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Publicado el 20 Julio, 2020 por Jessica Castro Burunate en Ciencia
 
 

Hasta perder el nombre: historia mínima de Georgina

 Georgina Berroa Navarro, directora del Centro de Desarrollo de la Montaña, afirma que ha logrado cumplir sus sueños en esa institución guantanamera. (Crédito: Periódico Venceremos)

Georgina Berroa Navarro, directora del Centro de Desarrollo de la Montaña, afirma que ha logrado cumplir sus sueños en esa institución guantanamera. (Crédito: Periódico Venceremos)

Por JESSICA CASTRO BURUNATE

Dicen que nunca llegamos a conocer todo lo que es o hizo una persona. La historia es selectiva y muchas veces deja fuera buena parte de lo esencial. Más aún si todo transcurre en lugares distantes que escaparon de los grandes focos de atención.

Esta es la historia mínima de Georgina Berroa Navarro, directora del Centro de Desarrollo de la Montaña (CDM). Su nombre en Google está conectado a varias plataformas de publicaciones científicas, a múltiples reconocimientos que reseñaron medios de prensa locales y a esporádicas menciones en medios nacionales. Pero esto es apenas una parte del todo. Georgina se esconde de las cámaras, de los periodistas.

El Centro de Desarrollo de la Montaña, ubicado en Limonar de Monte Rus, municipio de El Salvador, a varios kilómetros de la cabecera provincial en Guantánamo, es un pequeño mundo,  extraño incluso en el universo de la ciencia.

Georgina es licenciada en química, máster en producción sostenible de café y cacao, y en camino de ser doctora. Tiene cincuenta años y ha dedicado más de la mitad de su vida al CDM. Llegó allí desde Holguín, su provincia natal,  recién graduada de la Universidad de Oriente.

“Cuando llegué el Centro todavía no estaba ni en la ubicación que tenemos hoy, sino a diez kilómetros de acá. Eso fue a inicios de los 90. Llegué como profesional en adiestramiento y he transitado por las diferentes categorías; hoy soy investigadora auxiliar y estoy culminando el doctorado”, relata.

Las investigaciones del CDM buscan aumentar las producciones agrícolas, mejorar la calidad de vida de los pobladores de la montaña, atender y proteger la biodiversidad… Es un espacio interdisciplinario, pequeño, que cuesta mucho mantener. Georgina es directora hace tres años, antes -desde 2004- había sido subdirectora científica.

Asegura que nunca pensó trabajar en una institución como esta, “que estaba hasta en otra provincia… Pero cuando me hicieron la propuesta pensé que aquí podía cumplir mis sueños y la realidad es que lo he logrado. Hoy trabajo los productos naturales, sobre todo en el control de enfermedades, tanto en café como en cacao; mi doctorado es en cacao”.

Georgina que hoy vive en Guantánamo, ha pasado la mayor parte de su vida habitando la comunidad de Limonar. No hay otra forma de hacer ciencia en las lomas que viviendo en las lomas.

-De ese cambio, ¿qué fue lo más difícil?

-Adaptarme a este medio. Las condiciones de montaña son muy difíciles para las mujeres, y sobre todo para las emprendedoras. Este centro vino a romper toda una tradición en un entorno en el que las mujeres no trabajan, no son las que llevan el papel preponderante en la casa. Nosotras rompimos con eso. Cuando mirabas las casas de la comunidad científica eran así: eran de las mujeres, los hombres vinieron con nosotras.

Por esa razón, con la comunidad hubo cierto choque en esos primeros años. No estaban acostumbrados a ver a mujeres independientes, que llegamos y asumimos todos los roles; empezamos a formar CDR, a formar Federación, y éramos las que dirígiamos.

Pero a ese choque nos fuimos adaptando; no con la confrontación sino haciendo prevalecer nuestro trabajo y creo que hoy todo el mundo reconoce lo que las mujeres de este centro hacen: que se levantan muy temprano, que llegan muy tarde a sus casas, que somos de las que mochila al hombro nos vamos para cualquier lugar igual que los hombres.

-¿Es difícil hacer ciencia en la montaña?

-Lo difícil es el acceso, porque el que hace ciencia tiene que estar ahí, tiene que ver. La ciencia empieza por la observación, y muchas veces es muy difícil el acceso a los lugares donde estamos trabajando. Para trabajar la biodiversidad tienes que ir al campo, porque tú tienes que ver cuál es el entorno de esa planta que se está desarrollando, hacer mediciones, y sí, nos apoyamos en técnicos que tenemos a nuestro lado, pero nosotras dirigimos el proceso, por lo tanto, hay que estar ahí para que cualquier sesgo, cualquier error, lo puedas ajustar en ese momento.

-Después de tantos años, ¿cuáles han sido las satisfacciones?

-Cuando ves tus trabajos publicados y que la comunidad científica te reconoce, cuando ves que has perdido el nombre y todo el mundo te ve como CDM y donde quiera que llegas dicen “llegó el CDM”. Es un orgullo inmenso: ser de una entidad que tiene resultados, que se reconoce y que la gente siente que estás aportando algo.

Georgina ha perdido el nombre y lo asume con una sonrisa. Es bello ese gesto de renuncia, pero es mejor que prevalezca; es mejor atarlo a una historia y a un lugar que nunca hubiera sido sin su nombre.

 

Centro de Desarrollo de la Montaña: Historia Mínima

El CDM, único de su tipo en el país, fue fundado el 3 de febrero de 1994 por el General de Ejército Raúl Castro Ruz y la Doctora Rosa Elena Simeón, entonces ministros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), respectivamente.

Nació en los momentos más difíciles del período especial con el objetivo de resolver desde la ciencia los problemas que preocupaban a los habitantes de las lomas. Si bien comenzó a funcionar con una decena de trabajadores, hoy cuenta con una plantilla de 86, entre ellos 17 investigadores, todos categorizados en la propia institución, y seis investigadores auxiliares.

Las labores principales se realizan mediante proyectos de investigaciones nacionales y territoriales, de prestación de servicios científicos técnicos y estatales, y otros no asociados a programas.

 


Jessica Castro Burunate

 
Jessica Castro Burunate