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Publicado el 25 Febrero, 2020 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

Enfermedades emergentes y reemergentes

Bailes de máscaras

La humanidad se enfrenta al letal coronavirus de Wuhan. Lo doblegará, como todo indica, pero no se ve en el horizonte una estrategia clara para evitar nuevos obituarios

 

(Planetamagnifico.com)

(Planetamagnifico.com)

Por TONI PRADAS

¿Será cierto lo que dicen, que hay males que no pueden curar ni el médico chino? ¿Acaso esa es la razón por la que expertos de la compañía Siasun Robot and Automation Co. Ltd., con sede en Shenyang, capital de la provincia nororiental de Liaoning, y el Instituto de Automatización de Shenyang de la Academia de Ciencias de China, están trabajando en la investigación y desarrollo de un aparato que pueda reemplazar a las enfermeras?

En una prueba de coronavirus, que se realiza a potenciales enfermos a fin de atajarse a tiempo, una enfermera usa un hisopo para tomar una muestra de las secreciones de la garganta del paciente, lo que representa un tremendísimo riesgo de contagio.

Si alguien duda todavía del peligro que ella corre, sépase que la más reciente y expansiva epidemia internacional –esa que ha encendido los medios de comunicación y las redes con algo distinto al Medio Oriente y los tuits de Donald Trump– puede infectar a las personas en sus mucosas con gotas de saliva expulsadas por la tos, incluso a los ojos, tan lejos como desde dos metros. Ya quisiera ese poder un hipnotizador con su reloj de leontina.

Con tales truenos, vastas zonas asiáticas y otros lugares han homogeneizado el look de sus poblaciones, que desdichadamente parecen ser los invitados de un macabro baile de máscaras.

Grandes esfuerzos se han hecho en China para desinfectar las ciudades del coronavirus. (Aztecaamerica.com)

Grandes esfuerzos se han hecho en China para desinfectar las ciudades del coronavirus. (Aztecaamerica.com)

El coronavirus (llamado así por estar tocado con una suerte de corona, según precisan los microscopios y la imaginación de los laboratoristas) se pasa entre personas principalmente por vía aérea y por contacto. Por tanto, no parece descabellado armar un flemático robot con un brazo mecánico flexible y una pieza diseñada especialmente para tomar las muestras, controlado de forma remota como en un videojuego.

De momento, ni el médico chino de la cultura popular cubana ha podido parar la contaminación de miles de personas (en China y buena parte de Asia, fundamentalmente) con el coronavirus 2019-nCoV, si bien se ha logrado contener la velocidad de propagación.

El virus, sabemos ya, no solo es capaz de causar un nuevo tipo de neumonía mortal (llamada “neumonía de Wuhan”, por la ciudad donde se inició). También ha conseguido cosas tal vez peores: un gran alarmismo infundado, execrables manifestaciones de racismo y fake news con ataques xenófobos contra personas de origen asiático (Estados Unidos, digamos, prohibió el acceso al país de cualquier extranjero que haya visitado China recientemente), y hasta una velada guerra política, la 2.0, si no se menosprecia en comparación con la muy cercana batalla librada en torno a Huawei.

La nueva pandemia, eso sí, al menos ha resultado positiva para poner de moda nuevamente una película de hace casi una década, Contagio, donde el iluminado director Steven Soderbergh pastorea un envidiable coro actoral. Permítame, usted que me lee, contarle de un tirón de qué va esa mezcla de cine comercial y de autor.

Gwyneth Paltrow (su personaje, claro) regresa a Minnesota de un viaje de negocios en Hong Kong y empieza a sentirse mal, pero atribuye sus síntomas al jetlag o desfase horario. Dos días después muere y los médicos no encuentran la causa. Luego son otras personas y así, en un parpadeo, se desata una pandemia que, en menos de un mes, el número de muertos en la ficción alcanza 2,5 millones en Estados Unidos y 26 millones en todo el mundo.

¡Si hasta parece que estamos viviendo un déjà vu! En el viejo peliculón, igual que hoy, la comunidad médica mundial concentra sus esfuerzos en encontrar cuanto antes una cura para el potente virus, las autoridades intentan tranquilizar y controlar a la población, pero el miedo al contagio y a una muerte segura crece de manera imparable. En especial, cuando hay poca información oficial y se mezcla con rumores infundados que circulan por Internet y llegan a los medios de comunicación. Así, qué sociedad no se desmorona.

De hecho, en este buen filme (en manos de otro autor hubiera sido menor), saturado de grandes estrellas, las individualidades no son los protagonistas y sí lo dos bandos en los que estas se agrupan: los que tienen información y los que no la poseen.

Como en un verso de rap o en un grafiti, en 100 minutos y seis palabras queda resumida la tesis: Nada se expande como el miedo.

Gérmenes contra humanos

Ya que de miedo hablamos, todavía anda dando tumbos por las paredes de la memoria otra gran epidemia surgida en China, el país más poblado del Sistema Solar y, por tanto, con más células donde librar batallas de esa eterna guerra entre gérmenes y humanos.

El síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés) no fue poetizado en Hollywood; es una

Grandes esfuerzos se han hecho en China para desinfectar las ciudades del coronavirus. (Aztecaamerica.com)

Grandes esfuerzos se han hecho en China para desinfectar las ciudades del coronavirus. (Aztecaamerica.com)

muy real enfermedad respiratoria viral causada por otro microrganismo con diadema, llamado coronavirus asociado al SRAS (SARS-CoV).

El primer reporte de la también denominada “neumonía atípica” o “neumonía asiática”, se dio en febrero de 2003. Rápidamente se propagó a más de dos docenas de países en las Américas, Europa y Asia y al contenerse el brote global, ese mismo año, los estadísticos tabularon en sus computadoras hechas en China, alrededor de 8 000 enfermos y poco menos de 800 fallecidos.

Si no fuera por las muertes (y porque avergüenza que ocurran después de que la humanidad ha cantado demasiadas victorias en materia de salubridad), podría decirse que el SARS y el coronavirus actual son sucesos relativamente “normales”, traicioneras invasiones conspiradas por los gérmenes y que siempre ganarán los mariscales de batas blancas, a pesar del alto costo. Al fin y al cabo, la historia de nuestra especie ha estado marcada, incluso decidida, por no pocas pandemias, sean estas trasmitidas por ratas o llegadas en torno a la celebración del Año de la Rata del calendario lunar.

Pero las cosas ahora se están poniendo color de hormiga, a pesar de la experiencia de las autoridades chinas en sortear epidemias y las rápidas y certeras medidas para controlar y buscar respuesta al coronavirus. Ahora les preocupa la aparición del primer caso en Wuhan de un paciente “supercontagiador” (los médicos prefieren usar el término equivalente en inglés super spreader), ese cuya capacidad para transmitir el virus, por razones a veces desconocidas, multiplica a la de un paciente medio.

El personaje de Wuhan transmitió el coronavirus al menos a 16 trabajadores sanitarios. “Si con el SARS un enfermo solía contagiar de una a cuatro personas, con estos la cifra se disparó hasta 36”, explica Natalia Rodríguez, médica del servicio de salud internacional del Hospital Clínico de Barcelona e investigadora de ISGlobal.

Desde luego, lo que más les alarma es el creciente promedio de infección de los nuevos super spreader, si bien esperan que nadie supere a la supercontagiadora más famosa de la historia, la cocinera Mary Mallon, mejor conocida como Typhoid Mary, portadora sana de patógenos de la fiebre tifoidea, quien durante las primeras tres décadas del siglo XX infectó a 53 personas en Estados Unidos.

Lo cierto es que aún no se conocen muy bien todas las razones que llevan a una persona a convertirse en supercontagiador, pero se sabe que quien está más enfermo infecta más que quien lo está menos. Y quien no está aislado, contagia más que quien lo está.

De ahí la declaración de cuarentena a varias urbes, entre estas Wuhan, la calurosa “olla de China”, milenaria y modernísima metrópolis de 11 millones de habitantes ubicada en el centro del país.

La séptima ciudad más grande de la República y 42ª del mundo, ostenta el tercer lugar a nivel nacional en ciencia y tecnología. Y está tan bien conectada (por su importantísimo transporte terrestre y fluvial, en el exterior la llaman “la Chicago de China”) que, por ende, es incuestionable su potencialidad para propagar el virus.

Por ello, hoy es una ciudad “fantasma”, como muestran los medios y las redes sociales. Apenas se ven inexpresivas personas deambular, protegidas por mascarillas que solo dejan ver sus asustadas pupilas esquivando miradas a dos metros de distancia.

Nuevos y reaparecidos

Más allá de las puntuales noticias sobre el coronavirus –declarado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una “emergencia de salud pública de importancia internacional”– y las mediáticas gráficas de crecimiento de la enfermedad –que BOHEMIA deliberadamente ha eludido por estar bien difundidas en otros espacios–, una verdad nos abofetea: en los últimos 30 años el número de brotes virales se ha incrementado y las enfermedades infecciosas de rápida propagación son cada vez más comunes.

Suele citarse como causa el incremento de la resistencia de los microrganismos a los procesos de esterilización, provocando la selección de ejemplares capaces de resistir esos métodos. En los procesos térmicos, como el cambio climático, se crean condiciones propicias para el desarrollo de gérmenes resistentes al calor.

Por su potencial para curar la afección respiratoria, la Comisión Nacional de Salud de China ha seleccionado el antiviral Interferón alfa 2B recombinante (IFNrec), un producto líder de la biotecnología de Cuba, entre unos 30 medicamentos utilizados en la lucha contra el coronavirus2019-nCoV. El fármaco se fabrica en planta mixta ChangHeber, ubicada en la localidad de Changchun, provincia de Jilin. (Foto: excelenciascuba.com)

Por su potencial para curar la afección respiratoria, la Comisión Nacional de Salud de China ha seleccionado el antiviral Interferón alfa 2B recombinante (IFNrec), un producto líder de la biotecnología de Cuba, entre unos 30 medicamentos utilizados en la lucha contra el coronavirus2019-nCoV. El fármaco se fabrica en planta mixta ChangHeber, ubicada en la localidad de Changchun, provincia de Jilin. (Foto: excelenciascuba.com)

Lo mismo ocurre con los desinfectantes y el uso indiscriminado de antibióticos. Como los microorganismos tienen una gran capacidad de adaptación a la adversidad, las herramientas de lucha contra las enfermedades infecciosas se tornan inútiles con celeridad.

Sin embargo, lo anterior no es suficiente para explicar el auge de la aparición de enfermedades emergentes (provocadas por un agente infeccioso recién identificado y antes desconocido, capaz de causar problemas de salud pública) y reemergentes (esas que creíamos tener controladas, pero retornan de manera alarmante para convertirse en un peligro para la salubridad).

Reemergen enfermedades como la fiebre amarilla, el dengue, la tuberculosis, la malaria, la meningitis cerebroespinal, la difteria y otras, usualmente asociadas a la desorganización de los servicios de salud pública. El cólera, por ejemplo, ha reaparecido donde los sistemas sanitarios y de abastecimiento de agua se han deteriorado y las medidas de seguridad alimentaria se revelan inadecuadas.

Las emergentes, en cambio, han estado asociadas durante siglos a la movilidad de las personas y a la gradual mundialización, aspectos que gustosamente engordaron durante los últimos 100 años.

Un crecimiento demográfico indiscriminado –la población global es de 7 700 millones y continúa en ascenso– ha llevado a la aparición de megápolis, en cuyos límites se ha desarrollado un mundo marginal con estructuras de salud pública y de servicios, inadecuadas o deterioradas. Este es terreno fértil para el cultivo y propagación de infecciones de todo tipo, las ya conocidas y otras nuevas.

Desde 2007, más humanos habitan en ciudades que fuera de ellas. Más de 4 000 millones de personas viven ahora en uno por ciento de la masa terrestre de la Tierra. Mientras, las enfermedades viajan a la velocidad de los aviones… porque vuelan en ellos. En 2019, las aerolíneas transportaron 4 500 millones de pasajeros; diez años antes fueron 2 400 millones.

La movilidad geográfica favorece la aparición y difusión de enfermedades, pues si un germen no logra acomodarse en una población adaptada, tiene la oportunidad de encontrar a otros humanos menos preparados para resistir. También facilitan la diseminación de enfermedades infecciosas los desplazamientos por guerras y conflictos locales, que favorecen la supervivencia de refugiados en las precarias condiciones de los campos de concentración.

Hoy vivimos cada vez más cerca los unos de los otros, y más gente ocupando menos espacio significa un mayor riesgo de exposición a los patógenos que causan enfermedades. El coronavirus, por ejemplo, puede sobrevivir por corto tiempo fuera del cuerpo, así que el emisor y el receptor deben estar relativamente cerca para que se produzca el contagio.

Pero no todos los virus se pasan de humano a humano. El zika, por ejemplo, se contagia por la picadura de mosquitos a personas, y los transmisores del mal prosperan en zonas densamente pobladas, húmedas y cálidas, donde pueden alimentarse de la sangre.

Por otra parte, el apetito global va en aumento y la cría de animales se expande a medida que diversas regiones se enriquecen y desarrollan una dieta con mayor contenido de carne. Pero el incremento del comercio internacional de alimentos, la distribución masiva y las prácticas antihigiénicas de su preparación amplifican el potencial desarrollo y propagación de infecciones de origen alimentario. Este, anote usted, es uno de los problemas de salud pública más extendidos en el mundo contemporáneo.

El ébola, el SARS y el coronavirus son virus zoonóticos, trasmitidos de animales a humanos. Casi tres de cada cuatro enfermedades son zoonóticas. (Al parecer, la epidemia actual se originó en el mercado de mariscos de Huanan, en Wuhan, que vende animales vivos, algo muy común en China en áreas densamente pobladas).

Existen otros factores que propician la aparición y reaparición de enfermedades. Unidos estos a los expuestos anteriormente, surge entonces una pregunta: ¿Está la humanidad preparada para revisar su civilización, o está dispuesta a frecuentemente bailar con los microorganismos en escalofriantes fiestas de máscaras?

Cooronavirus, medico

(Foto: @LaVanguardia)


Toni Pradas

 
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