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Publicado el 29 Septiembre, 2021 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

CIENCIAS MARINAS

Un cucharón para la sopa de plástico

Nuevas tecnologías buscan limpiar las islas de basura que apaciblemente flotan sobre los océanos
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tortuga con una anilla de plástico

Una tortuga con una anilla de plástico que le oprime el caparazón. Foto: Missouri Department of Conservation

Por TONI PRADAS

Bendecido se sentirá un náufrago si sus plegarias son escuchadas y, como ayuda, la marea le lleva una botella plástica donde lanzar al mar un mensaje de S.O.S. en su interior. Y llega no una, sino dos. Y otra. Y cientos más. Sobresaltado, comprobará que no es pesadilla, sino que se halla en medio de una isla de basura. Derrotado, gritará a los cielos y se preguntará por qué no zozobró en otra época de menos polución.

Cuenta la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos que solo en ese país –el de mayor consumo en el planeta–, los plásticos, en la década de 1960, eran menos de uno por ciento de los residuos sólidos municipales. Diez años después constituían más de 12 por ciento y la cifra sigue creciendo logarítmicamente.

Pero no suena tan alarmante ese dato si no se piensa en que un gran porcentaje del plástico producido cada año es utilizado una sola vez, como son las envolturas descartables, o se utiliza para un propósito único. Desgraciadamente, una ínfima parte se recicla o con relativa suerte termina en un vertedero; el resto impactará el ambiente durante varias generaciones.

Aquel plástico que llega a un vertedero encuentra numerosos microorganismos que aceleran su biodegradación. Pero al descomponerse, se libera metano, un poderoso gas de efecto invernadero que contribuye significativamente al calentamiento global. Por suerte, algunos rellenos sanitarios han podido instalar dispositivos para capturar el metano y con este producir energía; sin embargo, muchos no tienen acceso a esa tecnología. A la intemperie, los plásticos también se degradan, pero este proceso tarda más tiempo en realizarse y el gas se libera a sus anchas.

Las malas noticias, se sabe, llegan juntas. Si le pone los pelos de punta pensar en el escenario anterior, es mejor abandonar la lectura de este texto antes de que hablemos del drama de los mares.

Mas, si decidió continuar, debe saber que una gran cantidad de desechos plásticos van a parar a nuestros océanos por obra y gracia de las descargas de aguas servidas, la actividad turística irresponsable y la “limpieza” de los barcos, entre otras fuentes.

Los plásticos suelen tardar un año en degradarse en los océanos, aunque no por completo, y en este proceso ciertos químicos tóxicos, como el bisfenol A y poliestireno, pueden ser liberados.

Según datos que manejan la Organización de Naciones Unidas (ONU) y agencias multilaterales, nacionales, y privadas, un envase plástico se descompone en 500 años (otros calculan mil), un pañal desechable en 450 y un filtro de cigarro, en cinco. Pero otros productos son más duros de pelar. El poliestireno expandido (EPS), que es un material plástico espumado (conocido en Cuba como poliespuma), nunca se degrada.

La polución por plástico puede envenenar a los animales, en particular a los grandes mamíferos marinos. Las tortugas de mar, por ejemplo, suelen tomar por golosinas esos productos y casi siempre pagan caro su gula:​ el plástico les bloquea el aparato digestivo y mueren de hambre. Otros ejemplares quedan enredados en plásticos como redes de pesca, que los dañan o matan al no poder comer.​

Más de 260 especies, incluidos invertebrados, han ingerido o se han enredado con esos elementos artificiales, dicen algunos registros. Se ha estimado que más de 400 000 mamíferos marinos y más de un millón de aves marinas mueren cada año por esa causa.

Este caos puede parecernos ajeno, hasta que una idea nos nubla la cabeza: ¿Cuántas especies del mar que comemos recibieron como dieta, o calaron por su piel, algunas dosis de plástico?

Plastisfera, la capa artificial del planeta
niño

Foto: EcoInventos

Con un absorbente a modo de mondadientes, nuestro hipotético náufrago agradece haber cenado un pez con sabor a pomo. Y mientras entierra los restos espinosos, calcula que si caminara por sobre la alfombra de botellas y bolsas podría llegar a tierra firme.

Hacerlo, claro está, es imposible. Pero la idea tiene su lógica: Existe una gran mancha de basura en el centro del Pacífico Norte (si es amante de la geografía, estas son sus coordenadas: 135° a 15 5°O y 35° a 42°N), cuya dimensión se estima entre 710 000 y 17 millones de kilómetros cuadrados, según el umbral de concentración de piezas de plástico que se considere.

No les falta razón a quienes le llaman continente de plástico, isla de basura o isla tóxica, pues este vertedero oceánico, formado por un vórtice de corrientes oceánicas, tiene concentraciones excepcionalmente altas de plástico suspendido y otros desechos atrapados en las corrientes del giro del Pacífico Norte.

Pero más que de botellas u otros recipientes, su composición es de microfragmentos plásticos del tamaño de un grano de arroz, que contaminan y destruyen lentamente ese ecosistema.

A pesar de su tamaño y densidad, la impura sopa es difícil de ver en fotografías satelitales o localizarse por radares. De hecho, fue descubierta al navegarla Charles Moore, un investigador oceanográfico y capitán marítimo californiano que después de competir en la carrera náutica Transpac, en 1997, decidió volver a casa por una ruta que nadie toma. Entonces dio la voz.

Después de estudiarla sin parpadear, los investigadores calcularon que el área –donde las corrientes predominantes favorecen la creación de masas de agua relativamente estables– puede contener unos 100 millones de toneladas de partículas principalmente, que al ser fotodegradadas son cada vez más pequeñas, pero siguen siendo polímeros. Esa basura proviene de zonas terrestres (80 por ciento) y de barcos (20 por ciento), que las corrientes portan hacia el vórtice desde la costa oeste de Norteamérica, en unos cinco años, y del este de Asia, en un año o menos.

Y, por supuesto, los estudiosos llegaron a la conclusión de que en condiciones similares el fenómeno podría ocurrir en otras partes. En efecto, en 2009 se descubrió la mancha de basura del Atlántico Norte, relacionada con el giro oceánico de esa región. En 2011 se identificó otro vertedero en el Pacífico Sur.

De manera que esta contaminación marina es hoy un problema global: todos los ecosistemas del planeta, hasta la Antártida, sufren sus efectos nocivos y, quién lo duda, también la cadena alimentaria de la que dependen los seres humanos.

Tan globalizado es, que la nueva capa terrícola ha sido bautizada como plastisfera. El término fue acuñado por la doctora Linda Amaral-Zettler, microbióloga marina de varias universidades de Estados Unidos y del Instituto Real de Investigación del Mar de los Países Bajos, quien estudia los efectos de la vida bacteriana que se adhiere, se multiplica y se traslada sobre las superficies plásticas.

“Estaba tratando de pensar en un vocablo conveniente para describir la comunidad…”, recordó Amaral-Zettler a The Guardian. Y acotó: “El término puede ser reciente, pero el fenómeno no lo es: La plastisfera existe desde que existe el plástico”.

De las redes al grifo
Limpieza de los océanos

Bueno es limpiar; mejor no ensuciar. Foto: Theoceancleanup.com

Cómo limpiar los plásticos de los mares ha mantenido a los científicos con más insomnio que la cafeína. Rodeadas de dudas por su impensable costo, diversas ideas han florecido, desde la recogida de parte de los desechos por los pescadores, hasta el uso de navíos y redes que los capturen y lleven a tierra para enterrar.

Hasta que surgió una audaz visión en 2013, el Proyecto The Ocean Cleanup (Limpieza de Océanos), basado en barreras de captura que han tenido que hacer muchos ajustes en su diseño. En un principio, la idea del sistema era anclar una enorme barrera flotante en forma de U al fondo marino, que aprovecharía las corrientes del océano para recoger los residuos de plástico a medida que fueran llegando a la zona.

Las versiones posteriores adoptaron un enfoque de flotación libre, impulsadas por las corrientes, las olas y el viento, a fin de crear así un diferencial de velocidad con los residuos que permitía recogerlos a medida que la barrera se desplazaba por el agua.

Sin embargo, las pruebas realizadas en el continente de basura del Pacífico demostraron que el sistema tenía dificultades para mantener la velocidad necesaria para recoger la basura.

Para sortear el contratiempo, se ideó, entre otras mejoras, un enorme paracaídas diseñado para ralentizar la barrera y mantener una velocidad constante, de modo que el plástico que se movía más rápido pudiera derivar hacia la abertura y permanecer allí.

Pero esto tampoco contentó a los promotores del proyecto. Ni cortos ni perezosos, decidieron recientemente dar un vuelco a su pensamiento y pasaron del diseño pasivo, que dependía de las fuerzas del océano, a otro más eficiente, con propulsión activa.

Este último utiliza embarcaciones tripuladas en cada punto de la barrera en forma de U, que la remolcan a través del agua a una velocidad constante de 1,5 nudos. La idea es canalizar el plástico recogido hacia una zona de retención en el extremo más alejado.

Una de las ventajas de ser remolcada la barrera por barcos con tripulación, es que puede dirigirse hacia zonas de alta concentración de residuos. Otra virtud, según The Ocean Cleanup, es que su ampliación será más viable desde el punto de vista comercial.

Este diseño, llamado Jenny, es el primer sistema a gran escala de The Ocean Cleanup y su barrera tiene 800 metros de largo.

A mediados de agosto se desplegó por primera vez en continente de basura del Pacífico para someterse a más de 70 pruebas distintas durante 60 semanas. Con estos ensayos el equipo pretende no solo validar el diseño, sino demostrar que tiene un impacto medioambiental limitado y no presenta problemas de seguridad, al tiempo que recoge una cantidad significativa de plástico.

Paralelamente, el proyecto quiere recoger gran parte de los residuos cuando llegan al mar desde los ríos más contaminados, con un sistema llamado El Interceptor. De esa manera, espera reducir los plásticos flotantes en el océano en 90 por ciento para 2040.

Las micropartículas, eso sí, no tendrán solución por ahora.

Por tanto, la mejor solución será dejar de usar el plástico como embalaje desechable –compre el contenido y no el continente, recomiendan–, así como concienciar sobre la gestión del reciclaje.

El doctor Max Liboiron, investigador canadiense conocido por sus contribuciones al estudio de la contaminación plástica y por su enfoque anticolonial de la ciencia, lo explica con una metáfora: “Si entraras a tu baño y vieras agua saliendo de la bañera, ¿correrías para agarrar un trapeador o cerrarías el grifo primero?

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Toni Pradas

 
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