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Publicado el 24 Junio, 2016 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Cuba antes de 1959

Una Lacra Social: La peligrosa organización de los explotadores de menores

Un forastero con automóvil. — Gastando a manos llenas. La partida. — Ofrecimiento y tentación. — El viaje a la capital. — Los primeros días. — El despertar. — “Déjate de melindres”. — Una “atracción” más. — Llega la policía. — Historia de dos hermanas. — “Tú has sido nuestra desgracia”. — Toda una organización. — Los convidadores. — En la lista negra. — ¿Meseras o qué? — Uno que está en la cárcel. — El cabo de la sevillana. — Otra prosa más seca. — Iniciales y retratos. — Para el que quiera ver. — Hay que hacer algo. — Una advertencia y un consejo.

 

Un reportaje de: LUIS ORLANDO CABRERA
Con datos suministrados por la Policía Judicial
Ilustraciones de archivo

De estas cuatro mujeres, la segunda de izquierda a derecha, es una conocida transgresora de la ley. Se la ha acusado de pertenecer a una banda de traficantes de drogas, pero su especialidad es orientar -en el vicio- a jovencitas inexpertas como las dos que están junto a ella, y a las que inició en el mundo de la prostitución. Mujeres como ella son la mano derecha de los proxenetas que se denuncian en es ta información.

De estas cuatro mujeres, la segunda de izquierda a derecha, es una conocida transgresora de la ley. Se la ha acusado de pertenecer a una banda de traficantes de drogas, pero su especialidad es orientar -en el vicio- a jovencitas inexpertas como las dos que están junto a ella, y a las que inició en el mundo de la prostitución. Mujeres como ella son la mano derecha de los proxenetas que se denuncian en es ta información.

La siguiente información impresionará, irritará tal vez, a más de un lector. No se puede siquiera rozar asunto tan crudo, tan desagradable, sin herir de algún modo ciertas sensibilidades. Algunos preferirían, sin duda, no tropezarse jamás con él en las páginas de su revista. Pero con él se tropieza, quiera que no, todos los días y de forma bastante más molesta, buena parte de nuestra ciudadanía. Y no es volviéndole la espalda, ni cubriéndolo con un púdico manto de silencio como evitaremos que el mal prolifere y se extienda. No es negándole, por gazmoñería, la luz de la publicidad como habrá de ponérsele remedio. BOHEMIA no es una revista de escándalo. Eso lo sabe todo el mundo. Pero no es tampoco una publicación que vuelva la espalda a las realidades, por ingratas que sean, cuando al afrontarlas considera que cumple con un deber cívico. Esa es la razón de que se publique este reportaje. Creemos que la lacra que señala está alcanzando proporciones epidémicas y que, por tanto, constituye un peligro, no sólo para las desdichadas víctimas que ya han sido afectadas, sino para muchas otras en el futuro. Señalarla, exponerla, llamar sobre ella la atención de quienes puedan atajarla es, a nuestro entender, una obligación periodística ineludible. Por eso —y no por afán sensacionalista, que no lo necesita esta revista– le damos cabida en estas páginas en la seguridad de que con ello estamos prestando un servicio a toda la sociedad.

El forastero constituía la sensación del pueblo. Buena ropa, trato afable y sobre todo el potente automóvil, eran credenciales que le abrían las puertas de muchas Canal y le facilitaban el trato con las jóvenes del lugar. Tal vez algún padre, receloso ante la presencia de aquel “tipo de la capital”, expresó a su compañera su desconfianza pero su mujer era la primera en con-vencerlo.

— ¡Vamos, déjate de resabios, el hombre es un caballero!

Y si no lo era se portaba como tal. Intimaba con las muchachita, pero también llevaba A. paseara la vieja y a la chiquillería. Además obsequiaba buenos tabacos y no era remiso a meter la mano al bolsillo para ser él quien siempre pagara los trago«. Y cuando alguien preguntaba, curioso, el motivo de su presencia en aquel pueblo campesino, el hombre decía entre dos sonrisas:

—Bah, amigo: La Habana no lo es todo. Me sobraba el tiempo y me dije: voy a conocer ml país. Y eso estoy haciendo. Pero llegaba el momento de partir. Todos eran a sentirlo y el forastero prometía volver y se ofrecía para hacerles cualquier favor “allá en La Habana”:

—Ya saben que siempre pueden contar son un amigo. Quiero devolver las atenciones que han tenido conmigo.

Con las muchachas era más explícito. En cualquier ocasión propicia dejaba caer en los jóvenes oídos una serie de imitaciones:

—Tú eres joven y bonita. No sé por qué te empeñas en enterrarte en este pueblo. En La Habana…

La guajirita, temerosa, repetía lo que le hablan enseñado sus mayores:

—La Habana es peligrosa… Allí hay que tener mucho dinero para vivir

El hombre volvía a la carga. Abría ante los ojos de la joven todo un risueño porvenir y decía:

—Y tú puedes tenerlo. No, no me mires así. Dinero ganado honradamente. Y vestidos, lindos vestidos. Y hasta joyas…

— ¿Tú crees?

—Estoy seguro. Yo puedo conseguirte un buen trabajo. Mira, si te decides me escribes a esta dirección. Yo te esperaré en la Terminal de Ómnibus.

Y deslizaba en la mano de su interlocutora un papelito con unas líneas escritas.

‘Me voy p’a La Habana”

Pasaban los días y la conversación aquella quedaba como un disco en la mente de la muchacha; un disco que ella se complacía en repetir de vez en cuando. Y la idea se convertía en obsesión. ¿Por qué no ir a la capital? ¿Qué iba a hacer en el pueblo? Además podía ganar dinero para ayudar a los viejos, podía tener vestidos como esos que veía en las revistas, podía…

Y se daba a soñar. Y además a convencer a los suyos de lo conveniente que sería que fuese a pro-bar fortuna a La Habana. Y al fin los convencía; reunía en una vieja maleta sus ropitas mejores y tomaba el ómnibus rumbo a la gran ciudad con un mundo de ilusiones en la cabeza, una alegre música en el corazón.

El amigo no faltaba a la palabra empeñada. Allí estaba, bien vestido como siempre; como siempre también sonriente y servicial. La esperaba  en la Terminal de Ómnibus y la llevaba a un apartamento en el Vedado.

Oye…  Pero tú me dijiste que trabajar

—Pues claro.    Pero primero tienes que ver  La Habana. Ya habrá tiempo para todo. Además, quiero que conozcas a unos amigos.

Así las primeras horas, los d iniciales. Música, paseos, buena cama, mejor comida, gente alegre divertida que tratar. ¡Qué gran vida! ¡Si la vieran fulana y zutanita! ¡Seguro se iban a morir de envidia!

Y la guajira vivía su vida, se dejaba llevar; se quemaba las alas en la luz brillantísima de aquella existencia alegre, noctámbula, bohemia.

Después venía un cambio. Como una sencillez, decía una mañana:

—Mira chiquilla. Te voy a llevar a casa de una amiga mía que te procurará la manera de ganarte treinta o cuarenta pesos…

— ¡Cuarenta pesos al mes! ¡Qué bueno!

—Quita allá, tonta, cuarenta pesos a la semana…

Ella se quedaba con la boca abierta y casi le daban ganas de abrazarlo. ¡Cuarenta pesos a la semana. ¡Cuántas cosas podían hacerse con ese dinero! Y poco le faltaba para bailar de alegría.

—Vamos, vamos corriendo a ver a esa amiga tuya.

La realidad

¡Camarera de bar! Muchas jóvenes inexpertas, carentes de trabajo se ven obligadas a aceptar puestos de meseras en uno de los mil bares de la ciudad. En muchos de ellos, no en todos claro está, lo de bar no es más que una mampara para encubrir otras actividades.  Y como en el caso que se expresa en esta información, se explota en ellos a las camareras que para poder subsistir tienen que acceder a los requerimientos de la clientela y pagar al patrón.

¡Camarera de bar! Muchas jóvenes inexpertas, carentes de trabajo se ven obligadas a aceptar puestos de meseras en uno de los mil bares de la ciudad. En muchos de ellos, no en todos claro está, lo de bar no es más que una mampara para encubrir otras actividades. Y como en el caso que se expresa en esta información, se explota en ellos a las camareras que para poder subsistir tienen que acceder a los requerimientos de la clientela y pagar al patrón.

Todos esos sueños se rompían prontamente cuando la muchacha se enfrentaba a la realidad. Llegaba a casa de la “amiga” en horas del día y se encontraba que allí había varias habitaciones y también varias mujeres que pese a estar pintadas y adornadas lucían cansadas, tristes. Allí la dejaba su “protector” y la dueña de la casa era la encargada de abrirle los ojos diciéndole lo que había que hacer para ganar aquel dinero que a ella le había parecido una fortuna.

Al saberlo le daba un vuelco el corazón; se apagaba de golpe aquella música que desde días atrás venía reinando en su interior. Y respondía colérica:

  • ¡Yo no hago eso! ¿Quién le dijo que yo era una cualquiera?

La “señora” la miraba entre burlona y malhumorada:

—Mira, déjate de melindres que sabemos bien que tú no eres ninguna santita.

Y le contaba, sonriente, cosas que ella creía ignoradas por la gente de La Habana.

—Mira, sabemos que tenías un novio. Y sabemos también lo que pasó… ¿Quieres que te siga contando?

Le daban entonces unas ganas inmensas de echarse a llorar; unos deseos enormes de salir corriendo, de volver al pueblo, a la salita pobre, a las veladas en el cine, a las vueltas en el parque, a aquella vida que ella hasta entonces considerara vacía e inútil.

Pero ¿cómo hacerlo? Y ¿con qué dinero?

Y no era la dueña, sino otra de las “inquilinas” de la casa que acababa de abrirle los ojos a la realidad:

Pero ¿cómo hacerlo? Y ¿con qué dinero? Y no era In dueña sino otra de las -inquilinas” de In casa la que acababa de abrirle los ojos a la realidad:

— ¡Vieja, estás atrapada! ¡No te queda más remedio que hacer lo que ellos quieren! Igual me pasó a mí.

Y se fundían las dos en un abrazo. Y mezclaban sus lágrimas. Pero era verdad; no le quedaba más remedio que transigir. Desde ese momento la casa aquella tenía una “atracción” más.

 La Trituradora

Para la novicia la vida se iba haciendo imposible. A costa de su cuerpo tenía que pagar habitación y comida y a precios bien altos. La “señora” llevaba una buena contabilidad y resultaba que la pupila siempre debía algo.

—Te he adelantado para perfume, para crayón de labios, para jabón…

Y si no era para eso era para otras cosas. Nunca podía ponerse en paz, nunca podía contar con dinero suyo. Y así nunca podría huir de aquella casa, librarse de la cadena que le habían impuesto. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a ser de ella?

La respuesta no demoré mucho. La trajeron unos hombres —visita inesperada— que un buen día hicieron irrupción en el local enseñando unas chapas azules:

— ¡Esta vez te has puesto fatal! dijeron a la dueña de la casa.

Pero ella se engallé:

—Fatal ¿de qué? ¿Qué es lo que he hecho?

—Pues sencillamente que tienes una menor aquí. Esa, la nueva.

Y señalaban hacia ella, hacia la guajirita empujada a aquella vida por un proxeneta disfrazado de persona decente. Y se las llevaban a las dos en una máquina, rumbo a un lugar por donde ella no habla estado nunca.

Por mucho que negaran no podían contradecir a los médicos que certificaban que efectivamente la joven era menor de edad. Y la “señora” era enviada al vivac mientras el juez ordenaba que la muchacha fuera entregada a sus padres.

–¡Vamos, chiquilla, no llores! Vas a volver al hogar.

Cien Casos Más

Esa que acabamos de contar es, amigos, una historia real. Pero no es la única. Y todas no acaban igual. En la Policía Judicial, cubiertos por gruesas carátulas de papel amarillo, hay muchos expedientes relacionados con casos como éste. En sus páginas está toda la historia del tráfico nefando realizado por individuos sin escrúpulos que han tomado como centros de operaciones muchos tranquilos poblados del interior de la república.

Lo que acabamos de relatar sucedió —palabra más, palabra menos—a una chiquilla de diecisiete años, de la provincia de Las Villas. Pero ella, repetimos, no es la única.

Otra, O. G. M. –de-dieciséis años, vino también de la misma provincia. La engañó el que visitó su casa como novio de su hermana: L. G. M. que ya se encontraba en La Habana. También a ella le pintó un paraíso; podía vivir como una reina en La Habana, como ya vivía su hermana.

Y la muchacha cayó en la red. Vino a la capital, vivió bien unos días para ser empujada luego a un prostíbulo del barrio de “La Victoria” donde ya se encontraba su hermana. Ambas fueron explotadas por el proxeneta y por su amante, conocida entre la gente de su calaña y en los archivos policíacos como “María Félix” aunque nada se parezca a la estrella mexicana.

Después de mil trabajos, pudieron escapar de sus explotadores pero no de aquella vida. Y dieron tumbos de aquí para allá, de un burdel a otro hasta que las encontró la policía. Contaron su odisea y se puso cerco a “Bebo” el explotador, que vivía con su amante en un hotel y rodaba lujoso carro.

Cuando al fin le sorprendieron negó enfáticamente conocer a las jóvenes pero ellas le restregaron en la cara su infamia:

— ¡Tú sabes lo que has hecho, no puedes negar lo que eres!

Y la otra dijo:

— ¡Tú si nos conoces, tú has sido nuestra desgracia!

“Bebo” siguió negando y con un cinismo inaudito expresó —al ser interrogado sobre su profesión— que era carnicero. La policía comprobó la falsedad de tales afirmaciones, a no ser que el proxeneta haya querido llamarse así para explicar su comercio, no con cerdos y terneras, sino con la carne joven de las guajiritas, a las cuales ha venido explotando.

La Maquinaria

Virtudes y Consulado: luces y copas. Por aquí hay numeroso, bares donde abundan los clientes, sobre toda turistas y marinos yanquis. Entre esta clientela los "convidadores" reclutan los marchantes que después llevan a los prostíbulos de la ciudad. Este elemento constituye el eslabón de enlace entre el "negocio" y el cliente. A la larga los "convidadores" se convierten también en explotadores de las mujeres.

Virtudes y Consulado: luces y copas. Por aquí hay numeroso, bares donde abundan los clientes, sobre toda turistas y marinos yanquis. Entre esta clientela los “convidadores” reclutan los marchantes que después llevan a los prostíbulos de la ciudad. Este elemento constituye el eslabón de enlace entre el “negocio” y el cliente. A la larga los “convidadores” se convierten también en explotadores de las mujeres.

La forma de actuar es poco más o menos la misma. El hombre, bien vestido, buen tipo y con provisión de billetes de banco hace su aparición en un pueblo del interior. Siempre lleva su máquina; ese es el “gancho” principal. Y engatusa a las jóvenes, especialmente a aquellas de quienes saben que han cometido un desliz, que las dejó el novio o algo por el estilo.

Para estas muchachas se hace difícil la existencia en los pequeños centros de población donde se las señala con el dedo. Les urge pues, el poner tierra por medio. Y dan oídos a las promesas del seductor que llega en máquina, con pantalón de dril cíen y alba guayabera. Vienen a La Habana y se encuentran que el trabajo prometido es la venta de su cuerpo joven para con el producto el explotador pueda seguir rodando máquinas, vistiendo bien y dando viajes al campo para engañar más incautas.

Si se revira, si se niega, se encuentra desamparada y sin dinero. En el prostíbulo le quitan la ropa; no les dejan más que la de “trabajo”: unos “slack” o “pescadores” y unos corpiños. Además, como dijimos antes, siempre debe algo a la dueña de la casa.

Además de la amenaza con “picarlas”, en la organización no falta el “guapo” o encargado de estos menesteres, aunque a veces el explotador principal no desdeña realizar también esta función. Y no son pocas las que han sido efectivamente “cortadas.” Por estos hombres sin moral y sin principios.

Hay, además, los que podemos llamar agentes o convidadores y que en el argot del hampa reciben el nombre de “buquenques”. Estos son individuos que deambulan por el Prado, por las tiendas de “souvenirs”, hoteles; lugares accesibles a los turistas y convidan a éstos para pasar un “good time” entregándoles tarjetas en inglés en las se ofrecen a los norteamericanos profusión de placeres, asegurándoles que serán atendidos por bellas damitas.

Si el turista acepta, es conducido en máquina al lugar donde radica el burdel. Allí se le cobran muy buenos pesos, cantidad que se reparte casi toda entre el “buquenque” y la dueña del prostíbulo. La que pone su cuerpo —la víctima—recibe sólo una ínfima parte de lo entregado por el extranjero.

Y se da el caso de una doble explotación. La joven, a la que ya esquilma la dueña es explotada también por el agente. Este a veces pide dinero; otras demanda concesiones íntimas. Si no las obtiene declara la guerra a la renuente y la coloca en la lista negra. Si el cliente fija en ella los ojos lo apartará de inmediato diciéndole en voz baja que no se meta en eso, que esa mujer está enferma o es de un carácter grosero e intratable.

 Los Bares

A veces la explotación se realiza en otros lugares. Las mujeres son llevadas a alguno de los infinitos bares que existen en la capital donde se las obliga a trabajar de “meseras” y además complacer a los clientes que quieren algo más que un jaibol o unas cervezas.

Sobre esto de los bares se han escrito infinidad de trabajos y se ha hablado mucho también. No vamos a insistir en el tema ni queremos decir que en todos se explote así a las camareras ni que éstas todas vendan sus cuerpos. Pero si queremos referirnos a un hecho concreto.

En el pasado mes de abril la policía se personó en uno de estos lugares, el llamado “Nuevo Bar” de la calle Consulado 157. Existían numerosas quejas de los vecinos sobre las actividades que se desenvolvían en el lugar que aparecía como “Club”.

La judicial comprobó allí la presencia de diez o doce meseras entre ellas dos menores de edad: A. C. T. de dieciocho años y R. R. D. con uno menos. Y descubrió también habitaciones interiores, amuebladas a todo lujo, para los clientes que pedían otra cosa que no fuera música y bebidas.

Se supo también en esa oportunidad de la existencia de un “reglamente interior” por el que se regían las “meseras” y que era como un grillete para las pobres caldas en las redes de los explotadores. Se fijaba un horario de “trabajo” y se establecían las indemnizaciones que había que abonar al propietario si la empleada abandonaba el local con un amigo ocasional; es decir si trabajaba por su cuenta.

Aquí, como se ve, se las explotaba abiertamente. Las páginas de policía de los periódicos recogen otros muchos casos escenificados en esos lugares. Maltratos, escándalos, riñas. Y en ocasiones, las infelices meseras han encontrado además de la explotación y el deshonor otra cosa peor: la muerte, como sucedió a la infeliz Otilia Morales Rodríguez, muerta a tiros el diez de marzo pasado en el bar “Roma” de Jacomino por uno que la pretendía y que no pudo lograr sus favores.

Con esos ejemplos nos parece que basta.

La Impunidad

Una de los lugares de operación de los explotadores es la Terminal de Ómnibus. Esperan allí a las jóvenes que llegan del interior de la república con un mundo de ilusiones y la esperanza de hallar trabajo. Las engañan con su apariencia de personas decentes pero después las agarran y las obligan a "trabajar" en los prostíbulos que regentean en diversos barrios de la ciudad. La Terminal de ferrocarril, las agencias de colocaciones y los bares constituyen otros lugares de operación

Una de los lugares de operación de los explotadores es la Terminal de Ómnibus. Esperan allí a las jóvenes que llegan del interior de la república con un mundo de ilusiones y la esperanza de hallar trabajo. Las engañan con su apariencia de personas decentes pero después las agarran y las obligan a “trabajar” en los prostíbulos que regentean en diversos barrios de la ciudad. La Terminal de ferrocarril, las agencias de colocaciones y los bares constituyen otros lugares de operación

Explotadores hay que tienen dos y tres prostíbulos cada uno de ellos regenteados por una de sus amantes. Estas tienen nombres peculiares: “la Gallega”; “la Manchada” y otros como el de nuestra ya conocida “María Félix”. Casi todos tienen automóvil, brillantes, gruesas cadenas de oro y muy buena ropa. Eso en ellos constituye, como en los artistas, parte de las cosas necesarias para el “trabajo”. Hay que impresionar, dar la sensación de estar bien situado en la vida, de no tener complicaciones. Y con el dinero así habido se puede ser maniabierto. Por eso gastan y convidan sin dejar que los otros paguen; ¡Ya saldrán nuevos billetes de los encantos de la incauta que se deje atrapar por ellos!

A veces el trabajo es todavía más fácil. No tienen siquiera que dar el viaje al interior de la república. Las víctimas pululan por La Habana que está llena de muchachas que salieron de sus casas por iniciativa propia para dirigirse a la capital en busca de trabajo, para colocarse de criada, manejadora o cocinera y tener unos pesos que mandar al hogar.

Y los explotadores, como aves de rapiña, las buscan con ojo de buen conocedor. Las encuentran en la Terminal, en las agencias de colocaciones, las reclutan también entre las que salen de Aldecoa y temen volver al hogar aunque como en casos que conocemos —el de N. V: o el de M. B. G.— hayan tenido que falsear para ello la edad de las mismas.

Hay algunos a los que la suerte les sonríe. La “pesca” siempre produce. Así a comienzos de marzo la policía encontró en dos burdeles de La Victoria, situados uno en Pajarito y otro en Xifré nada menos que a siete menores de edad traídas mediante engaño de distintos términos del interior.

El propietario del prostíbulo de Xifré, se encuentra actualmente guardando prisión, pero la casa sigue funcionando.

Pero este caso no es el más corriente. Los explotadores pocas veces pagan sus culpas. Es muy difícil hacerles caer en la prisión. Y por ahí andan impunes los “Bebos”, los ‘Chinos” los “Yuyos” y cien tan malvados como ellos. Y la cosa es explicable. Cuando las perjudicadas se disponen a acusar, tanto ellas como sus padres son amenazados por individuos dé la cofradía, por los guapos de la organización que no son remisos en enseñar el cabo de la sevillana para amedrentar más al pobre guajiro o a la chiquilla infeliz que sabe ya como las gastan estos “señores”.

Por eso es muy difícil que la acusación sea mantenida hasta lo último. Y el explotador queda en libertad. Y en los casos examinados por el reportero hemos encontrado algunos en que los acusados salieron del Juzgado graciosamente para la calle sin más trámite ni más contrariedad.

Las jóvenes optan en muchos casos por volver al lado de los suyos. En otros, ya pervertidas, vuelven a caer en lo mismo, ya por su voluntad y a veces justo es confesarlo, lo hacen por el temor de enfrentarse a la cólera paterna, de ir a su pueblo a hacer frente al “qué dirán”.

Una Aclaración

Por esas que han tratado de re-comenzar sus vidas es que guardamos en secreto sus nombres poniendo sólo, en ocasiones, las iniciales. Por eso también creímos impropio poner aquí sus retratos. Queremos darles la oportunidad de seguir por el camino honesto, del trabajo, del bien.

Pero no se crea por eso que este reportaje es sólo literatura o imaginación reporteril. ¡No, nada de eso! Lo que narramos aquí más menos periodísticamente está escrito en otra prosa más seca, más aterradora por su misma carencia de giros y figuras, en los expedientes de la Policía Judicial.

Allí están los nombres, apellidos y los retratos tanto de las perjudicadas como de sus explotadores. Allí hay toda una galería de caras jóvenes y bonitas de guajiritas de aquí y de allá traídas a la capital con la historia fascinante de un trabajo bien remunerado, de buenos vestidos, de un porvenir mejor.

Allí están también; cínicos, desvergonzados, crueles, los rostros de los que explotan a esas muchachas; de los que se aprestan a seguir por el mismo camino buscando cada día nuevas víctimas en la próvida cantera que le ofrecen nuestras poblaciones del interior donde hay tanta hambre, tanta miseria, tanta ignorancia.

Este es —lo sabemos— un reportaje cruel y descarnado. Dice duras verdades, verdades que dolerán y que darán que hablar. Tal vez los mojigatos nos señalen con el dedo por haber dicho cosas que ellos quisieran mantener tabú. Pero el periodista —si lo es de veras— debe usar la palabra para decir la verdad, aunque duela, aunque hiera

Por eso, por tener esa firme creencia en el papel de la prensa, es que hicimos este trabajo, más que un reportaje, un documental. Sus personajes están ahí, vivos, al alcance de la mano, a la vista de todo el que quiera ver.

Una Invitación

Hay una novela policial de Carter Dickson; “The Peacock Feather Murders” a la que sus traductores pusieron como título en español el muy sugestivo de: “La Policía está Invitada” y que le viene bien por peculiaridades de la trama.

Pues bien, parafraseando a los que tomaron ese título, repetimos la frase. Sí, la policía, está invitada. Está invitada, no a presenciar un asesinato como en la obra de Dickinson sino a evitar que se sigan cometiendo esos crímenes. La Judicial 9 ha actuado en numerosos casos, —por ello la saludamos— pero esa no es su misión. Esa es una policía de investigación judicial. Hay otros cuerpos para la represión del delito, para la persecución tenaz, incansable, del delincuente. Y ¿qué hacen a este respecto? Los invitamos a hacer algo. Hay que hacerlo por el futuro de tanta chiquilla indefensa, de tanto padre anciano e infeliz. Hay que hacerlo por decoro, por dignidad, por sentido de la responsabilidad.

Y si nada se hace, queden al menos estas cuartillas como una advertencia a las jóvenes inexpertas, a los padres ciegos: ¡Cuidado, mucho cuidado con los desconocidos que llegan a tu pueblo haciendo ostentación de buena ropa y auto lujoso! ¡Mírate en este espejo que te hemos mostrado! ¡Sálvate, guajirita!

 


Redacción Digital

 
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