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Publicado el 3 Diciembre, 2015 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

MEDIOAMBIENTE

La bomba de tiempo

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Daños que ocasiona el cambio climático

(Foto: www.notimerica.com)

Por TONI PRADAS

En muchas conciencias prevalece la imagen de que el cambio climático es apenas ese oso que, sobre una placa de hielo, va a la deriva en los fríos mares del norte, ante glaciares que dramáticamente caen derretidos. Con esa visión, el cambio es un asunto “de allá” y poco o nada tenemos que ver con eso.

A otras personas les basta sacar la mano por la ventana y apuestan a que las rachas de calor que reinan en Cuba son pruebas del calentamiento global que han alertado los científicos como consecuencia de dichos cambios.

En cualquier caso, la percepción del riesgo que supone la alteración del termómetro no está presente en muchos ciudadanos e, incluso, en varios estadistas. Y mientras tanto, el cambio climático se afinca como el mayor reto ambiental que debe sortear la humanidad, peligro tal vez solo superado si se destapara una guerra nuclear global, que en una bocanada de aire nos dejaría sin planeta.

Sin embargo, bien vista, cada minúscula “bomba” contaminante que impacta sobre el ambiente puede conducir a similar resultado: ya son palpables hoy los efectos acumulados de la propia actividad humana irracional y hasta es mesurable la amenaza que provoca sobre la estabilidad del sistema climático y la vida en cualquier punto de la rosa náutica. Es como un suicidio, sin que parezca tal, como mismo el hábito de fumar es decidir matarse lentamente.

Ante esta situación, el debate sobre las transformaciones climáticas y sus implicaciones socioeconómicas ha pasado a un primer plano en las últimas décadas y, sin más salida sensata, los países se han propuesto trabajar con urgencia para adoptar estrategias que ayuden a frenar el calentamiento global y sus desastres.

La XXI Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 21), celebrada hace pocos días en París, Francia, ha sido el más reciente cónclave donde los traductores tuvieron que hilar fino para alcanzar el mayor entendimiento entre las naciones. Sobre todo, porque los acuerdos que se adoptaron para enfrentar este reto desde la primera reunión de su tipo, en 1995, fueron más bien magros, comparados con la efectividad que se precisa para resolver el entuerto.

Hasta el momento, el proceso de lucha contra el cambio climático ha marchado a dos velocidades, según palabras del doctor Ramón Pichs-Madruga, integrante del Buró del Panel Intergubernamental de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (IPCC).

“Por un lado –explicó el también subdirector general e investigador titular del Centro cubano de Investigaciones de la Economía Mundial (CIEM) –, está la ciencia del cambio climático, que avanza a un ritmo rápido, con certeras investigaciones, informes y análisis que evidencian los impactos, causas y consecuencias de las emisiones de gases de efecto invernadero, así como las estrategias de respuesta por los países para enfrenar esta situación. Y por el otro lado las negociaciones políticas multilaterales, que marchan a un ritmo más lento y accidentado”.

Por incomprensible que parezca, lograr un acuerdo, tan solo un acuerdo internacional que permita, como se propuso en París, limitar el calentamiento global a un nivel por debajo de 2ºC en relación con el período preindustrial, ha sido una tremenda odisea. Sin mencionar que las contribuciones que han hecho hasta hoy los países no son suficientes para avanzar por la senda que conduce hacia ese objetivo.

Para alcanzar ese propósito es preciso que ocurra una reducción significativa entre 40 y 70 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero para 2050, en relación con el año 2010.

Uno de los principales conatos en las Conferencias de las Partes de la Convención Marco, han sido por los puntos de vista contrapuestos, incluso ríspidos, entre las naciones del Norte y las del Sur.

El cambio climático, coinciden, es un expediente que atañe a todos y, por tanto, un gravamen global que vincula en su respuesta a todos los países equitativamente. Pero las naciones en desarrollo han reclamado históricamente que se tengan en cuenta los distintos niveles de responsabilidad con las causas que han generado y acelerado los procesos de variación del clima, y que en proporción así sean los compromisos y contribuciones para su solución.

Los más perjudicados con este problema son, sin duda, aquellos que menos aportaron al desarreglo. Coinciden varios estudios al afirmar que 75 por ciento de las emisiones de gases acumulados en la atmósfera en los últimos 50 años, ha sido generado por los países industrializados y 25 por ciento restante, por aquellos en vías de desarrollo. Solo Estados Unidos fue responsable de 25 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) entre 1950 y 1990, y de 36 por ciento de las emanaciones globales de los gases sujetos al Protocolo de Kyoto.

Suelen ser más vulnerables, asimismo, las regiones más pobres que, por supuesto, cuentan con menor capacidad para reaccionar frente a muchos de los fenómenos del cambio climático.

Mientras, los estados industrializados reclaman que más naciones se involucren en la reducción de emisiones. Pero las medidas necesarias para esto, es decir la adaptación al cambio climático y la mitigación de sus efectos, pasa por la implementación de medios que solo es posible con respaldo financiero y tecnológico y, ese, el mundo subdesarrollado no lo tiene a pedir de boca.

Por eso ha solicitado que los acuerdos internacionales incluyan que el Sur sea acompañado por el Norte; mas, ese reclamo nunca logró ser debidamente tratado en las refrigeradas negociaciones.

Frente al cambio climático

Emisiones de gases de efecto invernadero

Para limitar el calentamiento global a un nivel por debajo de 2ºC es preciso reducir entre 40 y 70 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero para 2050. (Foto: www.ecoactualidad.com)

Autoridades nacionales y organizaciones internacionales han afirmado que Cuba ha contribuido sustancialmente al enfrenamiento del cambio climático, y ha avanzado significativamente en la adaptación, mitigación y cooperación internacional en esta materia, aun cuando no es un serio emisor de sustancias de efecto invernadero.

Esta conciencia se ha reafirmado a manos de problemas medioambientales y climáticos importantes que en períodos recientes el país ha tenido que poner en el centro de su mira. En 2008, por ejemplo, fue flagelado sucesivamente por la furia de cuatro huracanes (Fay, Gustav, Ike y Paloma) que dañaron 647 111 viviendas y de estas, 84 737 quedaron completamente destruidas. Las pérdidas económicas ascendieron a casi 10 mil millones de pesos.

El archipiélago también ha sufrido sequías recalcitrantes –la más reciente, este año, duró varios meses– con efectos fatídicos en los cultivos, la disponibilidad de agua y la mayor ocurrencia de incendios forestales. En 2013, baste citar, 388 deflagraciones destruyeron unas 4 279 hectáreas de bosques en el país.

Afortunadamente, Cuba cuenta con uno de los sistemas más aplaudidos de alerta y respuesta frente a fenómenos meteorológicos y climáticos extremos. En consecuencia, la pérdida de vidas humanas, relacionada con estos eventos extremos, ha sido baja, gracias a la advertencia eficaz y los sistemas de protecciones adoptados por la Defensa Civil y la comunidad de científicos de varios centros, incluido el Instituto de Meteorología nacional.

Otras medidas han permitido avanzar en la adaptación y mitigación del cambio ambiental, entre ellas importantes inversiones realizadas para avanzar hacia una agricultura más resistente a las altas temperaturas; un mejor aprovechamiento del agua mediante los trasvases; y las campañas, investigaciones y estudios que siguen dando prioridad a este tema.

Estos últimos tienen un carácter integrado y participan docenas de centros científicos. Así, en 2009 identificaron los más importantes impactos ambientales adversos que sufre el país, destacándose la erosión, empobrecimiento, compactación, salinización, contaminación y cambios de los suelos.

Otro efecto de importancia es la disminución de la calidad y cantidad de las aguas superficiales y subterráneas, así como de la calidad de las aguas marinas y costeras.

Los estudiosos subrayaron también el cambio notable en la diversidad biológica, asociado a la fragmentación o pérdida de los hábitats y ecosistemas. Asimismo comprobaron un aumento de la acidez del aire y la cantidad de partículas concentradas de óxido nitroso (N2O) y de dióxido de azufre (SO2).

“Del lado de la mitigación, Cuba realiza un programa para el uso de las fuentes renovables de energía, y desde 2005, las acciones llevadas a cabo como parte de la Revolución Energética fueron de vital importancia para la reducción de la intensidad energética y por ende de las emisiones de carbono”, consideró Pichs-Madruga, quien en 2008 fue elegido copresidente del Grupo de Trabajo 3 que se encarga de la mitigación del cambio climático.

Cuba se ha propuesto cambiar la matriz energética nacional en los próximos años

En busca de mayor efectividad, Cuba se ha propuesto cambiar la matriz energética nacional en los próximos años. (Foto: www.evwind.com)

Adaptación

Cuba se propone cambiar la matriz energética nacional en los próximos años, lo cual implica alcanzar aproximadamente un 24 por ciento de efectividad en la utilización de la energía.

Lo anterior fue ratificado por la ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de la Isla, Elba Rosa Pérez, quien detalló que para obtener dicha efectividad “nos hemos propuesto asumir hasta 2020 y después hasta 2030, mayor cantidad de fuentes renovables de energía, utilizar más la energía eólica, la solar, la biomasa, en fin, hay una estrategia en el corto, mediano y largo plazos”.

De cara al cambio climático, Cuba se ha propuesto laborar fundamentalmente sobre la adaptación. Pérez explicó a los medios que su entidad presentó a la dirección del Gobierno un grupo de directivas con el fin de trabajar hacia adentro de la nación y seguir preparando al país para enfrentar los efectos de ese fenómeno.

Las entidades cubanas, añadió, trabajan principalmente a partir de los resultados que están dando la ciencia, la tecnología y la innovación con el objetivo de evitar la improvisación.

Ya se conocen con bastante exactitud algunos posibles impactos del cambio climático sobre nuestro país y sus escenarios futuros, de manera que los procesos de adaptación y mitigación pueden ser tomados en cuenta para su puesta a punto sin retaso.

Un voluminoso y preciso estudio coordinado por el doctor Eduardo Planos, del Instituto de Meteorología, y editado con el concurso del Proyecto GEF/PNUD de Naciones Unidas en 2014, ejemplifica que sobre la Isla, según proyecciones de un sistema de modelación regional, la temperatura superficial del aire para el período 2071-2099 tendrá una tasa de incremento superior en los meses de verano (período lluvioso), en comparación con el período de menos precipitaciones. Este ocurrirá en todas las zonas y será una respuesta directa al incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero.

El estudio, titulado Impacto del cambio climático y medidas de adaptación en Cuba, explica que en términos generales, durante el período seco, los incrementos de temperatura sobre la región sur de La Habana oscilarán entre 2.6 y 3.6ºC. Para los meses de mayo a octubre, los aumentos proyectados serán superiores y llegarán a alcanzar magnitudes de 4.2ºC.

Sin embargo, las precipitaciones estimadas tendrán una mayor diversidad de valores, y oscilarán entre 30 y 30 por ciento sobre el sur de La Habana. Otros estudios presentados en el compendio indican un decrecimiento de la precipitación en el tiempo, con valores significativos de 1 247 milímetros para 2050 y 1 097 milímetros para el año 2100.

Si el nivel medio del mar para el año 2050 asciende a 0.27 metro por encima del actual, provocaría que la línea de costa se desplace, en las zonas más bajas, aproximadamente 800-1500 metros tierra adentro desde su actual posición, lo cual afectaría a muchas de las cuencas subterráneas del país, ya que la mayoría se encuentra en las llanuras costeras de Cuba, fundamentalmente al sur.

Entonces la zona salinizada que actualmente alcanza la superficie de los acuíferos, donde la mezcla de agua dulce-salada ya llega al nivel estático, penetrará tierra adentro, al menos uno o dos kilómetros, en dependencia de la intensidad y forma del bombeo, la ubicación de los pozos, etcétera.

Menudo drama. Dantesco, sí, pero con voluntad, reversible.

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Toni Pradas

 
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