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Publicado el 27 Septiembre, 2016 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Dos cadáveres en la playa

-“Los curiosos podían satisfacer su avidez de sensaciones fuertes. Una mujer , en trusa negra…  ¡Y era tan bonita!

-“Los curiosos podían satisfacer su avidez de sensaciones fuertes. Una mujer , en trusa negra… ¡Y era tan bonita!

Por Jorge Yaniz Pujol
Fotos: Pablo Donato
Fotocopias: Yasset Llerena

Era sábado, y  desde muy temprano, las playas habaneras habrían de verse colmadas  de un público ansioso por disfrutar un fin de semana, de sol, afilia y mar.

Pero a los primeros bañistas que llegaban a la orilla del agua en Guanabo, frente a la playa Marbella, les esperaba una dramática sorpresa.

Entre las algas que el agua arrastraba a la orilla, frente a un muro de concreto allí levantado, horizontalmente al mar, se mecía a impulsos de las olas algo romo un cuerpo humano.

— ¡Oye, mira! ¿Aquéllo no es un cadáver?

La pregunta electrizaba al grupo. Y todas las miradas convergían en el punto oscuro que señalaba un índice extendido. ..

— ¡Allí… allí… es como el cuerpo de un bañista!

— ¡Sí, con trusa negra!

— ¡Parece una mujer!

Los que realizaban el hallazgo se mojaban las rodillas atisbando entre las algas y la espuma. ¡Sí, la marea estaba empujando hacia la orilla un cuerpo humano, sin vida, el cadáver de un ahogado!

Enseguida se daba aviso al puesto naval de Guanabo. En una lancha de la Marina de Guerra, el sargento Abelardo Morell salía hacia el lugar,

Y cuando la lancha llegaba a la altura de Marbella, decenas de curiosos se agrupaban sobre la arena, para no perder detalle del rescate.

Deteniendo suavemente el rítmico pop pop de su motor, la lancha se aproximaba al oscuro objeto que mecían las olas. Un brazo se extendía desde la embarcación, y sujetaba algo. Otros se urdan al esfuerzo, y pronto emergía del agua el cadáver.

— ¡Es una mujer! —gritaban al unísono varias voces en la arena.

Y los murmullos del grupo subían en crescendo cuando la lancha, lejos de regresar a su punto de partida, giraba mar afuera, para ir a detenerse en un punto lejano.

— ¡Qué buscarán allí?

— ¿Habrá otro abogado?

— ¡Sí, miren… miren!

Los murmullos eran gritos. La alarma crecía y se convertía casi en pánico cuando todos los testigos observaban el rescate de otro cadáver, efectuado no lejos de donde apareciera el de la mujer.

Cuando la lancha emprendía le vuelta el puesto naval, decenas de personas corrían por la arena, para averiguar completamente lo que habla sucedido.

Juntos en la muerte

“La alarma se com erija en pánico cuando todos los testigos observaban el rescate de otro cadáver”.

“La alarma se com erija en pánico cuando todos los testigos observaban el rescate de otro cadáver”.

Los curiosos que llegaban a los alrededores del puesto naval  podían satisfacer casi enseguida toda su avidez de sensaciones fuertes. Tirados sobre la arena, esperando la llegada del forense, estaban los dos cuerpos rescatados. Una mujer, en trusa negra, y un hombre, con short gris y zapatos tennis.

— ¡Un hombre y una mujer!

El primer comentarlo de todos era el mismo. Hombre y mujer. Amor y muerte. Enseguida, otros observaban:

— ¡Ella era bonita! ¿Quién será? ¿Quiénes serían? ¿Quiénes eran? ¿Cómo hablan muerto? Eran las mismas preguntas que se hacían las autoridades. Las Investigaciones comenzaban enseguida. Alguien acudía a dar un Informe:

— ¡Por allí cerca ele donde aparecieron ellos hay un auto abandonado desde anoche!

Agentes de la Marina de Guerra acudían al lugar. La máquina, un Buick del  50, estaba parqueado a unos cuarenta metros de la playa. En su interior había ropa y otros objetos.

Las averiguaciones que se hacían por los alrededores no conducían a la localización del dueño del auto. Y las autoridades procedían a registrarlo. En las ropas, de hombre y de mujer, se encontraban dos carteras dactilares. Una estaba extendida a nombre de Natalia Bonetti Román, edad: 23 años; domicilio: calle C número 22, Vedado, La Habana.

La foto se parece a la muerta —comentaba un marino—. Otro contemplaba la cartera dactilar del hombre. Correspondía a Alcor Luis Marín Vargas, de 26 años, vecino de la calle C, número 61 (numeración antigua) en La Sierra, Marianao. Y el marino que observaba la foto afirmaba:

— ¡Pues éste sí es el ahogado! ¡De eso estoy seguro!

Quiénes eran Natalia y Alcor.

A toda prisa, con la ansiedad que la tragedia familiar hace experimentar a los que aman, corrían los autos rumbo a la playa. Se habla dado la noticia por radio. Los nombres que aparecían en ambas Carteras Dactilares eran loa de una hija, de una sobrina, una prima, un hermano, un hijo. Y los padres, los tíos, los primos de Natalia y de Alcor corrían a Guanabo.

— ¡Por favor! ¿Dónde está? ¿Dónde está mi hija?

El primero en llegar era Leopoldo Bonettl. Dos mujeres le acompañaban. Y también preguntaban, llorando:

— ¿Natty, dónde está Natty?

Escoltados por autoridades y curiosos, Leopoldo y su sobrina María Eugenia Bonetti penetraban en la casa de socorros de Guanabo, donde el médico forense examinaba los cadáveres.

—¡Hija! —una frase que moría en sollozos arañaba la garganta del atribulado padre.

La escena era conmovedora. Los Bonetti identificaban plenamente a la muchacha. Sí, la muerta era Natalia Bonetti Roznan.

Otros familiares, los de Alcor Lula Marin, completaban la Identificación ratificando lo que decían las carteras Dactilares.

Los periodistas, trabajando sobre la marcha de los sucesos, hacían acopios de datos. Y sus interrogaciones servían para arrojar un poco más de luz sobre el suceso. A preguntas de los reporteros, la familia Bonetti decía:

— ¡Natalia trabajaba en Comercio! ¡También en el Hotel Nacional, como traductora!

La prima sollozaba:

— ¡Era tan inteligente! Hablaba francés, inglés e italiano.

Y los familiares de Alcor Luis también respondían:

—Él trabajaba en Comercio también.

Del suceso, de las relaciones entre Alcor y Natalia, ninguna de las familias sabía nada.

Sospechas y conjeturas. Alarma y apasionamiento

— ¿De qué murió, doctor? ¿De qué murió?

Leopoldo Bonetti no parecía creer que su hija estuviese muerta. No quería resignarse a creerlo. Y seguía indagando. El forense, Dr. Bello, contestaba:

— ¡Aun no se ha practicado la autopsia! ¡Sólo así se sabrá! Tal vez haya sido asfixia por inmersión.

— ¿Ahogada? ¿Que murió ahogada?… ¡No puede ser, no puede ser, no puede ser, doctor! ¡Si mi hija era experta nadadora! ¡Si nadaba como un pez!

Las afirmaciones del padre atraían la atención general. Y volviéndose otra vez hacia el cadáver, Leopoldo Bonetti levantaba la sábana que lo cubría.

— ¡Mire, mire esos golpes —darla señalando varias escoriaciones que presentaba el cuerpo— ¡esto es un crimen! ¡mi hija ha sido asesinada!

Tan súbita acusación conmovía a los presentes. Hasta las autoridades conjeturaban: ¡crimen pasional! ¡homicidio y suicidio!

Y el caso de los dos cadáveres aparecidos en la playa comenzaba a apasionar a: la opinión pública.

De boca en boca, en comentarios de calle, en la playa y en la ciudad, las conjeturas crecían:

— ¡A lo mejor él estaba enamorado de ella. La trajo a la playa, la mató, y luego se tiró al agua, para suicidarse!

— ¡Tal vez ella se dio un golpe, él trató de salvarla, y los dos murieron  ahogados!

— ¡Él la secuestró!

— ¡No. Trató de salvarla!

Las conjeturas hubiesen continuado hasta lo infinito, si la autopsia no esclarece los hechos.

Amor y muerte

“Hermanos a un tiempo engendró la suerte —dijo el poeta— al amor y la muerte”.

Alcor Luis Marín y Natalia Bonettl encontraron juntos la muerte, porque la fatalidad  los habla unido antes, valida del amor.

Natalia era una mujer hermosa. Rubia, de labios sensuales, hacia vida moderna. Su cultura y su inteligencia la hacían independiente. Traductora de inglés, francés e italiano, empleada de Comercio y del Hotel Nacional y ex secretaria de ejecutivos de Publicidad, su existencia habría de ser distinta a la del común de las mujeres de su edad.

Muchos de los que conocían a la pareja aseguran que se amaban. Era costumbre en ellos, según investigaciones practicadas por la policía, salir a menudo de fiesta, Natalia y Alcor Luis en diversas ocasiones, hablan sido vistos en la playa de Guanabo, de noche.

La autopsia afirmaba que la linda muchacha y su acompañante hablan muerto a consecuencia de embolias celebrales. Todas las diligencias científicas excluían la mano criminal del caso.

Y reconstruyendo el suceso, según las investigaciones, la historia parecía sencilla.

Aquel viernes, por la tarde, Natalia y Alcor salían juntos del ministerio de Comercio, donde se habían conocido.

Durante toda la tarde, se divertían en la capital y por la noche, llegaban a Guanabo.

Todavía en el auto de Natalia, encontrado en la playa, aparecía una caja de dulces finos, de los cuales hablan comido algo.

La pareja, arrullada por las olas y la luz de la luna, rielando en el mar, entraba al agua, sin que hubiesen completado, ninguno de ellos, la digestión de todo lo que habían ingerido.

Sólo conjeturas pueden tejerse en torno al momento crítico. Debió ocurrir —afirman los médicos—entre las 10 y las 11 dela noche del viernes. Acaso ella sintiese primero los efectos de la congestión. Tal vez Alcor Luis acudió a salvarle, y pereció también, víctima de la paralizante embolia que le impedía salir del agua.

O acaso el hombre pidió socorro, en medio de la noche, y Natalia, experta nadadora, acudió a socorrerlo. Y entonces, en la desesperación de la agonía, las manos de Alcor Luis causaran a la muchacha las lesiones que presentaba su cadáver.

O el cuerpo ahogado, más tarde, batiendo contra los restos del viejo lanchón hundido por allí cerca, se ocasionó las escoriaciones que hicieron lanzar a un padre atribulado la grave acusación. Nada podrá saberse nunca sobre lo que sucedió en realidad en aquel pedazo de la playa, entre 10 y 11 de la noche del viernes.

Natalia y Alcor se llevaron a la tumba el secreto de su muerte. La ciencia solo puede decir que fué casual.

 


Redacción Digital

 
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