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Publicado el 15 Agosto, 2021 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

Viaje a las semillas

Más que un científico, se empeñó el líder en ser un eterno estudiante
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Fidel-Castro-Moringa

Fidel consagró sus últimos años casi enteramente a la investigación agrícola. (ALEX CASTRO)

Por TONI PRADAS

Como un eco de luz, capaz de producir la ilusión de viajar a velocidades superlumínicas, llegan a la mente los recuerdos de un señor llegado a esa edad en la que se confunden los años con la omnisciencia, y que con sombrero y camisa a cuadros toca unas extrañas plantas, como si al tacto sintiera un vellocino.

Y es que después de décadas coqueteando con las ciencias y las tecnologías como fundador y propulsor, al fin Fidel Castro Ruz, retirado ya de las obligaciones gubernamentales, encontraba tiempo para dedicarse a uno de sus sueños: ser científico.

A principios de la década de 2010, cuando las horas de sus días se escurrían entre la tinta de las líneas de lecturas y reflexiones, Fidel buscaba un cultivo con condiciones de adaptabilidad y con amplios beneficios nutricionales para ayudar al pueblo de Haití, a raíz del terremoto que destruyó ese país.

Entonces supo de la existencia de la moringa oleífera, una planta originaria de la India que inexplicablemente era conocida por los científicos cubanos como tilo americano. También la morera. Ambas matas lo encandilaron por indirectamente ser –dijo más adelante– “fuentes inagotables de carne, huevo y leche, fibras de seda que se hilan artesanalmente y son capaces de suministrar trabajo a la sombra y bien remunerado, con independencia de edad o sexo”.

Leyó, preguntó y no se lo pensó más. Se hizo de un puñado de semillas y puso a prueba sus habilidades de investigador. Poco tiempo después se encargó personalmente de expandir por el país sus cultivos, convencido de que en buena medida daban respuesta a una de sus preocupaciones principales de varias décadas: ¿Cómo alimentar a miles de millones de personas en el mundo, en un entorno cada vez más desfavorable por la degradación creciente de las tierras y los amenazantes cambios climáticos?

Quizás recordó fugazmente durante aquellos días que en su cantero bachiller del habanero Colegio de Belén, cuando cursaba el cuarto año bajo el puntero profesoral de los jesuitas, obtuvo un premio de conducta y excelencia en la asignatura de Agricultura.

Esa conexión espiritual con su terruño oriental de Birán, esa suerte de telepatía con aquellos vastos campos de los que aparentemente solo le atraía montar a caballo, la cacería y las exploracio-nes, tal vez nunca pudo borrarla, por más cortes judiciales que visitara en su vida o por más congresos palaciegos que presidiera.

Ese viaje a su propia semilla tuvo muchas paradas científicas en decenas de instituciones que fundara, ya siendo primer ministro, destinadas a investigar sobre los más avanzados conocimientos agrícolas y pecuarios. Tanto impulso les dio, que el país, por ejemplo, en pocos años se vio recompensado con una verdadera revolución ganadera desde la genética, expresada en el plato familiar con un muy equitativo consumo de carne de res cada nueve días.

Menuda satisfacción debió sentir el entonces Comandante en Jefe, cuando una de las vacas pineras se atrevió a romper (y superarse a sí misma) el récord mundial de producción de leche diaria.

Mas saber por qué decidió bautizar a una de sus variedades de moringa con el nombre de esa vaca campeona, Ubre Blanca, no puede tener otra explicación sino en la mística que probablemente escondieran esos interminables viajes de Fidel a sus semillas.

“Lo que más estamos sembrando”

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En la Universidad de Ciencias Médicas de Manzanillo. (RAFAEL MARTÍNEZ ARIAS/ LA DEMAJAGUA)

La ciencia nacional se topó con el Fidel seminal el 15 de enero de 1960, apenas a un año de sacudirse el polvo de las montañas en la capital liberada. Invitado a las celebraciones por el XX Aniversario de la Sociedad Espeleológica de Cuba, rompió el curso quizás protocolar del acto al remover con un inusual llamado a la capacidad de los cubanos para hacer ciencia.

“El futuro de nuestra patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia, tiene que ser un futuro de hombres de pensamiento, porque precisamente es lo que más estamos sembrando”, dijo ante un puñado de científicos que representaban la antípoda de un millón de analfabetos con que contaba el país.

“Lo que más estamos sembrando son oportunidades a la inteligencia, ya que una parte considerable de nuestro pueblo no tenía acceso a la cultura, ni a la ciencia…”, continuó, y desde entonces brotaron y se robustecieron la revolución educacional –hasta la formación universitaria– y la científica, con especialistas y centros de primer nivel dedicados a las investigaciones de prácticamente todas las ramas del saber.

Nunca antes el conocimiento fue un factor consciente y determinante en el desarrollo de la República; nunca antes exigió la conducción del país un grado tan alto de dirección científica.

Dependiente la nación de la agricultura, los cambios más trascendentales comenzaron a realizarse en esa área, promovidos por el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA). Entre 1962 y 1973 surgieron 53 unidades de ciencia y técnica, y gran parte de las instituciones de investigación en las ciencias exactas y naturales, médicas, tecnológicas, agrícolas y sociales, que aún existen. Además, se multiplicaron las universidades por todas las provincias.

El 20 de febrero de 1962 quedó fundada la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba –otra simiente de Fidel–, heredera de la otrora colonial Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, ahora vestida de largo como organismo para agrupar, transformar y crear institutos de investigación.

Sin embargo, tal vez su idea más arriesgada y ambiciosa fue la de insertar la inteligencia cubana en el exclusivo y competitivo mundo de la biotecnología, justo cuando esta especialidad comenzaba a desarrollarse en contados países industrializados.

Solo los que no seguían los pasos ascendentes de las ciencias médicas del país, dudaron del acierto de la nueva estrategia. ¿Cómo lograrlo, si el bloqueo comercial estadounidense arreciaba; cómo mantenerlo una vez caído el bloque socialista este-europeo?

No solo se pudo hacer, sino que la industria médico-farmacéutica, desarrollada mediante la ingeniería genética y la biotecnología, se convirtió en uno de los principales rubros exportables del país. De paso, consiguió que su sistema empresarial se convirtiera en un modelo para el resto de las entidades productivas vernáculas, sobre todo a partir de esos años en que la crisis colmó de apagones la Isla, excepto en la luz de su intelecto.

Quién sabe si Fidel se juró transformar la calidad de la salud pública al ver a niños pobres de su zona natal sufrir enfermedades o tal vez al recordar que en su niñez innecesariamente le extirparon su apéndice tras un mal diagnóstico. Lo que consta es que el 13 de marzo de 1964 anunció que, para impulsar las ciencias biomédicas y desarrollar estudios en campos como la biología y la química, se crearía el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (Cenic).

Esta semilla germinó el 1º de julio de 1965 y se convirtió desde entonces en la nave madre de especialistas que integrarían muchas otras instituciones de alto nivel, cunas de aplaudidos productos entre los que basta citar las recientes vacunas contra la covid-19.

Por esa visión, muchos consideran a Fidel un científico, en cambio no lo fue en rigor. Al menos no de la manera en que después lo hizo y hasta se dio el gusto de acariciar sus cultivos de avanzada.

Fidel, eso sí, fue sobre todo un eterno estudiante.

Para saciar la sed de conocimientos

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Fidel (segundo a la izq.) realiza prácticas en el aula de Física Mecánica del Colegio de Belén. (Curso 1942-1943). (OAH CONSEJO DE ESTADO)

Cuentan que el viejo Ángel Castro decidió no enviar más a la escuela de Santiago de Cuba a sus hijos varones. Ramón, el mayor, quien quería ser tractorista y mecánico, se alegró. Pero A Fidel, de 12 años, no le gustó para nada esa decisión.

Pidió entonces a la madre para que deshiciera la orden y como no lograba avances, en un arrebato de rebeldía amenazó con quemar la casa si no lo devolvían a la escuela. Finalmente, Lina Ruz disuadió a Don Ángel, quien ordenó preparar el viaje para matricular a Fidel en el Colegio Dolores, de la Compañía de Jesús.

El futuro líder de la Revolución reclamó más de una vez su derecho a saciar la sed de conocimientos. Por aquella operación de apendicitis, por ejemplo, no debía convalecer más de una semana. Sin embargo, se infectó la herida y mantuvo a Fidel en cama durante tres meses, rompiéndole el plan de prepararse simultáneamente para el ingreso y el primer año de bachillerato, de manera que cuando cumpliera la edad requerida pudiera ir a los exámenes.

Cansado del encierro y las rígidas normas de la casa donde se recuperaba, montó en cólera y se negó a estudiar más. Fue tan convincente su rebelión, que al día siguiente lo internaron en el colegio Dolores, donde se sintió a gusto al retomar las competencias deportivas, las exploraciones, el laboratorio y la biblioteca.

Mejor suerte tuvo antes, cuando al reiniciarse las clases en septiembre de 1937, el claustro profesoral del Colegio La Salle reconoció las buenas calificaciones del niño de pronunciación correcta y le permitió matricular el quinto grado sin pasar el cuarto.

Para entonces, ya le cautivaban, como mismo los deportes y las excursiones, las narraciones épicas de la Historia Sagrada, la Geografía, la Botánica, la Matemática…

En cambio, las misas le provocaban tedio. Rezar avemarías no aportaba vocación. Su religiosidad entró en conflicto a los 13 años: Si Darwin era un profano que no explicaba claramente su teoría de la evolución de las especies, ¿por qué Martí lo defendió?

Oración tras oración, le resultaba incomprensible lo aprendido de memoria. Aun así, su retentiva llegó a ser mitificada por sus compañeros de Belén, al memorizar complejos datos tomados del soberbio observatorio astronómico y meteorológico del colegio. De adulto, ese don logró asombrar hasta a respetados científicos.

En cambio, tal frondosidad llegó tras serpentear los avatares educativos que comenzaron con su inscripción el 5 de enero de 1932, por primera vez y con carácter oficial, en la pequeña Escuela Rural Mixta No. 15 de Birán, donde aprendió los números y las letras.

Mas, para entonces ya había vencido la sensación de sorpresa del día inicial de clases de su vida, pues en septiembre de 1930 se estrenó como alumno en la primera fila de pupitres de hierro y madera con apariencia de ola, que amueblaban el aula multigrado.

Entonces empezó a fertilizarse, además de con sonidos del fonógrafo casero y el telégrafo del pueblo, con nuevos conocimientos desordenados, como una rara semilla destinada a germinar.

(Este artículo pertenece a la Edición Especial de Bohemia (impresa) en homenaje al 95 aniversario del nacimiento de Fidel)

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Toni Pradas

 
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