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Publicado el 18 Noviembre, 2021 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

CAMBIO CLIMÁTICO

La Tierra en terapia

En la fría cumbre de la COP26, tibios resultados se lograron para frenar el calentamiento global. Pero aún se puede congelar la emisión de gases de efecto invernadero
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Foto: (www.fau.edu)

¿Aplausos? Claro que hubo aplausos, pero la intensidad de estos no fue la que hubiera deseado gran parte de la humanidad. Y no podía ser de otra manera, pues si bien con la firma de los representantes de casi 200 países se alcanzó a última hora un nuevo acuerdo para frenar los efectos nefastos del cambio climático, no resultó ser el compromiso que necesita hoy el planeta para sobrevivir al desastre ambiental, ya en curso, y al susto latente que da sobrepasar una cifra como para tatuar: 1,5 grados Celsius (ºC).

Aun así, la recién concluida Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26, por el número de orden) logró que el llamado Pacto Climático de Glasgow sea el primero que prevé explícitamente reducir el uso y explotación del carbón, el combustible fósil que más gases de efecto invernadero genera.

Resulta curioso que este arreglo se haya logrado justo en esta ciudad escocesa, la tercera más importante del reino (por cierto, hermanada con La Habana en el año 2002). La nombrada Ciudad de la Música por la Unesco debe su esplendor histórico, mire usted, a los abundantes yacimientos carboníferos y fundiciones.

Es como si el alcohólico tuviera la misión de cerrar la taberna al salir el cuco del reloj. Bueno, esta vez al menos logró que los bebedores se comprometieran a beber pocas copas antes del alba.

Y es que no es asunto sencillo reconvertir las matrices energéticas del anochecer al amanecer, ni siquiera para algunos países desarrollados. Por lo mismo, naciones como India y China plantearon a última hora (eso significó extender la reunión una jornada) cambiar la redacción del acuerdo cuando estaba ya horneado, para sustituir la palabra “eliminar” por “reducir” el uso de carbón.

El Estado hindú, por ejemplo, cuestionó la abolición si países como el suyo todavía tienen que ocuparse de sus programas de desarrollo y de la erradicación de la pobreza.

Mientras, sin miramientos, la espada sigue resbalando y se acerca a la yugular del planeta. Los científicos, a la vez, refunfuñan porque si las temperaturas globales se disparan más de 1,5ºC, es probable que la Tierra experimente efectos graves, empezando por la exposición de millones de personas al calor extremo.

De hecho, se esperaba de esta reunión, celebrada entre el 31 de octubre y el 13 de noviembre, que saliera el documento firmado con esa palabra casi obscena hoy: “eliminar”.

Muchos ya se esperaban el resultado timorato. La activista sueca Greta Thunberg –una chica de 18 años que ganó notoriedad desde cumbres previas por su encendido discurso para alertar sobre la crisis climática– sentenció desde los inicios de la COP26 que esta sería un fracaso. Es un “evento de relaciones públicas, donde los líderes dan hermosos discursos”, dijo la paciente de síndrome de Asperger, y flageló a los estadistas por convertir las discusiones urgentes en un “festival global de lavado verde”.

Por “lavado verde” (o blanqueamiento verde) se entiende a la desinformación producida por una entidad o nación para presentar una imagen pública de pulcra responsabilidad ambiental.

“Debería ser obvio que no podemos resolver la crisis con los mismos métodos que nos llevaron a esta situación”, aceleró la activista su verbo durante una manifestación paralela frente a la sede de la convención. Pero dentro, sumando incluso todos los días de sesión, solo asistió un puñado de jefes de Estado.

Gran cantidad de ellos, por supuesto, eligió atender sus asuntos domésticos, en particular la pandemia por covid-19. Fue esta enfermedad, precisamente, la que obligó a trasladar la cita mundial a septiembre de 2021, cuando tocaba su turno el año pasado.

La crisis sanitaria, eso sí, favoreció la disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero gracias a las cuarentenas que oxidaron al mundo durante decenas de meses. Pero casi se han vuelto a reconquistar ya los niveles nocivos registrados en 2019.

El éxito de la COP26 solo se sabrá en 2022, si la COP27 llega a recibir propuestas más audaces. (YVES HERMAN / REUTERS)

En resumen, la COP26 terminó siendo una reunión que no solo alcanzó compromisos limitados, sino que aumentó el desinterés general ante el peligro avisado. Por otro lado, agudizó el enfrentamiento entre naciones ricas y pobres, y entre grandes productores y consumidores de combustibles fósiles con devaneos tecnológicos, más que estratégicos. Pero vagamente y un tanto intoxicado trascendió esto al público. Si acaso mejor, debido la crisis energética, la reconsideración de la tecnología nuclear como energía verde, que sigue siendo privativa y políticamente aireada.

Sonaron más alto ciertos compromisos parciales, como la iniciativa de algunos países y corporaciones para eliminar el uso de los autos con motores de combustión interna en pocos años. O el anuncio de una cooperación entre Estados Unidos y China para conseguir la meta de descarbonización, noticia que fue recibida con alegría… y cautela, pues son los mayores contaminadores con esa matriz energética y, también, dos superpotencias que con frecuencia parecen estar muy cerca de irse a los puños.

No obstante, la piyamada en Glasgow no debe verse del todo inútil. Los líderes, digamos, ajustaron frenar la deforestación para 2030. También acordaron un programa para, en igual fecha, reducir 30 por ciento de las actuales emisiones de metano. Y prometieron entregar más dinero a los países en desarrollo –del lobo, un pelo– para ayudarles a adaptarse a los impactos climáticos.

Esas naciones, esta vez con más decibeles, no ocultaron su descontento por la falta de avances en las llamadas “pérdidas y daños”, un mecanismo firmado en 2013 que establece que los países más ricos deben compensar a los más pobres por los efectos del cambio climático a los que no pueden adaptarse.

Si bien se aterciopeló el lenguaje para apelar a un compromiso tácito, el nuevo pacto rubrica entre sus éxitos la revisión de los planes de reducción de emisiones con mayor regularidad. Es decir, el cabildeo tuvo que aceptar la disminución progresiva del carbón, a cambio del derecho a poner el pie en el acelerador.

Otra victoria alcanzada en la cumbre, sutil como espinas de una flor, se obtuvo también en el polígono de artillería del lenguaje: Por primera vez un documento de las Naciones Unidas menciona explícitamente el carbón como villano; antes solía esconderse su gran responsabilidad con el cambio climático al ser sugerido dentro de un genérico paquete de sustancias innombradas.

Tiznes y bruñidos

Como aguijonazos en la hipófisis, recurrentemente nos martilla la conciencia el enigmático 1,5, suerte de borde del abismo suicida. No queda entonces otra opción que equilibrar como funámbulos y poner jáquimas a las emisiones de dióxido de carbono (CO2), de las cuales es responsable el carbón en 40 por ciento cada año.

Para alcanzar ese objetivo, convenido hace seis años en París, se necesita reducir en 45 por ciento las emisiones globales para 2030 y hasta casi cero a mediados de siglo. En verdad, ha habido avances y sin dudas el divismo del carbón ha terminado ya.

“A todos los países, incluidos los que todavía queman carbón, les interesa hacer la transición a las energías renovables limpias”, aseveró la directora ejecutiva internacional de Greenpeace, Jennifer Morgan. Pero otros están decepcionados, ya que en el documento final de Glasgow solo se ha mencionado a este oscuro combustible fósil que es, esencialmente, un curioso y sólido coctel de carbono con hidrógeno, azufre, oxígeno y nitrógeno.

Tiznar al carbón –si es que eso fuera posible– sirve, según se ha criticado, para dar un pase libre a los países ricos para seguir produciendo petróleo y gas, luego de haber estado extrayendo la piedra y contaminando con su humo durante más de un siglo.

Hoy, cuando las emisiones tienden al alza nuevamente, debería disminuirse velozmente si se quiere limitar el calentamiento global por encima de los niveles preindustriales.

La era del carbón ha finalizado. En la foto, una es-tación de energía fotovoltaica construida en un estanque de peces en Haian, en la provincia de Jiangsu, en el este de China. (STR / AFP)

Para no perder de vista ese propósito, en 2015 se creó el reloj climático. Con media mueca de utilidad y patetismo, muestra lo rápido que nos acercamos a ese valor de espanto, límite inferior del objetivo de temperatura global del Acuerdo de París y, consecuentemente, el umbral para los impactos climáticos. Según el reloj, la nueva estimación de las emisiones de 2021 elimina casi un año de la cuenta atrás. Es decir, ahora estamos a poco más de 10 años de ese número tope, casi zoroástrico, de temperatura.

Los datos de 2016 a 2021 sugieren que, en ausencia de una intervención política adicional, las emisiones mundiales de CO2 seguirán aumentando una media de 200 millones de toneladas (aproximadamente medio punto porcentual) al año.

Según la última estimación del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (conocido por el acrónimo en inglés IPCC), el presupuesto de carbono restante es de 500 000 millones de toneladas de emisiones de CO2 a partir de 2020. Como la factura del bienio de covid-19 ronda los 80 000 millones de toneladas, el presupuesto que nos queda para después es de 420 000 millones de toneladas de emisiones del nocivo gas. Así, cuando liquidemos ese saldo, las temperaturas globales habrán alcanzado ese 1,5ºC.

Dicho de un tirón, la tendencia actual de las emisiones sugiere que ese fatal momento está ahí, a solo 10 años de distancia.

Reducir las emisiones, claro está, puede darnos tiempo, y más si se aprovecha el retraso del reloj gracias al confinamiento por covid-19. Este año, la actualización ha eliminado nueve meses de la cuenta regresiva, que ahora es –contemos los centavos– de 10 años y cinco meses hasta que alcancemos el maldito grado 1,5.

Si se lograra que las emisiones mundiales de CO2 sean nulas en las próximas dos décadas, es muy posible escapar del temido tope. Sin embargo, pocos países –Uruguay, Finlandia, Islandia y Austria– se han propuesto compromisos de emisiones netas cero con un año objetivo en 2040 o antes. Es cierto que la meta es muy ambiciosa, pero no es demasiado tarde para intentar alcanzarla y luego lograr emitir solo los gases que los sumideros naturales del planeta –los océanos y los bosques– pueden absorber.

¿Acaso la humanidad no aprendió con la pandemia a coordinar una acción rápida y de gran alcance, a fin de sacar a la Tierra del salón de terapia intensiva? Pensando como Ko Barrett, vicepresidente del PICC, “la idea de que todavía hay un camino a seguir es un punto que debería darnos algo de esperanza”.

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Toni Pradas

 
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