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Publicado el 3 Mayo, 2016 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

CIENTÍFICOS: La “deshojación sagrada”

Tres padres de la informática han dicho adiós en 2016: Ray Tomlinson, Wesley A. Clarky y Marvin Lee Minsky
Ray Tomlinson, Marvin Minsky y Wesley A. Clark (izq.-der.) dieron su adiós en este comienzo de año.

Ray Tomlinson, Marvin Minsky y Wesley A. Clark (izq.-der.) dieron su adiós en este comienzo de año. (Fotos: ANDREU VEÀ, WIWIW.ORG /LOUIS FABIAN BACHRACH /MAXINE ROCKOFF)

Por TONI PRADAS
La informática se está quedando huérfana. O eso parece, por tanto que le falta para crecer, y porque sus padres andan cerrándose, apagándose, como programas que han cumplido sus rutinas algorítmicas en los sistemas operativos de la vida, a la velocidad cibernética de uno por mes.
Es la “deshojación sagrada” que cantara César Vallejo –y bien sabemos que a la oscura muerte el peruano gustaba tutearla, con su pluma y su ceño de acordeón como única defensa.
Huérfana, ya lo creo. Sueno apocalíptico, pero es que padre no es cualquiera. Sobre todo si por hijo deja la más extraordinaria y vertiginosa revolución que ciencia alguna pariera. Nos queda la sola lógica del asombro porque ese mundo de rara y particular poesía que es la informática, esté despidiendo a sus creadores.
La noticia del más reciente deceso la supe mediante un boletín que puntualmente me llega por correo electrónico. Y vaya ironía: se trataba del programador que implementó el primer sistema de correo electrónico en ARPAnet, red precursora de la Internet: Ray Tomlinson falleció el 5 de marzo pasado, 45 años después de cambiar la manera en que el mundo se comunica.

Ray Tomlinson buscaba solo algo para lo que fueran útiles las redes, y logró con el correo electrónico añadir una nueva forma de comunicarse las personas.

Ray Tomlinson buscaba solo algo para lo que fueran útiles las redes, y logró con el correo electrónico añadir una nueva forma de comunicarse las personas. (Foto: EDQUINN /CORBIS)

Tomlinson: “¡No se lo digas a nadie!”

Con un ataque al corazón como pasaje y con 74 años, Tomlinson se cumplió el antojo de despedirse del mundo mucho antes que su aplicación. Es que era el email el que debía morir, predicha su expiración desde hace lustros. A pesar de los augurios, sigue tercamente vivo, llenándonos de mensajes irrelevantes (quizás su cara más fea) y algún que otro muy importante, pues ese correo es todavía la red social esencial para la mayoría de los negocios.
Tal vez el ya viejo servicio no se deja matar por esa rara poesía que tienen las tecnologías: Para muchos, el email fue su primera experiencia –mágica, podría decirse– de comunicación online.
Se resiste. Aun hoy, cuando gran cantidad de personas prefieren utilizar desde sus celulares el WhatsApp (guasap le han españolizado cómicamente), una aplicación de mensajería multiplataforma que permite enviar y recibir epístolas gratuitas mediante Internet.
Si le resulta deslumbrante, sepa que para que existiera la red de redes fue crucial que la antecediera la mensajería electrónica.

El correo electrónico funciona mediante el uso de diversos servidores de salida y entrada de mensajes.

El correo electrónico funciona mediante el uso de diversos servidores de salida y entrada de mensajes. (Foto: GEOVANI CLEMENTE LABOREO)

Cuentan que en 1961, en una demostración del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, sus siglas inglesas), se exhibió un sistema que permitía a varios usuarios ingresar a una computadora desde terminales remotas, y así guardar archivos en el disco. Mas fue en 1965 que la mensajería comenzó a utilizarse en un superordenador de tiempo compartido.
Hasta que, en 1971, el joven Tomlinson envió desde una red a otra el primer email de la historia, mientras trabajaba en Boston como ingeniero de la compañía de investigación Bolt, Beranek y Newman (BBN), contratada esta por la red militar ARPAnet para desarrollar un sistema de intercomunicación.
Aquel mensaje decía… Bueno, nadie sabe su contenido. El propio Tomlinson reconoció no poder recordar qué rayos escribió y lo calificó como “completamente olvidable”.
Lo que no pudo olvidar es que incorporó en su buzón digital el pictograma @ (arroba) como divisor entre el nombre del usuario y la computadora en la que se alojaba el correo. Muy conveniente, pues no existía ese símbolo en ningún nombre ni apellido.
También se alucinó con ese chirimbolo porque se lee en inglés “at”, que trocado al castellano significa “en”. Es decir, usuario@dominio se entiende como el usario “en” determinado dominio.
A pesar de estar dando tumbos por el mundo árabe durante varios siglos, el signo prácticamente no se usaba y todo parecía indicar que sus días en los teclados estaban contados. Con el correo electrónico, Tomlinson lo salvó y lo elevó a fetiche de la cultura tecnológica, al empleo perezoso como abarcador de géneros e incluso como arte-dibujo en la piel, quién sabe si indicando “en”.
Sin embargo, discretamente, aquel día de 1971 le mostró su invento a un colega y le susurró su hoy famosa frase: “¡No se lo digas a nadie! Esto no es lo que se supone que estemos trabajando.”
Tomlinson solo buscaba algo para lo que sirviera ARPAnet.
Nacido en Amsterdam, Nueva York, en 1941, obtuvo su máster en Ingeniería Eléctrica del MIT. En 1967 ingresó a la empresa BBN, donde continuó trabajando y también otros desarrollos importantes con el diseño de computadoras, arquitectura de redes, protocolos en la red y síntesis digital.
En 2009 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias a la investigación científica y técnica, y en 2012 fue incluido en el Salón de la Fama de Internet, iniciativa de la Internet Society que reconoce la contribución de personas claves en el desarrollo de la red.
Los compañeros de Tomlinson siempre admiraron que, pese a todos sus logros y premios, él siguiera siendo el mismo hombre humilde y generoso. Pero nunca pudieron explicarse cómo no cayó, como ellos, en la adicción a la mensajería.

Wesley Clark rompió el concepto existente sobre la utilización de la informática. En la foto, durante la demostración de la primera computadora personal en 1962.

Wesley Clark rompió el concepto existente sobre la utilización de la informática. En la foto, durante la demostración de la primera computadora personal en 1962. (Foto: MIT LINCOLN LABORATORY)

Clark: “Para quienes el gong es una campanada”

Pocos días antes que Tomlinson, otro grande dijo adiós, el 22 de febrero, a los 88 años: Wesley Allison Clark no pudo ganarle la pulseada a su enfermedad cardiovascular aterosclerótica severa.
Pero hubo una época, allá por los años 1950-1970, en que fue invencible como ingeniero.
Graduado como físico en la Universidad de California en Berkeley, Wes se unió al Laboratorio Lincoln del MIT en 1952. Por entonces, los ordenadores eran inmensos trastos multiusuarios que ocupaban todo un salón, y que alegremente trabajaban como cafeteras gracias a decenas de válvulas al vacío.
Pero en 1955 ya sabía cómo sabotear esa lógica: Coinventó el proyecto TX-0, uno de los primeros ordenadores de transistores. Desde entonces Clark comenzó a influir en la evolución de la industria. Digamos que diseñó el TX-0 para ser operado por una sola persona –algo que parecía un sacrilegio– y así fue como nació una nueva raza de sistemas llamada minicomputadoras.
Muy pronto, las minis se multiplicaron por todo el mundo gracias a su tamaño para escritorio, si bien solo podían poseerlas los negocios medianos. Pero ya no era preciso acudir a las grandes corporaciones para resolver necesidades de cálculo. Incluso, sus sistemas eran, para los no expertos, más fáciles de aprender.
Su próximo plan de hardware fue el TX-2, con un enfoque en los gráficos interactivos. Sus conceptos de interacción hombre-máquina influyeron en otros sesudos que crearon el lápiz óptico (light pen), el mouse o ratón, hardwares miniaturizados para fotocopiadoras, pantallas táctiles…
De tal suerte, los diseños de Clark se consideran el puente entre la era de los sistemas mainframes o grandes computadoras centrales –inaccesibles para el público general y con programas contenidos en tarjetas perforadas– y la informática de computadoras personales (PC) que responden a la interactividad del usuario.
Su trabajo en la PC comenzó en mayo de 1961, cuando se llevó a un equipo de ingenieros del MIT para desarrollar la Computadora de Instrumento de Laboratorio, o LINC, su acrónimo inglés.
La LINC representó el rompimiento con el concepto generalizado, de que deberían compartirse los tiempos de trabajo entre múltiples personas, conectadas a una sola computadora cuyo procesador cambiaría rápidamente los recursos de usuario a usuario. Wes vio el futuro antes que cualquier otro.
Aunque el poder de la LINC es insignificante con respecto a las PC de hoy, fue un salto agigantado hacia una máquina autónoma que tuvo un sistema operativo simple y un despliegue pequeño, y que además guardó sus programas en una cinta magnetofónica. Su precio, una ganga para un ordenador de la época: 43 000 dólares.
Tal vez la filosofía de Clark cabe en la dedicatoria que escribió sobre una LINC que donó al museo de la computación DigiBarn, de California. Decía: “Para quienes el gong es una campanada”.

Con la inteligencia artificial, Marvin Minsky se atrevió a desafiar a los humanos y las máquinas. En la foto, en un laboratorio del MIT en 1968

Con la inteligencia artificial, Marvin Minsky se atrevió a desafiar a los humanos y las máquinas. En la foto, en un laboratorio del MIT en 1968. (Foto: MIT)

Minsky: “No es una gran cosa ser una persona”

Como febrero y marzo, enero también deshojó. El 24, Marvin Lee Minsky, de 88 años, padre de la inteligencia artificial, pionero de la computación y autor de La sociedad de la mente, murió en Boston a causa de una hemorragia cerebral.
Como sus colegas recién fallecidos, Minsky fue un hombre del MIT, donde cofundó un laboratorio de inteligencia artificial (IA).
“La IA nos recuerda que no es una gran cosa ser una persona”, solía decir. ¿Cómo puede surgir la inteligencia de algo que no es inteligente?, se preguntaba, refiriéndose al cerebro humano. ¿Cómo es posible que un cuerpo aparentemente sólido albergue algo tan sutil, incorpóreo, como una idea?, insistía.
Minsky pasó 50 años de su vida investigando el mecanismo de la mente en su afán por reproducir algunas de sus múltiples funciones dentro de un laboratorio.
Tal vez necesitaba más inteligencia para sí, porque la suya era insuficiente para alcanzar sus sueños: A los cinco años fue admitido en una escuela para niños superdotados, en Manhattan, Nueva York, su ciudad natal. A los 19 ingresó en Harvard, donde estudió Matemática, Física, Psicología y Biología, e ingresó cinco años después en el claustro de profesores de la Universidad.
En 1951 construyó la primera máquina electrónica de la historia capaz de aprender. La bautizaron con las siglas Snarc, empleaba 400 válvulas electrónicas y su mecanismo estaba basado en la simulación de redes neurales.
Mas fue en el MIT donde Minsky desarrolló sus máquinas semiinteligentes. A mediados de los años 60 diseñó un brazo artificial avanzado, capaz de ejecutar 14 movimientos diferentes; luego fabricó a Constructor, un robot que utilizaba realimentación visual para guiarse y ejecutar algunas tareas relativamente sencillas.
Minsky fue el primero en considerar el cerebro como una máquina, provocándoles hiperventilación a irritados investigadores, neurólogos y biólogos. Pero tenía sus razones.
“Cuando analizamos el cerebro con el microscopio, vemos que está formado por miles de millones de piezas, algunas de ellas asombrosamente pequeñas y complejas, aunque su estructura global es la de una máquina. […] De hecho, ninguna parte del cerebro como tal puede ser considerada inteligente”, explicó.
“Lo que sucede es que la mayoría de las personas tiene una visión bastante pobre, peyorativa, acerca de las máquinas. A nadie le agrada que lo comparen con un ventilador o una aspiradora. Pero hay que reconocer que en los últimos cincuenta años hemos desarrollado mecanismos que son infinitamente más complejos, aunque por costumbre los seguimos llamando máquinas”, ahondó.
El ganador del premio Turing, el equivalente al Nobel para la Informática, había expuesto que el cerebro humano está integrado por cientos de pequeñas computadoras y cada una se ocupa de una función específica. “El diálogo entre ellas es permanente”, aseveró, y con esa concepción de la mente comenzó a mediados de los 60 a desarrollar fatigosamente una serie de robots para que imitaran ciertas tareas infantiles, como ordenar cubos de colores o identificar visualmente ciertos objetos.
“Lo interesante es que nos demostró que es más fácil programar a un robot para que juegue al ajedrez que para que haga cosas típicas de un chico de cuatro años. La paradoja era que la computadora podía resolver complicadísimas operaciones matemáticas, pero no podía pensar”, meditó.
Para Minsky, la IA es una ciencia que trabaja orientada en tres grandes direcciones. Por un lado, desarrolla robots y máquinas a las que se les ordena que cumplan tareas de diversa complejidad. En segundo lugar, nos permite elaborar nuevas teorías acerca del conocimiento. En tercer término, están, paradójicamente, las ideas que aportan acerca de cómo funciona nuestra propia mente.
Una profecía conmueve a todos: las computadoras del futuro serán capaces de sentir emociones. A quienes replicaron, les dijo: “Seamos honestos: los humanos aún no sabemos mucho acerca de lo que significa sentir. A la gente le sorprendería más una computadora capaz de registrar sentimientos, que otra capaz de pensar. Yo creo que no hay diferencias de valor o complejidad entre una idea y un sentimiento”.


Toni Pradas

 
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