchas generaciones de profesores, luego venerados en el mundo entero por seguir sus trabajos de investigación. La doctrina de la neurona, en que hoy se apoya la fisiología del sistema nervioso, nació de allí.

Cuba dejó vivir a Cajal y aún le dió tiempo para estudiar, entre las dolencias del cuerpo y del alma que aquí padeció, a quien sería un descubridor reverenciado por la Humanidad y admirado, premiado y seguido en sus investigaciones originales de anatomopatológo, fisiólogo y bacteriólogo por los sabios de todos los países. Tiene, pues, Cuba derecho a celebrar el primero de mayo de 1952 el primer centenario del nacimiento de la figura de más talla de España entre los hombres de ciencia y de las más señeras del mundo. Finalmente, en Cuba encontró también Ramón y Cajal el yunque que había de fraguar su personalidad de reformador y de patriota sincero sin chinchines ni culto a los errores históricos de España.


N. del E: Se han respetado el estilo y ortografía originales.

Fotocopias: Yasset Llerena


 


Redacción Digital

 
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