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Publicado el 15 Marzo, 2021 por Bohemia Digital en Bohemia Vieja
 
 

BOHEMIA VIEJA

El peligro de ser enterrado vivo

Este caso se ha repetido con lamentable frecuencia y la benemérita sociedad londinense batalla para que no suceda más, bajo ningún concepto, en la Gran Bretaña.

Para satisfacción de los lectores que han estado añorando y reclamando el regreso a nuestras publicaciones de las páginas de la BOHEMIA VIEJA, traemos una buena noticia.

Un refuerzo juvenil periodístico recién incorporado al pequeño colectivo de Bohemia digital, ha tomado la iniciativa de volver a ‘bucear’ en nuestros añejos archivos y seleccionar trabajos interesantes para acariciar la memoria de los más veteranos y ofrecerlos también a nuevas generaciones de lectores.

Después de algunos pininos en el necesario entrenamiento, parece que ya estamos listos. He aquí una interesante historia, publicada en la edición No. 48 del 14 de diciembre de 1930, con un tema que parecía de actualidad aun en los tiempos más recientes, por la relativa frecuencia de estos sucesos.

‘Disfruten’ de nuevo, o por primnera vez: El peligro de ser enterado vivo 


Bo0hemia vieja No.48 del 14 de diciembre de 1930: El peligro de ser enterrado vivo

Texto original publicado en la revista Bohemia No.48 del 14 de diciembre de 1930: El peligro de ser enterrado vivo

Por Edward R. Stangerson

(Versión especial de E. Sotolongo)

Usted ha pensado alguna vez en la catalepsia, en la muerte aparente, en el peligro de ser enterrado vivo y en el horror de abrir los ojos en el féretro, bajo la losa de una bóveda o la tierra de una sepultura. Si, no lo niegue; usted ha pensado en las maneras de evitarlo: el largo velorio hasta que la descomposición se haga patente, el pinchazo en el corazón y el embalsamamiento, la decapitación “post mortem”, etc. Pues bien, los ingleses – gente práctica- han inventado algo mejor que esto.

Ante el Parlamento Británico acaba de ser presentada una documentada lista de casos de personas que han vuelto a la vida en la sepultura, como prueba de la necesidad de una ley que prevenga el entierro prematuro.

La sociedad londinense para prevención de entierros prematuros espera al fin, con la ayuda del Gobierno Laborista, la promulgación en el Parlamento, de una ley que establezca protección contra el enterramiento de personas vivas. Sr. Thomas Horder, médico actual del Príncipe de Gales y uno de los doctores que asistieron al Rey Jorge en su reciente enfermedad, está apoyando calurosamente el proyecto de ley, y comparte la aserción de la altruista sociedad londinense de que cientos de personas son enterradas vivas en un estado de inconsciencia y vuelven a la vida en la tumba, donde definitivamente perecen. En Inglaterra fallecen semanalmente diez mil personas según las estadísticas oficiales.

Aun la imaginación de las mentes más pobres puede hacerse una idea de la indecible angustia que tiene que apoderarse de un ser humano que al volver al conocimiento se da cuenta de la horrenda realidad de que ha sido enterrado vivo. Este caso se ha repetido con lamentable frecuencia y la benemérita sociedad londinense batalla para que no suceda más, bajo ningún concepto, en la Gran Bretaña.

Los continuados esfuerzos de la humanitaria sociedad han sido, en estos días, vigorosamente estimulados por el extraordinario caso de Monsieur Clemente Passal, en París. Passal era un dandy romántico y carterista de alta escuela, conocido por la sociedad parisién como el Marqués de Champaubert. Él había escrito un libro, y quiso hacer una buena propaganda a estilo de los yankees, y convino en ser enterrado vivo, (un truco) por un cómplice en la rara aventura. Con esto obtendría amplia publicidad, que estimularía, seguramente, la demanda por su libro. Una manera astuta para ganas dinero fácil. Era un plan de audacia. Passal cavó su propia tumba, e instaló un tubo que le facilitaría aire para respirar dentro de su ataúd, que lo mantendría vivo bajo tierra. Mientras tanto sus amigos remitirían cartas urgentes a los periódicos de París, – las que él mismo había redactado- insinuando que Passal había sido enterrado vivo por una sociedad secreta y pidiendo una investigación inmediata; señalando el lugar en que había sido enterrado.

El pobre Passal logró más publicidad de la que pudo haber soñado; pero no le sirvió de nada, pues perdió la vida en este, su último truco. El sagaz francés no tuvo en cuenta que la acumulación del aire exhalado – viciado, sin oxígeno- llenaría pronto su sarcófago y se asfixiaría. El tubo era demasiado estrecho, y no tenía chimenea. Passal, en su sepultura, se dio cuenta de que estaba perdido: que la muerte vendría antes de que sus rescatadores recibieran las urgentes cartas y actuasen en el asunto… Y allí pereció.

La escena de la agonía desesperada del infortunado francés ha conmovido la imaginación del público inglés. Los periódicos mismos se dan cuenta de la importancia de una ley que proteja a todo súbdito británico de darle sepultura sin la seguridad absoluta de que es cadáver en realidad. Hay una realidad tan extensa de casos de personas enterradas vivas, que la nueva ley se hace imprescindible.

El doctor Maxwell Jonhson, secretario de la original sociedad londinense para impedir los entierros prematuros, afirma que infinidad de personas son sepultadas en un estado que sus entristecidos familiares llaman muertas, pero que en realidad están en un coma transitorio víctimas de ataques de epilepsia, histeria, hipnotismo u otras causas, y que estas personas vuelven en sí cuando ya están en la tumba, donde definitivamente fallecen asfixiadas. Afirma que un gran número de estos seres humanos son conscientes de todo lo que pasa, a su derredor, que perciben las despedidas de los queridos familiares y los tétricos detalles de la ceremonia funeral, pero que están amordazados por la parálisis, sin poder dar señales de vida, para suspender el entierro de una persona viva.

La noble sociedad londinense fue fundada en el año 1896 por un médico inglés, el doctor William Tebb, y un norteamericano, el difunto coronel Perry Vollum, expresidente del tribunal médico examinador del ejército yankee y veterano de la guerra civil. La institución existe para investigar todo lo concerniente a los entierros precipitados y probar la verdad de los casos ocurridos por negligencia o abandono, no solo en la Inglaterra, sino a través de todo el mundo civilizado.

Un miembro de la familia del doctor Tebb escapó apuradamente de ser enterrado vivo, y el coronel Vollum, después de que un médico extendió el certificado de su muerte por inmersión, y ya había sido tendido en una funeraria, volvió a la vida en el camino del cementerio.

La sociedad londinense tiene recopilado en una exposición que ha presentado el Parlamento, 149 casos documentados – todos recientes- de sepelios de personas inconscientes, debido a distintas causas patológicas, pero todas vivas. Algunos de estos seres volvieron en sí a tiempo, antes de bajar a la fosa; otros ¡infelices! fueron inhumanos durante ese estado transitorio. A continuación, narraremos una serie de casos americanos y europeos que han obtenido publicidad y son bien conocidos.

Uno de los más patéticos casos es el de la bella señora Catherine Boger, de White Haven, estado de Pennsylvania. Un año después de su matrimonio, la señora Boger enfermó y murió. El doctor James Willard, médico de la familia, hizo varias pruebas para asegurarse de que estaba realmente muerta; extendió el correspondiente certificado de defunción y la señora Boger fue sepultada. Unos días después del suceso, una amiga de Mr. Boger, que había tenido gran intimidad con la difunta desde su niñez, le informó que su fallecida esposa era susceptible a prolongados ataques de histeria, y sugería que la señora Boger pudo haber sido enterrada viva. Este pensamiento obsesionó por semanas enteras a Mr. Boger, al extremo que enloqueció. Para tranquilizarlo se convino entre sus familiares que la tumba sería abierta y así se convencería de lo errónea que era su suposición. El grupo salió para el cementerio del pueblo.

Ante la consternación de los allí presentes, el triste pensamiento de Mr. Boger resultó confirmado dolorosamente. La bella dama había sido enterrada viva. Su cuerpo fue encontrado en posición decúbito ventral, esto es, boca abajo. Los cristales del ataúd estaban fracturados. La túnica funeral se encontró hecha trizas y las magulladuras e incisiones en el cuerpo de la pobre muchacha, demostraban los esfuerzos desesperados que hizo con frenesí, al despertar de su histeria y darse cuenta de su horrible situación. Todo por un descuido.

Hace algunos años una joven de 18 años, hija de Madame Laligand, en Berna, Suiza, se supuso que había muerto. Su cuerpo fue tendido en un féretro y llevado a la iglesia. Allí se cantó el sermón fúnebre y el cortejo salió para el cementerio. Pero en el camino se oyeron leves alaridos y golpes que partían del interior del ataúd. Este fue abierto precipitadamente y se encontraron con que la joven había vuelto a la vida, después de un ataque de epilepsia. Con posterioridad a ese tétrico incidente se casó y vivió felizmente catorce años más. Mlle. Laligand declaró que estaba consciente de todo lo que pasaba a su lado durante su tiempo de su supuesta muerte, y que contó, uno a uno los clavos que clavaron en su sarcófago. Pero que no podía hablar ni moverse. Agregó la muchacha que pudo percibir los llantos de sus familiares y de algunas amigas verdaderas, que la lloraban atribuladamente.

Otro caso de prematuro enterramiento que suscitó gran interés cuando ocurrió en Europa en 1918, fue el del Obispo griego de Lesbos, Nicephorus Glyncas, quien se supuso que había muerto el día que cumplía sesenta años de edad. De acuerdo con los ritos de la iglesia griega, su cuerpo fue cubierto de suntuosos vestimentos, expuesto al público por varios días en la soberbia catedral de Methmni y velado por guardias de honor integrados por sacerdotes y los notables de la ciudad, que se relevaban día y noche. En la madrugada de la segunda noche el distinguido séquito se aterrorizó al ver que el supuesto cadáver se sentaba en el ataúd, y con voz firme, decía: “Caballeros: ¿Qué pretenden ustedes hacer conmigo?” … Con respeto, pero sin poder evitar regocijadas risas por la comicidad del caso, se disolvió el fúnebre cortejo. Había sido un colapso. Y todavía vive, gozando de salud, el respetable obispo griego.

El Cardenal Donnet, famosos ex miembro del senado francés, es otro clérigo prominente que casi fue enterrado vivo. Estando pronunciando un elocuente sermón en su catedral, perdió repentinamente el habla y se desplomó al suelo. Un médico lo examinó y extendió un certificado de defunción, por síncope cardiaco. Le tomaron las medidas para el sarcófago y fue tendido en la catedral, con gran pompa. Los sacerdotes entristecidos cantaban “De profundis”. Se practicaron los suntuosos ritos de la religión católica cuando fallece un cardenal, príncipe de la Iglesia. Entre los dolientes habían venido a las ceremonias varios amigos de la niñez del cardenal Donnet. Al fin este, oyó la voz de un querido compañero del colegio, y con esa emoción, haciendo esfuerzos sobrehumanos, logró dar un grito. El cardenal Donnet narró este hecho en persona ante el senado francés, quince años más tarde, defendiendo las leyes de enterramiento en Francia.

Una bella muchacha inglesa, Miss Mora Best, de 17 años, falleció de cólera y fue sepultada en la bóveda de la familia de su madre, en el antiguo cementerio francés en Calcuta. Fue amortajada en un sarcófago, cuya tapa fue clavada, no atornillada. Cinco años después la bóveda fue abierta nuevamente para recibir el cadáver de su tío. Una de las personas que entró al panteón fue el doctor Roger Chew, un conocido miembro del servicio médico de la India inglesa. Lo que el doctor Chew encontró allí fue algo macabro, horripilante. Declaró que el esqueleto de la muchacha estaba fuera del ataúd y la tapa a un lado. Por los detalles de la escena informó que la joven despertó de un ataque de catalepsia; batalló violentamente hasta arrancar la tapa; se sentó en la lóbrega obscuridad del nicho; enloqueció de espanto, al comprender la inutilidad de sus esfuerzos para salvarse; destruyó sus ropas hasta hacerlas trizas; trató de estrangularse ella misma, estrelló su cabeza contra la pared de la bóveda y al fin cayó muerta, desplomándose su cuerpo hacia delante. Este triste cuadro ha sido un remordimiento para su familia.

Otro espécimen de enterramiento prematuro, – pero este terminó en un tierno romance amoroso, una juvenil escapada de Francia a América y un ruidoso proceso judicial-, ocurrió en París, durante el gobierno del presidente Falliéres, Mlle. Victorina Lefourcade, hija de una rica y noble familia, u muchacha de gran belleza e ingenio, fue forzada, por conveniencia de sus padres, a casarse con un banquero llamado M. Renelie, de edad proyecta, a quien la joven no amaba. Después de una lánguida vida conyugal que duró tres años, ella enfermó y falleció. Fue sepultada con gran lujo en el cementerio del pueblo en que había nacido. Antes de su matrimonio, Mme. Renelie había tenido un novio, Julio Bossuet, a quién había amado intensamente, como se quiere la primera vez en la vida. Julio era un pobre jornalero parisién, pero juvenil y simpático. Al oír su antiguo amante la triste noticia de la muerte de la muchacha que tanto quiso, determinó adquirir, como último recuerdo, un bucle de sus cabellos de azabache. A media noche fue al cementerio de la ciudad; saltó el muro, abrió la bóveda; destornilló la tapa del ataúd que contenía el cadáver de su amor primero, y cuando iba a cortar guedeja de los rizos de su inolvidable novia, la noble señora abrió los ojos y volvió a la vida. Llena de dicha por ver allí a su queridísimo amigo, que tan vehemente y sinceras pruebas de amor le estaba dando en aquellos momentos, los amantes se escaparon para las Américas, locos de alegría. Esto lo efectuaron sigilosamente, sin ser reconocidos.

Veinte años después, creyendo la feliz pareja que vivía en Estados Unidos, que la apariencia de la señora había cambiado lo suficiente para no ser reconocida, regresaron a Francia. Pero en París fue identificada por su esposo el banquero, quien hizo que fuese arrestada e inició un ruidoso proceso en los tribunales del Sena. Sin embargo, debido a la larga separación y a las circunstancias románticas del pintoresco caso, los jueces de París rehusaron perseguir a la novelesca dama. Disolvieron el vínculo matrimonial con el señor Renelie; casándose ella el mismo día con su amado Julio.

Cuando la gran actriz parisién Rachel falleció en la Villa Lumiére, los embalsamadores mientras estaban trabajando en su tarea oyeron alaridos de dolor de la eminente artista. Esta vivió diez horas más, muriendo de resultas de las heridas e inyecciones infligidas en su cuerpo.

En el presbiterio de la iglesia de San Giles, Crippegate, Inglaterra, – donde está enterrado el gran poeta John Milton- hay un impresionante obelisco construido en memoria de la señora Constance Whitney, que había escapado, milagrosamente de perecer enterrada viva. El cadáver de la dama fue expuesto en la iglesia, donde se le cantó un responso, y después fue sepultada. El sacristán había visto un valioso anillo que la distinguida señora usaba en un dedo y el buen hombre determinó “adquirir” la valiosa joya. A media noche, mientras daba fuertes golpes para abrir la tapa del ataúd, al zafarse esta, la señora Whitney volvió en sí. El pobre sacristán huyó despavorido y ella salió por sus propios pies de la tumba. Al reanudar la vida premió liberalmente el servicio del sacristán que la despertó con tan fuertes golpes. Ella vio siempre en él a su salvador, atribuyendo a un milagro el plan del sacristán para robarle la valiosa alhaja. Cuando a los doce años del suceso falleció de verdad, sus familiares encargaron a un famoso escultor un obelisco que representa, simbólicamente, su escapada del mármol de la tumba.

Ana Carter Lee, que después de haber sido dada “muerta” fue enterrada en el panteón de su familia. Al segundo día se descubrió que estaba viva y quince meses después dio a luz un hermoso niño que fue después el famoso general Robert E Lee. Imagen tomada de la revista Bohemia del 14 de diciembre de 1930.

Ana Carter Lee, que después de haber sido dada “muerta” fue enterrada en el panteón de su familia. Al segundo día se descubrió que estaba viva y quince meses después dio a luz un hermoso niño que fue después el famoso general Robert E Lee. Imagen tomada de la revista Bohemia del 14 de diciembre de 1930.

En los Estados Unidos han ocurrido muchos casos extraordinarios, uno de los más populares fue el de Ana Carter Lee, que fue declarada muerta y la sepultaron en el viejo panteón de la familia Lee, en Virginia. Dos días después, al llevarle flores frescas a su ataúd el viejo sacristán, descubrió que estaba viva. Oyó una débil voz que decía: ¡Socorro!… ¡Socorro!… Y la salvó. En agradecimiento ella le regaló una magnífica casa al sacristán. Quince meses después del novelesco suceso, la señora Lee dio luz a un hermoso niño, que andando el tiempo fue una de las más interesantes figuras de la historia de los Estados Unidos: el famoso y valiente General Confederado Robert E. Lee.

El mes pasado la señora Mary True una enfermera de New York, fue encontrada muerta en la litera de un coche dormitorio, en la Estación Terminal de Washington, a la llegada de un tren nocturno, procedente de Pennsylvania. Después de un examen por los médicos fue declarada su defunción, extendiéndose el correspondiente certificado y fue conducida a una casa funeraria. Horas después de permanecer allí, estando tendida, dio señales de vida. La llevaron a la casa de socorros y se pudo bien. Los casos son tan variados como interesantes.

La reforma de la ley de enterramiento en Inglaterra que la sociedad londinense para la prevención de entierros prematuros está logrando en estos días, se hará por medio de una nueva legislación del parlamento británico. Esta nueva ley hará obligatorio que todos los súbditos ingleses sean especialmente examinados por médicos en ejercicio de la profesión, y sometidos a pruebas definitivas, antes que los certificados de defunción sean extendidos y se autoricen los funerales.

Por las actuales leyes británicas escasamente la mitad de las personas fallecidas son reconocidas por los médicos, personalmente, después que se consideran en ese estado. En la mayoría de los casos, un médico había estado asistiendo a un paciente y le notifican que el enfermo falleció. El doctor extiende un certificado de defunción, sin efectuar un reconocimiento “post-mortem”, ni someterlo a pruebas definitivas. La benemérita sociedad londinense calcula que por lo menos ochenta personas mueren semanalmente en Inglaterra, que corren serio peligro de ser enterradas vivas. Y en américa ocurre lo mismo.

Es lamentable, sin embargo, que los mismos médicos no estén de acuerdo en la prueba definitiva de la muerte, porque se han visto casos extraordinarios, como algunos de los que hemos narrado en este artículo. La única prueba real, declaran los doctores asociados a la rara institución, es la descomposición del cuerpo. La más alta finalidad de la sociedad es que se haga obligatorio ese experimento no solo en Inglaterra, sino a través de todo el mundo.; esto es que todos los cadáveres se retengan insepultos hasta que empiecen a descomponerse. Afirman que es la única positiva manera de evitar entierros de personas vivas, lo que constituye un hecho verdaderamente vergonzoso, ya sea por negligencia, ya por abandono.

Un distinguido noble ruso, el Conde Karnice-Karnicki, ha inventado un ingenioso aparato, – cuyo diagrama reproducimos en estas páginas, por primera vez en Cuba- para asegurar el descubrimiento inmediato del regreso a la vida, de cualquier persona de quien existan dudas de que no esté realmente muerta. Cuando el ataúd es bajado a la tumba, se conecta un tubo a una abertura y se ajusta a una bola de cristal – como un bombillo eléctrico- que descansa sobre el pecho del supuesto fallecido. El otro extremo del tubo se comunica con una amplia chimenea, que proporciona aire puro. A la menor expansión del pecho, la bola de cristal automáticamente libera un resorte, que hace que se despliegue la bandera a cuatro pies sobre la superficie de la tierra y comienza a sonar el sonoro timbre de un potente despertador, durante una hora consecutiva. Se han perfeccionado varias innovaciones en este original invento, incluyendo una especie de manivela en la mano del presunto fallecido, para mover el mecanismo con la más leve presión. Una conexión telefónica ha sido también sugerida.

(Traducción especial para Bohemia de Emilio Sotolongo. Se respeta el texto original).


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