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Publicado el 18 Octubre, 2017 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

PREMIOS NOBEL 2017

Cuando la mente se viste de frac

Como cada año, Estocolmo anunció los ganadores de las cábalas más sorteadas entre sesudos
(Foto: FUNDACIÓN NOBEL)

(Foto: FUNDACIÓN NOBEL)

Por TONI PRADAS

Como un reloj biológico, cuando llega octubre empieza a picar el hambre de los premios Nobel. Para unos, se trata de conocer cuánta justicia se hace con los científicos que con denuedo gastan sus pestañas en sus recintos durante buena parte de sus vidas. Para otros, por el contrario, es para saber con quien se comete injusticia. Si faltar aquellos atentos por el morbo de saber quiénes serán los agraciados que, además de una medalla de oro y un diploma, recibirán un botín. Nada más y nada menos que nueve millones de coronas suecas este año (unos 940 mil euros, o un millón 100 mil dólares).

También para otros, sencillamente, es un indicador de las tendencias de la investigación en las ciencias llamadas a retribuirse (por cierto, sus resultados son cada vez más interdisciplinarios), y una marca con lápiz amarillo sobre las líneas de pensamiento ideológico que predominan en quienes deciden la exultación de ciertas actividades.

Y es que el galardón instituido por el industrial sueco Alfred Nobel sigue siendo la más sonada de todas las gratificaciones planetarias, rodeada de la mística del emprendimiento intelectual –aun cuando un puñado de empresas y universidades acaparan la mayor cantidad de premiaciones– y del desprendimiento o mea culpa del filántropo promotor del trofeo, por tantas muertes que provocó en diversas guerras su invención de la dinamita, un explosivo capaz de manipular la inestable nitroglicerina a fin de usarse entonces en la perforación de yacimientos petrolíferos en Bakú.

Queriendo morir en paz, fue tajante en su testamento y propuso que con el océano de billetes que obtuvo tras su invento en 1866 –y por otras 350 patentes que registró–, se premiara cada año a las más distinguidas personalidades de la Medicina, la Física, la Química, la Literatura y los esfuerzos por alcanzar la Paz.

Así, desde 1901 se ha ido cumpliendo la última voluntad de Nobel, en una ceremonia celebrada cada 10 de diciembre.

La Real Academia de las Ciencias de Suecia es la encargada de nombrar a los ganadores en Física, Química y el llamado Premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel.

Este último, perezosa e inexactamente llamado Premio Nobel de Economía, fue establecido en 1968 por el Banco de Suecia, el más antiguo de los bancos centrales, para celebrar el tricentenario de su fundación. (Dicho sea todo: ese monto monetario no es sufragado por la Fundación Nobel, sino por el Banco de Suecia).

Por su parte, la Asamblea del Nobel del Instituto Karolinska elige al ganador del Premio de Medicina, y la Academia Sueca nombra al ganador del Premio de Literatura.

Todos ellos se entregan en una ceremonia celebrada en Estocolmo, Suecia. En cambio el más polémico y politizado de todos, el Premio Nobel de la Paz es elegido por el Comité Noruego del Nobel y se recibe en la ciudad de Oslo, en Noruega. (Vale recordar que cuando comenzó la tradición de las entregas, Noruega formaba parte del reino sueco, hasta su independencia de la unión con Suecia, declarada en 1905).

A continuación, BOHEMIA expone lo anunciado durante la primera semana de octubre para saciar esa hambre de premios que pica, como un reloj biológico, cada año.

Medicina: Relojeros moleculares

Premio Nobel de Medicina: De izquierda a derecha: Jeffrey C Hall, Michael Rosbash y Michael W Young. (Foto: AP)

Premio Nobel de Medicina: De izquierda a derecha: Jeffrey C Hall, Michael Rosbash y Michael W Young. (Foto: AP)

¿Por qué nos despertamos a la misma hora cada mañana aunque la habitación esté a oscuras, tenemos hambre más o menos en los mismos momentos del día y empezamos a sentir sueño al terminar la jornada? Eso es a lo comúnmente llamamos reloj biológico.

Desde hace décadas empezó a postularse que todos los organismos vivos tenemos “relojes” internos que gobiernan nuestros procesos fisiológicos y que nos ayudan a anticiparnos y adaptarnos a nuestro medio ambiente. Nuestras vidas siguen el compás de estos ciclos que se cumplen aproximadamente cada 24 horas: Son los llamados ritmos circadianos.

Precisamente por dilucidar el mecanismo molecular que impulsa el tictac de esos relojes celulares, los estadounidenses Jeffrey C. Hall, de la Universidad de Maine; Michael Rosbash, de Brandeis; y Michael W. Young, de la Universidad Rockefeller, resultaron elegidos este año para compartir el Nobel de Medicina

Para lograrlo, antes escogieron trabajar las moscas de la fruta (Drosophila melanogaster), que poseen aproximadamente 61 por ciento de los genes de enfermedades humanas que se conocen.

En ellas, los científicos identificaron un puñado de genes y las proteínas que estos sintetizan, y mostraron cómo sostienen una danza acompasada que determina no solo nuestros niveles de actividad, sino también el ritmo de secreción de ciertas hormonas, la temperatura corporal, el funcionamiento de nuestros riñones, la frecuencia cardiaca.

De manera que no hay aspecto de la fisiología que no esté directa o indirectamente influida por los relojes biológicos. Hoy se sabe que desajustes crónicos en estos, como cuando se trastocan los horarios de sueño o los momentos apropiados para alimentarse, se asocian con enfermedades como la obesidad, la diabetes tipo 2 y hasta algunos tipos de cánceres.

La exquisita exactitud de la maquinaria molecular del reloj biológico se debe a un mecanismo de retroalimentación autosostenido, descubierto por Hall y Rosbash: el gen period, encargado de sintetizar una proteína (PER) que se acumula en las células durante la noche y se degrada durante el día por la luz.

Por su parte, Young descubrió un segundo gen, al que llamó timeless, que detiene la actividad de PER para que la proteína entre al núcleo celular, donde se encuentran los genes. También halló otro gen cuyo mecanismo degrada a PER y refuerza la sincronía de la oscilación del reloj para acercarla al ritmo de 24 horas.

Todas las formas de vida tienen ciclos circadianos de aproximadamente 24 horas para estar sincronizados con el medio ambiente, bien sea el ciclo de luz/oscuridad para las especies terrestres o las mareas para los que viven en el mar. Y en los humanos (curiosamente, también Drosophila), las claves sociales, la presencia de pares, también actúa como sincronizador.

Física: Cazadores de dudas de Einstein

Premio Nobel de Física: De izquierda a derecha; Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne. (Foto. AFP)

Premio Nobel de Física: De izquierda a derecha; Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne. (Foto. AFP)

Las ondas gravitacionales, las mismas que fueron profetizadas por Albert Einstein hace cien años, se observaron por primera vez el 14 de septiembre de 2015. Procedían de una colisión entre dos agujeros negros. La señal era extremadamente débil cuando alcanzó la Tierra, pero suficientemente fuerte como para convertirse en una revolución de la astrofísica, sin contar que hasta hoy ya se han producido cuatro detecciones, y cada una de estas viene a confirmar la Teoría General de la Relatividad.

Las ondas gravitatorias son una forma totalmente nueva de observar los acontecimientos más violentos del universo y probar los límites del conocimiento. Estas fueron pescadas por el Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO, por sus siglas en inglés), de Estados Unidos, un proyecto con el que colaboran miles de investigadores de más de veinte países.

Tres estadounidenses, los pioneros Rainer Weiss (nacido en Alemania) y Kip S. Thorne, junto con Barry C. Barish, el científico y líder que llevó el proyecto a su término, lograron que casi cinco décadas de esfuerzos investigativos tuvieran su recompensa con el Premio de Física, quizás el más esperado para 2017.

Las ondas gravitatorias se extienden a la velocidad de la luz llenando el universo, como Albert Einstein describió en su Teoría de la Relatividad. Generalmente, se crean cuando una masa se acelera, como cuando hace una pirueta un patinador, o bien cuando un par de agujeros negros giran uno alrededor del otro.

Einstein estaba convencido de que nunca sería posible medirlas. Pero se equivocaba el físico, Nobel de 1921. Y nunca lo supo.

Química: El contraataque europeo

Premio Nobel de Química: Richard Henderson (arriba), Jacques Dubochet (abajo) y Joachim Frank (derecha). (Fotos: REUTERS /AFP /AP)

Premio Nobel de Química: Richard Henderson (arriba), Jacques Dubochet (abajo) y Joachim Frank (derecha). (Fotos: REUTERS /AFP /AP)

Más que para contrapesar el predominio estadounidense en las premiaciones, la Real Academia de Ciencias de Suecia optó por dignificar con la distinción del Nobel a tres europeos, considerados los padres de la microscopía crioelectrónica: Gracias a su investigación, la bioquímica sufrió una revolución en sus entrañas.

De tal suerte, el suizo Jaques Dubochet (Universidad de Lausana), el alemán Joachim Frank (Universidad de Columbia) y el británico Richard Henderson (MRC Laboratory of Molecular Biology de Cambridge), vieron recompensados sus desvelos para desarrollar una técnica capaz de generar imágenes tridimensionales de las moléculas en alta resolución.

La microscopía crioelectrónica o criomicroscopía de electrones ha permitido observar con precisión proteínas que ocasionan resistencias a quimioterapias contra el cáncer o a los antibióticos usualmente utilizados contra las infecciones, o incluso los mecanismos por los que se captura la luz en el proceso de fotosíntesis.

Este método permite a los investigadores “congelar biomoléculas” mientras están en movimiento y visualizar procesos que no se habían visto nunca antes. Según los expertos, el avance “es decisivo tanto para la comprensión básica de la química orgánica como para el desarrollo de medicamentos”.

Literatura: Lo que queda del Nobel

Premio Nobel de Literatura: Kazuo Ishiguro. (Foto: ABC NEWS)

Premio Nobel de Literatura: Kazuo Ishiguro. (Foto: ABC NEWS)

Sabido es que el de Literatura tal vez se antoja como el más controversial de los Nobel. Rara vez recae en una producción sostenida en una lengua no globalizada, o cuando menos europea.

Es más: suele pasar por alto no ya las letras del Tercer Mundo, sino incluso las estadounidenses. En ambos lados del Atlántico hay quien sospecha que las academias del Viejo Continente miran por encima del hombro todo lo que quede lejos de su ombligo.

Quizás para intentar quitarse ese sambenito, el año pasado la Academia Sueca premió a Bob Dylan, un cantautor nacido en Minnesota que transformó la manera de meditar la sociedad mediante versos con saetas, encapsulados en armonías de guitarra.

Trabajo le costó a la Academia pactar con el ídolo de la contracultura una fórmula para que este no le diera un plantón –como otros irreverentes premiados y de él era de esperar– y recogiera su medalla, aunque fuera después de la ceremonia oficial. Quizás se hicieron los suecos e intuyeron que Dylan finalmente se rendiría ante el jugoso cheque, porque lo cantado en los años ‘60 hoy tiene otro significado: La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento.

¿Podrían en 2017 arriesgarse a romper tradiciones con otros escritores como los preferidos por críticos y público, el keniata Ngugi Wa Thiong’o, la canadiense Margaret Atwood, el poeta surcoreano Ko Un o el chino Yan Lianke? ¿Se atreverían a rendirse finalmente ante los eternos rechazados, el norteamericano Phillip Roth o el japonés Haruki Murakami?

Al menos esta vez concedieron el honor a un rostro asiático: el británico nacido nipón, Kazuo Ishiguro. Nadie se lo esperaba, a pesar de estar considerado uno de los mejores escritores contemporáneos y su obra estar traducida a más de 40 idiomas distintos.

Ishiguro es autor de ocho libros, así como de guiones para cine y televisión. Obtuvo fama internacional con su novela Lo que queda del día, publicada en 1989 y adaptada al cine bajo la dirección de James Ivory y la actuación de Anthony Hopkins y Emma Thompson. Dicho sea de paso, el filme merecidamente recibió numerosas nominaciones a los premios Oscar, Bafta y Globos de Oro.

Kazuo Ishiguro “ha descubierto el abismo bajo nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo a través de novelas de gran fuerza emocional”, argumentó la Academia Sueca su decisión.

Economía: Decisiones no tan racionales

Premio Nobel de Economía: Richard H. Thaler. (Foto: AP /CARSTEN REHDER)

Premio Nobel de Economía: Richard H. Thaler. (Foto: AP /CARSTEN REHDER)

Si el premio de Literatura se precia de ser controvertido, del de Economía ha llegado a ser incluso cuestionada su existencia. Ni siquiera pasó por la mente de Nobel al redactar su testamento.

La entrega de 2013, por ejemplo, fue tan loca, que recayó en dos de los candidatos habituales hasta entonces. Desde luego, nadie se asombró por eso, pero sí de que coincidieran en la misma edición Eugene Fama o Robert Shiller, pensadores de tesis bastante antagónicas. Fama, uno de los máximos exponentes de la escuela de Chicago, era conocido como el teórico de la racionalidad de los mercados, mientras Shiller, de saco y corbata, demostraba que los inversores se comportan de forma irracional y empírica.

Los más críticos argumentan que suelen ser reconocidos los economistas más “ortodoxos” evitando las corrientes “heterodoxas”, y a los estadounidenses sobre otras nacionalidades. Otros discuten el carácter científico del discurso económico.

Tradicionalmente, ese galardón ha recaído en estudiosos de la economía del bienestar, las investigaciones macroeconómicas, o en expertos en el funcionamiento –regulado o no, según sople el viento– de los mercados. Este año el latifundio lo ha heredado la economía del comportamiento, personalizada en el estadounidense Richard H. Thaler, del Instituto Tecnológico de Massachussets y de la Universidad de Chicago.

Thaler fue galardonado por integrar de manera innovadora la economía y la psicología, una trenza que puede servir para analizar el proceso de toma de decisiones económicas. Tras explorar las consecuencias de una racionalidad limitada, las preferencias sociales y la falta de autocontrol, Thaler cree que esos estados psicológicos afectan sistemáticamente las decisiones que toman las personas en la economía individual, así como a los mercados exteriores.

Thaler desarrolló la teoría de la contabilidad mental, explicando cómo la gente simplifica la toma de decisiones financieras mediante la creación de cuentas separadas en sus mentes (gastos, vacaciones…), y se centran en el impacto sobre cada una de estas en lugar de su efecto global. También mostró cómo la aversión a las pérdidas puede explicar por qué los individuos valoran un artículo más positivamente cuando lo poseen que cuando no lo tienen.

El guiño de ojo de la Academia estriba en la demostración teórica y experimental de cómo las preocupaciones por la equidad de los consumidores pueden impedir que las empresas suban los precios en períodos de alta demanda, pero no así en tiempos de aumento de los costos.

En síntesis, las contribuciones de Thaler han sido fundamentales para crear un nuevo campo de la economía del comportamiento que está en auge y que ha tenido un profundo impacto en muchas áreas de la investigación y –ojo con esto– la política económica.

Paz: Premio con alcance simbólico

Premio Nobel de la Paz: Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN). (Foto: FACEBOOK ICAN)

Premio Nobel de la Paz: Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN). (Foto: FACEBOOK ICAN)

¿Cuántas veces deben las ojivas de un cañón volar / antes de que estas se prohíban para siempre? , canturreaba Bob Dylan poco días antes de la Crisis de Octubre de 1962.

“La respuesta está soplando en el viento”, responderían con el estribillo los activistas de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN, sus siglas inglesas), que promueve un tratado antinuclear global.

Esta coalición mundial de organizaciones no gubernamentales procedentes de un centenar de países, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz por impulsar un tratado histórico de prohibición de las armas nucleares que fue adoptado por 122 naciones miembros de la ONU, el 7 de julio último. Tan pronto como el acuerdo haya sido ratificado por 50 estados, la prohibición de las armas nucleares entrará en vigor y será vinculante, en virtud del derecho internacional, para todos los países que sean parte en el tratado. Pero su alcance es sobre todo simbólico, dada la ausencia de las nueve potencias nucleares entre los firmantes.

El Comité Nobel en Oslo simpatizó con la ICAN y su labor en pro de atender a las catástrofes humanitarias que se producen a consecuencia de cualquier uso de un arma nuclear, así como por sus esfuerzos por lograr una prohibición efectiva de este arsenal.

El riesgo de una catástrofe por armas nucleares que cambie para siempre el destino del planeta es, ahora, mayor de lo que lo ha sido nunca, y el peligro es real para muchos países que las fabrican.

Sería, pues, el fin de los Nobel, y en otras galaxias observarían milenios más tarde las ondas gravitacionales procedentes de la Tierra, mucho después de apagarse nuestro tictac circadiano.


Toni Pradas

 
Toni Pradas