0
Publicado el 1 Abril, 2016 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

Industria Cubana del Software. Cerebrando en casa

Una cohorte de informáticos y técnicos tiene bajo sus mangas buenas cartas para el desarrollo del país
Compartir

Por TONI PRADAS

“En Cuba hay mucha energía creadora”, piropeó a los informáticos de la Isla quien es hoy considerado el padre de la Internet, Vinton Gray Cerf, premio Turing (suerte de Nobel de las ciencias de los ceros y los unos) y vicepresidente de la infocivilización Google.

La valoración, expresada sin tartamudear por “el evangelista” de la red de redes y quisquilloso enólogo, no tenía trazas de manipulación predicadora o de efectos de alcoholismo, de manera que fue recibida con beneplácito por la audiencia de su reciente conferencia dictada en la XVI Convención Informática 2016. Al fin y al cabo, podríamos pensar, no dijo nada que ya no supieran los cubanos.

Difícil, sin embargo, ha sido cristalizar ese talento, al menos en la dimensión que el país ha soñado desde septiembre de 1996.
En aquella fecha se realizó desde el Capitolio de La Habana la primera conexión plena a Internet, a 64 kilobits por segundo mediante la costosísima vía satelital. Era una migaja que le permitía a Cuba el gobierno estadounidense, celoso cumplidor, eso sí, de sus reglas de bloqueo económico. No era mucho, pero era algo. Y lo fue de esa manera por muchos años: un ancho de banda cuya diferencia con el utilizado por casi todo el interconectado planeta, podía considerarse como una máquina de vapor, con respecto a la compresión turbo de un auto de gran cilindrada, rápido y furioso.

Como fuera, el diamante del edificio –en imaginario eje vertical con la cúpula y con una muy seria historia que da risa–, símbolo del comienzo de la Carretera Central, sin que nadie se percatara comenzó a señalar también el kilómetro cero de la autopista mundial de la información para las redes propias, nacidas y por nacer.

Tal vez merezca fijar allí una tarja de bronce para recordar el acontecimiento ocurrido hace casi 20 años. ¿O qué tal una placa-holograma, para ir a tono con las nuevas tecnologías?

Para ser precisos, baste recordar que incluso antes Cuba había puesto una banderilla en los riscos de Internet, apenas le fue concedido su dominio de país. Mucho tuvo que ver esa energía creadora que elogió Vint Cerf, pues los especialistas se las ingeniaron para alojar en Canadá un sitio gopher (sistema de la red que organiza ficheros dentro de menús, los cuales enlazan a otros ficheros, imágenes, bases de datos y menús). La información científica, educacional, institucional y social cubana ya estaba en el ciberespacio.

A la vez, otro de los servicios de Internet que no nos estaba vedado, el correo electrónico, se convirtió en la rendija que oxigenó el conocimiento antes de poder tener el anhelado acceso pleno.

Con tales hachas en el jubón, el sector científico del país que tiene su ombligo en la información, estaba en condiciones de guisar una política estatal para el uso y desarrollo coherente de las nuevas tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) y así poder proponerse impulsar las fortalezas alcanzadas por la sociedad tras décadas de enriquecimiento docente.

A ese objetivo apuntaban entonces apenas un puñado de países y, en América Latina, solamente México. Pero a diferencia de estos, para la Isla la prioridad era el uso social y colectivo de las TIC.

De la cruz a la flecha, el software

Raudo, en 1997 el Estado hizo un llamamiento a todos los sectores de la economía mediante los Lineamientos estratégicos para la informatización de la sociedad cubana, definidos por el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros.

En esencia, se trazaban las pautas para un abordaje integral de los elementos que podían materializar el propósito: las redes de comunicación, las computadoras, la información, los servicios y las personas. Todo lo anterior en el ámbito de la mayor seguridad, protección, legalidad y normas claras que garantizasen el desarrollo informático, así como evitar la aplicación de productos incompatibles, obsoletos e insostenibles, los cuales no permitirían un desarrollo armónico e integrado de la sociedad, o lo que es peor, propiciarían ineficacias y trastabillones en los procesos.

A punto de finalizar el siglo anterior, cinco estrategias servían ya de horcones para la informatización del país: la formación y perfeccionamiento de los recursos humanos; la Red Telemática de la Salud (a la postre, el mascarón de proa de las redes criollas); la seguridad informática; el desarrollo informático territorial con los proyectos sectoriales e intersectoriales; y las alianzas externas.

Nadie duda desde entonces que, de la cruz a la flecha, es la industria del software el derrotero cardinal para conseguir el desarrollo binario anhelado en cada cuadrante del archipiélago.

Proyectos relacionados con líneas temáticas como softwares educativos, de automatización integral, edificios inteligentes, programas de bioinformática e industria farmacéutica, producción de equipos médicos, simulación de procesos y equipos simuladores para el aprendizaje e informática de gestión empresarial, entre otras, se revelaron como buenas oportunidades que pueden explorar las empresas golpeando sus masoquistas teclados.

Es más: con una constancia impresionante, los desarrolladores del software nacional han logrado mantener un flujo de exportaciones creciente y más o menos estable, si bien discreto.

No obstante, a pesar de los conocimientos –algunos de estos, únicos en el mundo– que atesoran centenares de universidades y centros de investigación; por más profesionales que estén dedicados a la gestión de información y la programación; incluso cuando da fe el sector de estar apto para insertarse en el mercado internacional del software, desarrollar esta industria es una asignatura todavía pendiente y las soluciones, bien difíciles, no están escritas en el borde o al pie de las páginas.

El escollo más visible posee dimensiones alpinas: a nivel mundial Cuba tiene una escasa imagen como país productor de software. Según algunas fuentes anotan, fue en la X Convención y Feria Internacional Informática 2004 que se comenzó a crear cierta visibilidad para el mercado externo, al presentar internacionalmente a Incusoft (Industria Cubana del Software), grupo creado con el objetivo de aunar los esfuerzos individuales de diversas instituciones en este campo, a fin de lograr una robustez que permitiera incursionar con más efectividad en los bazares digitales del orbe.

Coincidentemente en 2004, la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), creada dos años antes, comenzó a tener una presencia productiva en la industria del software con el desarrollo de proyectos informáticos, fundamentalmente relacionados con la informatización de la sociedad y la exportación.

Este templo de educación superior informática, con 14 centros de desarrollo de softwares, le dio un vuelco radical a la industria en Cuba, e incluso a cómo estaba siendo manejada por las empresas.

De tal suerte, tras un riguroso proceso de evaluación en octubre de 2015, todos esos centros de la UCI obtuvieron la certificación internacional Integración de Modelos de Madurez de Capacidades (CMMI, iniciales en inglés) para sus procesos productivos. Esta se otorga a organizaciones que hayan demostrado buenas prácticas fuera de sus fronteras en el desarrollo y uso del software.

Durante la clausura del mencionado evento Informática 2016 le fue entregada la certificación y placa correspondientes a su rectora Miriam Nicado. Así la UCI se convirtió en la primera institución cubana que recibe tal guiño, avatar que debe abrirle caminos a la industria de los algoritmos en el competitivo mundo comercial.

“Mucha energía creadora”, había observado horas antes el doctor Cerf con sus ademanes de lord, mientras Malcolm Johnson, vicesecretario general de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), reconocía el prestigio de Cuba en el ámbito de las habilidades y los conocimientos de las TIC.

Jugando sobre el tablero cibernético

Si al llegar a este párrafo alguien no entiende el porqué de la apuesta por esta industria, predominantemente primermundista, valga esta parada para conocer que Cuba, con tales dones, podría convertirse en el suministrador principal de sus programas informáticos utilizados, en aras de eliminar la dependencia del software extranjero existente. Siendo así, obviamente eliminaría grandes riesgos de seguridad y le permitiría la utilización del mercado nacional como laboratorio de ensayo para futuros productos de exportación y un proceso de sustitución de importaciones.

La industria comienza a explorar todas sus potencialidades y ya incursiona hasta en el mundillo de los videojuegos. (Crédito: INDUSTRIA CUBANA DEL VIDEOJUEGO)

Hoy, de cara a un posible nuevo escenario sobre el tablero cibernético nacional –al parecer, el país podría acceder a los softwares necesarios, pero igualmente adquiriría nuevas obligaciones comerciales–, puede ser este el momento preciso para cincelar con buen pulso la doméstica industria de la cerebración.

Desde luego, otros contratiempos revuelan sobre el asunto. El primero de estos, la inexperiencia en la gestión y mercadotecnia del software. Sin contar que la comercialización internacional ocurre hoy en gran medida a través de las gargantas de las veloces fibras de Internet, desde la promoción de un producto o servicio, su compra en línea y el posterior mantenimiento y actualización.

Hablamos de Internet de la buena, la de banda ancha, esa que está brindado el presidente norteamericano Barack Obama a Cuba –pero en condiciones de bloqueo aún– con la finalidad francamente expuesta de socavar el sistema, para lo mismo que le fue un día permitido el acceso pleno a la infopista por goteo, con jadeos.

Una importante parte de la industria del software que se ha desarrollado en la Isla tiene un esquema de realización bastante “analógico”: su promoción es presencial (en ferias o por gestión personal), la entrega es en soportes físicos y el pago, la capacitación del cliente y la actualización raramente ocurren en línea.

Aun con tales lastres, varios productores han logrado hacerse de paquetes y programas bien competitivos –me vienen a la mente algunos softwares de Azcuba–, no solo dentro de la Isla sino con respecto a sus similares en oferta internacional.

Asimismo han podido instaurar un mercado interno estable y próspero, si bien muchas veces es minimizado en el análisis de algunos estrategas, ávidos de monedas duras y lustradas.

Otra carta que se debe tener en cuenta es el fenómeno de la migración. Por un lado, los países desarrollados no tienen la capacidad de formar toda la fuerza de trabajo que demandan en las ramas informáticas y han santificado una abierta política de atracción migratoria que les permite suplir ese déficit. Aunque Cuba no es la más afectada por esa práctica, también recibe un significativo golpe.

Los Joven Club de computación y electrónica, gran productor de contenidos digitales y plataformas de redes sociales, ostenta la capacidad de saltar al mercado de software. (Crédito: cubava.cu)

La otra manga del mismo asunto es el éxodo hacia otras ramas de la economía, el cuentapropismo y algunas actividades informales mejor remuneradas.

La prestación de servicios informáticos a los hogares es un nicho de mercado cuya demanda ha sido desatendida por las empresas establecidas, sin hablar de que se han constituido colectivos informáticos privados que realizan programas no solo a empresas extranjeras dentro y fuera de Cuba, sino al propio sector estatal, en algunos casos desvalijado por la partida de sus expertos.

La reciente creación de la Unión de Informáticos de Cuba (UIC), nacida para agrupar a los profesionales de las TIC, pertenezcan al sector estatal o cuentapropista, tal vez pueda ser la plataforma donde se integren coherentemente esos dos hemisferios de la energía creadora que viera el padre de la Internet, en pos de una industria nacional de software pujante y reveladora.

Por su parte, los Joven Club de computación y electrónica, primera institución cubana en pensar la socialización de la informática, ostenta también la capacidad de saltar al mercado de software. De hecho, en muchas de sus más de 600 instalaciones dispersas en todo el caimán existen centros especializados en el desarrollo de estas producciones, personal especializado y, lo más sorprendente: los entusiastas de la comunidad, hoy atomizado su potencial.

Quién sabe si el sabio Vinton Gray Cerf no estaba piropeando a los ingenieros y técnicos que, admirados, le escuchaban en el Palacio de las Convenciones capitalino; tal vez les estaba diciendo –él sí sabe dónde hay luz– que Cuba podría vivir del software vernáculo, hasta que se seque el Malecón.

Compartir

Toni Pradas

 
Toni Pradas