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Publicado el 19 Mayo, 2021 por Bohemia Digital en Bohemia Vieja
 
 

José Martí

Bohemia Vieja trae hoy un texto a propósito del aniversario de la muerte de nuestro apóstol. Nos complace releer aquellas líneas que le dedicara, en 1899, Rufino Blanco Fombona desde Caracas, a nuestro Martí y, sobre todo, comprobar su vigencia.


José Martí, escritor, poeta, político, orador y ante todo, cubano.

José Martí, escritor, poeta, político, orador y ante todo, cubano.

Si los hombres se miden por el éxito, puede haberlos más grande que José Martí; pero si la alteza de corazón y la amplitud de miras, y el alma generosa valen por algo, José Martí es una memoria ilustre. Él triunfó sobre la índole de su país y lo llevó, del diestro, a la buena lucha: no a la victoria sobre el amo secular. ¡Arrollado en la tormenta, como en una bandera, desapareciste, Rómulo!

El hastío no lo tomó de sorpresa, porque ese Jesús, ese predicador, tenía su ideal: la República; su apostolado: la Libertad. Pero triste, con la tristeza del vivir, habló siempre en elegía, como alguno de los profetas cuando no iluminaba a los fementidos, como el otro de esos visionarios. Las osamentas, cuando no bendecía la aurora del heroísmo en un pueblo o en un alma.

Caballero de la libertad, errante de clima en clima, cantó por donde quiera la canción de la Patria, a las veces indignado, a las veces melancólico. Allá va el peregrino; la cabeza risa, doliente la mirada. Las sonrisas huyeron de sus labios con vuelos de paloma: las tristezas anidan en su pecho; y cuando él dice de la Patria y de la Libertad, baten las alas fúnebres y alborotan la melena del bardo, esas libélulas del dolor, las melancolías.

¡Poeta condenado al aislamiento de las simas, el odio, las cóleras, pesadumbres, rayos de una misma tempestad fulminan tu frente! ¡El martirio es privilegio tuyo! ¡Consuélate con tu desolación, Prometeo!

Era una caridad su inteligencia cuando él llamaba hermano, en son de camaradería, a los reclutas del arte o de la Revolución. ¡Hermano! ¡Hermano de José Martí vale como ser Dantón, que era elocuente; Kosciusko, que era patriota; Garibaldi, que era soldado; Lamartine, que era poeta!

Como escritor, José Martí pertenece a una trinidad de soles. Él, Juan Montalvo y Cecilio Acosta, varones perilustres, equivalen, en la cordillera de los ingenios americanos, al Pichincha, al Antisana, al Cotopaxi, perdidos en el éter, tocados de niebla o cubiertos de un turbante de llamas, y por cuyos flancos corre, a las veces, un río de púrpura, un deslumbramiento, una cinta de lava azul y roja, y de cuya sima brotan lenguas de fuego que surcan el espacio, lamen las nubes e incendian el horizonte.

Estos domadores del lenguaje contorsionaron el estilo, lo abrillantaron, lo pulieron, y esculpido y repujado, allí está, en sus obras, urnas labradas con primor, para encanto del gusto, pos las Gracias. Correctos, elegantes, cinceladores, estos orfebres clásicos, enamorados de su lengua, nos la legaron, flexible como una hoja de Toledo, vaporoso como una gasa, vibrante como un suspiro, sonora como una música.

Martí era un poeta adorable: poeta por la estrofa, blanca y alada como Psiquis; poeta por la prosa, urdimbre de seda joyante; poeta por el ideal, que era generoso; poeta por la voz, que era un canto; poeta por la mirada, que era triste; poeta por el corazón, que era grande.

Amó cuanto puede amar un pecho donde cupo el alma de Bolívar, la Libertad, la Patria, el Heroísmo, el Arte, el Amor; y su frente, ceñida en triple corona: la de rosas, del poeta; la de espinas, del mártir; la del tribuno, de laurel, radia, asimismo, vaga sombra de resplandor.

Su palabra, música, vibró enamorando a las gentes; y el apóstol, heraldo de la patria en prisión, nuncio de la patria por redimir, susurró, a quienes no lo desoyeron, cómo padecía en el cepo colonial la santa virgen de sus amores; cómo era menester cortar la zarpa del león, hincada en el seno de la beldad, en el seno color de rosa.

Se dio a trabajos hercúleos, que hubieran fatigado a Teseo; él predicó el americanismo, la doctrina de la fraternidad salvadora; él supo recabar de toda la América hispana simpatías a su obra de liberación: él fundó el alma del patriota isleño y pudo, al fin, mercar el sudor de los cubanos para obtener el arma redentora. Y cantó sus sueños de libertad, y fue diarista luchador como Carrel, y fue tribuno girondino y elegante, como Vergniand; y ¡no le pesó en el cinto la espada de Carabobo!

Galante con el pueblo, por encanto este colaboraba con la obra emancipadora, nunca lo aduló el poeta. Jamás produjo Martí canciones populacheras, como Beranget, ni poemas a lo Hood. Tampoco fue un bardo socialista, como Rapisardi, o Ada Negri, esa musa latina.

José Martí fue genial. Cuanto hizo, cuanto pensó, lo refrenda un sello señoril. De sus estrofas nace la hermosura; como el fresco de las brisas, como la espuma de las ondas, como el beso de los labios.

Su estrofa, tersa lámina de oro empedrada de zafiros, amatistas, esmeraldas y perlas, figura como el brillo de las piedras preciosas. El lenguaje, el gran lenguaje de José Martí, es una como vereda orlada por cítisos de flores amarillas, acacias verdes copadas de púrpuras y olorosos naranjos cubiertos de azahar. Y esa vereda, mullida por la grama, es el camino real de pensamientos heráldicos.

El tribuno tenía de Loreley el canto y el encanto, la falacia, no; aquellos que torcieron el rumbo seducidos por la sirena miraron cual surgía de la onda azul, como gasa de espuma, la Verdad. Y este ha sido en la centuria el último de los libertadores. Afortunado él que no vio su ensueño, ya cristalizado, botín de mercaderes.

Cavó como Byron en la mirada de la tragedia. Murió caballero en su corcel de batalla en defensa de su patria y de su obra. Y su vida fue holocausto.

 

 


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