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Publicado el 16 Junio, 2016 por Redacción Digital en Ciencia
 
 

PEDAGOGÍA: Motivar

Como una orquesta con directores distintos interpreta una pieza de forma diferente; un auditorio, ante maestros que imparten un mismo tema, reacciona de manera diversa

 

Una cualidad imprescindible del maestro es su posibi-lidad de crear la capacidad de asombro. (foto LEYVA BENÍTEZ)

Una cualidad imprescindible del maestro es su posibi-lidad de crear la capacidad de asombro. (foto LEYVA BENÍTEZ)

Por DR. CARLOS CABAL MIRABAL *

En la actualidad, en varios conservatorios del mundo se convocan concursos de intérpretes de distintos instrumentos musicales. ¿En qué consisten estos certámenes? Una obra musical, digamos el Primer Concierto para piano de Chaikovski, es defendido por cada uno de los concursantes, y un selecto jurado evalúa y selecciona a los mejores. El contraste entre las demostraciones es apreciado, además, por un público conocedor, sensible.

¿Cómo es posible escoger a los ganadores, si los competidores interpretan rigurosamente la partitura donde se regulan todas y cada una de las notas musicales, los tonos, las pausas…?

¿Puede haber diferencia entre uno y otro ejecutante? Claro que sí. Pero, ¿en qué consiste? La divergencia no está en el piano ni en la partitura, sino en la maestría del músico, en la medida en que logra acercarse a aquello que concibió Chaikovski. En esto radica lo creador de la interpretación. Igual sucede cuando una misma orquesta, con distintos directores, toca una misma pieza de forma diferente; o en el teatro, el ballet, la ópera, en los cuales es un colectivo el que interpreta.

Semejante situación ocurre en la actividad pedagógica. Conocido es por todos el hecho de que un mismo auditorio, ante diferentes docentes, acerca de un mismo tema reacciona de manera diversa. Una misma clase, impartida por distintos profesores, puede ejercer efectos hasta diametralmente opuestos.

Este fenómeno es complejo, con diversos elementos componentes interrelacionados entre sí. Sin embargo, creo no equivocarme al afirmar que la maestría de un profesor, lo creador en sus clases, tiene un elemento que, por supuesto, no es el único, pero sí es básico: la motivación.

Esta, en su sentido más general y profundo, no se puede entender solo como el arte de interesar en tal o más cual tema a una o a varias personas; va más allá. Busca despertar y desarrollar cualidades, la capacidad por dominar lo conocido y buscar lo desconocido, por crear el sentido profesional y social del ciudadano futuro. La motivación aparece de forma implícita y explícita en la actividad pedagógica, es uno de los problemas fundamentales de la didáctica especial. Por tal razón, no es posible dar recetas. La capacidad de motivar es una consecuencia de la cultura y la pericia del maestro.

En sus memorias, Albert Einstein relata algo que se convirtió en el sentido de su vida: cuando de pequeño tuvo la oportunidad de observar el comportamiento de la brújula. Esto lo motivó de tal forma, que él mismo atribuyó a este hecho, aparentemente insignificante, su posterior dedicación a la teoría general de los campos. Él expresaba que la cualidad principal de un científico es su capacidad de asombrarse. A esto se podría agregar que, para el maestro, una condición imprescindible es su posibilidad de asombrar, de motivar.

La motivación es creadora de convicciones y de senti-do para la vida de los alumnos y también de quienes educan. (foto CLAUDIA RODRÍGUEZ HERRERA)

La motivación es creadora de convicciones y de senti-do para la vida de los alumnos y también de quienes educan. (foto CLAUDIA RODRÍGUEZ HERRERA)

A pesar de su carácter general conceptual, la motivación en cada actividad didáctica tiene que expresarse de manera concreta. El maestro puede valerse de muchas fuentes para extraer ideas cardinales y despertar el interés e ir sembrando paso a paso las raíces del hombre futuro.

Algunas de estas son los hechos significativos de la historia –incluyendo la biografía de los grandes hombres– de la disciplina que se enseñe; los fenómenos naturales o sociales partiendo de los que están directamente vinculados con la vida humana, y son explicables basándose en las ideas que se enuncian; y también la utilización de todo tipo de medios de enseñanza –experimentos de cátedra, películas, láminas transparencias, computadoras, TV–, y que su rasgo distintivo sea su ingeniosidad, más que su complejidad. Entre esas fuentes, igualmente pueden utilizarse los logros más recientes de la ciencia, a escala local y universal. Las complejidades de lo desconocido, lo no explicado o no resuelto aún.

La motivación debe penetrar permanentemente en todos los momentos de la actividad pedagógica, aunque tiene momentos de máxima intensidad donde aflora como el elemento principal, digamos, en la introducción de una clase o de un tema. Ese tipo de estimulación debe utilizarse a lo largo de todo el proceso volviendo sobre lo dicho, profundizando o acentuando, ejemplificando o postulando. De esta forma, permitirá crear nexos entre las diferentes partes de una conferencia, tema, asignatura, disciplina.

En cierta medida, la motivación es a la actividad docente pedagógica como la armonía a la obra musical. Es creadora no solo de convicciones y de sentido para la vida de los alumnos, sino también para quienes educan. La historia de la ciencia evidencia no pocos casos en los que la estimulación ha provocado, generado, inducido, nuevos saberes, grandes descubrimientos.

Para que los alumnos pudieran asimilar mejor los con-tenidos, Mendeleiev los organizaba en tarjetas, y de esa manera surgió la Tabla Periódica, soporte impres-cindible de la Química moderna. (foto: territorioin-formativo.com)

Para que los alumnos pudieran asimilar mejor los con-tenidos, Mendeleiev los organizaba en tarjetas, y de esa manera surgió la Tabla Periódica, soporte impres-cindible de la Química moderna. (foto: territorioin-formativo.com)

Tal es el caso de la Tabla Periódica de Mendeleiev, soporte indiscutible de la Química moderna. Mendeleiev trataba de explicar –en un corto plazo y de manera amena– las innumerables propiedades de los elementos químicos, y para lograrlo, de curso a curso escolar los ordenaba en tarjetas según regularidades, de forma que los alumnos pudieran asimilar mejor los contenidos y motivar su estudio. Al cabo del tiempo, resultó que ese orden se correspondía con la de sus masas atómicas, y surgió así lo que es hoy uno de los pilares de la ciencia contemporánea.

Otro ejemplo es el de Nikolái Lobachevski, quien no siempre fue el matemático ruso de fama mundial. Enseñaba matemática elemental, cuando uno de los funcionarios del zar a quienes tuvo por misión instruir, preguntó “por qué la menor distancia entre dos puntos es el segmento de recta que los une”. Lobachevski contestó como todos, que ese era un axioma de la geometría, y nada más. Pero quedó motivado. Al pasar el tiempo, surgió una nueva geometría –la geometría no euclidiana–, fundamentada sobre otro axioma, donde la menor distancia entre dos puntos no es la línea recta que las une. Lobachevski se convirtió así en uno de los creadores de este trascendental descubrimiento, base matemática sobre la que se sustentó la Teoría General de la Relatividad de Einstein.

A la hora de hablar de la motivación que debe crear la enseñanza en sus múltiples, universales y singulares formas de llevarse a cabo, no puede circunscribirse a fortalecer el simple anhelo de que los graduados se dediquen a una u otra actividad social.

En Cuba, donde el hombre y la mujer deben ser el centro de toda la atención, y los bienes deben corresponderse con los resultados del trabajo socialmente útil, la escuela y los maestros tienen que motivar, sobre todo, para impregnar la profunda convicción de que es el trabajo el componente más creador, bello y necesario para el disfrute individual y la prosperidad de la nación.

* Académico de Mérito. Premio Nacional de Física 2011.


Redacción Digital

 
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