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Publicado el 9 Agosto, 2018 por Rosa M. Cubela en Consejos
 
 

Adolescencia, difícil etapa

Época cruzada de conflictos, puede ser también la más sugerente de la vida. Todo depende de cómo se afronten las diferentes situaciones que se van presentando
Adolescencia, difícil etapa.

Para educarlos no podemos centrarnos en darles o negarles lo que piden, sino en proporcionarles un espacio, una serie de procesos y un marco de límites que favorezcan y alienten el desarrollo de la persona. (Foto: fundacioncadah.org).

A cargo de ROSA M. CUBELA

La adolescencia es una época difícil, a medias entre la infancia y la madurez, en la que se definen tanto nuestro cuerpo como nuestra personalidad. Época cruzada de conflictos, puede ser también la más sugerente de la vida. Todo depende de cómo se afronten las diferentes situaciones que se van presentando.

Lo primero que nos llama la atención de los adolescentes es su forma de actuar. Es cierto que también nos sorprende de pronto su inteligencia, su ternura y su filoso sentido del humor.

Los muchachos parecen tener un radar específico para lo prohibido y peligroso. Son crueles en algunos casos y, más que valientes, temerarios; algunos suelen ser agresivos y soberbios y dañan cosas en ocasiones sin propósito, y frente a este embate, muchos exigen tratarlos como seres extraños o peligrosos a los que hay, ante todo, que limitar. Para esas personas la frase “entender al adolescente” significa un aventurado esfuerzo de convalidación, una justificación de actos que deberían ser reprimidos; en pocas palabras, una invitación al caos.

Muy por el contrario, entenderlos es un esfuerzo que bien vale la pena, en primer lugar, porque nos facilitará la tarea cotidiana de lidiar con ellos. Pero, sobre todo, nos permitirá centrar nuestro esfuerzo en propósitos no simplemente normativos, sino educativos.

Es necesario pensar en nuestra adolescencia, porque es justo ese uno de los pozos donde abrevar es obligatorio. Los adultos solemos huir de cuando éramos así como los que corren de una casa en llamas. Recordamos con parcialidad las cosas que no nos avergüenzan, ni nos entristecen, ni nos enojan. Pero siendo honestos, no nos será difícil encontrar en nuestra propia historia momentos que nos identifiquen con el adolescente que tenemos delante. También nosotros cometimos errores.

Todos sentimos que no se nos escuchaba, que fuimos injustamente maltratados, incomprendidos. Recordemos también en qué forma mirábamos entonces a los adultos. Por tanto el primer paso es tener un acto de honestidad, si somos capaces de recordar quiénes fuimos en esas edades, no nos será tan difícil entender a los que tenemos junto a nosotros. Decir que nuestra generación fue mejor no nos salvará de nada: lo dijeron nuestros padres sobre nosotros.

Convivir con ellos implica asumir el reto de una relación con un ente cotidianamente cambiante. El panorama no es tan negro, pero tenemos mucho por hacer. Fundamentalmente, nos queda el ejercicio de permitir que otros se conviertan en adultos. La adolescencia no es solamente un período difícil para los padres. Es en esencia, la crisálida del ser humano. Para educarlos no podemos centrarnos en darles o negarles lo que piden, sino en proporcionarles un espacio, una serie de procesos y un marco de límites que favorezcan y alienten el desarrollo de la persona.

Los adultos somos el espejo donde los adolescentes proyectan su propia luz. Si proporcionamos ese reflejo y los ayudamos a formular verbalmente lo que está ocurriendo, les serviremos en su complejo proceso a encontrarse con ellos mismos.


Rosa M. Cubela

 
Rosa M. Cubela