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Publicado el 29 Marzo, 2016 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

Epidemiología: Una pelea cubana contra los mosquitos

Disciplina tecnológica y conocimiento son sus armas estratégicas

Por TONI PRADAS

(FERNANDO VERGARA/ ASSOCIATED PRESS)

(FERNANDO VERGARA/ ASSOCIATED PRESS)

“Para liberar a la isla de Cuba de las dos plagas más terribles que azotan su suelo, habría, pues, que declarar guerra sin tregua al mosquito”, zurró sin nerviosismo alguno Carlos Juan Finlay, el camagüeyano descubridor del vehículo transmisor de enfermedades. Entonces tenía en su miope mirada a la fiebre amarilla y la malaria, sin poder imaginar que un día acecharían a la Isla el dengue, el chikungunya y, más recientemente, el zika.

Es casi imposible contradecir a John McNeill, profesor de Historia en Georgetown y autor de Mosquito Empires, quien afirma que el Aedes aegypti, principal vector de estos virus, viajó a América y se estableció aquí a sus anchas, gracias al comercio de esclavos.

Sin embargo, algunos códices mayas parecen revelarnos que desde antes de la llegada de las espadas y las cruces hispanas, epidemias de fiebre amarilla –enfermedad que se considera originaria de África– pudieron estar no solo presentes en el nuevo continente, sino viajando de picada en picada de agentes locales. Qué menos podría esperarse de una casta de 3 500 especies de zancudos.

El poder del mosquito puede ser incalculable. Como se sabe, todas las guerras han tenido más víctimas por infecciones que por combates, transmitidas en muchos casos por el díptero.

Digamos que si la Amazonía permanece prácticamente virgen es porque los conquistadores no pudieron penetrar las nubes de mosquitos. Es más: en la campaña independentista de Cuba, Máximo Gómez consideró al insecto como uno de sus generales en la manigua, por la capacidad de frenar, zumbando y picando, a los españoles, en tanto los mambises gozaban de cierta inmunidad.

Pero el mosquito no es patriota. De hecho, se utilizó como quinta columna cuando una epidemia de dengue fue introducida deliberadamente en la isla en 1981 (ver BOHEMIA No 3, del 5 de febrero de 2016), según probó una reciente investigación.

Desde entonces, el país se ha visto envuelto en una de las más cruentas batallas, como tal vez ningún enemigo fue capaz de entablarle. Es, pues, el aforismo de Finlay, al que don Fernando Ortiz, apacible, podría llamarle “una pelea cubana contra los mosquitos”.

La sangre y el mito

Para tiburones y leones, los humanos pocas veces somos una presa codiciada. Pero para los mosquitos –en realidad, para las hembras del mosquito– somos suculentos caramelos. Eso es lo que buscan cuando perforan la piel y chupan nuestra sangre: azúcar.

Tan atractivos resultamos, que algunas especies han aprendido cómo infiltrar nuestros hábitats, vivir “civilizadamente” y depositar huevos –pone alrededor de 400 en su vida– en aguas estancadas.

Eliminar el vector de nuestro entorno es la más eficiente vía para evitar la propagación de sufrimientos. Para lograrlo, miles de personas de camisas grises, militares y estudiantes de Medicina fumigan los barrios, inspeccionan recovecos, husmean en cisternas… y multan a quienes no colaboran.

Claro, el transmisor necesariamente no solo pica a quien lo cría, así que obstaculizar la higienización es atentar contra la salud propia o de otro, aun cuando justos y pecadores tienen garantizada la atención médica en caso de contagio. No colaborar es desacatar la ley.

Al margen, vale recordar algo en lo que el Estado no insiste públicamente: la guerra contra el mosquito cuesta un dineral y la única ganancia contante y sonante es la salud. ¿Por qué derrochar?

Según un estudio realizado por la Unidad Nacional de Promoción de Salud y Prevención de Enfermedades del Ministerio de Salud Pública, algunas creencias existentes en la población cubana permiten en ocasiones minimizar el peligro a que nos somete el trasmisor del zika, el dengue, el chikungunya y la fiebre amarilla.

Recientemente, la colega Lisandra Fariñas Acosta, del diario Granma, publicó una oportuna lista de mitos infundados que ayudan a no entender cabalmente a qué nos enfrentamos.

Carros fumigadores dan los buenos días a La Habana. (TONI PRADAS)

Carros fumigadores dan los buenos días a La Habana. (TONI PRADAS)

Uno de los más extendidos es que las bajas temperaturas disminuyen la cantidad de mosquitos. En realidad, apenas limitan el vuelo del insecto y hacen que los ciclos biológicos sean más largos y los huevos tarden más días en llegar a adultos. Pero aquellos acumulados en las paredes de los recipientes, émulos de “el renacido” Leonardo di Caprio, pueden sobrevivir hasta un año en condiciones adversas de sequía, bajas temperaturas y humedad del aire.

El mosquito pica de día, pues necesita ver a su jugosa víctima. Pero se atreve de noche si el local está iluminado. Por lo general, taladra a sus víctimas principalmente temprano en la mañana y al atardecer (de ahí que sean las horas ideales para la fumigación en camiones), aunque puede picar sin importarle el reloj.

Más le importa el pH (potencial de Hidrógeno) o grado de acidez de las personas, esas que, se dice, “tienen sangre” para los mosquitos. Estos son atraídos por el ácido láctico presente en la transpiración, por tanto quien suda más, será un mejor candidato para la picada. La temperatura corporal más alta los arrebata.

Vale precisar que el Aedes pone huevos en cualquier agua, sea limpia, sucia o estancada y se crían a gusto en recipientes de cualquier tamaño que contengan el líquido por cinco días o más.

Así, un concienzudo autofocal –inspección de la vivienda cada siete días para conocer los posibles sitios de desove– es el más sencillo paso para ganar una batalla finlaísta contra los demonios


Toni Pradas

 
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