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Publicado el 8 Octubre, 2020 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

ASTROFÍSICA

El vecino de la puerta de al lado

El descubrimiento en Venus de un gas generado por microrganismos permite a los científicos suponer que cuentan ya con la primera evidencia de vida extraterrestre

Por TONI PRADAS

VIDA EXTRATERRESTRE. Un grupo de astrónomos descubrió en las nubes de Venus una extraña molécula creada por microbios, lo que apunta a un indicio de vida. (Foto: ESO).

Un grupo de astrónomos descubrió en las nubes de Venus una extraña molécula creada por microbios, lo que apunta a un indicio de vida. (Foto: ESO).

Dicen que la carne fuera de frío se echa a perder, mas eso no basta para explicar un reciente descubrimiento: Venus huele a pescado podrido. Hablamos de un planeta cuya temperatura promedia unos 465ºC en su superficie, un infiernillo en el que se podría freír hasta el plomo. Pero no huele a lonjas a la plancha, ni siquiera a chuleta chamuscada, sino a bacalao putrefacto, o a ajo, quién sabe.

Nadie ha estado allá para certificar ese desagradable aroma, sin embargo los científicos, aprovechando una siesta de Dios, hurgaron Venus y descubrieron un gas local, también presente en la Tierra, que se precia de tener tales olores: la fosfina.

Fofina y vida

Poco hubiera importado el efluvio venusino si no fuera porque la fosfina es un compuesto químico que se desprende de la vida. Y han encontrado bastante, como para poner la lupa sobre el segundo planeta del Sistema Solar, en orden de distancia desde el Sol y sexto en cuanto a tamaño, en fila de mayor a menor.

De manera que a tientas nos hemos dedicado a buscar vida extraterrestre por todas partes, y quizás la tenemos ahí mismo, como una manzana a la distancia entre la mano y el manzanero.

Recordemos: Hemos registrado ya en nuestro Sistema Solar, bajo la alfombra de Marte e, incluso, tras las cortinas de las lunas Europa, de Júpiter, y Encélado y Titán, de Saturno. También hemos husmeado fuera de nuestro carrusel estelar: En unos 4 000 planetas descubiertos no es difícil ver regiones habitables o agua que asociamos a la vida. Aun así, no se ha confirmado nada de vida.

Sin embargo, el hallazgo de ese gas en las nubes ácidas del vecino planeta, publicado por la revista Nature Astronomy el pasado 14 de septiembre, ha hecho considerar a la comunidad científica que es el más importante indicio conseguido en la búsqueda de aliento extraterrestre, tal como si los arqueólogos hubieran pescado, al fin, los delicados brazos faltantes de la Venus de Milo.

La hora de Venus
Recreación de la atmósfera de Venus, así como las moléculas de fosfina. (Ilustración: ESO / M. KORNMESSER / L. CALÇADA)

Recreación de la atmósfera de Venus, así como las moléculas de fosfina. (Ilustración: ESO / M. KORNMESSER / L. CALÇADA)

“Cuando obtuvimos los primeros indicios de fosfina en el espectro de Venus, fue un shock”, indicó la líder del estudio, Jane S. Greaves, profesora de Astronomía de la Universidad de Cardiff, en Gales, Gran Bretaña.

Esta es la primera vez que en uno de los cuatro planetas telúricos del Sistema Solar –es decir, al margen de la Tierra– se halla fosfina (así se conocía el hoy llamado fosfano, fosfuro de hidrógeno o hidrógeno fosforado). Esta es una molécula muy sencilla, compuesta por un átomo de fósforo unido a tres de hidrógeno, formando una pirámide y cuya fórmula es PH3. Es levemente soluble en agua, tremendamente inflamable y en extremo venenoso.

No obstante, pequeñas cantidades se forman naturalmente, provenientes de la degradación de materia orgánica. De tal suerte, haberla descubierto en el vecino lugar indica que los microbios pudieran habitar justo en la puerta de al lado y es, pues, un claro indicio de la posible presencia de vida más allá de nuestro planeta.

Fosfina como ‘biofirma’

“Resulta que en cualquier lugar donde no haya oxígeno, como ciénagas, marismas, sedimentos, intestinos o ventosidades, hay fosfina”, ilustró Clara Sousa-Silva, científica del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por las iniciales de su nombre en idioma inglés) y directora de una investigación que en 2019 propuso a la fosfina como “biofirma”, es decir, una señal que puede indicar la presencia de vida y que se puede detectar de forma remota.

De hecho, el estudio de Sousa-Silva, publicado en Astrobiology en 2019, concluyó que si esta molécula se liberase a la atmósfera en las mismas cantidades en que el metano se libera en la Tierra, el gas generaría una huella que podría ser visible en los exoplanetas, en un radio de 16 años luz. Siempre y cuando, eso sí, se lance por fin el telescopio espacial James Webb.

Tal ha sido el optimismo que Jim Bridenstine, jefe de la agencia espacial estadounidense (NASA), no tuvo reparos en celebrar el descubrimiento de fosfina en el llamado Lucero del Alba.

“¿Vida en Venus? El descubrimiento de fosfina, un subproducto de la biología anaeróbica, es el evento más importante hasta hoy en la búsqueda de vida fuera de la Tierra”, tuiteó el administrador de la NASA. “Es hora de priorizar Venus”, subrayó.

Particularmente hostil por su alta temperatura (está envuelto en una atmósfera espesa y tóxica que atrapa el calor), Venus fue explorado ya desde la década de los 60 del pasado siglo, pero rápidamente se consideró científicamente menos interesante que Marte y el exterior del Sistema Solar, en astros que tienen una cubierta de hielo y debajo de esta, agua en estado líquido. Obviamente, cuando se intenta buscar rastros de vida, se aguza el olfato hacia ese elemento.

La malograda Venera 1

Ya sumerios y babilonios le habían echado un ojo al astro después dedicado a la diosa romana del amor, seguidos por poetas que le recitaban, Lady Gaga que le cantaba, ufólogos que perseguían a supuestos venusinos infiltrados en la Tierra, escritores que soñaban viajes al planeta y miembros de la banda Venus que en los 80 se inspiraban para iniciar el rock cubano en español.

Como si se tratara de seducir a una real Afrodita, también los científicos apetecieron el planeta más cercano a nuestros techos y antenas de televisión. Impetuosos, los soviéticos mandaron el 12 de febrero de 1961 una sonda espacial para visitarlo, la malograda Venera 1, que inició la exploración terrícola interplanetaria. En 1962, la estadounidense Mariner 2 logró ser la primera exitosa.

Desde entonces, aunque cada vez más tibiamente, siguió explorándose –o mejor dicho, orbitándose–, sobre todo por la NASA y la Agencia Espacial Europea. La misión estadounidense Magallanes, tal como se planeó para después de estar cuatro años mapeando Venus, se sumergió en la atmósfera venusina el 11 de octubre de 1994 y se vaporizó parcialmente como un pescado en la lava, aunque se cree que algunas partes llegaron a chocar con la superficie.

En resumen, varias sondas y robots exploradores se dirigen en este momento al Planeta Rojo, pero no hay en curso ninguna misión dedicada específicamente a Venus, proscrito como un apestado –aun antes de saberse su recién descubierta fetidez–, a pesar de que algunos científicos llevan años abogando por regresar al objeto más brillante de nuestro cielo después de la Luna.

Con los pies en las nubes
Algunos han llegado a proponer auténticos ecosistemas de criaturas flotantes en la atmósfera de Venus. (Ilustración: abc.es)

Algunos han llegado a proponer auténticos ecosistemas de criaturas flotantes en la atmósfera de Venus. (Ilustración: abc.es)

Aun sin misiones espaciales, el equipo científico de Reino Unido, Japón y Estados Unidos detectó por primera vez la fosfina en 2018, al espiar a través del telescopio James Clerk Maxwell, en Hawái. Luego confirmó su hallazgo usando el radiotelescopio Atacama Large Millimeter / submillimeter Array (ALMA), ubicado en el desierto chileno de Atacama. Este es el mayor proyecto astronómico del mundo, un interferómetro revolucionario que comprende un conjunto de 66 inmensas antenas o reflectores, destinados a observar longitudes de onda milimétricas y submilimétricas.

Tras el desconcierto-euforia, Sergio Martín, astrónomo del observatorio ALMA, se encargó de echar un jarro de agua fría, al pedir, en entrevista con CNN Chile, que la noticia fuera recibida “con cierta cautela” e invitar a “no dejarse llevar por la emoción”.

La fosfina, efectivamente, se puede producir de forma biológica, a través de la degradación de material orgánico. Pero también por reacciones químicas naturales, sin compuestos biológicos.

¿Fosfina fotoquímica?

Tal como explicó Juan Carlos Beamin, astrónomo de la Fundación Chilena de Astronomía y del Centro de Comunicación de las Ciencias, una forma de producirse la fosfina es la fotoquímica, es decir, “una cascada de reacciones químicas gatilladas por la luz en la atmósfera de Venus”. También a través de los volcanes, donde existe fósforo en su interior. Una tercera son los meteoritos “que entran a la atmósfera y al quemarse generan energía y transforman el fosfato en fosfano”. Además, incluyó las tormentas eléctricas.

Beamin asegura que todas estas hipótesis fueron descartadas por los científicos mediante simulaciones. “Para que nosotros podamos detectar desde la Tierra que hay fosfano en las nubes de Venus, todos estos mecanismos se quedan cortos por un factor mil o –en el caso de algunos– billones de veces menos”, comentó.

“O sea, la cantidad (partículas por millón) que producirían es tan poca, que jamás podríamos ser capaces de detectarla”, añadió.

Otra opción para descartar que el fosfano fuera producido por algún microrganismo (que no ha sido detectado, para lo cual habría que mandar una misión a explorar las nubes en particular), sería un mecanismo físico químico que no se esté considerando. Por lo tanto, la comunidad científica tiene aún tareas que llevar a casa, a fin de proponer nuevas soluciones para poder explorarlas.

En cualquier caso, sea creado el fosfano por mecanismos físicoquímicos desconocidos hasta ahora o por una bacteria, el astrónomo destaca que “algo nuevo va a salir, sí o sí”, de este hallazgo.

Desde luego, nadie se ha arriesgado a decir que hay vida en Venus. La propia Greaves, quien dirigió la investigación, aseveró que “la detección de fosfina no supone una prueba robusta de vida, sino que solo constata una química anormal inexplicada”.

‘Un planeta paradisíaco’ supranuboso

En caso de sí existir, comentó Beamin, serían bacterias viviendo en las nubes. En la superficie sería casi imposible, porque la atmósfera venusina es de ácido sulfúrico. Sépase que ninguna nave terrestre ha aguantado en su corteza rocosa más de dos horas.

Por loca que parezca la idea, vivir en las nubes es más que no tener los pies en la tierra. En las nubosidades nuestras hay bacterias, pero duran poco porque esas acumulaciones son generalmente efímeras. Las de Venus, esas sí están ahí casi de por vida.

Aun cuando la superficie venusina es tétrica, a unos 50 kilómetros de altura la atmósfera podría ser habitable. El científico estadounidense Geoffrey Landis, experto en exploración planetaria de la NASA, considera que en el nivel supranuboso debe ser “un planeta paradisíaco”. De haber vida, albergaría enormes colonias de bacterias que compensarían su pésimo olfato con una agenda realmente ajetreada, pues estarían dando vueltas completas al planeta a una velocidad de al menos 250 kilómetros por hora.

En los años 60, el astrónomo, astrofísico y gran divulgador de las ciencias espaciales mediante la serie Cosmos, Carl Sagan, sugirió que la vida alienígena podría estar escondida en las nubes de Venus. Décadas más tarde los científicos observaron unas misteriosas masas oscuras capaces de absorber grandes cantidades de radiación solar ultravioleta, posible combustible para la vida. A partir de observaciones recientes, se cree que las partículas que conforman esos “parches” podrían parecerse a los microrganismos que habitan nuestra atmósfera. En el nivel superior de las nubes, todo apunta a que las temperaturas son similares a las de la Tierra y que, además, la presión atmosférica es confortable.

¿A lo mejos antes que la atmósfera ácida?

Hace alrededor de 4 000 millones de años, tanto Venus como la Tierra (considerados “planetas gemelos” por tener muy similar tamaño, masa y volumen) eran mundos oceánicos. Después el agua venusiana empezó a evaporarse y esto produjo un drástico aumento de los gases que atrapan calor en la atmósfera. Así se inició un efecto invernadero muy agresivo que derivó en la atmósfera más caliente del Sistema Solar, con niveles de dióxido de carbono cientos de veces más altos que los disponibles en la Tierra.

“A lo mejor la vida surgió antes de que la atmósfera de Venus fuera tan ácida”, especuló Beamin. “Puede que haya quedado parte de esas bacterias en las nubes y estas sobreviven hasta hoy”.

 

 

 

 

 


Toni Pradas

 
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