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Publicado el 30 Junio, 2021 por revista bohemia en Bohemia Vieja
 
 

Ómnibus y tranvías

El ómnibus y el tranvía son dos rivales, dos razas que luchan y tratan de imponerse.
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El 18 de diciembre de 1927 se publicaba en nuestra revista un texto sobre los tranvías y los recién incorporados ómnibus a las calles de esta urbe. Como todo adelanto tecnológico, lo que es hoy totalmente normal fue por aquel entonces una “revolución”, y como toda novedad, tuvo sus detractores y admiradores. Sobre este suceso cuenta Gerardo del Valle en la página 41 del número 51 de Bohemia.

Imagen del texto original publicado en el número 51 de la revista, del 18 de diciembre de 1927.

Imagen del texto original publicado en el número 51 de la revista, del 18 de diciembre de 1927.

El alma de La Habana

Este tema, siempre novedoso e interesante, no puede dejar de ser tratado en esta sección, reflejo de la inquietud que vibra en el espíritu de la urbe. Los ómnibus y tranvías son algo de suma trascendencia en la vida de una gran ciudad y suman y ocupan buena parte de las horas del día de los ciudadanos, sobre los que ejerce cierta autocracia.

Ha llegado a tal desarrollo el tráfico de estas “carrozas de todos”, como los llamó Edmundo de Amicis, que no solo las autoridades municipales, sino también los indolentes y encantados legisladores se preocupan actualmente por darle cause fácil a problema tan complicado.

La población de La Habana es excesivamente movible. De todos los suburbios y barriadas se precipitan diariamente enorme cantidad de personas; llenan por completo esos vehículos, ya por miles, que congestionan las calles y dan al extranjero esa nota de dinamismo, de actividad, que no esperaban en una ciudad tropical que goza fama en el mundo de indolente.

Ha venido a resolver, en parte, el problema de tres años a esta parte, la enorme cantidad de ómnibus que se han lanzado a la conquista del pasaje, destronando en mucho al tranvía, lento esclavo de los rieles y de los entorpecimientos incidentales. Pero así y todo, el tranvía, perennemente va lleno y circula por todas las líneas, casi a dos metros uno de otro. Las calles de la Habana antigua, provincianas, estrechas, han recibido por sorpresa la gigantesca crecida del río del Progreso, como el aldeano que de golpe es trasladado y abandonado en la más nerviosa de las vías de Londres o Nueva York. Hay esquinas de la ciudad, donde es preciso esperar un buen rato antes de cruzar de un a otra acera y los policías de tráfico son verdaderos generales de un monstruoso y fabuloso ejército, que con sus lugartenientes, los semáforos eléctricos, ponen la armonía en la avalancha rodada.

El ómnibus y el tranvía son dos rivales, dos razas que luchan y tratan de imponerse. El primero es un demócrata, de avanzadas ideas y audaces acometividades. El segundo es un grave señor que, aunque ha cursado las escuelas del Progreso, mantiene una actitud serena, circunspecta, de orden y método. Con orgullo de aristócrata consciente de su valor, deja que los juveniles y traviesos ómnibus le pasen y le arrebaten numerosos pasajeros, que de todos modos ya no podría recibir. Tiene adeptos fieles que no se dejan sugestionar por las aventuras rápidas del ómnibus. Predomina en el elemento femenino y en la clase media conservadora y seria. Hay señores y señoras que prefieren perder el tiempo y recibir la mirada regañona de jefe, por el retardo, antes que subir a un demócrata “auto de todos”. Cuanto más, se aventuran un domingo a dar un paseo en los “buses” de dos pisos que llegan a la Playa y a los grandes repartos.

En la lucha por la hegemonía del pasaje, el ómnibus es un mártir y día por día tiene bajas y quebrantos en sus ejércitos. Los conductores padecen amnesia, no tienen en cuenta los castigos, son inmunes al escarmiento. Las libretas de los policías se llenan diariamente con notas, señalando veinte infracciones del Reglamento de Tránsito y los Juzgados Correccionales se atiborran de choferees y cobradores que reciben impasiblemente el palmetazo de la Ley.

Tampoco el público se impresiona por los relatos truculentos que los periódicos hacen de los choques, y siguen llenado “las guaguas”. Hay una voluptuosidad en el peligro. Se sale de la monotonía vulgar cuando se sabe que, por el insignificante hecho de no querer perder unos minutos, se expone la vida. Y al habanero le gustan las emociones fuertes. Hemos observado, viajando en un ómnibus temerario, en el arabesco que en la velocidad ha formado el vehículo y la maniobra realmente estratégica que un auto particular ha tenido que realizar, como después de escapar de un choque peligroso, se ha retratado la decepción en muchas caras de los pasajeros. Ha habido conmociones y palpitar violento del pecho; comentarios sobre la imprudencia del chofer que olvida la responsabilidad de las vidas que conduce, pero en esos espíritus, nuestra intuición ha leído:

  • ¡Qué lástima no haber chocado!

Y es que, aunque digan que se va perdiendo el sentimiento, novelesco de la vida, creemos por el contrario, que el espíritu de la época es cada vez más infantil y exhibicionista.

En tranvía no corre, no puede correr. Es un funcionario solemne, lleno de tradiciones. Tiene la ventaja de que en su interior se puede leer reposadamente: la trepidación de la “guagua” no se presta para ello. Y son muchos los que aprovechan el intervalo de un viaje para satisfacer la curiosidad del espíritu. De esa manera la velocidad del tranvía es mayor, auto-sugestionablemente abstraído el lector, que se ve precisado a cerrar el libro o periódico hasta el próximo viaje.

El ómnibus, como espíritu liberal e inquieto, se ha renovado, se rejuvenece, a cada semana. Ya apenas de ven aquellos desvencijados carros, de hojalata y madera, conduciendo veinte y treinta vidas, a una velocidad sin límite. Ya hay empresas sólidas de ómnibus que cuidan de la estética y el buen gusto, tanto como de la comodidad, y en nuestras calles se pueden admirar modelos verdaderamente lujosos. Ya se ven infinidad de señoritas y señoras en los ómnibus. Van despojándose de los prejuicios ridículos, que tanto perjudican la libertad y felicidad femeninas. Es la voz imperativa del Progreso, que las lanza a la calle a la conquista de los derechos y de la vida mejor, y rompe las penumbras de los padres intolerantes que aprisionan en sus hogares a sus hijas y esposa, negando, con la prohibición de la libre salida, los resultados de esa educación “decente”, que tanto los enorgullece.

Nota aclaratoria: Queremos recordarle a nuestros lectores que estos textos son recuperados de modo íntegro, manteniendo las normas ortográficas y de redacción imperantes en la época, y siendo totalmente fieles al estilo narrativo.

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