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Publicado el 11 Mayo, 2015 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

MEDIOAMBIENTE

La cara sucia de la tecnología

Por TONI PRADAS

(Foto: ECOPORTAL.NET)

(Foto: ECOPORTAL.NET)

Tarecos les llamamos aquí, pero cuando nos ponemos académicos, más fríos que un gel de ultrasonido, les llamamos desechos electrónicos. Hay quien le dice, engolado con lo digital, e-waste (o e-basura), pero solo entendemos todos cuando se le nombra chatarra o basura electrónica. Prepárese entonces para leer sobre ese lado oscuro de la tecnología, con la advertencia de que en este artículo podrá encontrar lenguaje de adultos, violencia y… sesos.

Pues bien, los desechos electrónicos se están convirtiendo en un “tsunami mundial” de graves efectos sobre la salud humana y la naturaleza. La metáfora no es mía sino de Achim Steiner, responsable del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), expresada en Suiza al inaugurar una conferencia bienal sobre el manejo de químicos y residuos peligrosos.

En Ginebra, la ciudad donde más bretes se ventilan, delegados de 180 países se citaron para pactar decisiones sobre la aplicación de tres convenciones internacionales que regulan el movimiento transfronterizo de desechos tóxicos, el comercio de químicos peligrosos y la eliminación de contaminantes orgánicos persistentes.

(Infografía: NS)

(Infografía: NS)

Uno de los temas centrales de discusión fue la forma de gestionar los desechos de aparatos electrodomésticos y electrónicos. Aunque le parezca extraño –poco hablan de ello los medios–, las cantidades de estos residuos son las que más rápido crecen en la ya magullada ecosfera.

De hecho, los volúmenes actuales no son para nada homeopáticos. Todo lo contrario: superlativos, una verdadera hiperplasia social. Pero lo peor es que contienen sustancias que pueden perjudicar la salud de las personas y el medioambiente, y encima de eso la recuperación de sus elementos reciclables es muy escasa.“Estamos frente a una estupidez económica, porque tiramos gran cantidad de materias primas que se pueden volver a utilizar”, se acaloró Steiner, y, mientras enumeraba con los dedos, recordó que principalmente los microondas, televisores, computadoras de mesa, portátiles y teléfonos móviles contienen minerales que podrían reciclarse sin gran dificultad y crear empleos “verdes”.

Según el ultimo informe dado a conocer por la Universidad de las Naciones Unidas (UNU), con sede en la binaria Tokio, solo en 2014 se arrojaron 41 millones 800 mil toneladas de tarecos –perdón, productos eléctricos y electrónicos rotos u obsoletos.
Rolph Payet, secretario ejecutivo de las tres convenciones reguladoras (de Basilea, de Rotterdam y de Estocolmo) comparó esa suma con la carga que pueden acarrear 1.15 millones de camiones de 18 ruedas. O visto de otra forma, equivale a llenar de basura a Nueva York dos veces, pero sin festín para las aves carroñeras.

Es alarmante, sin duda, cuando se compara con la cifra de 2010. Entonces se generaron 33.8 millones de toneladas de bazofia electrónica. ¡En solo cinco años la cifra aumentó en ocho millones!

Si las tablas pitagóricas no fallan, la media de basura electrónica generada por cada terrícola ha crecido casi un kilogramo en ese período, pasando de cinco a 5.9 kilogramos. ¿Qué nos haremos en 2018, cuando se prevé que la población mundial sea de siete mil 400 millones de personas, y cada habitante, como se calcula, esté generando una media de 6.7 kilogramos de chatarra tecnológica? Dice la UNU que serán para entonces 50 millones de toneladas.

Estos residuos, sabemos, contienen elementos contaminantes y requieren un tratamiento especial para evitar que se propaguen en el suelo. Mientras los apa-ratos están en funcionamiento no brindan ningún tipo de riesgo, pero al ser desechados en basurales comunes, estos reaccionan con el agua y la materia orgánica. Los artefactos más contaminantes son las pilas, las baterías, los tubos fluorescentes y las bombillas ahorradoras.

El apagón analógico, debido al uso de aparatos digitales en lugar de tradicionales, ha disparado la cifra de e-basura en el mundo. Un televisor de tubo, por ejemplo, tiene como promedio un peso de 22 kilogramos. (Foto: UNOCERO.COM)

El apagón analógico, debido al uso de aparatos digitales en lugar de tradicionales, ha disparado la cifra de e-basura en el mundo. Un televisor de tubo, por ejemplo, tiene como promedio un peso de 22 kilogramos. (Foto: UNOCERO.COM)

El estudio indica que su manejo genera preocupa-ción, pues existen prácticas de quema a cielo abierto para recuperar metales o para reducir el volumen. Esta, aunada a la falta de sistemas de control de lixiviados, permiten la liberación de metales pesados y contaminantes orgánicos persistentes al aire, al agua y al suelo.

Por otra parte, nada parece detener el boom tec-nológico en los hogares y las empresas, que incrementan el uso de computadoras, televisores y sobre todo celulares. Estos últimos son, quizás, el elemento más preocupante para los ambientalistas.

Se calcula que 40 por ciento de teléfonos móviles son tirados sin lástima a los antros de ratas cuando dejan de ser graciosos. Pero sus baterías contienen componentes altamente dañinos, como el litio, el níquel o el cadmio, que liberan tóxicos al suelo y a las fuentes de aguas subterráneas.

Un celular contiene alrededor de 50 materias diferentes, de las cuales un gran porcentaje podría reaprovecharse. Al no hacerlo, participamos en la merma de recursos no renovables, como el hierro, el aluminio, el bronce, el silicio, el oro y el cobre. Solo 10 por ciento del total no es tecnológicamente reciclable por ahora.

El huevo o la gallina

(Inforgrafía: EFE)

(Inforgrafía: EFE)

Sesenta por ciento de la chatarra electrónica tirada a la basura el año pasado fue de pequeños electrodomésticos de cocina y baño, mientras siete por ciento estuvo conformado por teléfonos móviles, computadoras, impresoras y otros pequeños aparatos. Lo señala el informe de la UNU, alarmado porque estos contenían preciosos recursos, como oro y otros minerales, por valor de 52 mil millones de dólares. ¿Acaso no es tentador el reciclaje?

Estadísticamente, Estados Unidos sigue siendo el país que más basura electrónica genera, seguido por China. Solo estos dos conciben conjuntamente la ter-cera parte (32 por ciento) de toda la que se tira al vertedero, seguidos por Japón, Alemania e India.

Por habitante, la lista de países que más trastos electrónicos desechan está encabezada por países europeos: Noruega, Suiza, Islandia, Dinamarca y el Reino Unido.
Estados Unidos y Canadá son los que más botan en nuestro hemisferio: respectivamente, 22.1 y 20.4 kilos per cápita, bastante alejados de Chile (9.9), México (8.2), Brasil (7) y Colombia (5.3).Sin embargo, la mayoría de los consumidores no percibe esto como un problema. Incluso –acusó Ruediger Kuehr, responsable del estudio–, en Europa y Norteamérica se considera este “un asunto de países en desarrollo, porque han visto las fotos de montañas de basura electrónica en África o Asia”.

“El acortamiento de la vida útil de electrodomésticos y otros aparatos electrónicos y su diseño dificultan o imposibilitan su reparación; es una de las principales causas de la creciente generación de e-basura electrónica”, explicó Kuehr. “Es parecido un poco a qué es primero, el huevo o la gallina, porque las empresas están interesadas en productos que duren poco. Pero los consumidores también están interesados en comprar aparatos baratos, que en su mayoría no se pueden reparar para abaratar su diseño”.

El ocaso programado

Hoy, cuando la ciencia tiene más agallas para superar inconvenientes, curiosamente los productos que compramos duran cada vez menos. La causa no es otra que la “obsolescencia programada”, una práctica cada vez más cuestionada en el mundo.

Aunque nos parezca nuevo, este ardid tiene casi un siglo de aplicación. Cuentan los historiadores de las tecnologías que en 1924 se creó Phoebus, un cartel mundial integrado por las empresas Philips, Osram y Lámparas Z, el cual controlaba toda la producción de bombillas. Phoebus ideó un plan para sostener su economía: bajar la vida útil de las bombillas a mil horas (por aquel año duraban dos mil 500). En 1929 fijaron multas en francos suizos para los miembros del cartel que no acataran la resolución.

Pronto la práctica se extendió a otras industrias. La automovilística se decantó por autos más bonitos y menos fuertes, para así venderlos mejor y que duraran menos. Dupont programó también sus recién inventadas medias de nailon, que debilitaron porque la fibra era irrompible y no se remplazaban. Se afirma además que en 1930 la empresa General Electric ordenó rebajar la vida de las linternas para que sus bombillas du-raran lo mismo que las pilas.

Cuando Apple sacó los primeros celulares iPod, las baterías no duraban más de 18 meses y no había manera de cambiarlas porque no se vendían las de repuesto. Ofendido, el activismo social movilizó a los clientes y estos entablaron una demanda legal. La justicia les dio la razón y Apple tuvo que crear un servicio de venta de baterías de repuesto y aumentar la garantía a 24 meses.

Por supuesto, la obsolescencia programada, a mano con la “obsolescencia percibida” (se persuade al cliente a comprar algo que no necesita, pero “sin obligarle”) son en gran media las principales fuentes de emanación de desechos electrónicos y eléctricos.

Algunas sociedades ya empiezan a tener un verdadero dolor de cabeza con este asunto, por tanto están sugiriendo la promulgación de una Ley de Basura Electrónica que plantee la responsabilidad individual del productor. Es decir, los fabricantes, importadores o comercializadores son los responsables legales y financieros del ciclo completo de sus productos. (En la actualidad, Corea del Sur, Japón y Taiwán obligan a los vendedores y los fabricantes de la electrónica a encargarse de reciclar 75 por ciento de estos).

Los investigadores de la UNU creen que el problema va más allá de corregirse mediante la legislación, y que la actuación gubernamental es fundamental. “Si los gobierno, que son de los mayores compradores del mundo de algunos de estos productos, reconsiderasen sus políticas de adquisiciones, tendría un impacto sus-tancial. La compra de más productos que fuesen fácilmente reparables, para extender su vida, daría a otros consumidores una clara indicación de lo que se tiene y debería hacer”, agregó Kuehr.

¿Cerrando la brecha digital?

Otra fuente importante de tarecos es la obsolescencia tecnológica. Esta existe al margen de la voluntad de los hombres y tiene una regulación propia, intrínseca, en la que bulle la revolución informática que hoy rige la economía del planeta.

Hace precisamente 50 años, Gordon Moore, conocido como el padre de Intel, empresa líder en la fabricación de microprocesadores, desentrañó esa regla conocida como Ley de Moore.

Los equipos obsoletos son una importante fuente de materias primas secundarias, si se tratan adecua-damente. Por eso es importante depositarlos en puntos limpios o empresas de reciclajes.  (Foto: UNIONGUANAJATO.COM)

Los equipos obsoletos son una importante fuente de materias primas secundarias, si se tratan adecua-damente. Por eso es importante depositarlos en puntos limpios o empresas de reciclajes.
(Foto: UNIONGUANAJATO.COM)

En un artículo publicado por la revista Electronics el 19 de abril de 1965, planteó que cada dos años debían duplicarse los transistores de un circuito integrado. Moore, desde luego, no pretendía sentar las bases de un sistema de desarrollo. Sin embargo, la Ley es responsable de que cada vez existan computadoras más potentes, más pequeñas y económicas, con un incremento exponencial de la capacidad de procesamiento.

De manera que llegados a la vejez tecnológica, los aparatos apenas pueden servir a usuarios con prestaciones menos exigentes o, lamentablemente, ir al desamparo ecológico del vertedero.Lo primero, si bien racional y loable, desemboca en una nueva duda. Es que a corto plazo a las empresas les puede resultar rentable vender –incluso donar– equipos obsoletos a los países menos desarrollados y con regulaciones ambientales laxas. Se afirma que la mayoría de los ordenadores portátiles excedentes se envían al Tercer Mundo como “vertederos de desechos electrónicos”.

Pensemos en que el alto valor del trabajo y la reutilización de ordenadores portátiles, computadoras y componentes, puede ayudar a pagar el costo de transporte de una gran cantidad de monitores rotos, arcaicas placas madre y transistores en cortocircuito, difíciles de detectar en un contenedor de electrónicos usados.

Entonces crecen las montañas de tarecos que ven en fotos los europeos y norteamericanos. Allí, trabajadores de bajos salarios de los países receptores, a veces niños, para extraer una miseria de metales preciosos de circuitos y cables soldados, generan incendios peligrosos con carbón y baños en ácido medievales. Y se cierra así el ciclo, ese “tsunami mundial” que ya avizora el Pnuma.


Toni Pradas

 
Toni Pradas