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Publicado el 4 Agosto, 2016 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Un relato de interés humano

SANGRE Y MUERTE EN “LOS TRES CRISTALES”

Trasnochadores y Cinéfitos. — Una pareja como tantas otras. — Los gritos de Ofelia. — Un cuadro impresionante. — Clavado hasta la cruz. — Una larga velada. — La vida triste de Ofelia Martínez. La hija enferma. — Asediada por los enamorados. Una nueva vida.-- Sueños y esperanzas. — Los días difíciles. — Perseguido por los acreedores. Un cerebro perturbado.-- Conversación mañanera. — Comentarios crueles-- El secreto de Manolo. Juntos en la morgue. — El perdón de la muerta.

Un reportaje de LUIS ORLANDO CABRERA
fotos: ALTUNA
fotocopias: Yassel Ledesma

En el interior de esta casa se desarrolló la tragedia. Allí pusieron ellos el negocio humilde que pensaron les daría para vivir, les serviría para independizarse. Allí supieron también de un nuevo golpe de la mala suerte. Y un domingo, cuando otros se divertían, Manolo puso punto final a sus vidas. Para ello cosió a puñaladas el cuerpo de la amada y después se clavó el arma en el corazón.

En el interior de esta casa se desarrolló la tragedia. Allí pusieron ellos el negocio humilde que pensaron les daría para vivir, les serviría para independizarse. Allí supieron también de un nuevo golpe de la mala suerte. Y un domingo, cuando otros se divertían, Manolo puso punto final a sus vidas. Para ello cosió a puñaladas el cuerpo de la amada y después se clavó el arma en el corazón.

HABÍAN dado ya las doce. En los bares del barrio de Colón grupos de hombres, clientela dominguera y trasnochadora, bebían, charlaban y reían. Por la calle de Trocadero pasaba mucha gente: eran los cinéfilos que regresaban de algunos de los múltiples cinematógrafos de la barriada, gente de pueblo que una vez a la semana sale a distraerse y después de ver dos películas va a acostarse tras comerse una frita o en “perro” caliente.

Dos personas —hombre y mujer—se quedaron en Trocadero 161 bajos. El metió la llave, abrió la puerta y dejó pasar a su compañera. Ella era hermosa y trigueña, corta las melena bruna y grandes los ojos que alguien que la observase bien podía notar un velo de tristeza. Él era alto y fuerte, empezaban a blanquearle los cabellos en torno a las sienes, pero se vela a las claras que no hacía muchos años que habla traspuesto los cuarenta, esa edad en que muchos aseguran que comienza para los hombres, la verdadera vida.

La sala de la casa estaba ocupada por un modesto establecimiento, uno de esos cafecitos que tanto abundan en la capital y en los cuales puede obtenerse un refresco, un batido o un café de a tres kilos. Tenía un nombre antipático: ”Los Tres Cristales y era el medio con que la pareja iba tirando por la vida.

Más adentro estaban las habitaciones del matrimonio, un patiecito, el baño, la cocina. Vivían solos y si algo hablaron, nadie los oyó, aunque los vecinos de los altos no se habían dormido todavía.

Pasaron así unos minutos: quince o veinte, tal vez sí media ahora. La señora de los altos luchaba en su lecho por conciliar el sueño, ya que entre el calor y el persistente sonsonete de una vitrola no muy lejana, le impedían dormirse. De pronto, de los bajos le llegó clara y distinta la voz de su vecina que gritaba:

— ¡No Manolo, Manolo… Manolo… o… o…!

Pilar se incorporó en el lecho y llamó a su esposo:

—Fernando ¿has oído?

El no tuvo necesidad de responder. De los bajos subía, suplicante, la voz de la mujer:

— ¡No Manolo, Manolo… o… o…!

Fernando Quiñones y su esposa se lanzaron de la cama. Ella llamó:

— ¡Ofelia!, ¿qué te pasa?

De los bajos fue una voz masculina, la de Manolo, la que respondió:

— Nada grave Pilar. Es que a Ofelia le ha dado un ataque.

Pero para desmentir la tranquila afirmación, un grito rasgó la noche:

— ¡Pilar! ¡Auxilio, que me matan! ¡Auxilio…o…!

Quedaron un instante paralizados por la sorpresa. Pero aquella voz que clamaba por protección y amparo era como un motor que les impulsó escaleras abajo. Aun antes de bajar Pilar dijo en voz bien alta para que en los bajos pudieran oírla:

— Manolo, voy a buscar un policía…

Nadie respondió. Llegaron a la calle y por suerte divisaron en Trocadero y Consulado la figura en azul de un guardador del orden. Era el vigilante 1779 Armando Díaz Truffin, que no estaba precisamente de servicio. Pero cuando Quiñones le contó lo que sucedía fué con el matrimonio hasta la casita situada a mediación de la cuadra.

El vigilante dejó caer el puño autoritario sobre la puerta. Nadie respondió a la llamada. Y Pilar dijo:

— Espere, yo tengo llave.

Por fortuna había bajado con su llavero. Era cierto, ella tenía llave de los bajos. Pero el yale no abrió.

— Está puesto el pestillo por dentro.

— Es cierto. Hay que forzar la puerta.

Y el vigilante le dio con el pie un fuerte golpe a la madera no muy segura. Un empujón más y la puerta cedió. Entraron y encendieron la luz. Pasaron tras el mostrador y dejaron atrás los anaqueles con las botellas de refresco y las latas de jugo de tomate. Pronto sus ojos descubrieron en el patio, junto a la puerta de la habitación, un cuerpo de mujer. Estaba totalmente desnuda, pero bañada en su sangre. No hacía falta ser médico para asegurar que la infeliz estaba muerta. Pilar lanzó un grito:

— ¡Ofelia! Pobrecita, ¿qué te han hecho?

Y no pudo decir más. Quedó allí, temblorosa, junto al marco de una puerta, sin atreverse a dar un paso más hacia la muerta. Los dos hombres siguieron hacia la habitación. Allí les esperaba otra escena de muerte y horror. Sobre la cama estaba un hombre, igualmente desnudo. En el pecho, del lado izquierdo, sobre el corazón, tenía clavado un cuchillo del cual no sobresalía más que el mango. Como la mujer, estaba bañado en su propia sangre.

Bella todavía en el eterno sueño de la muerte, Ofelia Martínez yace sobre la mesa de la morgue habanera. El cuerpo hermoso que los hombres codiciaron está cubierto de sangre, la cabellera negrísima enmarca el bello rostro donde no se retrata el miedo ni el horror. Y la mano derecha sobre la mesa vecina, donde está su victimario, parece tenderse en un gesto supremo de perdón.

Bella todavía en el eterno sueño de la muerte, Ofelia Martínez yace sobre la mesa de la morgue habanera. El cuerpo hermoso que los hombres codiciaron está cubierto de sangre, la cabellera negrísima enmarca el bello rostro donde no se retrata el miedo ni el horror. Y la mano derecha sobre la mesa vecina, donde está su victimario, parece tenderse en un gesto supremo de perdón.

El vigilante salió a dar parte a sus superiores. Se constituyeron las autoridades y se iniciaron las primeras diligencias. El forense reconoció los cuerpos y certificó la muerte. La mujer –Ofelia- tenía múltiples heridas diseminadas por el cuerpo; el hombre –Manolo- una sola, aquella horrible del pecho donde se dejó clavada el arma que el médico tuvo que extraer, no sin esfuerzo.

Durante toda la noche –tristísima velada- permanecieron allí los cadáveres. Por la mañana, en medio de la natural curiosidad de vecinos y transeúntes fueron llevados al necrocomio para la diligencia formal de la práctica de la autopsia.

A las doce y media del lunes, cuando ya la sierra eléctrica había dejado abierta en ambos la bóveda craneana, nadie se había presentado para reclamar los cadáveres y darles cristiana y piadosa sepultura.

La vida no fué generosa con Ofelia Martínez. Su belleza no le trajo aparejada la felicidad. Hace años creyó encontrar el amor, Y se dió a él entera, con nobleza y sin dobleces porque fué siempre una mujer sincera y leal. De aquellos amores nació una niña a la que llamó Sonia.

Después vinieron desavenencias, disgustos, incomprensiones. Más tarde la separación. Había sido un desengaño, un revés amoroso que dejaría hondas huellas en su alma sencilla. Le quedaba —bien es cierto— una hija a la que dedicaría desde entonces todos sus desvelos, toda su atención.

Pero ni siquiera en ésto fué buena con ella la vida. Sonia estaba enferma, muy enferma con una deficiencia en el corazón. No era por ello corno todas las demás niñas, requería cuidados especiales, no podía correr ni jugar. Y aquello era un nuevo dolor para el sensible corazón de Ofelia.

Exteriormente nadie que no supiera su historia podía imaginarse que hubiera apurado ya tan repetidamente el cáliz de la amargura. Seguía siendo linda, hermosa, llamativa. Los hombres la seguían y asediaban desgranando en sus oídos todas las invitaciones y todas las promesas. Pero ella se mantenía honesta con una vida recta, vertical, sin nada que dar a hablar ni siquiera a las vecinas más conversadoras.

Y conoció a Manuel Álvarez Falcón. Parecía bueno, serio y sincero. Ella le creyó y se dispuso a comenzar con él una vida nueva. Sonia quedó en Matanzas con la abuela y una tía pero venía mucho a La Habana a ver a su mamita que no podía estar sin ella. Esas visitas eran la mayor alegría en la vida de Ofelia. Además, Manuel se portaba bien; trabajaba, la quería, la respetaba.

Tenía él unos pesos guardadas y con algo más sur consiguió quiso establecerse. Si otros triunfaban ¿por qué no había de lograrlo él? Y puso el cafecito. Se pegó al mostrador como un esclavo y ella, la buenísima, le ayudaba en todos los quehaceres. Pusieron en aquel negocio algo más que dedicación, pusieron la vida entera. Pensaban que eso sería la liberación, la obtención de medios para asegurarse una vejez tranquila, sin problemas ni estrecheces.

Y como otras tantas parejas se dieron a soñar, a hacer planes para el futuro. Pero la vida siguió siendo dura con Ofelia Martínez. De nada valían desvelos ni entusiasmo, el negocio no marchaba. Y llegaron días difíciles. Apenas se veía un marchante por “Los Tres Cristales” y los acreedores asediaban a Manolo. Los que pusieron el dinero para completar la suma requerida al establecerse no tenían mucha paciencia ni estaban para oír quejas ni lamentaciones:

— ¡No podemos esperar, queremos nuestro dinero!

El pobre Manolo hilo diligencias, pidió plazos, trató par todos los medios de evitar la tragedia que se te venía encima. Ella, la compañera ejemplar, lo animaba:

— ¡Paciencia hijo, ya vendrán tiempos mejores!

Pero no, no vinieron. Manuel Álvarez era ya otro hombre: hosco, retraído, malhumorado. Muchos nos aseguran que en repetidas ocasiones le vieron hablar solo, como si contase a un Interlocutor invisible sus problemas y sus afanes.

Manolo Álvarez Falcón escapó ya de la vida, de sus dolores, de sus quiebras y falacias. Tanto él como Ofelia tienen, sin embargo, los ojos aún abiertos. No había habido una mano piadosa que los cerrase para que no mirasen al inundo del como él quiso escapar llevándose a la mujer amada. Y allí estaban en la morgue, solos, sin más compartía que otros dos cadáveres.

Manolo Álvarez Falcón escapó ya de la vida, de sus dolores, de sus quiebras y falacias. Tanto él como Ofelia tienen, sin embargo, los ojos aún abiertos. No había habido una mano piadosa que los cerrase para que no mirasen al inundo del como él quiso escapar llevándose a la mujer amada. Y allí estaban en la morgue, solos, sin más compartía que otros dos cadáveres.

Así, muy posiblemente, fué abriéndose camino en su cerebro trastornado, una idea: la de la muerte.

El domingo por la mañana Ofelia habló con su vecina. Estaba más contenta que de costumbre. Le mostró dos cortes de tela que había comprado para dos boticas para Sonia.

— ¡Mira éste, el blanco! ¡Qué linda estará la hija de mi alma!

Y habló largamente con Pilar de cien nimiedades, de trapos, de cintas, de cosas de mujeres.

—Manolo y yo vamos a salir esta tarde.

—Es lo mejor que hacen. Distráete muchacha. Y así él tendrá otra cara…

— ¡Eres muy buena!

—Soy tu amiga, No lo olvides nunca. Si no regresas muy tarde llámame.

Y Pilar, cuando nos cuenta ésto, no puede evitar que se le humedezcan los ojos añadiendo:

— ¡Pobrecita! ¡Y no pude ayudarla cuando tanto me necesitaba!

No. No pudo evitarlo Es más, ya no volvió a ver a Ofelia con vida. ¿Qué hicieron ellos durante toda la tarde y la noche? No lo sabemos. Nuestra informante estima que deben haber ido a casa de una parienta, una tía, allá por el barrio de Cayo Hueso. Pero no importa, seguramente los acontecimientos de aquella última tarde de sus vidas no influyeron en la decisión Manolo. El no dejó una carta, ni un papel. Mató y se quitó la vida sin explicaciones. Y el reportero ha oído —en labios de gente de la calle— comentarios descarnados, crueles. Para corroborarlos habló con los vecinos, con los amigos de Ofelia y de Manolo. Para desmentir esos rumores es que, más que por otra cosa, se escribe este reportaje. No, Ofelia Martínez, no hizo nada que justificara ni excusara a su matador. Siguió hasta el último día de su vida una existencia honesta y decente. Mujer de su casa, trabajadora y buena fué la víctima de un hombre que la amaba pero que enloquecido, aterrado ante una perspectiva de miseria optó por quitarse la vida, llevándose con él a la mujer que quería.

Él no se sintió con fuerzas para seguir luchando, para volver a comenzar. Tuvo miedo, un miedo in-soportable al hambre, a la miseria, a la burla. ¡Sabe Dios cuántas ideas descabelladas fueron poblándole la mente hasta llevarle a la decisión de matarla y suprimirse después! El secreto, su gran secreto se fué con él a la tumba. Nosotros, sin embargo, creemos haberle comprendido.

Y allá los dejamos, apareados, en dos mesas de la morgue. Los dos tenían los ojos semiabiertos. Él había logrado una placidez de que seguramente no disfrutó en los últimos meses de su vida. Ella, desposada ya para siempre con la muerte, seguía siendo bella. Y por una, casualidad que el reportero no puede dejar de apuntar aquí, su brazo derecho reposaba sobre la mesa vecina como si buscase —para acariciarla— la diestra del amado, la mano que le había dado muerte. –

 


Redacción Digital

 
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