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Publicado el 10 Agosto, 2018 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

PLANETOLOGÍA: Los guerreros de Barsoom

Una sonda europea desvela un extenso lago de agua salada en el polo sur de Marte, donde pudiera confirmarse la tan elucubrada existencia de vida en ese planeta

 

La posible existencia de vida en Marte está arraigada a la humanidad no solo por su curiosidad científica, sino también cultural. Tal es el caso de la serie Barsoom, del escritor Edgar Rice Burroughs. (Ilustración: MICHAEL WHELAN)

La posible existencia de vida en Marte está arraigada a la humanidad no solo por su curiosidad científica, sino también cultural. Tal es el caso de la serie Barsoom, del escritor Edgar Rice Burroughs. (Ilustración: MICHAEL WHELAN)

Por TONI PRADAS

Como mirones de ventanas que se ocultan tras la lobreguez de la noche, luchando contra la abulia del silencio sideral y los efectos nocivos del café sobre el epigastrio, Roberto Orosei y sus colegas del Instituto Nacional de Astrofísica de Italia observaron mediante su juguete predilecto, el radar MARSIS, que algo sorprendente estaban descubriendo en las partes íntimas del planeta Marte.

MARSIS (siglas, en libre inglés, de Radar avanzado de Marte para la medición profunda bajo la superficie y la ionosfera), a horcajadas sobre la nave Mars Express de la Agencia Espacial Europea, cumplía su rutina de explorar sobre la región llamada Plamun Australe, en el casquete congelado del polo sur del Planeta Rojo, zona donde se alcanzan temperaturas de 120 grados bajo cero.

Ensimismado como un autista, el aparato constantemente enviaba sus pulsos de radio de frecuencia muy baja (en el rango de los megahercios), capaces de penetrar debajo de la superficie y propagarse en el terreno. Cuanto más amplia es la longitud de onda y menor la frecuencia, mayor es la penetración.

Si, por ejemplo, se pasa de arena a roca, cambia el índice de refracción. Es lo que los científicos llaman permitividad dieléctrica, que mide esencialmente la velocidad de propagación en un material y la atenuación, es decir, lo rápido que una onda de radio es absorbida por este.

También sucede cuando se pasa de hielo a agua y, ¡bingo!, eso fue lo que ocurrió después de estar tres años y medio, entre mayo de 2012 y diciembre de 2015, olisqueando datos como un sabueso mientras sobrevolaba el espacio de unos 200 kilómetros. El perfil que dibujaba el radar era muy similar al de los grandes lagos de agua líquida encontrados bajo la Antártida y Groenlandia.

El radar MARSIS, a bordo de la nave Mars Express, en-vía señales de radio a la superficie del Planeta Rojo a fin de saber la composición del subsuelo. (Ilustración: El PAÍS)

El radar MARSIS, a bordo de la nave Mars Express, en-vía señales de radio a la superficie del Planeta Rojo a fin de saber la composición del subsuelo. (Ilustración: El PAÍS)

Orosei y sus compinches no se lo podían creer. Con el mismo asombro de un voyeur cuando logra atisbar a alguien a través de una cortina descorrida por azar, los astrónomos hacían uno de los descubrimientos más importantes relacionados con Marte, quizás solo superable si se encontraran allá hombrecitos verdes.

Aun así, una duda revoloteaba bajo las lámparas de sus laboratorios. ¿Era agua u otro líquido? La diferencia entre esta y otros tipos de fluidos que existen naturalmente es que la primera tiene una permitividad muy alta. Y, en efecto, las señales o ecos que recibieron con el radar eran extremadamente fuertes, propios del agua, si se comparan con los que vienen de otros materiales. De igual forma fueron detectados los lagos subglaciales en el Planeta Azul.

Ahora, tras 29 pasadas por la misma franja de terreno, con cuyas muestras se mapeó un área de unos 20 kilómetros que mostraba un cambio muy pronunciado a un kilómetro y medio bajo la superficie del hielo, la sonda ha desvelado la existencia de un lago.

Si se descartan las invenciones cinematográficas y de historietas, si no se cuentan como válidas las visiones alucinógenas, este suceso clasifica como la primera vez que se constata una gran masa de agua líquida en el vecino planeta.

Esto pudiera responder la interrogante que se formuló el inglés David Bowie, el artista que más insomnios creadores tuvo con el cosmos, en una de sus canciones más míticas: ¿Hay vida en Marte?

¿Los marcianos llegaron ya?

¿Es ciertamente agua? ¿Por qué no puede ser más hielo? Menuda tarea la de inferir esta información con solo un radar, un buen compañero, sí, pero sin manos para meter en la hielera y tantear.

Si el agua está líquida –pensaron los investigadores– debe haber sales presentes. Algo similar ocurre en un lago descubierto este año en Canadá bajo un glaciar, que está en contacto con un depósito de sal y se mantiene líquido a -18 grados Celsius (ºC).

Si se agregan sales al agua, provocan que baje la temperatura a la que se congela el líquido. Pero este efecto no va más allá de los -60 ºC o -70 ºC. Por tanto, el agua en el lago líquido de Marte debe estar entre -10/-20 ºC a -70 ºC, pero no una temperatura menor.

De izquierda a derecha, Roberto Orosei, Elena Pettine-lli y Enrico Flamini junto a la réplica del satélite Cos-mo Sky Med, antes de anunciar la detección de agua líquida en Marte. (Foto: REUTERS)

De izquierda a derecha, Roberto Orosei, Elena Pettine-lli y Enrico Flamini junto a la réplica del satélite Cos-mo Sky Med, antes de anunciar la detección de agua líquida en Marte. (Foto: REUTERS)

Quiere decir que el agua es salada. Así, puede permanecer líquida, unida también a la presión de la capa de hielo. En tales condiciones, los estudiosos no descartan que podría también pensarse en la posibilidad de encontrar un “depósito biológico”: Está probado que algunas bacterias pueden sobrevivir a bajas temperaturas y, sobre todo, gracias a las sustancias salinas.

Aunque, añadió Orosei, poder encontrar alguna evidencia será difícil y se necesitarían muchos años, pues se tendría que perforar.

“Es muy difícil saber qué profundidad tiene el lago porque el agua absorbe las señales del radar, por lo que solo vemos su superficie. Pero hablamos de una profundidad de al menos un metro”, explicó Orosei, primer firmante del estudio, publicado a finales de julio por la revista Science.

“Estamos ante una reserva de agua producida por el derretimiento del hielo que se concentra en una depresión del terreno”, señaló el astrónomo, quien calcula que esta contiene “al menos cientos de millones de metros cúbicos de agua líquida”. Por ahora, las señales de radar no permiten determinar si se trata de agua líquida pura o de rocas porosas infiltradas con agua.

Para comprobar si existe vida marciana, “la única forma es ir allí y perforar el hielo hasta el depósito”, señaló Orosei, un enorme reto tecnológico que él cree posible con la tecnología actual.

“Lo más difícil en este caso no sería horadar el hielo, sino asegurarse de que no se contamina el lago subglacial con microbios terrestres, algo que ya ha impedido que se exploren lagos similares en la Antártida”, señaló.

Un laboratorio en casa

Imagen del polo sur marciano tomada por la sonda Mars Express en 2015 (Foto: AP)

Imagen del polo sur marciano tomada por la sonda Mars Express en 2015 (Foto: AP)

En la Tierra se conocen unos 400 lagos similares. Aunque la inmensa mayoría tiene el líquido dulce, hay algunos de aguas muy saladas como el lago Vida (más saladas que el mar) en la Antártida, que están a 13 grados bajo cero y no obstante se han encontrado microbios. La cubierta de hielo ha sellado durante miles de años el agua del lago, con respecto al aire y agua exterior, creando una cápsula temporal para ADN antiguo. Estas características hacen del lago Vida un ecosistema lacustre único en la Tierra.

También salado y mimado por la ciencia es el lago Devon, en el Ártico canadiense, a 600 metros bajo el hielo únicamente colonizado por no pocos bueyes almizcleros.

Estos depósitos despiertan la atención de los planetólogos por su parecido con las masas de agua líquida que existen en varias lunas del Sistema Solar, entre ellas Europa y Encélado, las cuales podrían albergar vida, tal como la disfrutan los microorganismos.

La temperatura en el lago marciano es muy inferior a cero grado, pero probablemente tiene un alto contenido en sales de perclorato provenientes del suelo, que actúan como anticongelante.

“Las sales de sodio, magnesio y calcio que se han encontrado en la superficie de Marte pueden hacer que el agua permanezca líquida si está a menos de 74 grados bajo cero”, coligió Anja Diez, investigadora del Instituto Polar de Noruega, al comentar sobre el estudio, y resaltó que la futura investigación de los casquetes polares de Marte puede ayudar a reconstruir su historia climática.

No crea que hay que ir tan lejos para indagar en el pasado marciano. Digamos que ya los especialistas le han echado el ojo a una isla “bebé” de cerca de 200 hectáreas en el océano Pacífico, llamada Hunga Tonga Hunga Ha’apai, también conocida como HTHH. Esta podría ayudar a explorar cómo fue la biografía de un planeta que un día pudo haber sido como la Tierra.

Tras la erupción del volcán Hunga –una montaña de 1.3 kilómetros de altura sumergida en el archipiélago de Tonga–, HTHH emergió entre dos islas ya existentes: Hunga Tonga y la Hunga Ha’apai. El material volcánico se depositó sobre la superficie oceánica y formó un cono de más de 100 metros de altura.

En un principio, los científicos pensaron que la más nueva desaparecería en cuestión de meses, pero análisis posteriores aseguran que podría durar entre seis y 30 años, tiempo suficiente para husmear –por la semejanza que tiene con islas que han brotado de erupciones marinas en Marte– en los procesos geológicos que habrían tenido lugar en ese planeta.

De manera que esta es la primera vez en la era espacial moderna que una isla nacida de esta forma no desaparece prontamente. Ni corta ni perezosa, la agencia espacial estadounidense (NASA) comenzó a seguir de cerca la vida del nuevo escenario, de manera que hoy tiene un laboratorio en el mismísimo patio de la casa.

Los procesos volcánicos submarinos suelen crear condiciones favorables para la vida de comunidades de microbios. El agua y el tiempo son ingredientes esenciales para la vida, al igual que fuentes de energía y nutrientes.

En la Tierra, todas estas condiciones están presentes en las llamadas fuentes hidrotermales o fumarolas, grietas desde las cuales fluyen agua y minerales en el fondo del océano. Esos sitios hospedan comunidades complejas de microbios, que se alimentan de las sustancias químicas disueltas en los fluidos surgidos de las rocas a altas temperaturas. Lo que ocurra con HTHH puede ser entonces un modelo que permita el pasado en ese mundo favorito de la ciencia ficción, y si este albergó alguna vida que no fuera literaria.

La nueva isla de Hunga Tonga Hunga Ha’apai, surgida tras la explosión de un volcán submarino en el océano Pacífico, despierta el interés de los científicos que quieren indagar en la formación de Marte. (Foto: NATIONAL GEOSPATIAL-INTELLIGENCE AGENCY / APOGEO SPATIAL)

La nueva isla de Hunga Tonga Hunga Ha’apai, surgida tras la explosión de un volcán submarino en el océano Pacífico, despierta el interés de los científicos que quieren indagar en la formación de Marte. (Foto: NATIONAL GEOSPATIAL-INTELLIGENCE AGENCY / APOGEO SPATIAL)

“La idea es que estudiando esta isla lleguemos a comprender el comportamiento del agua en el pasado de Marte, su profundidad y duración”, señaló hace unos meses Jim Garvin, investigador del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA. “Esperamos obtener una secuencia del ciclo de erosión de la isla, que nos dará una secuencia modelo para investigar un fenómeno similar allá”.

No quepa dudas entonces que si el hoy seco astro tiene islas volcánicas similares a HTHH, sus restos serían el mejor lugar para el nuevo rover o vehículo de exploración de la geología marciana que la NASA enviará al Planeta Rojo, el Mars 2020, en busca de parajes en los que pudo haber emergido la vida en el pasado o que puedan encontrarse minerales que la hayan preservado.

Enemigos íntimos

El alemán William Herschel (1738-1882) –cuando no andaba tocando el oboe pasaba el tiempo construyendo telescopios o descubría a Urano–, en 1784 llegó a declarar, medio artista y medio científico como era, que Marte probablemente ofrecería a sus hipotéticos habitantes “una situación en muchos aspectos similar a la nuestra”. Creyó, correctamente, que los casquetes y las nubes polares de color blanco eran indicadores de la presencia de agua, sin contar que el día marciano es de 24 horas, como el terráqueo.

Sin embargo, a principios del siglo XX, muy pocos astrónomos creían que allá habría océanos; más bien pensaban que era un planeta “moribundo”, mucho más frío y seco que la Tierra.

El astrónomo inglés Edward Maunder (1851-1928), estudioso de las manchas solares, se encargó de darle voz al escepticismo: El clima de Marte sería como el de un pico de 6 000 metros de altura en una isla del Ártico, donde solamente se podría esperar que sobreviviesen los líquenes.

Solo como un cactus, el matemático estadounidense Percival Lowell (1855-1916) sostenía que el lado oscuro del astro tenía vegetación. Incluso imaginó una raza de marcianos que construía una red de canales para llevar agua desde los polos hasta el ecuador del planeta, donde sus habitantes vivían a sus anchas.

En honor a la verdad, las ideas de Lowell generaron un tremendo entusiasmo público. Influyó incluso en su compatriota, el escritor Edgar Rice Burroughs, quien se lanzó a alternar su serie sobre Tarzán –el primer personaje de la historia con éxito multimedia–, con una saga de novelas sobre Barsoom, su Marte ficticio, que inspiró a muchos escritores de ciencia ficción como Arthur C. Clarke, John Norman y Ray Bradbury, y despejó el camino hacia la exploración espacial y la búsqueda de vida extraterrestre.

El puntillazo final lo dio el propio Maunder, suspicaz con todo ese rollo de los canales marcianos. Así, dirigió experimentos visuales que lo llevaron a concluir, con toda la razón del mundo, que los canales eran una ilusión óptica. (Recordemos que por entonces no estaban en boga los términos “falso positivo” ni “pseudociencia”).

Desmoralizado, Lowell se rindió ante la evidencia. Deseoso de redimir su imagen pública como astrónomo, se dedicó a la búsqueda del Planeta X, un hipotético astro más allá de la órbita de Neptuno, descubierto varios años después de su muerte por Clyde Tombaugh (1906-1997). Le denominó Plutón, entonces el noveno planeta. Pero en 2006, como sabemos, fue rebajado a plutoide o planeta enano del Sistema Solar. Su nombre, que tenía un donaire mitológico, se cambalacheó por otro que recuerda más la serie de la matrícula de un auto: (134340) Plutón.

Autorretrato del rover Curiosity Mars, enviado Marte para investigar la capacidad pasada y presente del planeta para alojar vida (Foto: NASA)

Autorretrato del rover Curiosity Mars, enviado Marte para investigar la capacidad pasada y presente del planeta para alojar vida (Foto: NASA)

Así fue como perdió su romanticismo Marte; la búsqueda de un colega sideral se hizo nula, si acaso viscosa.

Hasta que el vapor de agua marciana fue detectado inequívocamente en 1963. En 2002, la nave Mars Odyssey halló hidrógeno superficial, haciendo pensar que este se pudiera combinar con grupos hidroxilos (radical formado por un átomo de hidrógeno y otro de oxígeno) para crear, con la magia de la química, agua helada.

En enero de 2004 la sonda europea Mars Express, la misma que hizo el más reciente descubrimiento, detectó agua en el polo sur del planeta, pero congelada.

Pero fue Steve Clifford, investigador del Instituto de Ciencias Planetarias, de Estados Unidos, el primero en sospechar, hace 30 años, que podría haber lagos de agua líquida bajo los polos de Marte. Tenía pruebas “persuasivas, pero no definitivas”, basadas en lo que ya se conocía de los polos terrestres. Pero, eso sí, habría que confirmar estos datos con otros instrumentos de radar, aclaró.

Posiblemente haya más lagos como el recién descubierto, aunque tal vez no se puedan encontrar durante esta misión. “Necesitaríamos por lo menos 15 años más para explorar todo el polo sur de Marte, pero apenas nos quedan cuatro o cinco años más de operación, nuestras baterías están ya muy desgastadas y queda poco combustible”, se lamentó Orosei. “Cuando se agote, seremos incapaces de gobernar la nave”.

Por ahora, China planea enviar al planeta un orbitador en 2020, que sí podría confirmar nuevos posibles reservorios biológicos.

Sin embargo, descubrir formas vivientes allá tendría solo un sentido racional. Incluso, no temeríamos a una hipotética invasión marciana, cruenta como aquella que nos regaló literariamente Herbert George Wells en su novela La guerra de los mundos.

Entonces ganamos aquella contienda, al sucumbir abruptamente los invasores cuando interactuaron con bacterias terrestres.

Aunque pensándolo bien, esta vez estaríamos en desventaja: no tendríamos inmunidad ante sus ejércitos de microorganismos.

 


Toni Pradas

 
Toni Pradas