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Publicado el 21 Septiembre, 2016 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

INSTANCIA A LOS ESTUDIANTES

Por Jorge Mañach
Fotocopia: Yasset LLerena

Universidad de Santo Tomás de Villanueva.

Universidad de Santo Tomás de Villanueva.

Al cabo de casi dos meses de voluntaria clausura, el jueves día I4 —restablecidas ya las garantías constitucionales — se reabrirá la Universidad., ¿le tendréis a mal, estudiantes un profesor que no se ha caracterizado precisamente por su conformismo ante la situación política actual de Cuba, que no os exhorte a cuidar de vuestra conducta, de modo que la Universidad de La Habana no tenga que volver a cerrarse?

Yo bien sé que este consejo —si se me permite llamar a esa exhortación con palabra que ojalá no parezca presumir más autoridad que la de la experiencia —caerá mal en ciertos oídos irreductibles. Los estudiantes han sido hasta ahora la vanguardia idealista de la lucha contra el régimen. Eso está en su tradición —una tradición que viene, por lo menos, desde el 71, aunque los de aquel año luctuoso fueran menos héroes que mártires. No creo que esa tradición deba liquidarse. Cuando en los planos más adultos de la vida de un pueblo se acusa una tendencia a la dejación de ideales y derechos, o a contemplar resignadamente la conculcación de ellos, es casi un crimen pedirles a los jóvenes que renuncien a la pura Imagen que tienen de lo que debe ser la cosa pública, o a la generosidad de luchar porque esa imagen se logre en la mayor medida posible.

No: no pido que loa estudiantes abdiquen de su Idealismo combativo, que renuncien a su tradición. Pido solamente que sepan administrarla: quo la lleven adelante con un sentido plenario y profundo, no parcial ni superficial; y que para ello busquen, además, los métodos que menes comprometan su sentido de la responsabilidad como estudiantes y como ciudadanos.

Antes de precisar estas ideas, reparemos en lo que significa para la Universidad misma y para Cuba la alteración constante de las funciones docentes superiores que a aquélla le están confiadas, y más gravemente aún, su interrupción. No importa repasar, para ello, algunos lugares comunes.

Le educación universitaria es uno de los grandes servicios públicos de la Nación. Formar profesionales competentes, preservar el patrimonio nacional de y enriquecerlo, llevándolo en la medida de lo posible a contribuciones de sentido universal; modelar, en fin, hombres y mujeres capaces de asumir el dia de mañana, directa o indirectamente, por su acción o por su ejemplaridad el rectorado de la vida nacional, constituyen las tareas principales del sistema universitario. Ese servicio público no puede ser alterado por su calidad, ni mucho menos interrumpido, sin que, proporcionalmente se comprometan algunos de los más altos intereses de la sociedad cubana Mantener por encima de todo, la función universitaria es el primer deber de los profesores y de los estudiantes como tales Corno es el de magistrados, por ejemplo, el que siga habiendo administración de justicia, y en general el do todos los servicios públicos el que éstos ni se vicien ni se Interrumpen.

La función universitaria, sin embargo, es mis delicada tal vez que cualquiera otra, No sólo en el sentido de que implica tareas particularmente finas e varias de la inteligencia, sino también en el de que está más expuesta que ninguna otra, por esa “delicadeza” misma, a que se la considere imprescindible, sobre todo en momentos en que el ambiente social y político está dominado por cierta expeditiva rudeza. Digámoslo más claro: si la Universidad se cerrase definitivamente, o por una larga temporada, habría muchas gentes en el poder y en sus zonas contiguas que, lejos de lamentarlo, se holgarían mucho de ello.

Esto es particularmente peligroso para In Universidad de la Habana, dada la pluralidad actual de “universidades”, que siguen lloviendo del cielo. No todas, como bien se sabe, han nacido con el celo de rigor académico y de decoro cívico visibles en las Universidades de Oriente y de Las Villas. Crear “universidades” (entre comillas) para satisfacer demandas políticas e intereses burocráticos se está convirtiendo en lo que podríamos llamar un deporte sí, más que frívolo, no fuese algo trágico para nuestra cultura ¿De dónde, en efecto, podrá sacar el Estado recursos perra sostener dignamente esas instituciones que no me arrepiento de haber llamado “manigüeras”? NI éstas mismas, ¿de dónde podrán sacar maestros suficientes, y de suficiente calidad, para que su enseñanza “superior” no sea una vasta superchería?

Universidad de Oriente.

Universidad de Oriente.

Ellas no constituyen, sin embargo, el único peligro para la Universidad de la Habana. Otro, y sin duda mayor, es que la constante alteración y las frecuentes interrupciones en la vida de ésta, lleguen a crear un vacío de educación superior eficaz y continua. Ese vacío lo irán llenando, cada vez más por la fuerza misma de las cosas, es decir, de la necesidad social, universidades genuinas que desde luego no tendrán la prosapia, pero acaso tampoco la envergadura cultural de la Universidad de la Habana ¿Se les podrá reprochar entonces a los padres preocupados par la educación superior de sus hijos que los sigan mandando a estudiar al extranjero, o que, aun sin pertenecer a ciertas clases sociales privilegiadas, los envíen, por ejemplo, a la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, que además de “católica” es muy “tranquilla”?

Se equivocaría quien dese en esta última alusión un celillo menguado, o predisposición de ningún género. Dentro de ciertos límites que la realidad misma normalmente impone, mientras más universidades serias haya en un país, mejor. Y el que alguna o algunas de ellas sean católicas, como en todos los países “occidentales“ ocurre, ciertamente no va a desvelar a ningún espíritu liberal como el mío, por convencido que esté de que toda educación ha de estar libre de “dogmas”… Lo que sí me preocupa es que la Universidad de la Habana, con su gloriosa historia bicentenaria, con su fidelidad a la vocación patria y a la tradición central de nuestras ideas, se pueda ver poco a poco desplazada de ese plano cimero que ocupa en la normación de nuestra cultura, y que lo, sea, no por desmedro de su función educaba, sino por la alteración y la intermitencia aquela expone un modo indebido o excesivo de entender los deberes a que su tradición la obliga.

No estoy viendo fantasmas. Ese temor está más que justificado por el sesgo que llevan las cosas. Cada vez se hace más evidente el desgano de nuestros Gobiernos para cumplir los deberes económicos que con la Universidad tienen contraídos. A una institución todavía congestionada y de cuyos servidos docentes depende en una medida considerable, y a veces totalmente, la preparación de nuestros profesionales, se le niega de un modo oblicuo, pero sistemático, la cuantía de dotación presupuestal a que constitucionalmente tiene derecho En sus escuelas “liberales” sobre todo, cátedras hay que ni siquiera tienen un profesor auxiliar para atender a un número crecidísimo de alumnos.

Los laboratorios y las bibliotecas apenas cuentan con recursos para mantener sus equipos o enriquecer sus fondos. De traer profesores eminentes del extranjero, ni se hable. Generalmente no hay dinero ni para pagar conferencias de visitantes Ilutares Y eso que la Universidad, es, probablemente, la mejor administrada de todas las instituciones públicas dé Cuba

En otros países, esa tacañería del Estado pudiera remediarse apelando a la filantropía de los ricos en general y de los graduados de la Universidad en particular Pero aqui la filantropía nunca fue planta adverare, y ahora quo se cultiva un poco, solo se benefician de ella ciertos jardines sectarios. La mima Universidad de Santo Tomás de Villanueva se ha hecho con donaciones de cubanos adinerados, no pocos de ellos diplomados de la Universidad de la Habana, a la que jamás favorecieron. Y ahora, hasta el Estado mismo, a juzgar por un proyecto de ley recién aprobado en la Cámara, también se ha vuelto filántropo de ocasión, mitad católico, mitad masónico.

Porque les motivos de todo esto no son sólo de simpatía religiosa, después de todo perfectamente legítima cuando de fondos particulares se trata. Lo que en el fondo hay es una actitud punitiva, unas veces de desconfianza otras, hacia la Universidad de la Habana. A los gobiernos corrompidos o dictatoriales les molestan la censura universitaria y las perturbaciones estudiantiles del orden policial, único que suele interesarles. . Pero hay un número cada vez mayor de ciudadanos que de buena fe estiman incompatibles esas actitudes y actos con el ambiente que debe reinar en una casa de estudios y con la eficacia de éstos. Imprudente sería desconocer que, entre esos ciudadanos, no pocos pertenecen al profesorado de la propia Universidad y a su cuerpo estudiantil, aunque muchos de ellos disimulen su pensamiento, por solidaridad o por otros motivos. Y menos prudencia aún habría en desconocer que a ese modo de pensar no le faltan sus razones.

Universidad Central de Las Villas.

Universidad Central de Las Villas.

Todo mi argumento es que la Colina no debe seguir dando pretextos a la trama de actitudes mis o menos políticas que deliberadamente tratan de asfixiarla, ni razones a los ciudadanos de buena fe para quienes una universidad, es, ante todo y por encima de todo, un lugar de estudio —y de estudio serio y continuo.

¿Cómo es posible, sin embargo, que la Universidad mantenga aquella tradición de desvelo por el decoro de la vida pública cubana y, al mismo tiempo, se abstenga de incurrir en las Iras de los gobiernos que no comparten esos miramientos? Los estudiantes en particular ¿cómo pueden ser activamente fieles a la vocación democrática de la República, que en la Universidad se les inculca, sin tomar actitudes y seguir líneas de conducta que alteren la vida universitaria y atraigan sobre ella los rayos del poder político?

Creo que va siendo hora de que todos los que amamos esa Casa —profesores, estudiantes, graduados— discurramos limpia, sincera y valerosamente sobre el particular. Mi personal opinión la he expresado ya en ocasiones anteriores, cuando las circunstancias de la vida pública cubana no eran tan dramáticas como ahora; de manera que no da pública cubana no eran tan dm, míticas como ahora; de manera que no podría sospecharse que estoy adoptándola para el momento actual. Opino, en pocas palabras, siguiente.

Universidad de La Habana

Universidad de La Habana.

Corporativamente, es decir, a través de sus autoridades, la Universidad no debe, en circunstancias normales, pasar juicio sobre los estados políticos del país, ente otras razones porque la orientación de esos estados políticos varía según criterios cuya diversidad está representada en el seno mismo de la Universidad. Pero nótese que hablo de circunstancias normales. Frente a una grave emergencia pública, de las que ponen en peligro los principios mismos del orden constitucional de la República, la Universidad no salo tiene el derecho, sino también el deber, de levantar su voz de serena advertencia y de severa condenación. A esto, en general, se ha atemperado el Cornejo Universitario, el cual, por tanto, no necesita consejos.

El problema se plantea sobre todo respecto de los estudiantes. Y se le plantea, en relación con ellos al Consejo Universitario mismo. ¿Cuándo están justificadas ciertas actitudes y ciertos actos estudiantiles en relación con la política?

Me parece que esa distinción entre actitudes y actos es muy importante. La actitud es una postura moral, una disposición del ánimo. Como tal, no lleva aparejada acción alguna; pero eso no hace de ella, necesariamente, una mera pasividad. Hay actitudes que resultan a todos los efectos, más elocuentes y hasta más eficaces que los actos mimos, por el prestigio severo que a aquéllas les da su propia contención, y por la tendencia que en cambio tienen los actos, sobre todo los actos juveniles, a extralimitarse en sus posibilidades de acción eficaz.

Los estudiantes son ciudadanos que estudian Como ciudadanos tienen derecho no solo a tomar actitudes, sino a ejercitar los actos que más congruentes les parezcan a ellas. En ocasiones, ese derecho puede hasta constituir un deber.

Pero como estudiantes, el deber no llega, a mi juicio, más allá de la actitud.

En otras palabras: me parece muy bien que loa estudiantes, ante una grave situación nacional se reúnan en el seno de la Universidad, en horas que no sean de labores académicas, enjuicien los hechos y produzcan una declaración pobre los mismos. Lo que ya no creo ni moralmente obligado ni prudente es que, como estudiantes, o sea, utilizando la Universidad como base de operaciones, traduzcan sus inconformidades en formas de acción, y, mucho menos de acción violenta. A no ser, claro está, que el país llegara a uno de esos estados de desesperación (como llegó en tiempos de Machado) dentro de los cuales ya no hay frenos que valgan, porque el Po-der ha empezad a prescindir de todos ellas.

Protesta de estudiantes universitarios en contra de Fulgencio Batista.

-“… sus inconformidades en forma de acción…”.

No son las actitudes las que ponen en peligro la autonomía universitaria; son las acciones. El régimen mostrado que tiene una considerable tolerancia para las palabras, a pesar de reciente censura; pero también ha puesto en evidencia lo dispuesto que está reprimir los actos hasta con la más cruenta violencia. Han llegado en Cuba las cosas a tal extremo que debemos poner a nuestras juventudes universitarias o no a servir de carne de cañón? Su papel de “vanguardia idealista” es la lucha contra el régimen, ¿exige, por desventura, que asuman los estudiantes para sí todo el coraje de pelea que al resto del pueblo parece faltarle por las razones que sean? ¿No cumplen los jóvenes del Alma Máter suficientemente con su deber, levantando desde la Colina la pura expresión de su protesta, encendida en la imagen de la Cuba ideal que quisieran?

Retarme a mi acento inicial, jóvenes de la Universidad, y os invito a meditar un poco en todo esto. Os pido que, en la Colina seáis estudiantes ante todo, que no deis pábulo, por la generosidad de vuestros impulsos, a las acechanzas que pretenden acabar con la Universidad por la violencia o por el descrédito; que no pretendía convertir la autonomía universitaria en ámbito de excepción gobernativa, que mantengáis, sobre todo, la “santa continuidad” del aprendizaje serio y que dediquéis más de vuestro esfuerzo a que la Universidad se mejore por dentro, de modo que pese todavía más en autoridad moral cuando tenga que levantar su voz para condenar los vicios de fuera.

 

 


Redacción Digital

 
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