China-EE.UU., abismos pos Pelosi.
Foto. / marca.com
China-EE.UU., abismos pos Pelosi.
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China-EE.UU., abismos pos Pelosi

No es que los vínculos chino-norteamericanos fuesen precisamente un modelo. Para los poderes fácticos en los Estados Unidos el gigante asiático y Rusia son sus enemigos de primera línea, por tanto el trato hacia ellos puede admitir mímicas y disfraces, pero en lo más íntimo el motor se mueve a puro rencor y ansias destructivas.

Se trata de demoler dos muros que se levantan cada vez con más éxito ante las apetencias hegemonistas y absurdas de una claque creída de que tiene el más rotundo derecho de gobernar el planeta y moldearlo a tono con sus torcidos y excluyentes preceptos… así de sencillo y real. Un sector que puede fingir a cuenta de sus pretendidos “pragmatismo y habilidades tácticas”, pero que nunca hará nada a favor de un equilibrio racional del mundo, porque este no ha sido, no es, ni será parte de su agenda existencial.

Días de “ensueño”

Hubo un tiempo, por los años 60 del pasado siglo, que bajo la égida del entonces secretario de Estado, Henry Kissinger, los Estados Unidos optaron por modular el tono a su sempiterna hostilidad contra China. La idea del hoy nonagenario funcionario era atizar las contradicciones de entonces entre Pekín y Moscú, basadas en criterios encontrados sobre temas políticos, y debilitar por partida doble al rival soviético y al gigante asiático, para favorecer la prevalencia gringa a escala global.

Luego de la desaparición de la URSS, a su juicio seguía siendo una propuesta interesante mantener lazos estables con un Beijing modernizado y potente, a manera de influir contra toda tendencia a una alianza con la vecina Rusia. En otras palabras, usar a los demás en interés propio. Sin embargo, como reseñaban en días pasados varios analistas, la conformación en Washington de una dominante secta guerrerista y hostil a cuenta de republicanos y demócratas retrógrados, ha impuesto la agenda del enfrentamiento abierto como solución preferente a la existencia de grandes poderes extranjeros opuestos a la supremacía norteamericana. Cartapacio que hoy se concreta en la guerra inducida contra Moscú a través de Ucrania, en los movimientos de cerco militar a China alrededor de sus costas y en el estímulo a los sectores sediciosos aposentados en Taiwán, entre otras decisiones agresivas.

Un aspecto, el último que reviste especiales tintes en los vínculos bilaterales por dos razones claves. La primera, que China considera a Taiwán parte inalienable de su territorio y soberanía, y cada vez es más insistente en hacer cumplir ese precepto, que goza de amplio respaldo internacional. Segundo, Washington ha reconocido oficialmente esa prerrogativa de Beijing y en consecuencia está comprometido a no mantener lazos formales con las autoridades taiwanesas, mucho menos a alentar sus posiciones sediciosas.

China-EE.UU., abismos pos Pelosi
China no dudará en defender su integridad territorial y su independencia. / RT

La última gota

La lluvia, por tanto, ya era intensa y molesta entre Beijing y Washington cuando los presidentes chino Xi Jinping y norteamericano Joe Biden conversaron recientemente por vía virtual y el mandatario asiático advirtió a su par de las graves consecuencias que, para unas relaciones mutuas nada edificantes, tendría la proyectada visita a Taiwán de la tercera figura en la línea de sucesión en la Casa Blanca, la legisladora Nancy Pelosi. Era, sin duda, el mayor insulto y el más grosero y absoluto incumplimiento del compromiso oficial de respetar la integridad territorial del gigante asiático, dispuesto a hacerla valer bajo cualquier trance.

Ya sea por tozudez o por contar tras bambalinas con todo el respaldo de los  “halcones” del hegemonismo, la Pelosi finalmente se hizo presente en Taiwán para ratificar el apoyo norteamericano al Gobierno separatista de la isla, y el compromiso de Washington con la “democracia y la seguridad” de aquel territorio legítimamente chino. No haberlo concretado, según analistas, y traducido al lenguaje de “guapo de barrio” que reina en muchos altares estadounidenses, hubiese sido un “descrédito” cuya interpretación por ciertos grupos de poder la Casa Blanca no podría satisfacer. Asumirlo, no obstante, concretó el total declive del ya raído entendimiento con Beijing, al punto de establecer un cisma que China difícilmente se interese en reducir en mucho tiempo.

Por demás, ha quedado más sepultada que antes la marrullera intentona de minar los crecientes vínculos chino-rusos mediante la calculada fabricación de “enconos” mutuos; por el contrario, la ya vigente alianza estratégica entre los dos colosos del Oriente es hoy más fuerte que nunca, con una confirmación de las líneas de conducta bilaterales proclives al multilateralismo universal, el fin de las hegemonías, el adecentamiento de nuestra vapuleada casa común y el avance real de nuestra no menos herida especie humana.

El soez comportamiento oficial yanqui no puede esconderse en su mediática alarma por la “desproporcionada” respuesta china al “inocente” periplo de Nancy Pelosi, consistente en prolongadas maniobras militares con tiro real en las inmediaciones de Taiwán, el renovado apretón de los lazos con Rusia, las sanciones a funcionarios norteamericanos y a la propia presidenta de la Cámara de Representantes por su gesto inamistoso e ilegal, el corte de las comunicaciones del alto mando militar chino con su similar estadounidense y la limitación del comercio con el territorio usurpado desde 1949, entre otras medidas correctivas. El Gobierno de Biden deberá cargar en lo adelante con el dudoso privilegio de socavar hasta la raíz la escasa confianza que pudiese haber quedado en estos años entre los funcionarios chinos con respecto a la política externa gringa, en especial la estructurada en relación con Beijing.

Vale añadir que si detrás de esta afrenta se esconde el propósito belicista de reproducir en el caso de Taiwán la fórmula hostil que desencadenó la operación militar especial de Rusia en Ucrania, la jugada sería más absurda todavía. Una acción armada china sería en este caso un acto dentro de su espacio territorial, por tanto resultaría muy complicado justificar la injerencia foránea en cualquiera de sus formas. Ello supone además que China, dado su actual poderío militar, tomaría el control inmediato de Taiwán y que en la práctica real Estados Unidos no podría asumir ningún acto de apoyo a los cesionistas, mucho menos con el interés de establecer una resistencia prolongada mediante el suministro ulterior de equipamiento castrense a Taipéi.

En pocas palabras, pérdidas netas por todas partes… o la locura de desatar un conflicto bilateral USA-China que podría derivar en un enfrentamiento nuclear de consecuencias imprevisibles para el mundo. Nada, que a veces presumir de galano y rudo puede costar cabezas, entre ellas las del provocador de turno.

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