Carlitos a través de tu pupila

No lo conocí. Cuando él era un habitante más de la ciudad (Las Tunas) yo vivía a unos 400 kilómetros, en Sancti-Spíritus. Pero lo recuerdo con exactitud y no es solo por esa foto de él que todo el mundo ha visto en periódicos, redes sociales, murales o en el memorial erigido a las víctimas de sabotaje terrorista contra aquel avión de Cubana, repleto de sueños y de todas las medallas recién conquistadas por el equipo cubano juvenil de esgrima, en Caracas, durante el IV Campeonato Centroamericano y del Caribe.

En verdad, el rostro y mil bellos rasgos más de Carlitos (Leyva González) me llegaron una cálida tarde, cristalinamente, a través de la nublada pupila de su hermana Marisela.

Sentados en un sofá de madera y fondo de pajilla, pareciera que la sufrida mujer me dijera: “Mira, este es mi hermano, abrázalo como solo se abraza a un hijo o a un héroe”.

“No solo Carlitos, también mis padres murieron por culpa del sabotaje” -afirma Marisela.

Entonces, entre evocaciones más parecidas al tiempo real que a pretéritos recuerdos, “los tres”, nos perdimos en un laberinto de instantes, donde lo mismo Carlitos emergía abrazando a su adorado Papá Carlos, ayudando a mamá Gudila dentro del hogar, apresurándose para no llegar tarde al entrenamiento de esgrima, sonriendo como el niño que jamás dejó de ser o pensativo, con la seriedad del adulto que por dentro fue desde pequeño…

Corrugadas por las lágrimas de Marisela, vendrían más de una vez a mis ojos las imágenes de Carlos enviándole cartas a su hijo -mientras este se preparaba como todo un campeón en la capital cubana- en cuyo sobre siempre colocaba un peso y un beso.

Lo de ambos no tenía otro nombre. Nadie pierda tiempo buscándolo. Era simple y divinamente adoración.

Carlitos, uno de los 73 que el terrorismo asesinó aquel 6 de octubre en pleno vuelo.

Por eso, antes de que Carlitos partiera hacia el campeonato, su padre, sumido en una extraña sensación de melancolía, acaso profundo temor, tal vez un mal presentimiento, le recalcó: “Ten cuidado Chicho con esos aviones…”

Fue su pupila (la de Marisela) más que su voz, quien me mostró cómo, días después, al inconsolable padre le encaneció parte del cabello en el breve lapso de tiempo transcurrido entre la fatídica noticia y el traslado hasta su hogar, desde el aserrío donde trabajaba.

No. No conocí personalmente a Carlitos, pero creo verlo lanzándose a fondo en cada una de aquellas estocadas que, en silencio, le sacaban orgullosa sonrisa a su entrenador.

Carlos papá murió un tiempo después, se fue consumiendo en vida, negado o imposibilitado de ingerir alimentos por más que sus familiares insistieran, por más que él mismo lo intentara. Lo mató el dolor. Lo mató el sufrimiento. Lo mataron Posada Carriles, Freddy Lugo y Hernán Ricardo, autores del atentado contra el avión.

Con no menos angustia falleció también mamá Gudila. “»Su sistema nervioso nunca volvió a funcionar como antes, dice Marisela; se fue debilitando. El ajetreo del trabajo diario la reconfortaba un poco, pero el desconsuelo era muy grande y sufrió un infarto cerebral que la mantuvo 15 años en una silla de ruedas, hasta que también la perdimos, en 1995″.

Han transcurrido 46 calendarios desde el acto terrorista. En Cuba entera el dolor no ha mermado. Está ahí, en hijos, padres, hermanos, nietos, vecinos… está en las venas del deporte nacional y está en muchas pupilas, como las de Marisela, por donde un día me llegaron, nítidamente, el encantador semblante de Carlitos y mil adorables rasgos más de su inmortalidad.

Cuba entera llora. Carlitos, desde el fondo observa, es el cuarto retrato de izquierda a derecha. / misiones.cubaminrex.cu

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