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Publicado el 29 Mayo, 2017 por Rosa M. Cubela en Consejos
 
 

Para reflexionar acerca del alcoholismo

Es una drogodependencia, definida por un patrón de uso compulsivo que lleva a la persona a ingerir cantidades mayores y por períodos prolongados acompañado de un sentimiento de necesidad irresistible de consumo
Para reflexionar acerca del alcoholismo.

Lo más aconsejable es hablar del consumo responsable que permita evitar conductas de riesgo. (Foto: radioisla1320.com).

A cargo de ROSA M. CUBELA

El alza del consumo de bebidas alcohólicas unido a actitudes permisivas de la comunidad ante su consumo, favorecen los problemas de salud, los conflictos familiares y los desórdenes sociales.

El origen de las relaciones entre el alcohol, el hombre y la sociedad, se pierde a lo largo del tiempo, para darle paso a un problema actual que no respeta cultura, economía ni credo religioso. Los escritos iniciales sobre las consecuencias negativas de este mal se remiten a la Biblia, donde se consideraba la primera enfermedad y el segundo problema social. También Hipócrates se refirió a esta problemática al hablar de la locura alcohólica.

En el año 800 se produjo el descubrimiento del proceso de destilación, lo que permitió aumentar la concentración de los productos alcohólicos y su a vez el poder de daño a las personas. Surgen así, el ron y el coñac.

Actualmente se reporta una alarmante incidencia mundial de pacientes, considerándose esta patología como uno de los principales problemas de Salud Pública y constituyendo una amenaza al bienestar y la estabilidad de la humanidad. El alcoholismo es una drogodependencia, definida por un patrón de uso compulsivo que lleva a la persona a ingerir cantidades mayores y por períodos prolongados acompañado de un sentimiento de necesidad irresistible de consumo.

Las rondas luego del trabajo comienzan a hacerse más largas. La adicción empieza a hacer mella en el salario, en la familia y en las comodidades del hogar. En este último se respira alcohol, se suspira miedo, se crean gritos provocados por el maltrato físico y nacen llantos.

El ser humano no es violento por naturaleza. No obstante, la relación entre consumo de bebidas y conductas violentas constituye un problema social que a menudo tiene repercusión legal, y se ha ido incrementando en la mayoría de las sociedades.

El alcoholismo se define como intoxicación por el alcohol, en que se distingue la embriaguez ocasional o el trastorno temporal causado por el consumo abusivo de estas bebidas. Además, como una enfermedad crónica, progresiva y fatal caracterizada por tolerancia y dependencia física, o cambios orgánicos patológicos, o ambos; todas consecuencia directa o indirecta del alcohol ingerido. Es también considerado como el hábito de beber en cantidades tales y con tal frecuencia, que conduce a la pérdida de eficacia para el trabajo y a trastornos de la vida en familia.

Es un trastorno conductual crónico, manifestado por repetidas ingestas de alcohol que exceden las normas dietéticas y socioculturales de la comunidad y que acaban dañando la salud, las funciones económicas y sociales. Para evitar el riesgo a la adicción, es necesario conocer que el organismo solo está preparado para neutralizar un trago fuerte en una hora; excederse de ese tiempo provoca el estado de embriaguez.

Muy equivocados están quienes mantienen el mito de que para divertirse hay que beber, o con la justificación de las vacaciones, o el fin de semana. En el proceso de uso-abuso-adicción se ponen de manifiesto algunos factores de riesgo y de protección que facilitan o disminuyen la magnitud de su consumo y actúan como mediadores en el grado de vulnerabilidad del sujeto.

Que científicamente esté demostrado que, como resultado de excesos, el alcohol disminuye en más de 10 años el promedio de vida de la población, debería ser suficiente para no cejar en el empeño de combatir esta droga, legal pero que constituye un problema de salud.

Cuba no está ajena a este problema y las estadísticas no mienten. Más del 45 por ciento de la población mayor de 15 años consume bebidas alcohólicas, fundamentalmente en los rangos de edades comprendidos entre 15 y 44 años de edad; mientras la mayoría de los dependientes de esta sustancia tienen edades que oscilan entre 25 y 42 años, según las investigaciones de la Unidad Nacional de Promoción de Salud y Prevención de Enfermedades.

Muchos se escudan en el falso concepto de que el cubano es “bebedor por naturaleza” y lo justifican como parte de nuestra idiosincrasia.

Es clara la tendencia a la iniciación en la ingestión cada vez más precoz, sin establecerse diferencias por sexo, ya que estudios recientes sugieren que las mujeres beben hoy a la par de sus homólogos varones, algo que complejiza este escenario, si tenemos en cuenta que las féminas, biológica y psicológicamente, son más vulnerables.

Es un imperativo para la sociedad cubana saber dónde están las brechas que condicionan esta situación, además de los patrones culturales e imitativos que se repiten al interior de los hogares. Además en nuestro entorno es frecuente transitar por espacios públicos botella (o lata) en mano, y nadie habla de Ley Seca, sino de consumo responsable que permita evitar conductas de riesgo.

Cuando en el mundo, alrededor del 75 por ciento de los enfermos por drogadicción no reciben ayuda profesional, el sistema de Salud cubano ha dispuesto, por otra parte, vías para el enfrentamiento de este mal en todos los niveles de atención médica, a partir de una red integrada de cuidados y diversas modalidades asistenciales para el paciente alcohólico, que van desde la atención primaria en la comunidad hasta los servicios hospitalarios especializados en adicciones. Los Centros Comunitarios de Salud Mental o los equipos de los policlínicos, son eslabones esenciales en la rehabilitación en esta y otras adicciones.


Rosa M. Cubela

 
Rosa M. Cubela