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Publicado el 29 Abril, 2021 por revista bohemia en Bohemia Vieja
 
 

Residencias históricas

Hoy en Bohemia Vieja le traemos un texto para los amantes de la arquitectura. Se trata de un escrito que aborda las peculiaridades del Hotel Lamoignon, en Francia. Esta construcción, cargada de historia, data de 1556, siendo considerada una de las residencias históricas más antiguas de París. Sobre ella comentaba Eduardo Avilés Ramírez en la sección Sensaciones Parisienses del 5 de mayo de 1929, en el No. 18 de la revista. Esperamos sea de su agrado.


Hotel Lamoignon

La mansión privada es un edificio de estilo renacentista, ahora clasificado como monumento histórico, situado en el corazón del distrito de Marais. Imagen tomada de france-voyage.com

Las grandes residencias históricas de París casi no figuran, felizmente, en las guías del turismo. Un poco recatadas en la sombra, con verdadera elegancia, están siempre en el trayecto de los turistas sentimentales, únicos que saben leer en la gracia anacrónica de las piedras viejas.

Algunas de estas residencias han pasado a ser museos – como el Carnavalet, que ocupa el Hotel de la Marquesa de Sevigné- y otras han pasado a ser casas de inquilinato. La municipalidad parisiense, sin embargo, celosamente aconsejada por la Comisión del Viejo París adquiere muchas de ellas para evitar que se atente contra su arquitectura. El caso del Hotel Lamoignon es uno de ellos.

Este hotel es una de las más viejas residencias históricas de París. Situado en la calle Pavée, en el antiguo barrio parisiense denominado El Marais, parece un hermoso centinela de la época turbulenta en que fue construido. Su historia está cargada de nombres célebres. Imaginaos que fue construido por Diana de Francia, hija bastarda de Enrique II y de Diana de Poitiers, en 1556, en los momentos mismos en que el gran Carlos V abdicaba en España y subía al trono el sombrío Felipe II. Apenas un año después de construida esta residencia, y veremos al terrible Duque de Saboya al frente del ejército español ganar la Batalla de San Quintín.

La crónica nos cuenta las fiestas que Diana, antes de casarse con Francisco de Montmorrency, daba en sus salones. Era poco antes de que las Guerras de Religión comenzaran a flagelar la tierra de San Luis, y la sociedad refinada estaba como entregada a la más intensa voluptuosidad, previendo que dentro de poco sería sacudida con rudeza por un ciclón guerrero.

A la muerte de Diana de Francia la residencia pasó a manos de Carlos de Valois, duque de Angulema, uno de los personajes más siniestros de la época. La historia nos dice cómo este gran señor hizo que los vecinos de París perdieran la calle Pavée y sus contornos desde que comenzaban a caer las primeras sombras nocturnas. Sentía orgullo en no pagar sus cuentas, ni siquiera la de sus lanceros. En su hotel se celebraban verdaderas orgías, de las cuales no salían vivos muchos grandes señores que se aventuraban a aceptar su invitación. Y lo más curioso es que, cuando venía la noche, no solo consentía en que sus hombres apresaran y desvalijaran concienzudamente a todos los transeúntes, sino que él mismo descendió a la calle, enmascarado, para dar el ejemplo. En esos días María de Estuardo era quemada viva en una hoguera inglesa. ¡Plenas tinieblas…!

Más he aquí que a la muerte de tan sombrío personaje, el hotel entró en el número de las propiedades parisienses de Lamoignon, primer Presidente del Parlamento de París. Los parisienses se atrevieron ya a cruzar frente a ese Hotel. Lamoignon limpió de malas sombras las antecámaras, barrió los recuerdos dolorosos de sus antiguos propietarios y erigió su residencia en rendez-vous de la intelectualidad francesa.

Allí encontramos a la flor de los bellos espíritus: Racine, Boileau, Patin, Regnard y Madame de Sevigné, quien vivía al frente. Por aquella época se había fundado la Academia y los escritores, los poetas y los artistas de Francia se entregaban a uno de los placeres más distinguidos: reunirse, cenacular, discurrir sobre los demonios infinitos del alma y de la inteligencia. Bajo la gracia caballeresca del gran Lamoignon, los salones de su Hotel se convirtieron pronto en una segunda Academia, más activa y más viva que la fundada por Richelieu.

Después, la historia de esta residencia continúa siendo ilustre. La familia Lamoignon sigue siendo propietaria, y es un nieto, ya en pleno siglo XVIII, que forma una de las grandes bibliotecas de París, continuando así el matiz intelectual del gran abuelo. La biblioteca fue obsequiada, a su muerte, a la Ville de París y debía quemarse en 1871, cuando el incendio de la Casa de la Ciudad.

Malheserbes nació allí, allí vivió toda su vida ilustre y de ahí salió para ser decapitado en la Plaza de Greve.

Y, por último, encontramos allí nada menos que a Alfonso Daudet, quien escribiría, en la misma alcoba que siglos antes ocupara Diana de Francia, su Jack y su Fromont y Risler. Allí también vino al mundo León Daudet, el gran crítico y terrible polemista prófugo de la Santé y director, junto con Charles Maurras, de L´Action Francaise.

Esa es la historia de esta linda residencia del viejo Paris, enclavada en la calle Pavée. Hoy está ocupada por comercios humildes y por inquilinos. Hay un café. Hay un comerciante en pinturas. Hay un mueblista…

La conserje, una viejecita de cabellos blancos, entre cuyos dedos dejo cinco francos cada vez que paso por ahí, sabe de memoria la historia del Hotel, aunque haciendo un curioso coctel con los nombres de las ilustres sombras que fueron sus propietarios. Yo, que me sé de memoria las escaleras, las salas, las cámaras interiores, el subterráneo, el patio de honor y los frisos de tan maravillosa reliquia, tiemblo de que un día cualquiera caiga en manos de los guías de turismo oficial, sea catalogada y asaltada por las gorras a cuadros, los lentes de carey y los pantalones de golf.

La Comisión del Viejo París y la Municipalidad están a punto de cometer ese atentado. Han comprado la residencia para convertirla en un museo, pequeño museo contemplativo de Carnavalet, ya que sus fachadas se erigen una casi frente de la otra. Es lástima. Así perderá su gracia de gran dama recatada en la penumbra, celosa de su pasado y de su gloria, sabiendo que no debe mezclarse al charlestón, a las melenas garzonas, al sincopismo cinemático, a los temblores del éter y al inquietante freudismo de los motores.

Enclavada en el Marais, esta residencia es un centinela hermoso del Renacimiento accidentado. ¡De Diana de Francia a León Daudet…! No es preciso ser camelot du roi para comprender y paladear la antañona gracia de estas piedras abuelas. Una fase de la historia de Francia está matriculada en sus líneas. Y por sus cámaras vagan muchas sombras…


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