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Publicado el 2 Junio, 2016 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Cuba antes de 1959

Editorial 1ro. NUESTRA PROTESTA

La Constitución de la República determina clara y explícitamente las condiciones en que debe cumplirse esa enojosa restricción de las libertades públicas dice sin equivoco que debe concurrir un estado de desorden que amenace la paz del país.
Facsímil del editorial publicado el 10 de junio de 1956, edición 24.

Este es el facsímil del editorial publicado el 10 de junio de 1956, en la Revista BOHEMIA. (Fotocopia: GILBERTO RABASSA).

Al restablecerse, con la misma festinación inexplicable e inexplicada que fué suprimida, la libertad de expresión, BOHEMIA quiere hacer patente la opinión pública, más que ante las autoridades, su vertical protesta por la mordaza impuesta a los órganos información.

Jamás fue menos justificada una suspensión de garantías. La Constitución de la República determina clara y explícitamente las condiciones en que debe cumplirse esa enojosa restricción de las libertades públicas dice sin equivoco que debe concurrir un estado de desorden que amenace la paz del país. Y esta circunstancia no se dio cuando el gobierno, precipitada e inconsultamente, suprimió por 45 días el ejercicio de los derechos ciudadanos consignados en la Carta Magna.

El sangriento episodio do Matanzas, al que nos referimos en otro editorial de esta edición, estuvo muy lejos de ser el tipo de acontecimiento que provoca una perturbación intensa y extensa del orden público susceptible de propagarse más allá de las posibilidades normales de represión con que cuenta un gobierno cualquiera. Estuvo, desde el primer momento, absolutamente localizado y dominado. NI siquiera afectó la vida normal de la ciudad en que tuvo lamentable efecto. Tomar pretexto de el para paralizar les derechos de la ciudadanía durante mes y medio en toda la nación representan un abuso de poder contra el cual BOHEMIA —ahora que puede hacerlo- eleva su más enérgica reprobación.

Largos años de dedicación fervorosa y constante a la defensa de los más puros ideales democráticos —los que regaron con su sangro los fundadores de la Patria— y a todas las justas demandas de la con­ciencia nacional, otorgan a BOHEMIA el derecho de levantar su voz. Y no lo hace respondiendo a Interés material o particular alguno. Tiene raíces demasiado firmes en la sensibilidad popular para que la sordina oficial consiga removerlas. Y cuando se ha logrado salir con su tono y vibración acostumbradas —los de la prensa independiente, que honra y prestigia a los pueblos —, sus incontables lectores han sabido a qué atenerse y no le retirado un ápice de su apoyo tradicional.

La inconformidad de esta revista con el eclipse calculado de las libertades tiene orígenes superiores. Protesta severamente contra ello por elemental consecuencia con el principio que siempre ha sustentado sin temor y sin tacha: que la expresión de la voluntad ciudadana es una conquista inseparable de la República, cuya satisfacción no puede estar a merced de las conveniencias y necesidades —ferozmente temporales— de ningún gobierno. Protesta de él porque tiende a prolongar el funesto hábito de suprimir la palabra democrática. Protesta, en fin, porque atestigua una deprimente desconfianza respecto a los órganos de difusión que, como BOHEMIA, han sabido siempre medir sus responsabilidades y jamás han comerciado con la mentira.

No hay lección más elocuente que la de los hechos. Basta mirar los resultados inmediatos de la censura, tanto en el orden nacional como en el in­ternacional, para aquilatar su condición negativa, hasta para el propio régimen que la ejerce. La repercusión exterior no ha podido ser más deplorable. Inmediatamente quedó colocada Cuba en la lista de los estados donde los excesos de autoridad priman sobre los derechos colectivos. Apenas la pesada cortina de la censura quedó corrida, las agencias de Información extranjeras se lanzaron al acecho de las verdades que el régimen de marzo trataba torpemente de ocultar al conocimiento general. Cosa imposible en un mundo donde la divulgación es principio intrínseco de existencia. Y no habiendo podido tapar las evidencias, estalló en la prensa Internada la verídica información, de la situación cubana, con carácter de escandalosa denuncia. Se invirtió de tal modo, para daño del propio gobierno, la función de la mordaza.

Tampoco tuvo la censura de puertas adentro utilidad comparable al daño que causó. Las autoridades no pueden desconocer que hay zonas importantes de la opinión que disienten categóricamente de ellas, Los propios discursos de las figuras oficiales lo atestiguan a diario. Pues bien, el sofocamiento de las libertades añade motivos de resentimiento a los que ya existen, ahonda el descontento nacional y crea a todo lo largo de la isla una atmósfera de desconfianza respecto a los hombres que detentan el poder. Los rumores se convierten en convicciones. Los vicios oficiales corren de boca en boca con velocidad multiplicada, por la misma represión. Y la supresión de noticias y comentarios que tenía por objeto tranquilizar al país, logra justamente lo contrario, acongoja y excita los ánimos, crea un ambiente tenebroso y todo ello repercute sobre las actividades sociales y económicas de la nación. En suma, a cambio de supuestas ventajas de puro orden policial, se infligen daños materiales y morales de enorme trascendencia a la República, y por derivación, al propio gobierno.

Para BOHEMIA —preciso es confesarlo, aunque constituye, por otra parte, un orgullo indeclinable– la censura ha tenido un efecto especial que vale la pena destacar ahora. Mientras duró el indignante “apagón”, esta revista se abstuvo de publicar todo género de noticias y opiniones emanadas de fuentes oficiales o adictas al régimen, lo cual fue una restricción voluntaria añadida a la impuesta y limitó su habitual eficacia periodística. Se hizo así por considerar injusto que solo tuvieran derecho de expresión los que empuñaban la mordaza. Al espíritu ampliamente igualitario y democrático de BOHEMIA le repugnaba profundamente reconocer el privilegio de la emisión del pensamiento según pretendían ejercerlo, negándoselo a los demás, los políticos del régimen.

Nos abstuvimos finalmente, de dar cabida en estas páginas a toda información o crítica lesivas a las dictaduras de otros países americanos, a fin de que no se pudiera acusar a BOHEMIA de ver solo la brizna en el ojo ajeno. Una vez más, en este proceso angustioso que Cuba está viviendo desde hace cuatro años, sentimos en carne viva el bochorno de que nuestra patria, nacida hace solo medio siglo a la bendiciones de la libertad, atravesara en amargo silencio un 20 de Mayo más, y que pensara en el mundo civilizado que los herederos de Martí se veían forzados a ir de cortejo con los demás pueblos hermanos de nuestra América, agobiados por despotismos más o menos siniestros.

Todo esto quiere decir que BOHEMIA, inclusive en el transcurso de la censura, ha sabido cumplir con el deber que tiene contraído desde su fundación con el pueblo cubano. No podía ser de otro modo. A través de las disímiles situaciones políticas, esta revista ha mantenido como divisa dos de primordial importancia: la independencia de su criterio y el rechazo a toda forma de coacción. La imparcialidad política y el probado amor a la verdad le confieren la fuerza necesaria para subsistir con honor, frente a todos los cambios de la escena pública. Y lo mismo que supo salirle al paso, cuando fue necesario, al intento de mordaza de 1950, le pone la tacha que merece al último cepo sufrido por la república. En nombre de todo el pasado y de todo el porvenir de Cuba, que no se repita.


Redacción Digital

 
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