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Publicado el 18 Septiembre, 2020 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

Memorias de un papalote sideral

Se cumplen 40 años del vuelo espacial conjunto soviético-cubano, preámbulo de la mayoría de edad de la ciencia de nuestro país
Arnaldo Tamayo y Yuri Romanenko protagonizaron el viaje espacial soviético-cubano, que convirtió a la Isla en la novena nación que explora el cosmos. (ria novosti / spacefacts.de)

Arnaldo Tamayo y Yuri Romanenko protagonizaron el viaje espacial soviético-cubano, que convirtió a la Isla en la novena nación que explora el cosmos. (ria novosti / spacefacts.de)

Por TONI PRADAS

“Llegará el día en que un hijo del pueblo cubano viaje también al cosmos”, auguró el 24 julio de 1961 en La Habana el primer peregrino espacial, Yuri Gagarin, durante su primera salida al exterior después de iniciar la era de la exploración tripulada del espacio.

Por esos días, el joven guantanamero Arnaldo Tamayo Méndez se preparaba para ir a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) con el objetivo de estudiar cerca del mar de Azov, en el Colegio de Aviación Superior de Eysk, hoy nombrado Vladímir Komarov en honor al prístino cosmonauta mártir, quien había sido designado para inaugurar los vuelos de humanos a la Luna.

Para muchos, las palabras de Yuri Alexeiévich en Cuba parecieron pura cortesía, pero la historia le dio la razón cuando casi dos décadas después, la noche del 18 de septiembre de 1980, Tamayo Méndez, ya teniente coronel de la Fuerza Aérea cubana, llegó a la Plataforma número 1 del cosmódromo de Baikonur (hoy República de Kazajistán) para emprender el primer vuelo espacial protagonizado por un caribeño y latinoamericano.Logo Vuelo espacial conjunto cubano-soviético

–Paiejali! –(¡vamos!) exclamó Tamayo en ruso, el mismo imperativo usado por Gagarin antes de partir.

–¡Vamos! –le respondió en español el capitán Yuri Romanenko, y se acercaron al cohete portador Soyuz-U2, el mismo que impulsaría a la nave Soyuz-38 hacia el espacio. Romanenko, comandante de la nave, cumplía entonces su segunda misión al cosmos.

Antes de que los sicólogos lograran descubrir la empatía entre ellos para unirlos como equipo en aquella misión, ya ellos mismos habían hecho afinidad por coincidir sus caracteres: sencillez, modestia, acusado sentido del humor y de la dignidad humana.

Ya de noche, la tripulación entró en la nave Soyuz-38 y fue despedida por la pequeña delegación cubana encabezada por el general de ejército Raúl Castro Ruz, llegada la víspera expresamente con ese fin. A las 3 y 11, hora de Cuba, los fuegos despegaron el cohete y elevaron a la ciencia de la Isla a alturas insospechadas.

Cápsula de la nave Soyuz-38, conservada en el Museo de Guantánamo, provincia natal de Arnaldo Tamayo. (cronicas-de-cuba.blogspot.com)

Cápsula de la nave Soyuz-38, conservada en el Museo de Guantánamo, provincia natal de Arnaldo Tamayo. (cronicas-de-cuba.blogspot.com)

–“Aquí Taimyr-2, aquí Taimyr-2, desde la nave cósmica pilotada Soyuz-38, el comandante Yuri Romanenko y el ciudadano de la República de Cuba, Arnaldo Tamayo Méndez” –al fin se escuchó la primera llamada de la misión desde la órbita circunterrestre.

Con precisión de relojero, al día siguiente la Soyuz-38 se acopló a la nave orbital Saliut-6. Allí permanecieron los visitantes una semana, trabajando junto a sus anfitriones Leonid Popov y Valeri Ryumin, miembros de la cuarta tripulación residente de aquella estación espacial que operó unos cinco años, entre 1977 y 1982.

Luego de orbitar la Tierra 128 veces durante siete días, 20 horas, 43 minutos y 24 segundos, la cápsula en la que se apretujaban Tamayo y Romanenko aterrizó el 26 de septiembre de 1980 al sureste de la ciudad de Zhezkazgan, en las estepas de Kazajistán.

Ya de vuelta a su tierra, el cosmonauta número 97 de nuestro planeta fue abrigado con toda clase de honores. Desde besos y vivas, hasta las condecoraciones impuestas por Raúl Castro: la primera medalla honorífica de Héroe de la República de Cuba y la Orden Playa Girón. Mientras, en Moscú recibió la Orden de Lenin y fue nombrado Héroe de la Unión Soviética. Incluso, el 12 de junio de 2011, cuando ya no existía la URSS, fue laureado por la Federación Rusa con la Medalla Por Méritos en la Exploración del Espacio.

Aquel niño huérfano y sin futuro antes de triunfar la Revolución, al hacerse cosmonauta investigador también se convirtió en el paradigma de muchos jóvenes que ansiaban realizar deportes de alto riesgo y de formación militar, mientras la filatelia, la numismática, la literatura y la música eternizaban su imagen con escafandra.

De todos los tributos, sin embargo, ninguno impresionó más a este autor sino aquel frágil papalote que un niño, hace ya 40 años, guapeaba contra un loco viento desde una loma de Regla. Ceñudo, se mordía la lengua, tiraba del cordel, pisaba el carretel y elevaba la pantalla zigzagueante, dejando ver pegada en ella la imagen sideral de Tamayo, recortada sin tijeras de un viejo periódico Granma.

Escalera al cielo

Logo Vuelo espacial conjunto cubano-soviéticoTodo empezó a partir de la creación, a mediados de los años 60 del siglo XX, de la Comisión Intergubernamental de los Países Socialistas para el Uso Pacífico del Espacio Extraterrestre (Intercosmos). A esta Cuba se integró con su joven ciencia, protagonizada por los primeros graduados en universidades nuestras y de esas naciones, y los profesionales que no habían abandonado el país.

De tal suerte –valga citar estos ejemplos–, desde 1964 los cubanos participaron en el grupo de trabajo permanente de Meteorología Cósmica del mencionado organismo. En el campo de la Astronomía y las Comunicaciones, en 1966 se inició el programa de colaboración y se creó una agencia nacional para tal propósito.

Asimismo, tras la Unión Soviética poner en órbita el primer satélite para comunicaciones, Molniya-1, en 1965, el Programa Intercosmos proporcionó a Cuba un nuevo sistema de comunicación de larga distancia que necesitaba para “condiciones excepcionales”, vulnerabilidad detectada durante la aún reciente Crisis de Octubre.

Aun así, el objetivo de establecer un sistema de comunicaciones internacionales vía satélite no pudo plantearse hasta comienzos de los 70 con la creación del Programa Intersputnik, una organización intergubernamental destinada a realizar enlaces telefónicos y telegráficos de larga distancia, junto al intercambio de programas de radio y televisión, vía satélite.

Hasta que en 1976 se inició una etapa cualitativamente nueva en las actividades espaciales de los países participantes en el Programa Intercosmos. A partir de entonces, la URSS les ofreció la posibilidad de tomar parte en vuelos tripulados al espacio ultraterrestre a bordo de vehículos de los tipos Soyuz y Saliut, con vistas a realizar experimentos originales en la órbita de la Tierra.

Uno de los resultados de la participación cubana en aquel empeño fue el notable estímulo y apoyo estatal que recibieron los científicos involucrados en los experimentos que debían prepararse para el vuelo al espacio ultraterrestre del primer cosmonauta cubano. Por su parte, el Consejo de Estado creó un grupo de trabajo que presidió entonces José Ramón Fernández.

Entretanto, se buscaba al futuro navegante, que debía ser un piloto con experiencia, sin accidentes aéreos por causas propias, que dominara el idioma ruso y la preparación combativa. Primero se clasificaron más de 600, de los que se seleccionaron 70. Luego quedaron 20… nueve… cuatro… Finalmente, la comisión soviético-cubana optó por dos: un titular y un suplente, respectivamente los pilotos militares Arnaldo Tamayo Méndez y el habanero José Armando López Falcón, quienes partieron en marzo de 1978 hacia la Ciudad de las Estrellas, al noreste de Moscú, para entrenarse como cosmonautas en el Centro Gagarin.

Arnaldo Tamayo Méndez rinde tributo en 2014 al primer cosmonauta soviético, Yuri Gagarin, ante su tumba. (RUSIA BEYOND / ANDRÉI RASKIN)

Arnaldo Tamayo Méndez rinde tributo en 2014 al primer cosmonauta soviético, Yuri Gagarin, ante su tumba. (RUSIA BEYOND / ANDRÉI RASKIN)

El aprendizaje duró dos años y medio y descubrieron que la metodología de preparación de un piloto espacial es bien diferente a la de un aviador. El adiestramiento físico fue muy fuerte: tres veces a la semana, un ciclo de dos horas cada vez, en el gimnasio con los aparatos, ejercicios de fuerza, la cama elástica y otros, que buscaban la resistencia física. También el entrenamiento diario del sistema vestibular para evitar el mareo, el vértigo… y mantener la orientación en el espacio. La teoría fue bien difícil, sobre todo la física, la parte ingenieril, la navegación. Sin embargo, los dos aspirantes aprobaron los exámenes estatales con calificaciones máximas.

El finalmente elegido, sabemos, resultó ser Tamayo. Pero estaba lejos de imaginar que, a diferencia de López Falcón, debía compensar el premio con un sacrificio: Nunca más volvería a pilotar un avión. Tajante se lo prohibió el Comandante en Jefe Fidel Castro, para que el Héroe de la República no corriera el riesgo de morir, como Gagarin, por un indeseado accidente aéreo.

Con méritos intrínsecos

Los científicos cubanos, por primera vez, tuvieron la oportunidad de extender su trabajo a condiciones muy peculiares que anteriormente se encontraban fuera de su alcance. Aun así, se juraron proponer trabajos de investigación espaciales de importancia para el desarrollo del país, así como otros de significación real para la ciencia y la técnica en general, incluida la propia cosmonáutica.

Más de 200 trabajadores vinculados a las actividades científicas y tecnológicas, en breve plazo concibieron y prepararon en estrecha colaboración con varias instituciones de la URSS, la República Democrática Alemana y Bulgaria, más de una veintena de estudios científicos para realizar en el espacio sideral.

Estos experimentos pueden agruparse en cuatro clases: biomédicos (los denominados Córtex, Soporte, Antropometría, Balance y Hatuey), psicológicos (Coordinación, Percepción y Stress); físico-técnicos (Azúcar, Zona y Caribe); y algunos, tales como Trópico III, dedicados a la exploración de la Tierra desde el espacio.

Según valoró el ya desaparecido doctor en Ciencias José Boris Altshuler Gutwert –entonces presidente de la Comisión Nacional para el Espacio Ultraterrestre y, años después, presidente de la Sociedad Cubana de Historia de la Ciencia y la Tecnología– esos y los restantes experimentos fueron escogidos por sus méritos intrínsecos, en competencia con otros también interesantes, de modo que no es de extrañar que su realización haya resultado verdaderamente valiosa para la ciencia y la técnica y fueran los primeros de su tipo en el mundo efectuados en condiciones de ingravidez.

Logo Vuelo espacial conjunto cubano-soviéticoDigamos que con el experimento Caribe, preparado por investigadores de la Facultad de Física de la Universidad de La Habana, se pudo estudiar el efecto de la microgravedad sobre el crecimiento de capas epitaxiales y la cristalización de ciertos materiales semiconductores. A su vez, Azúcar y Zona, pensados en el otrora Instituto Cubano de Investigaciones Azucareras (Icinaz) permitieron estudiar distintos aspectos de la cristalización de la sacarosa en condiciones de microgravidez.

Otros, como Holograma –un equipo láser creado por especialistas del Instituto de Investigación Técnica Fundamental (Inintef) de la Academia de Ciencias de Cuba y del Instituto Técnico Militar (ITM), conjuntamente con el Instituto Físico-Técnico Ioffe de la Academia de Ciencias soviética– no pudo llevarse a cabo durante el vuelo por problemas logísticos, pero se realizó exitosamente en marzo de 1981 durante el siguiente vuelo Intercosmos.

Los especialistas soviéticos entonces consideraron varios de los ensayos de diseño original cubano, suficientemente valiosos para que algunos de ellos continuaran repitiéndose posteriormente en distintas aplicaciones, espaciales y no espaciales.

“Pero quizás lo más interesante de aquel vuelo fue que lo aportado por los científicos cubanos resultó de interés tal, que el país anfitrión se interesó en continuar la colaboración iniciada, la cual se mantuvo hasta la liquidación del Programa Intercosmos por razones extracientíficas”, resumió Altshuler.

Cuenta Tamayo que su mejor impresión del viaje fue la belleza del espacio. Desde entonces sueña con volver y vaticina, como en su hora Gagarin, que otro cubano tendrá la misma experiencia.

“Yo fui el primero, pero no debo ser el último”, asegura este Matías Pérez del siglo XX, quien sí volvió para contarnos su dicha.


Toni Pradas

 
Toni Pradas