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Publicado el 2 Octubre, 2018 por Jessica Castro Burunate en Ciencia
 
 

COSMOS

Luna, la más deseada

Estrenando competidores, y con la promesa de una década llena de sorpresas, la carrera por la conquista de la Luna se ha vuelto a lanzar
Luna/ (Ilustración: NASA)

(Ilustración: NASA)

Por JESSICA CASTRO BURUNATE

La damisela que provocara uno de los duelos más atractivos de la historia, vuelve a despertar los deseos de los poderosos del mundo. Como en tiempos de guerra fría, cuando la antigua Unión Soviética y los Estados Unidos de América decidieran trasladar sus discrepancias al espacio exterior, la carrera por la conquista de la Luna se ha vuelto a lanzar. Ahora se presenta en un clima un tanto diferente, con nuevos competidores e intereses en el juego.

Una vez más Estados Unidos aderezó la competencia cuando su vicepresidente Mike Pence afirmó en una visita al Centro Espacial Jhonson, de la agencia de esa nación para la astronáutica (NASA), en Houston, que es ahora política oficial de su país “regresar a la Luna, colocar a los estadounidenses en Marte y, una vez más, explorar las profundidades más lejanas del espacio exterior”.

El orbitador chino Chang'e 1 despertó del letargo el afán de la humanidad por explorar la Luna y así abrir nuevas puertas a la conquista del cosmos. (Ilustración: NASA)

El orbitador chino Chang’e 1 despertó del letargo el afán de la humanidad por explorar la Luna y así abrir nuevas puertas a la conquista del cosmos. (Ilustración: NASA)

La primera etapa de esa exploración cósmica, iniciada en 1959, tuvo dos únicos protagonistas y se desarrolló a un ritmo notablemente elevado con casi un centenar de lanzamientos en apenas 18 años. Luego, el interés por la Luna pasó a un segundo plano y durante 13 años no se volvió a enviar ningún ingenio en dirección a nuestro satélite, hasta 1990, cuando Japón inició una nueva etapa con el lanzamiento de su sonda Hiten.

La última década y particularmente este 2018, ha visto una explosión de titulares de los viejos y los nuevos actores –entre los que se incluyen China e India– sobre sus aspiraciones en el cosmos.

Las metas de este siglo son un poco más ambiciosas que las del anterior: La colonización de Marte y la exploración del espacio distante son el nuevo grial. Sin embargo, alunizar sigue siendo el primer paso, incluso para ganar un lugar en la porfía.

¿A punto de despegar?

La apuesta más lógica sobre quién tomaría la delantera en la nueva carrera espacial sería la agencia espacial estadounidense, considerando la experiencia histórica que la acompaña, sin embargo esta presunción pudiera estar equivocada. Lo cierto es que cumplir con los ambiciosos planes de exploración de la administración Trump requiere naves que la NASA –sin vehículo espacial propio desde 2011– está apenas desarrollando actualmente.

Orión, la primera nave estadounidense capaz de transportar astronautas fuera de la órbita terrestre después de la Apolo, fue lanzada con éxito a finales de 2014 en un vuelo de prueba. (Foto: PINTEREST)

Orión, la primera nave estadounidense capaz de transportar astronautas fuera de la órbita terrestre después de la Apolo, fue lanzada con éxito a finales de 2014 en un vuelo de prueba. (Foto: PINTEREST)

Las grandes apuestas parecen recaer en Orión, una nave cuyo diseño promete ser el más avanzado de esta generación, capaz de realizar un viaje de más de 65 000 kilómetros, después de la Luna, durante tres semanas. Sin embargo, todavía se desconoce cuándo podrá cumplir tan ambicioso cometido o si resistirá la prueba.

Hasta que algo más concreto se presente, el proyecto más prometedor de la NASA, con la cooperación de otros países, es la plataforma orbital lunar Deep Space Gateway (DSG).

Cuando los calendarios de obsolescencia apuntan ya al retiro de la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés) para 2024, Gateway, cuya construcción debe iniciar en 2020, se presenta como la sucesora natural.

A diferencia de la ISS, que orbita la Tierra a unos 400 kilómetros de altitud, la nueva plataforma estaría circunvolando la Luna y aunque continuará con sus funciones como laboratorio espacial, persigue otros objetivos.

La DSG también tendrá la misión de descubrir cómo mantener una tripulación fuera de la órbita terrestre por períodos prolongados, y servir como base de lanzamiento y atraque para los vehículos con destino a Marte, aunque antes probablemente también será utilizada para alguna misión a la superficie de la Luna.

La agencia espacial rusa Roscosmos fue la primera en firmar un acuerdo de cooperación en 2017. Según las declaraciones de esta última y de la agencia estadounidense, expandir la presencia humana en nuestro sistema solar requiere una visión conjunta. El espacio es una de las pocas áreas de cooperación bilateral no afectadas hoy por las tensiones entre Estados Unidos y Rusia.

En los últimos meses, el diseño de la futura estación ha continuado evolucionando con más módulos que los inicialmente previstos, la mayoría suministrados por otros países.

El proyecto también cuenta con las contribuciones de otras entidades de investigaciones cósmicas como la CSA, de Canadá; JAXA, de Japón; y la Agencia Espacial Europea (ESA, acrónimo del inglés). Esta última encargó dos estudios a la compañía Airbus para una posible base humana en la órbita lunar, aunque la estación, a diferencia de la ISS, no estará habitada permanentemente, sino que servirá de escala en misiones a la Luna y a Marte. Se espera que las primeras versiones se presenten durante el Congreso Astronáutico Internacional, a celebrarse en Bremen, Alemania, este octubre.

Los rivales del nuevo siglo

En la última década han sido otros los nombres que ocupan el centro de atención en la carrera espacial. Uno de los más citados ha sido la República Popular China, que en diciembre de 2013 se convirtió en el tercer país en conseguir un alunizaje suave con Chang’e 3, después de Rusia y Estados Unidos, que lo lograron durante la carrera espacial en los años ’60. El último sucedió 37 años atrás con el explorador Luna 24, de la Unión Soviética.

Varios medios internacionales anunciaban ya a mediados de 2017 las grandes posibilidades de esta potencia para ubicarse como una de las preferidas cuando se habla de exploración del espacio. Por esta fecha el gigante asiático comenzaba su preparación para enviar su primera misión tripulada a la Luna.

Ya a inicios de 2018 podían percibirse avances considerables cuando se anunció el primer experimento chino con el Localizador Lunar Láser (LLR, por sus siglas en inglés), para obtener una medida precisa de la distancia entre el Planeta Azul y la Luna.

En 1971, la tripulación del Apolo 15 dejó en el satélite el primer reflector, de los tres hoy instalados, que al reflejar las pulsaciones láser provenientes de la Tierra indica la distancia entre esta y su vecino más cercano.

La primera misión tripulada de Orión planea despegar en 2023 con una duración de 8 a 21 días, y cuatro astronautas a bordo. (Foto: EL MUNDO)

La primera misión tripulada de Orión planea despegar en 2023 con una duración de 8 a 21 días, y cuatro astronautas a bordo. (Foto: EL MUNDO)

Hasta el momento, solo Estados Unidos, Francia, e Italia habían empleado con éxito esta tecnología. Se espera que ahora China pueda utilizarla en su programa lunar tripulado.

Por otra parte, desde hace un año también se conducen experimentos con el objetivo de examinar los efectos de un viaje espacial de larga duración en los miembros de la tripulación y comprobar la fiabilidad de los sistemas de soporte de vida regenerativos que han desarrollado.

Según los planes del Gobierno chino, la nave tripulada alunizará en los próximos 15 o 20 años. Aunque esta nación insiste en que en ningún caso pretende iniciar una nueva carrera espacial; el congreso de Estados Unidos ha prohibido a la NASA colaborar en misiones con el gigante asiático, por “razones de seguridad nacional”.

Japón, aunque considerablemente retrasado con respecto al programa espacial chino, planea una primera misión tripulada a la Luna para la misma década, así como el establecimiento de una base lunar permanente para 2030.

Tras su primera incursión con la nave Hiten en 1990, la carrera nipona ha tenido solo otro momento memorable, cuando en 2007 lanzó al espacio la sonda lunar Kaguya con la misión de recopilar datos sobre el origen y composición del satélite natural.

Pero quien más muecas de asombro arrancó fue la agencia espacial india ISRO, cuando el pasado mes de julio probó con éxito el sistema de escape de su futura nave tripulada. Este puede parecer un pequeño paso para un programa que tiene más de una década, pero resulta tan sorprendente como cuando un corredor recupera su aliento que ya se juzgaba perdido.

Y quienes no se lo creían, no supieron qué hacer cuando pocas semanas después el primer ministro indio, Narendra Modi, anunció que la inaugural nave india despegará en 2022, al cumplirse el 75º aniversario de la independencia de este país.

El proyecto con el nombre Gaganyaan, “nave celeste” en hindi, sería el segundo gran logro indio desde el lanzamiento en 2008 de Chandrayaan-1, primera sonda lunar no tripulada de la potencia emergente, con la misión de trazar un mapa tridimensional del satélite y estudiar su composición geológica.

Pero antes de poner al primer astronauta en el espacio, será necesario llevar a cabo dos lanzamientos no tripulados del cohete GSLV Mk. III con la Gaganyaan, así que la ISRO tiene ante sí un calendario bastante apretado.

La agencia india ya cuenta con varios de los elementos clave del programa como el escudo térmico y el sistema de escape, pero todavía tiene mucho trabajo por delante, especialmente en lo relativo a los sistemas de soporte vital. Por ahora nadie ha podido ver cómo será el interior de la cápsula ni los controles de que dispondrá.

Ya ha comenzado la construcción del centro de cosmonautas de la India con participación de la fuerza aérea y la asistencia de la agencia espacial rusa (con la que colabora desde hace años. De hecho, el primero y, hasta la fecha, único astronauta de India, Rakesh Sharma, voló a bordo de la Soyuz T-11 en 1984) y de la agencia espacial francesa CNES.

Como ir de paseo

Entre las peculiaridades de esta nueva etapa de la exploración espacial destaca el protagonismo asumido por las empresas privadas. Con una agenda muy particular, prometen convertir la Luna en fuente de las más diversas y exóticas especulaciones.

Una de las más exitosas empresas en la industria del diseño, construcción y lanzamiento de cohetes y naves espaciales, es SpaceX, con su llamativa estrategia de marketing. Fundada en 2002, tiene como objetivo último, según su página oficial, facilitar el camino que permita a los humanos habitar otros planetas.

El cohete Falcon Heavy, ya probado en otros lanzamientos, es la apuesta más segura de SpaceX en su objetivo de llevar misiones tripuladas a la Luna o Marte. (Foto: AFP)

El cohete Falcon Heavy, ya probado en otros lanzamientos, es la apuesta más segura de SpaceX en su objetivo de llevar misiones tripuladas a la Luna o Marte. (Foto: AFP)

En febrero de 2017 dio uno de sus habituales golpes de efecto cuando aseguró que antes de 2019 mandaría a dos turistas alrededor de la Luna. Aunque al parecer había renunciado silenciosamente a la misión, SpaceX volvió a informar este 13 de septiembre, con un críptico tuit, que retomaba los vuelos turísticos al astro con, por supuesto, una nueva fecha límite marcada para 2023.

Aunque muchos desconfían de las posibilidades de cumplir con el nuevo plazo, o si el proyecto será siquiera realizable en el futuro inmediato, por si las dudas el coleccionista de arte japonés Yusaku Maezawa ya reservó el primer asiento en la nave Big Falcon Ship, con capacidad para cien pasajeros y aún en desarrollo.

Por su parte, la compañía Orion Span, formada por veteranos de la industria espacial, desde 2017 promueve la iniciativa Estación Aurora, el primer hotel espacial a inaugurarse en 2022. Y aunque el depósito de reserva asciende a 80 000 dólares, en apenas 72 horas se logró asegurar la ocupación de los primeros cuatro meses.

Con la intención de crear un marco de cooperación pacífica en la Luna en un momento en que el espacio se está abriendo al sector privado, la ESA inició su proyecto Moon Village. El objetivo –señala Jan Woerner, director general de la agencia– es “crear un entorno donde tanto la cooperación internacional como la comercialización del espacio, puedan prosperar”.

Entre las posibles iniciativas comerciales, Woerner cita explícitamente “actividades tecnológicas, pero también actividades basadas en explotar recursos o, incluso, el turismo”.

Estimular iniciativas privadas en el espacio es también el objetivo del Google Lunar X Prize, una competición organizada por la Fundación XPRIZE y financiada por Google desde 2007. Aunque ninguno de los 33 equipos inicialmente inscritos ha logrado cumplir con los plazos acordados para cumplir las exigencias del concurso (llegar a la Luna, circular por su superficie y transmitir a la Tierra imágenes de alta definición y vídeo), el evento ha puesto sobre la mesa las cartas que faltaban.

Los cinco finalistas parecen tener una agenda propia que trasciende el simple objetivo de llegar a la Luna en 2018, circular medio kilómetro y ganar un premio.

El equipo Hakuto, por ejemplo, vinculado a la empresa iSpace, ha conseguido donaciones de 90,2 millones de dólares para continuar la exploración lunar con dos nuevas misiones en 2020.

Mientras, el equipo Moon Express, que ha instalado su sede en el Centro Espacial Kennedy, en Florida, y trabaja en estrecha colaboración con la NASA, también tiene otras dos misiones previstas en los próximos dos años. Su objetivo –al igual que el de iSpace– es explotar hidrógeno, oxígeno y otros recursos lunares para producir aire, agua y combustible para futuras misiones.

El Tratado del Espacio Exterior, firmado en 1967, prohíbe reclamar la soberanía de territorios extraterrestres y establece que el cosmos debe ser “para el beneficio de toda la humanidad”. Sin embargo, no prohíbe extraer los recursos de la Luna o de otros astros, adjudicarse su propiedad o venderlos.

El debate sobre la legitimidad de explotar recursos espaciales, si estos deberían regularse y los potenciales peligros de no hacerlo, junto a otras preocupaciones que emergen entre tantos intereses, aún no ha llegado a los grandes foros sociales. Tal vez no creemos todavía en lo que bien pudiera estar ya a la vuelta de la esquina.

 

Para aullarle a la Tierra

Quiere la Agencia Espacial Europea (ESA) anclar los primeros domos de la bóveda sideral, desde donde un perro astronauta pudiera ladrarle a la Tierra durante una melancólica noche selenita.

 Representación gráfica de una posible base lunar. (Ilustración: ESA)

Representación gráfica de una posible base lunar. (Ilustración: ESA)

Robots e impresoras 3D que utilizarían materiales disponibles en la Luna, fabricarían la estructura y levantarían un edificio en una semana, capaz de albergar vida humana y quién sabe si hasta una mascota.

Al aprovechar los recursos disponibles en el lugar, se abaratarían los altos costos que implicaría llevar todos los materiales y el personal especializado al astro, por lo que, en teoría, la mejor solución sería utilizar impresoras 3D en forma de robots.

Según sus creadores, las máquinas 3D actuales imprimen a una velocidad de dos metros por hora, pero las próximas generaciones lo harán a 3.5. Esto sería suficiente para construir un edificio entero en una semana.

Con este método es posible mezclar el óxido de magnesio con polvo lunar para generar una base y luego de agregar otros componentes, obtener una estructura que se acomode a las necesidades del diseño, además de ser firme –similar al concreto– y liviana.

Las paredes de la estructura serían resistentes a cambios de temperatura, el impacto de pequeñas piedras y meteoritos, e incluso protegerían de la radiación a sus habitantes.

Se trata de uno de los proyectos con más perspectivas y posibilidades de ser llevado a la realidad, y tiene directa relación con la instalación de una futura base en el satélite. La ESA, junto con una firma de arquitectos ya contratada, trabaja para hacerlo realidad a corto plazo.

 


Jessica Castro Burunate

 
Jessica Castro Burunate