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Publicado el 16 Julio, 2018 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

EXPLORACIÓN

 La “inocentada” de los nautas del Río Mar

Se han cumplido 30 años de la expedición científico-cultural emprendida en canoa por el doctor Antonio Núñez Jiménez, una aventura desde el Amazonas al Caribe
Liliana Núñez Velis, presidenta de la Fundación Antonio Núñez Jiménez, levanta el 28 de junio de 2018, a la entrada al puerto de La Habana, la bandera original utilizada durante la expedición homenajeada. (Foto: EFE)

Liliana Núñez Velis, presidenta de la Fundación Antonio Núñez Jiménez, levanta el 28 de junio de 2018, a la entrada al puerto de La Habana, la bandera original utilizada durante la expedición homenajeada. (Foto: EFE)

Por TONI PRADAS

Altanero y circunspecto, durante las últimas décadas el faro del morro habanero ha visto desfilar ante sus narices todo tipo de cáscaras flotantes: cruceros dandis, como rascacielos de mar; raudas lanchas deportivas rompecrestas; ampulosos yates que rezan al petróleo y la media luna; veleros y acorazados de armadas sin combates… Incluso botecitos, los de siempre, y recicladas balsas de pescadores que un día soportaron los frenazos de un Kamaz.

Mas el pasado 28 de junio, el sopor de la linterna, por sol y el calor agobiantes, fue desperezado cuando una docena de pequeñas embarcaciones invadía la bahía habanera. Para colmo, la simpática horda era recibida con vítores por un manojo de lugareños.

La vieja torreta tuvo que esforzar su memoria para recordar que 30 años antes, el mismo día y casi a la misma hora, desafió su vigilancia un convoy de canoas, y algunas se antojaban a la vista como cayucos alargados por un náutico síndrome de Marfan.

“Gracias por estar aquí”, dijo, remo en mano y a toda voz, Liliana Núñez Velis, la almirante del día, al aproximarse al muelle acompañada de varios expedicionarios a bordo de una canoa que recordaba a las utilizadas tres décadas atrás.

Antonio Núñez Jiménez durante el primer día de la expedición En canoa del Amazonas al Caribe. (Foto: FUNDACIÓN ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ)

Antonio Núñez Jiménez durante el primer día de la expedición En canoa del Amazonas al Caribe. (Foto: FUNDACIÓN ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ)

En aquella lejana ocasión, Antonio Núñez Jiménez y un puñado de colaboradores emprendieron un viaje en tales chalanas desde el Amazonas hasta el Caribe, inédito itinerario (descontados, claro está, los que presuntamente hicieran los aborígenes) y aún sin repetir, el cual aportó datos acerca del impacto de 500 años de conquista española en los pueblos indígenas de las Américas.

“Fue un gran recuerdo y un gran homenaje a Núñez Jiménez, una experiencia maravillosa el reencuentro con colegas que hacía 30 años no veíamos”, comentó a la prensa, después de desembarcar, Ángel Graña, uno de aquellos protagonistas que remó con el destacado intelectual en la canoa Simón Bolívar y actual vicepresidente de la organización no gubernamental cubana que perpetúa la obra del naturalista y espeleólogo.

La Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre (FANJ), presidida por la hija del trotamundos –la historiadora Liliana Núñez–, organizó este cumplido a aquella empresa que, iniciada en 1987, se extendió por un año. Más que la aventura, de esta guardan el sabor del encuentro cultural y científico de unidad latinoamericana, y sus aportes al conocimiento sobre la vida de los habitantes saludados en las márgenes del río Orinoco y de esa anaconda de miles de kilómetros que es el Amazonas.

“Sucede que esta vez Don Quijote se ha encarnado en un hidalgo barbudo”, publicó a finales de 1986 el periódico Hoy, de Quito, cuando Núñez preparaba su gira “acompañado de intrépidos ciudadanos de los países ribereños del Río Mar”. “Parece inocentada tu aventura, pero es otro eslabón para la patria grande”, anadió.

Seis lustros después, ya amarilleados y ondulados los apuntes, fue celebrado un seminario internacional en el Museo de Bellas Artes, en La Habana Vieja, villa donde el intitulado Segundo Descubridor de Cuba, Alejandro de Humboldt, colocó a la Isla, tras visitarla, en un sitio especial en su topografía imaginaria.

Aunados en cónclave, especialistas de América Latina, España, Australia y Estados Unidos atisbaron con el catalejo del calendario la vigencia de un legado conseguido en canoa, ese de las islas que perlan las Antillas, y el de sus hijos, que son hijos de los hijos de las entrañas sudamericanas, hoy gente en el mar con raíces en los ríos.

Se habló de antropología, lingüística, estudios genéticos, historia precolombina… De transculturación, turismo sostenible, espeleología, interconexión caribeña con la Amazonía… De conservación de la cultura indígena, cambio climático, contaminación…

Y se reherraron los desvelos de aquel soñador, y sus preguntas recurrentes de entonces que buscaban respuesta en la integración de áreas de conocimiento diversas y el concurso de personas de países y campos del saber diferentes: ¿Qué es en definitiva el Caribe? ¿Cuál es su identidad cultural? ¿Cómo se resolverá con el tiempo su amalgama de etnias y civilizaciones tan disímiles?

“El objetivo es traer de vuelta a las nuevas generaciones, al Núñez humano, explorador”, comentó la presidenta de esta fundación que promueve y facilita la toma de decisiones y de políticas ambientales en Cuba y el mundo, desde su condición de estatus consultivo ante la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Hay quien prefiere ver a la FANJ como alter ego de Antonio, al promover la interrelación entre ciencias naturales y sociales, entre la cultura y la ciencia. Nada hay más parecido a su creador, considerado el Cuarto Descubridor de Cuba y, tal vez, el último caballero andante de los mapas, de ralea y genética renacentista.

Caballos de agua y hombres con madera

Con mirada pisciana, afirmaba Gabriel García Márquez en el prólogo del libro escrito por Antonio Núñez Jiménez sobre ese periplo, que el viaje más largo y peligroso que había hecho el barbado geógrafo no fue el del Amazonas hasta su Isla, sino el que hizo sentado en un sillón de la casa del escritor en La Habana, mientras le confesaba, así durante dos años, los arduos detalles de los preparativos.

El erudito doctor, entonces viceministro de Cultura, presentó su proyecto de odisea en 1986 durante el Primer Simposio Mundial de Arte Rupestre, convocado en la capital cubana.

Motivaban al capitán de la guerrilla libertadora cubana, los planes iberoamericanos de celebración en 1992, del quinto centenario del “descubrimiento” de América. Por controvertido –atendiendo a la verdadera primicia– y por su estela de sangre y exterminio en la conquista, realmente merecía conmemorarse, pero como encuentro (o mejor, encontronazo) entre dos mundos desde entonces umbilicados, pero contrapuestos como copas de reloj de arena.

“No tuvo inconveniente que no estuviera previsto, mientras que el proyecto de viaje se había visto amenazado a cada instante por los cataclismos cotidianos de las promesas incumplidas y los sargazos burocráticos de medio mundo, a pesar de los vientos propicios que mecían la mecedora en el mar de mi casa”, testimonió Gabo.

El “primer navegante primitivo del tercer milenio”, como lo describió el Premio Nobel, nombró a su programa “En canoas del Amazonas al Caribe”: Pero bien pudo haberle bautizado “Caballos de agua y hombres con madera”, como prefirió llamarle en 1987, José Steinsleger, del periódico de Quito La Liebre.

Ese año, el 1º de marzo –tomando prácticamente la misma dirección al este que en 1539 el bastardo Gonzalo Pizarro siguió para buscar en la selva el País de la Canela y El Dorado–, partió de esa ciudad el grupo de 60 científicos y personal de apoyo de ocho países de la Amazonía y el Caribe (Cuba, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela), a quienes, en lo adelante, fueron sumándoseles nuevos tripulantes.

Llegados a la aldea de Misahualli, al día siguiente se echaron a las aguas del río Napo (afluente del Amazonas) los argonautas guiados por Núñez, bien favorecidos por el esfuerzo anónimo de unos 400 científicos, artistas, técnicos y otros, y el apoyo de universidades, fundaciones, instituciones y gobiernos latinoamericanos.

Para constatar cómo los destinos antillanos se poblaron, fue obligación de los modernos viajeros aprehender ese doctorado aborigen que permitió llegar tan lejos: remar. Y después, remar y remar más, por entre el mundo mágico de ruidos nunca oídos y chorros de luz verde entre el follaje, y con suerte sostener una velocidad crucero de cinco kilómetros por hora hasta encontrar el otrora llamado río Grande, el más caudaloso y más largo del planeta, para luego rebajar a Francisco de Orellana de su inmerecido honor histórico: de Descubridor de lo ya descubierto, a buscador de cortezas de canelo y fabulador sobre avasalladoras amazonas.

Para entonces, los indios huaoranis confiaron a los navegantes los secretos de los símbolos y códigos de comunicación con el medio, que funcionan cuando no se ha violado primero al hábitat.

Arrumbaron los nuevos, 445 años después del tuerto Orellana, sobre cinco canoas construidas por indios quichuas, a la usanza de sus ancestros: vaciaron troncos de gigantescos sunchos –árbol parecido al cedro–, quemaron la parte superficial de ellos y usaron, para su impermeabilización, un polvo obtenido de caracoles terrestres mezclados con cera silvestre.

El éxito de la excursión en el siglo XX, echando mano a tecnologías prehispánicas, confirmó que los antiguos amerindios eran suficientemente duchos para hacer transportes bien marineros.

Portó la expedición una bandera que fundió en el diseño del pintor Oswaldo Guayasamín, símbolos que relacionaban el encuentro de los dos mundos. (Ilustración: OSWALDO GUAYASAMÍN)

Portó la expedición una bandera que fundió en el diseño del pintor Oswaldo Guayasamín, símbolos que relacionaban el encuentro de los dos mundos. (Ilustración: OSWALDO GUAYASAMÍN)

Con el nombre de Simón Bolívar, la nave insignia dio fe del anhelo de unidad latinoamericana. La misma fue distinguida con la bandera realizada por el artista Oswaldo Guayasamín (“el indio inmortal que vive en el pintor”, lo lisonjeó el “capitán de canoas”, como le recompensó el ecuatoriano descendiente de kichwa). En el estandarte, bordado por mujeres quichuas, destaca el pájaro multicolor que condujo en un plenilunio a Orellana.

La Simón Bolívar tenía 13.78 metros de eslora, 98 centímetros de ancho máximo y 63 de alto, con peso de una tonelada. Desafortunadamente, esta se perdió durante la travesía, en medio de una tormenta en el Paso de los Vientos, ente Cuba y La Española.

Otra baja fue la canoa Hatuey, en medio de una borrasca nocturna cerca de la isla Nevis. Pero las generosas aguas la devolvieron a una playa de la isla de Vieques, base naval yanqui en Puerto Rico, tras viajar a la deriva más de 300 kilómetros durante 43 días.

Este insólito hecho fue valorado por Núñez como “una burla del destino”: Las autoridades estadounidenses habían impedido la entrada de la expedición en su Estado Libre Asociado (también en Granada), pero el espíritu del sacrificado quisqueyano Hatuey logró salirse con la suya para colar su bote en la tierra prohibida.

Desde el punto de vista científico, el incidente demostró que los elementos naturales ayudaron a las rutas migratorias prehistóricas, y quién sabe cuántos naufragios trajeron robinsones a las Antillas.

La canoa Hatuey naufragó durante el trayecto, sin embargo, la naturaleza la devolvió y hoy se conserva en la sede de la Fundación Antonio Núñez Jiménez. (Foto: FUNDACIÓN ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ)

La canoa Hatuey naufragó durante el trayecto, sin embargo, la naturaleza la devolvió y hoy se conserva en la sede de la Fundación Antonio Núñez Jiménez. (Foto: FUNDACIÓN ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ)

De aquella flotilla, dos embarcaciones se conservan en Cuba (una de ellas, la Hatuey, en la sede habanera de la FANJ), y otras dos en Brasil y República Dominicana.

La tripulación surcó 13 011 kilómetros por el eje fluvial Napo-Amazonas-Negro-Guainía-Casiquiare-Atapabo-Teme-Orinoco, hasta llegar a la isla de Chacachacare, de Trinidad y Tobago, en el Caribe azul, donde terminó la primera etapa del proyecto.

La ruta se completó posteriormente mareando entre cielo y mar (se le adaptaron velas a la Simón Bolívar, siguiendo las técnicas usadas actualmente por los indios waraos del delta orinoquense) por el arco de las Antillas Menores hasta las Mayores, para tocar las costas de República Dominicana, Haití, Bahamas y Cuba.

Del susto a la integración

Los desafiadores sortearon todo tipo de riesgos y asombros, provocando que en ocasiones, ante un peligro, algunos imploraran a cuanto dios les era recomendado, según el reino nativo visitado.

Así sufrieron terremotos presagiados por el vuelo de negros gallinazos sobre sus cabezas, temblaron por la llegada al río de millones de troncos procedentes de varios deslizamientos de tierra en un volcán y navegaron entre peces muertos por el accidente ecológico. Bogaron por ríos crecidos y raudales, soportaron lluvias torrenciales de fin de mundo, se maravillaron con el agua espolvoreada al precipitarse en cascadas y se pasmaron al ver fósiles marinos en medio de la selva. Y, claro, realizaron el tradicional bautizo marinero con un chapuzón al cruzar la línea ecuatorial del planeta, pero más de una vez se vieron ante el dilema de elegir si morir por el insoportable calor o refrescarse en un regato repleto de pirañas.

También disfrutaron del contacto con diversas tribus (quichuas, aucas, secoyas, huitotos, ticunas, yaguas, gerals, curripacos, waraos y otros) que les enseñaron desde variadas versiones de la creación de los seres humanos y el mundo, hasta el dolor por la civilización impuesta; agradecieron la solidaria comida ofrecida y odiaron la tala de bosques y la explotación sometida por los monopolios.

De entre muchas inquietudes científicas, fue la espeleología uno de los mayores desvelos de Antonio Núñez Jiménez. En la foto, el científico con su abuela Julia de la Osa y Sierra, en una visita a la réplica de la cueva número 1 de Punta del Este, en la Academia de Ciencias de Cuba. (Foto: FUNDACIÓN ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ)

De entre muchas inquietudes científicas, fue la espeleología uno de los mayores desvelos de Antonio Núñez Jiménez. En la foto, el científico con su abuela Julia de la Osa y Sierra, en una visita a la réplica de la cueva número 1 de Punta del Este, en la Academia de Ciencias de Cuba. (Foto: FUNDACIÓN ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ)

Los cartapacios engordaron con mediciones del volumen y las velocidades de las corrientes, la composición de los suelos, informes arqueológicos, estudios de culturas locales, antropológicas y etnográficas. En diversas paradas se nutrieron con seminarios geográficos, simposios sobre la Amazonía y los recursos naturales, así como valoraciones geológicas, hidrológicas, primatológicas, florísticas y ecológicas en defensa de la selva húmeda.

Desde el primer golpe de remo y hasta mediados de 1988, cuando arribaron el 22 de junio a San Salvador –la Guanahaní de los arahuacos– y a La Habana el 28, los exploradores llegaron a recorrer 17 422 kilómetros a través de veinte países. En cada uno fueron recibidos como valientes expedicionarios, les extendieron reconocimientos oficiales y resaltaron públicamente su ciencia.

Nunca pasó inadvertido que, ante todo, eran paladines de una integración necesaria para que no pudiera repetirse, 500 años después, la conquista despiadada de esos pueblos.

Viajero de botas y cantimplora

“De modo que su proeza –que fue histórica– no estuvo tanto en hacer el viaje real, como en haberlo hecho posible”, valoró García Márquez a este hombre que todo lo que se propuso, lo logró.

Nacido el 20 de abril de 1923, en Alquízar, desde temprana edad demostró Antonio Núñez Jiménez su vocación por la Espeleología. A los 16 años empezó a explorar y en 1940 fundó la Sociedad Espeleológica de Cuba, desde la cual organizó numerosas expediciones.

De entre muchas inquietudes científicas, fue la espeleología uno de los mayores desvelos de Antonio Núñez Jiménez. En la foto, el científico con su abuela Julia de la Osa y Sierra, en una visita a la réplica de la cueva número 1 de Punta del Este, en la Academia de Ciencias de Cuba. (Foto: FUNDACIÓN ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ)

De entre muchas inquietudes científicas, fue la espeleología uno de los mayores desvelos de Antonio Núñez Jiménez. En la foto, el científico con su abuela Julia de la Osa y Sierra, en una visita a la réplica de la cueva número 1 de Punta del Este, en la Academia de Ciencias de Cuba. (Foto: FUNDACIÓN ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ)

Así obtuvo trascendentes resultados científicos en la geografía, arqueología y espeleología. Y como Santo Grial, el descubrimiento de la Gran Caverna de Santo Tomás, la mayor cueva del país, en la sierra de los Órganos, y el estudio detallado de los restos arqueológicos de la Cultura de Seboruco, con más de 6 000 años.

Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana, obtuvo el máximo grado académico en Ciencias Geográficas por la Universidad Lomonosov de Moscú, doctorados honoris causa y membresía en academias de ciencias nacionales y prestigiosas sociedades científicas del mundo. De títulos se colmó, desde capitán ayudante del Che en el Ejército Rebelde, hasta el ya mencionado de Descubridor de Cuba, tras Colón, Humboldt y Fernando Ortiz.

Profesor de ciencias, de artes y de milicias, conferencista en los cuatro vientos y prolífico y ameno escritor, parecía no tener conocimiento vedado. Y si de fundar instituciones se trataba, su obra mejor esculpida fue la Academia de Ciencias de Cuba, que presidió desde 1962 hasta 1972.

Pero Antonio Núñez Jiménez fue, ante todo, un inobjetable investigador de campo e infatigable viajero de botas y cantimplora. Ora el Polo Norte (1972), ora la Antártida (1982), zancajeó los Andes desde Perú hasta Venezuela; y China, las Galápagos, Isla de Pascua…

Cuenta Liliana Núñez que aun viejo y enfermo, organizaba una expedición a la Isla de la Juventud. Hay quien dice que murió el 13 de septiembre de 1998; otros prefieren creer que anda por ahí, entre tábanos, saciando su errante y picoso hambre de rastreador.


Toni Pradas

 
Toni Pradas