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Publicado el 22 Junio, 2020 por Jessica Castro Burunate en Ciencia
 
 

COVID-19

El nuevo rostro de la normalidad

Varias naciones, incluida Cuba, han superado el pico de contagios del primer brote, pero el SARS-CoV-2 se mantendrá como un peligro latente que obliga a reducir las vulnerabilidades en materia de bioseguridad y control epidemiológico, a la par de transformar la infraestructura económica
Escuela en Wuhan, China

(Foto: getty images.es)

Por JESSICA CASTRO BURUNATE     

“Esta puede ser la nueva normalidad”. Es un pensamiento incómodo que nos recuerda que tras meses de confinamiento, incertidumbre y crisis, debemos regresar a una cotidianidad condicionada por la amenaza del SARS-CoV-2. Es una advertencia de que todavía no estamos libres de nuevos y fatídicos brotes y que la pospandemia puede no ser ese viaje de tranquila recuperación que anhelamos

La posible permanencia del nuevo coronavirus como un virus endémico implica que deberán mantenerse ciertas medidas que faciliten el control epidemiológico. Cada país deberá estandarizar niveles de protección sanitaria y cuidado, acorde con sus circunstancias y, por supuesto, recursos. Sin embargo, las soluciones locales solo serán efectivas si se acompañan de cambios globales. Y quizás el paso más importante es que será necesario un análisis minucioso de cada brecha convertida en vulnerabilidad durante la gestión de la crisis.

Por lo pronto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que el país que planee salir del aislamiento debe cumplir determinados requisitos, entre estos tener controlada la transmisión (curva de contagios aplanada por un período de tiempo largo); y que el sistema de salud pueda detectar, testear, aislar y tratar cada caso, además de rastrear sus contactos.

Bioseguridad en la atención médica

Protocolos de bioseguridad en centros de aislamiento. (Infografías: cubahora.cu)

Protocolos de bioseguridad en centros de aislamiento. (Infografías: cubahora.cu)

Entre las tantas alarmas que sonaron durante la pandemia, el colapso de los sistemas sanitarios de países desarrollados fue una de las más aterradoras. Muchas instituciones de atención no solo se vieron al límite de sus capacidades y recursos, sino que se convirtieron ellas mismas en focos de contagio.

El aislamiento forma parte del protocolo regular en caso de epidemias. Los casos positivos deben ser recluidos en locales que cumplan con ciertos estándares de bioseguridad. Entre estos, que sean lo suficientemente amplios para no violar el distanciamiento de más de un metro entre las camas, un área limpia entre las zonas aisladas y las comunes donde se almacenan insumos y los equipos de protección personal, recambio de aire, buena iluminación, instalaciones sanitarias cercanas, entre otras.

La mayoría de los centros asistenciales del mundo cumple con el básico de estos requisitos definidos por los organismos sanitarios internacionales. El problema llegó cuando se vieron desbordados y sin tiempo o recursos para extender esas capacidades.

Se lograron algunas proezas: en China se construyeron 12 hospitales de la nada y en Londres, en solo 18 días, el Servicio Nacional de Salud convirtió el Centro de Convenciones Excel en una unidad de terapia intensiva de 2 900 camas. En la mayoría de los casos se debió optimizar y priorizar la atención, al revelarse que esta epidemia superaba todo lo previsto y que no era posible una gestión completamente segura.

El riesgo de contagio es nueve veces mayor entre el personal de salud, según las cifras en España. (Foto: Redacciónmédica.com)

El riesgo de contagio es nueve veces mayor entre el personal de salud, según las cifras en España. (Foto: Redacciónmédica.com)

La disponibilidad de los equipos de protección del personal de salud, incluido algo tan básico como las mascarillas médicas, ha sido otro de los problemas más visibles de la crisis. Por el volumen de casos positivos a la COVID-19 entre médicos, enfermeras y técnicos, se hizo evidente la falta de previsión en algo tan esencial como la seguridad de quienes están más expuestos.

En España, uno de los países donde los hospitales estuvieron entre los principales focos de contagio, la Federación de Sanidad y Sectores Sociosanitarios en Castilla y León calculó que los profesionales sanitarios han sufrido hasta nueve veces más riesgo de infectarse que la población general. Este no es un problema del pasado, los suministros deberán seguir garantizándose por largo tiempo. En la actualización de sus recomendaciones, la OMS sugirió que el uso de mascarillas por el personal de salud debe extenderse incluso cuando no se atienden casos de la COVID-19.

Por otra parte, se debió acomodar la atención regular a las nuevas restricciones que imponían las circunstancias, entre ellas reducir lo más posible el tránsito de personas por las instalaciones hospitalarias. Esta lógica del distanciamiento ha hecho que resulten más familiares términos como telemedicina o cuidado virtual, cuya regularización quizás tenga un empujón en los próximos años.

Aunque sin duda ese puede ser un recurso valioso, es necesario velar porque las soluciones encuentren una cierta equidad y no se conviertan en nuevos problemas. Quizás el más evidente, en este caso, sería las implicaciones para quienes aún intentan o no pueden escapar de la brecha digital y de un acceso desigual a los servicios, incluida la atención médica.

Ciencia a un ritmo seguro

La posibilidad de que el nuevo coronavirus se convierta en un virus endémico (estacional, como otros tantos) y que una vacuna efectiva tarde en llegar, si llegara, siempre ha estado sobre la mesa. Especialistas y autoridades han llamado a poner la confianza en tratamientos paliativos que hagan manejables la enfermedad y reduzcan las tasas de mortalidad.

Usualmente, la innovación en servicios médicos tarda un promedio de 15 a 17 años para que se pruebe como beneficiosa y se aplique.  La comunidad científica demostró esta vez que se puede acelerar el ritmo de desarrollo y ha recibido merecidos aplausos por eso.

Gracias a las estrategias colaborativas, en poco tiempo se ha contado con varias propuestas de tratamiento, en su mayoría resultado de reciclar viejas fórmulas, algunas con resultados alentadores. No obstante, ha permanecido la preocupación por la seguridad de las investigaciones y de los ensayos en medio de la premura. El debate más reciente fue levantado por ciertas noticias sobre la hidroxicloroquina.

Este medicamento, derivado de la cloroquina, se utiliza normalmente para tratar la artritis, la malaria o el lupus, y últimamente se ha aplicado en pacientes voluntarios para ver su efectividad frente a la COVID-19. Las pruebas son parte del Ensayo Solidaridad, lanzado por la OMS, en el que participan 35 países como parte de los esfuerzos globales para encontrar alternativas de tratamiento.

El 25 de mayo último, el organismo internacional anunció que suspendía temporalmente los ensayos para conducir una revisión de seguridad. La decisión se tomó luego de que un estudio publicado en la revista médica The Lancet, señalara una posible relación entre el uso de la droga y un aumento de la mortalidad.

A inicios de junio, el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, informó que se retomaban los ensayos luego de realizar las revisiones necesarias y concluir que no había razones para modificar el protocolo. En la misma fecha, la propia revista médica tomó distancia del estudio y refirió una “expresión de preocupación” que suele implicar un cuestionamiento de validez.

Aunque todavía no se ha certificado la eficacia de la hidroxicloroquina en el tratamiento de la COVID-19, es la apuesta de muchos en la comunidad científica. Tal vez por eso ha resultado tan desconcertante este pequeño traspiés de la ciencia, en un momento cuando se buscan desesperadamente buenas noticias.

Hasta el fútbol será diferente

La Liga Alemana de Fútbol (Bundesliga) fue la primera en reanudar sus actividades a mediados de mayo y lo hizo con un Reglamento de higiene, desinfección y distanciamiento en mano. El documento tiene alrededor de 51 páginas y, aun así, no evitó que se desatara una fuerte controversia por iniciar los partidos con la amenaza activa del coronavirus, aunque estos se realizaron a puertas cerradas y con un despliegue logístico para garantizar la seguridad de los jugadores, quienes debían evitar incluso los habituales contactos de celebración.

Los titulares más dramáticos anunciaban que esto podría marcar un antes y un después en cómo se vive el rey de los deportes. Ha existido cierta tristeza y nostalgia entre una afición que no se acostumbra al silencio de las gradas y ha pedido que se inserten en la transmisión sonidos grabados de bulliciosos hinchas. Esta es apenas una de las tantas cosas que cambiarán en el mundo pospandemia.

Los escáneres térmicos, que ya están instalados en muchas terminales aéreas, pasarán a ser un requisito. También otras medidas como túneles de desinfección, y quizás un sistema escalonado de exámenes de salud, según aventuran algunos consultores de la industria, serán parte habitual de las experiencias de vuelo.

Por su parte, el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC, por sus siglas en inglés) ya presentó los protocolos globales para reactivar el sector. Además de una extensa lista de requerimientos higiénicos sanitarios donde hasta los controles remotos deberán ser sistemáticamente desinfectados. Los nuevos estándares de la industria hotelera contemplan la aplicación de procedimientos de comprobación cuando resulte apropiado, entre ellos medir la temperatura, la transformación digital en los destinos para promover el distanciamiento físico, y la implementación de aplicaciones para mejorar la operación coordinada de aeropuertos y hoteles a nivel internacional.

Las medidas fueron apoyadas por los ejecutivos de las hoteleras multinacionales como Radisson, Iberostar, InterContinental, Meliá, y otras, conscientes de la gravedad del problema –o quizás porque reconocen que es la única oportunidad de mantener a flote el negocio, por costoso que resulte.

Según la agencia de la ONU, dependiendo de cuándo se levanten las restricciones de viaje, las llegadas de turistas internacionales podrían reducirse entre 60 y 80 por ciento, lo que pone en peligro entre 100 y 120 millones de puestos de trabajo y podría derivar en una pérdida en exportaciones por valor de entre 910 000 millones y 1 200 billones de dólares.

Sin duda, se avizora una transformación global en casi todos los sectores de la economía. Los restaurantes deberán reducir su capacidad regular para no violar normas de distanciamiento que por un tiempo deben prevalecer; las compañías aéreas probablemente tendrán que disminuir la cantidad de pasajeros, algo que muchos consideran factible pero económicamente inefectivo.

La COVID-19 apuntó con precisión milimétrica a cada una de las vulnerabilidades que nos negamos a atender: crisis de los cuidados en una sociedad envejecida, desigualdades en el acceso a los servicios médicos, sistemas sanitarios con escasos recursos.

Ahora se impone, entre la alegría y el malhumor, un tránsito escalonado hacia una nueva normalidad, de afectividad sin efusividad, de espectáculos deportivos menos ruidosos y de largas travesías pensadas dos veces. En cualquier caso, medidas cosméticas, si se comparan estas con las grandes transformaciones necesarias para alcanzar una bioseguridad universal y duradera, esas que aún no tienen debates, protocolos ni decretos.


Jessica Castro Burunate

 
Jessica Castro Burunate