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Publicado el 19 Agosto, 2016 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

LA INEPTITUD OPOSICIONISTA: UNA TRAGEDIA NACIONAL

 

Por LEOPOLDO PÍO ELIZALDE
Fotocopia: YASSEL LLERENA

 Consejo de Ministros de Batista.

“El Consejo de Ministros con que inicia su período constitucional el Presidente Batista constituyó un mensaje de paz…”

El Dr. Carlos Prio Socarras emigró otra vez. Como en la ocasión anterior, su viaje tuvo los síntomas inequívocos de una fuga. Hombre práctico, en ambas oportunidades prefirió el exilio, aun con los ominosos regateas inmigratorios en que está envuelto, a otras situaciones más heroicas. Detrás de él y como resultado de su conducta quedaron algunos adictos muertos, encarcelados o fugitivos; un número indeterminado de armas diseminadas por todo el país y un ambiente nacional preñado de interrogaciones Sometido al recuerdo obsesionante de su pasiva actitud frente al 10 de marzo y enceguecido por su ambición de regresar a la Presidencia, desechó la posibilidad de emerger como vencedor poniéndose al servicio de la paz y la unidad nacional, y optó por convertirse en el agente más activo de la perturbación y la discordia. Un éxito, sin embargo, hay que reconocerle: partidos y líderes que otrora lo aborrecían se inclinaron ante su liderazgo ora participando directamente en sus planes subversivos, ora propiciándolos al sabotear los entendimientos politices con consignas radicales. No es aventurado aseverar, por tanto, que de la situación actual son culpables, parejamente, el ex-Presidente fugitivo y el resto de la oposición.

La posibilidad de que el poder oscile como un péndulo entre los partidos hace deseable, por sobre los intereses particulares y las pasiones sectarias, que cada grupo político cuente con equipes capaces de regir, cuando le corresponda, la vida racional. Esa capacidad es necesaria asimismo fuera del poder porque la función oposicionista tiene un carácter público y desenvuelta altamente produce un saludable equilibrio en la vida pública de la nación.

Un examen de la conducta y pronunciamientos de los sectores y líderes del país, a partir del 10 de marzo de 1952 conduce a la conclusión de que nunca hemos tenido una oposición peor dotada ni más huérfana de ingredientes ideológicos. Contrariamente nunca una situación gobernante se ha autolimitado tanto ni ha hecho tantas concesiones a sus adversarios. Visto con objetividad el proceso político cubano desde la fecha mencionada es la historia, por una parte, de la ineptitud oposicionista y, por otra, de los esfuerzos de un líder chico militar para no convertirse en dictador.

En efecto, por la forma en que conquistó el poder y las circunstancias imperantes en la oportunidad en que lo hizo, el general Batista hubiera podido establecer un gobierno de facto y entregar a los tribunales como acusadas por numerosos delitos comunes a los que durante ocho años lo persiguieron a él y a sus amigos. No es necesario ser un diplomado para saber que tales reacciones se encuadran dentro de la más ortodoxa tradición política de este hemisferio Sin embargo, ayuno de rencores y odios, convencido de que esa política de revancha dividía más a la nacida quebrantado ya, garantizó la vida y hacienda de sus enemigos, respetó instituciones, estableció non.as que restringían su poder, gestionó que otra persona asumiera la presidencia de la República y en vez de esperar a que la oposición se cansara de demandar comicios generales, señaló éstos para una fecha inmediata contrariando el criterio de muchos adictos. ¿Quién, en circunstancias análogas, procede así? Vale señalar, otra vez a nuestro propio continente para encontrar la mejor respuesta a esa pregunta.

Era lógico que los adversarios del nuevo régimen desearan su cese en la fecha más próxima. Si teóricamente había dos caminos para lograrlo, el de las armas y el de las urnas, el propio Batista, consecuente con su espíritu democrático y los intereses del país, lo redujo a uno, el de las urnas. La repudiación de esos comicios fué una infracción del sentido común, una traición a las masas de los partidos oposicionistas y un grave daño inferido al país que vio frustrarse la posibilidad de normalizar rápidamente su situación política sin traumatismos innecesarios. Hasta Grau San Martín, formulador y defensor de la tesis correcta, en el último minuto hizo causa común con la insensatez al retraerse de las elecciones que, celebradas el 1ro de noviembre de 1954, hubieran podido efectuarse dos años antes.

El Consejo de Ministros con que inicia su periodo constitucional el presidente Batista constituyó un nuevo mensaje de paz y de buena voluntad incomprendido desdeñado por los oposicionistas.

Inmediatamente después de organizado el gobierno del 10 de marzo, sus propios adversarios establecieron la dicotomía de tanquistas y civilistas para para calificar a sus más destacados integrantes, censurando acremente al Jefe del Estado porque mantenía en posiciones representativas a miembros del primer grupo en tanto se encontraban desposeídos de influencia política los individuos reputados como temperantes o conciliadores que forman el segundo grupo. Esas circunstancias, según dicho criterio, demostraban el poco interés del presidente Batista en arribar a soluciones. El nuevo gabinete, presidido por el doctor Jorge García Montes, no solo respondió a la mayoría de los casos a las necesidades técnicas del Gobierno, sino a las que parecían exigencias políticas de la oposición. Una serie de actitudes y hechos subsiguientes confirmaban el vehemente deseo del Primer Magistrado de auspiciar el restablecimiento de la concordia; por ejemplo: la amnistía, el regreso del doctor Prío, los actos de propaganda política, convocados por éste y por la SAR y el diálogo cívico.

No hay que aportar pruebas para para demostrar el fracaso de la amnistía, considerada como prerrequisito de la convivencia social y de la paz moral. Es cierto que algunos de sus beneficiarios han abandonado las actividades conspirativas, reintegrándose a la política y a sus respectivas profesiones. Empero no es menos cierto también que en lo fundamental el perdón sirvió para forzar el propósito bélico. No era a impulso de las pasiones, sino de la más lúdica previsión que se opusieran a la medida algunos personeros del Gobierno. La experiencia enseña que la amnistía política, para que llene su cometido social, tiene que ser el producto de dos situaciones: de un previo entendimiento que puede ser tácito o del reconocimiento de su derroto por parte del sector beneficiado. En el momento de aprobarse la amnistía no estábamos frente a ninguno de esos casos. Por el contrario, los planes antipacifistas continuaban desenvolviéndose Sin embargo, Batista propició el perdón consciente de que eran mayores las posibilidades de estimular el fuego que de aplacarlo.

¿Quién duda que el regreso de Prío estaba vinculado a una tentativa insurreccional frustrada en las vísperas por la eficiencia de nuestros cuerpos policiacos? ¿No es notorio que la dramática confesión que hiciera acerca de sus actividades revolucionarias y la promesa de modificar su conducta no le impidieron convertirse en promotor de desórdenes y en organizador de revueltas? Y a pesar de todo ello las garantías que el Presidente le ofreciera funcionaron tan ampliamente que hasta sirvieron para protegerlo de sus propios secuaces.

¿En cuanto a los mítines auspiciados por los auténticos y la SAR hubieran podido celebrarse sin el permiso de las autoridades? ¿Podía desconocer el Gobierno la agitación y propaganda que se derivarían de dichos actos?

¿Y qué decir sobre el diálogo cívico? Únicamente los estólidos no se percataron de que se trataba de una discusión acerca de la legalidad del régimen, y que aceptarlo sólo representó por parte de éste una concesión que trascendía a su propia existencia. La misma proposición de los delegados gubernamentales, motejada de dilatoria, tenía ese espíritu suicida.

Con la esperanza de que en algún momento la inteligencia enseñoreara la actuación de sus opositores, el presidente Batista ha otorgado fórmulas y mercedes, soportado la deslealtad y la Insidia, arrostrado la amenaza y la emboscada, consentido la insolencia y el desenfado, y resistido las presiones sugeridas de una política más fuerte; en suma, son riesgos evidentes para su integridad personal y la seguridad del régimen ha preferido ser tan tolerante que a veces el Gobierno, reputado de dictatorial, ha lucido, paradójicamente, como “cercado” por una oposición empeñada en aumentar, con el Presidente cubano, la lista de los “hombres fuertes” en este continente.

¿Por qué lucha la oposición? Los objetivos nominales de los adversarios del régimen han va ‘ciado, según el momento. La primera consigna levantada fué el restablecimiento de la Constitución a pesar de que las Estatutos de la provisionalidad recogían sus principios y normas fundamentales. Otra era la supresión de la facultad legislativa que tenía el Consejo de Ministros. Al ponerse en vigor de nuevo la Carta del 40 y constituirse el Congreso, el punto de mira se trasladó, sucesivamente, a la consecución del perdón para todos los encartados en los diversos procesos políticos, al logro de “garantías” y a la celebración de elecciones generales, utilizándose la SAR como Instrumento de propaganda a ese último respecto.

Las contradicciones y duplicidades de tales posturas son numerosas. Así se promulgó la vigencia de la Ley Fundamental y una vez lograda se la quiere desconocer en lo que concierne a las elecciones parciales que la misma dispone; se repudian las elecciones generales, celebradas el 1ro de noviembre de 1954, mientras se le reconoce jerarquía representativa a los congresistas de la oposición electos en esos comicios; se afirma que la amnistía fué concedida por constreñimiento de la opinión pública que la reclamó en bien de la paz en tanto la mayoría de sus beneficiarios –con burla para todos— no ha desistido de la guerra; se demandan “garantías”, entendiéndose por tales la inacción policíaca, y se las utiliza para el trasiego de armas y la organización de hechos como el ataque al Regimiento Goicuría; en fin, se simula la mayor veneración por don Cosme de la Torriente considerándosele un personero de los fundadores de la Patria y, sin embargo, se le engaña sin escrúpulos al convertirlo en cortina de humo de los verdaderos objetivos oposicionistas que hasta ahora han, sido socavar institucionalmente el Gobierno, debilitar su apoyo popular, divertirlo y entretenerlo mientras se hacía posible el asalto armado al poder. Que el doctor Prío ha sido el factor principal en esos planes no ofrece dudas pero el ex-Presidente ha tenido injustificables colaboradores sin los cuales no hubiera podido avanzar en su siniestra maniobra. Facilitándola y desarrollando sus respectivos juegos, a su zaga han estado Gran San Martín, cuya edad no le permite esperar mucho para intentar otra vez su regreso a la primera magistratura, los ortodoxos con su infantilismo político y su moral acomodaticia, los demás grupos sin masa aunque con dirigentes de ilimitada avidez cuya vigencia depende de la subversión política. Ha contado también como factor aliado con la falta de carácter de numerosos representativos dispersos en todo el mosaico oposicionista que, no obstante tener conciencia de cuál es el mejor camino carecen de valor para manifestarlo. No hay que decir que si Batista decidiera “entregar” el cargo o en el caso improbable de que fuera derrocado el país sería desgarrado en la lucha feroz por apoderarse del gobierno que escenificarían estos sedientos de poder. Porque sólo el poder obsede a esos señores sin que puedan invocar válidamente factores ideológicos como móvil de su postura. Y es natural que sea así. ¿Qué ideología puede haber en los que utilizaron el gobierno para saquear el Tesoro Público, en los que pusieron en peligro la estabilidad de la moneda, manteniendo en la circulación millones de pesos “incinerados”, en los que apedrearon el Congreso, coartando su libertad y prerrogativas, en los que convirtieron La Habana en una selva poblada por cazadores de hombres, en los que utilizaron la violencia y el dinero para destrozar a los partidos de oposición, en los que amenazaron al Poder Judicial e hicieron mofa de muchas de sus sentencias? ¿Qué ideología pueden invocar los que después de haber sido abanderados en la lucha contra tales crímenes los han cohonestado vinculándose a sus autores y propiciando el retorno de éstos al gobierno? No sorprende que quienes así actúa ron pretendan lograr sus objetivos afectando el orden público y la estabilidad económica del país con el fin de soliviantar al pueblo por medio de la ansiedad y el hambre, en alianza tácita o expresa con las ideologías antidemocráticas; minando las organizaciones obreras que así debilitadas serían víctimas propiciatorias de todos los radicalismos; facilitando nefandamente la agresión extranjera y pactando con ella; aplaudiendo la conspiración militar con lo cual han revelado que las censuras al régimen por su origen castrense carecen de sinceridad; halagando las fuerzas armadas e incitándolas a la traición mientras organizan la matanza de sus miembros; fomentando el fratricidio mediante la distribución de armas en todo el país; impulsando al desorden y al crimen a la juventud sin parar mientes en el daño irreparable que le ocasionan al futuro de la República necesitado de generaciones convenientemente habilitadas para asumir la dirección de la sociedad.

¿Proveerán alguna lección los últimos acontecimientos? Ojalá que así sea porque hasta ahora los hechos parecen indicar que la oposición ahíta de pasiones y vacía de inteligencia —para no hablar de patriotismo— le ha dado carácter de duelo mortal a lo que parecía ser una lucha cívica en cuyo proceso se demostrara que un eventual triunfo en próximos comicios no significaría el exterminio del adversario. Torpemente ansiosa, no desea ni sirviera esperar esa oportunidad y anhela exterminarlo ahora. En esas condiciones el “tanquismo” es una necesidad impuesta por el espíritu de conservación. Claro que, al cabo, la que pierde es la Re-pública, pero los mayores culpables serán quienes obsedidos por el odio y la ambición ni siquiera titubean en someterla al extranjero.


Redacción Digital

 
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