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Publicado el 27 Mayo, 2021 por Rosa M. Cubela en Consejos
 
 

Ser madres nos cambia la vida

Un hijo no solo se lleva en el vientre nueve meses, sino en el corazón durante toda la vida porque, además de ser madres por instinto, hay que aprender a serlo con paciencia y dedicación. Eso no significa que no gritemos y perdamos el control cuando rompen algo
Ser madres nos cambia la vida.

Según los estudiosos, las mamás tenemos una desventaja: los niños tienen peor comportamiento cuando están con nosotras que con el resto de los adultos de la familia. ¿Será? (Foto: bebesymas.com).

A cargo de ROSA M. CUBELA

Cuando esto ocurre, la normalidad en nuestra vida simplemente deja de existir. Esos pequeños seres desmontan nuestro mundo nada más llegar, es increíble. Un hijo no solo se lleva en el vientre nueve meses, sino en el corazón durante toda la vida porque, además de ser madres por instinto, hay que aprender a serlo con paciencia y dedicación. Eso no significa que no gritemos y perdamos el control cuando rompen algo, se suben de tono con un vecino o te dan una queja por algo que les has dicho mil veces que no se hace. Hay que tener aguante para educarlos porque ellos no vienen con instrucciones bajo el brazo y un sello de garantía que diga “de buenos padres siempre salen buenos hijos”.

Las respuestas de cómo criarlos no se encuentran en los libros escritos por psicólogos; indudablemente ayudan, pero no dicen qué hacer o hasta cuántos números contar cuando se suben a un árbol o a un muro de donde,  si se caen lo menos que puede ocurrir es que se fracturen un hueso. Tampoco, cómo no perder el control casi hasta aterrorizarte cuando son pequeños y se meten algo por la nariz. Amigos, esas cosas se aprenden con sustos y una cuota de sufrimiento que trae cada ocasión.

Lo más difícil y doloroso de ser madre no es el parto como muchos piensan, yo les garantizo que no lo es. Ese simplemente es el comienzo de nuestra vulnerabilidad, porque el dolor nos traspasa cada vez que se enferman o los vemos en peligro, entonces rogamos y esperamos con desesperación que la medicina cumpla su cometido lo antes posible. Sufrimos cuando los vemos llorar, cuando se caen y se golpean muy fuerte e irónicamente nos sentimos culpables por no haberlo previsto. Morimos de angustia al dejarlos por primera vez en el círculo infantil y verlos con esos ojitos llenos de lágrimas suplicarnos “mamita no me dejes”. Esos dolores son mucho más grandes y lacerantes que los del parto.

Y ni qué decir si nos encontramos lejos de ellos, cuando estamos en el trabajo, en una reunión importante o en una fiesta, a cada instante recordamos su olor, su risa, sus manitas en nuestro rostro y nos asaltan pensamientos como “¿qué estarán haciendo?”, “¿estarán bien?”, “¡diablos!, estoy loca por irme a casa”… y ahí es cuando tenemos que endurecer el corazón, no salir corriendo junto a ellos para asegurarnos de que están bien, que no corren ningún peligro. Nos tenemos que llenar de coraje para no obedecer al corazón, debemos entender que las demás cosas de la vida también requieren nuestra presencia: necesitamos trabajar, tal reunión resulta verdaderamente importante, por lo que no podemos abandonarla. También la fiesta está genial, la estamos pasando súper y en el fondo sabemos que nos hace bien divertirnos un rato para salir de la rutina, de las preocupaciones (menos una, claro, “ellos”); necesitamos un poco de relajamiento por nuestro bien y el de toda la familia para seguir afrontando con energías el día a día y porque lo merecemos como persona.

Cuando crecen, las preocupaciones son de otra índole, tal vez mayores; ya están fuera de nuestro círculo protector y entonces suplicamos al destino a diario que no les pase nada malo, que sepan tomar las decisiones correctas –como les hemos indicado cada día–, que en sus estudios o trabajos salgan adelante para labrarse un futuro merecedor de hombres y mujeres honestos y dignos, que encuentren un amor sincero que los llene de felicidad porque yernos y nueras también nos llegan al corazón, y según dicen los que tienen nietos, cuando esos llegan… esa es la “tapa al pomo”.

Nos duele mucho cuando son injustos con nosotras ante un hecho ocurrido y sin buscar una aclaración nos dicen: “Te equivocaste”, “me hiciste sentir muy mal”, “¿en qué estabas pensando?”. Ahí dudamos si somos realmente lo que ellos esperan y la inseguridad nos golpea, nos lastima. Nosotras que hemos hecho de todo (por que cuando nos convertimos en madres también nos convertimos en enfermeras, educadoras, cocineras, artistas de teatro, etcétera) y lo sacrificamos todo (estudio, trabajo y diversión) por ellos, con placer y dedicación total. Es cierto que a veces nos equivocamos, pero en esos momentos en vez de un duro reproche o palabras hirientes, queremos y merecemos comprensión, escuchar en medio de la conversación aclaratoria de lo ocurrido que nos digan: “Yo sé que no te diste cuenta”, “no te preocupes, solo te lo digo para que entiendas cómo me sentí”, “dame un beso, no quiero que te sientas mal”, “te quiero”. Porque necesitamos saber que nos aman, que todo ha quedado aclarado sin haber levantado un muro entre nosotros. Los hijos no deben olvidar que convertirnos en madre no significa perder nuestra condición de ser humano, por tanto tenemos el derecho de equivocarnos y de rectificar al igual que ellos.

Convertirnos en madres nos transforma en seres vulnerables para siempre. Dondequiera que estamos y escuchamos algo malo que le ocurrió a un niño, un accidente de tránsito, una muerte prematura… nos lleva a una sola interrogante, a un pensamiento que nos parte el corazón: ¿Y si fuera mi hijo? En ese momento no importa lo inteligentes y preparadas que estemos para afrontar la vida, no importa que seamos “duras”, verdaderas “mujeronas” ante las adversidades, nada importa porque sencillamente nuestra condición nos lleva a un nivel muy primitivo de la existencia donde lo más importante consiste en proteger a las crías por encima de todo.

Cuando nos convertimos en madres, todo lo importante que teníamos hasta ese momento, suele pasar a un segundo plano. Somos felices cuando los vemos sonreír por primera vez, intentar dar sus primeros pasos para aprender a caminar y escuchamos sus balbuceos intentando hablar. Sin dudarlo ya no nos importa tanto cumplir nuestros sueños sino ver los de ellos cumplidos.


Rosa M. Cubela

 
Rosa M. Cubela