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Publicado el 5 Septiembre, 2016 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Una isla hundida por el cotorreo

El cuadro más patético de la miseria y la insuficiencia de la Democracia cubana, se encuentra en los hospitales de La Habana. ¡Ni en China, en la época de las hambrunas, se veía tanta miseria acumulada! El guajiro que lo vende todo y lo deja todo abandonado para venir a “verse” con un especialista en el “Calixto García” o en el “Reina Mercedes”, muchas veces tiene que marcharse otra vez igual que vino, porque estos hospitales no dan abasto con la cantidad de pacientes que se presentan. A esto hay que agregar el escarnio de los políticos, que se esconden cuando estos infelices que les dieron el voto van a verlos para pedirles el pasaje de regreso. ¡Así va Cuba, la primera nación del Caribe! Así se burla a los enfermos en el país de los presupuestos más escandalosamente altos de toda América.

El cuadro más patético de la miseria y la insuficiencia de la Democracia cubana, se encuentra en los hospitales de La Habana. ¡Ni en China, en la época de las hambrunas, se veía tanta miseria acumulada! El guajiro que lo vende todo y lo deja todo abandonado para venir a “verse” con un especialista en el “Calixto García” o en el “Reina Mercedes”, muchas veces tiene que marcharse otra vez igual que vino, porque estos hospitales no dan abasto con la cantidad de pacientes que se presentan. A esto hay que agregar el escarnio de los políticos, que se esconden cuando estos infelices que les dieron el voto van a verlos para pedirles el pasaje de regreso. ¡Así va Cuba, la primera nación del Caribe! Así se burla a los enfermos en el país de los presupuestos más escandalosamente altos de toda América.

Un artículo de AGUSTÍN CAMARGO
(Pie de grabado del autor)

El cubano ama macho a su tierra, pero no llega a concretar en forma militante ese cariño. Sabe que hay una cosa que es la música, otra que es el azúcar, otra que es el azul del cielo. Conoce la historia de la Independencia, respeta a los veteranos, pone por todas partes —a veces donde no debe— retratos de Martí. Pero no se da cuenta de que eso viene a ser, visto con lógica social, la pura ornamentación del patriotismo. Hace falta una voluntad sin gestos, una acción sin palabrería, que saque a Cuba de este pudridero y la convierta en la Nación que soñaron los fundadores.

— I—

Los tres artículos que publiqué en BOHEMIA antes de esta última mordeos que el Dictador Batista le impuso a los periódicos, arrojaron sobre mi mesa de trabajo infinidad de cartas. No se pueden publicar todas las cartas que un periodista recibe. Primero, porque algunas —casi, siempre las más calientes—no traen firma. Después, porque son largas y demasiado vagas. Y finalmente, porque muchas insisten en elogios de tipo personal tan desmesurados que estropean la parte de buen juicio que también aportan.

Pero esas cartas que yo recibí esas dios eran cosa distinta. Me parecieron desde el primer momento, y a pesar de que venían de lugares remonta de la isla, y a veces del extranjero, la síntesis epistolar de un sentimiento nacional sobre el que existe una completa unanimidad. Este sentimiento es el de que Cuba, como República ha alcanzado ya la  mayoría de edad y no puede permitirse a l mima tras disparates En las palabras de un joven como Alfredo Fernández de la calle 62, número 311, en Miami, o en las de un hombre mayor, como José María Betancourt, empleado da la “Atlántica del Golfo” que vive en Sancti Spíritus, veía yo esa misma preocupación constante y elevada porque nuestro pan, llegue a ser de una vez  la nación que quisieron los fundadores. Ninguno de los que me escribió —cosa curiosa— se refirió a personas ni a partidos. Todos hablaban de Cuba.  Luego, en la calle, mucha gente que me identificaba emitían iguales expresiones.  ¿No era todo ello —me dije— una clara confirmación de que mi tesis de que aqui el pueblo es sano,  y le enferma la política, era una tesis correcta?

— II—

Berta Arocena de Martínez Márquez, que acaba de morir, era un ángel de las letras cubanas. Tenía, a pesar de que su edad no era mucha, un historial larguísimo, cuajado do puntos luminosos como una constelación. Había sido periodista, luchadora social, animadora de la cultura y, sobre todo, madre y esposa incomparable. Su muerte ha dejado la sensación de pérdida que solo dejan las muertes grandes. Fue una mujer-mujer, mérito doble en un campo como el de las tetras, en que es frecuente la escritora de cartera de cuero, zapatos sin tacón, traje sastre y ademanes fuertes. La amaban todos. Seguirán amándola. Donde ella estuvo, quede un vacío de ternura y de poesía de la acción que nadie podrá llenar.

Berta Arocena de Martínez Márquez, que acaba de morir, era un ángel de las letras cubanas. Tenía, a pesar de que su edad no era mucha, un historial larguísimo, cuajado do puntos luminosos como una constelación. Había sido periodista, luchadora social, animadora de la cultura y, sobre todo, madre y esposa incomparable. Su muerte ha dejado la sensación de pérdida que solo dejan las muertes grandes. Fue una mujer-mujer, mérito doble en un campo como el de las tetras, en que es frecuente la escritora de cartera de cuero, zapatos sin tacón, traje sastre y ademanes fuertes. La amaban todos. Seguirán amándola. Donde ella estuvo, quede un vacío de ternura y de poesía de la acción que nadie podrá llenar.

Pero hubo entre todos esos mensajes uno que me causó profunda preocupación. Lo firmaba la profesora  Guillermina Rosales, de Fernandina 622, La Habana.  Decía así en uno de sus párrafos:

“Sus escritos tienen una franqueza casi brutal, que hacía tiempo no hallábamos en la prensa de Cuba. Pero perdóneme que le diga que los cubanos ya estábamos hartos de cancines. En mis 54 años de edad he oído muchas veces hablar así, pero de las palabras no se ha posado a los hechos nunca. Usted, que parece ser joven, quizás tenga todavía fe. Pero yo, que vi lo que hicieron Menocal y Machado, que vi lo que hicieron Grau y Prío y que estoy viendo la que hace Batista, no creo ya ni en ml sombra”

Quedé anonadado. Sí,  había otra Cuba que no era la de la fe y  el entusiasmo. Otra  Cuba que yo, con mi optimismo, había olvidado lamentablemente. Era la Cuba de la decepción. La Cuba de la desconfianza, el país  mil veces  defraudado que empezaba a dudar de todos por igual.

Cavilé durante muchas horas sobre el fenómeno. Repasé la Historia reciente, y le di en muchas partes la razón a los desconfiados. Evidentemente -pensé- allí donde el ciudadano ve que su voluntad  es escamoteada  y su criterio no tenido en cuenta, acaba por arrinconarse él mismo. Pero, me pregunté en seguida, ¿y no será esta actitud un puro suicidio colectivo? ¿No será Este mismo “dejar hacer”, esta misma indiferencia frente a los partidos, los procedimientos y loa candidatos, la que ha hecho que triunfen los peores?  ¿Es que no se llenan siempre con fuerza, con violencia o con mandonismos  de un tipo u otro, esos vacíos que deja en el ámbito cívico la abstención de la parte sana de la ciudadanía?

— III—

Esta es una niña cubana... Una niña flor del mañana, semilla del porvenir, que va descalza en el frío de la mañana en busca de un madero para hacer café. La encontrará el lector en cualquier lugar del campo a donde vaya. Como en los tiempos en que no había en Cuba soberanía, el guajiro engendra a su hijo en el bohío de yaguas y piso de tierra y allí lo deja crecer, como crecen Ian propias viandas en el campo: libremente. El dolor ante el futuro de nuestro país es más agudo cuando se presenta en las carnes de la inocencia. Un hombre no debe nunca sufrir, pero si llega el momento en que le toca uno acaba aceptándolo. Un niño no. Los niños han nacido para reír, vienen al mundo destinados a la alegría. La niña del retrato mira al fotógrafo con trágica seriedad. Para Cuba, ella no significa nada. En su momento, ella se tomará venganza, y hará que Cuba tampoco signifique nada para ella. Esa es la siembra de nuestros gobernantes.

Esta es una niña cubana… Una niña flor del mañana, semilla del porvenir, que va descalza en el frío de la mañana en busca de un madero para hacer café. La encontrará el lector en cualquier lugar del campo a donde vaya. Como en los tiempos en que no había en Cuba soberanía, el guajiro engendra a su hijo en el bohío de yaguas y piso de tierra y allí lo deja crecer, como crecen Ian propias viandas en el campo: libremente. El dolor ante el futuro de nuestro país es más agudo cuando se presenta en las carnes de la inocencia. Un hombre no debe nunca sufrir, pero si llega el momento en que le toca uno acaba aceptándolo. Un niño no. Los niños han nacido para reír, vienen al mundo destinados a la alegría. La niña del retrato mira al fotógrafo con trágica seriedad. Para Cuba, ella no significa nada. En su momento, ella se tomará venganza, y hará que Cuba tampoco signifique nada para ella. Esa es la siembra de nuestros gobernantes.

No. Nadie tiene derecho a que-darse en casa mientras el destino de su país se está decidiendo en medio de la calle- A pesar de que Grau nos defraudara, a pesar de que Prío, que bajó de la escalinata del Alma Mater, ese altar de la Libertad de Cuba, se convirtiera en lo que se convirtió, el pueblo no puede permitir que el pesimismo le mine su entusiasmo cívico. Además, ¿y las excepciones! ¿No indican las excepciones que no todo el campo está podrido, y que hay una zona sana en nuestro pueblo que puede ser cada día mayor, una zona que ya ha sido a veces en la Historia mucho mayor que la otra? ¿No dió a Chibas la misma generación que dió a Carlos Prío? ¿No era tan auténtico como Grau el Doctor Fernández Supervielle,  que se pegó un tiro cuando vio que lo habían obligado a engañar a sus electores?

El pueblo cubano no puede perder la fe en la Libertad ni en la Democracia, a pesar de que durante un tiempo las vea pisoteadas r en el suelo. Hay sol, y creo en él. Cuando el nubarrón llega y lo tapa y siendo de día parece que es de noche, enciendo una vela y sigo trabajando en lo mío, porque un hombre o una nación no pueden detenerse, no se han detenido nunca. Pero yo sé que el sol  volverá  a salir.  Es lo normal, lo ineluctable. Contra eso nadie tiene bastante fuerza.

Durante la guerra de loa diez años, muchos cubanos lo perdieron todo. Sus propiedades les fueron confiscadas por el Gobierno español. De ricos pasaron súbitamente a pobres. De sus casas, a las mazmorras. De artesanos, maestros y comerciantes que vivían en la ciudad en relativa calma se convirtieron en mambises,  alzados en los montes. Pero ellos no cedieron, porque tenían una cosa: la fe en Cuba y en sus aptitudes naturales para gobernarse democráticamente, la fe en la Libertad. La pausa del Zanjón echó cenizas sobre aquel pueblo en llamas, pero basté el soplo del 95 para que la ceniza fuera barrida y de entre los rescoldos emergiera el fuego de nuevo, el fuego que nunca se habla apagado. No. Nadie puede perder la fe. Los buenos cubanos, los que aman a su tierra, pero la quieren libre y grande, no pequeña y escarnizada por tiranos de ningún tipo, no pueden dejar nunca de tener fe.

—IV—

A Millo Ochoa le reconocerá la Historia del futuro una innegable capacidad de líder. Ha luchado contra la dictadura del 10 de Marzo de veinte formas diferentes, tantas como han requerido los distintos momentos. Ahora, desde Miami, Millo Ochoa recomienda ir a unas elecciones dignas que, sin ser una claudicación frente al régimen, le devuelvan al país la tranquilidad que no ha tenido en 4 años, y debiliten al 10 de Marzo arrebatándole una parte del Poder. El artículo que publiqué la semana pasada, en el que dije con claridad y con franqueza estas cosas, me valió felicitaciones de muchos líderes oposicionistas. La coincidencia de Millo Ochoa con esa tesis, me honra tanto como esas felicitaciones. De Millo Ochos —aclaremos— a quien no he tenido el gusto ver una sola de ver una sola vez en mi vida.

A Millo Ochoa le reconocerá la Historia del futuro una innegable capacidad de líder. Ha luchado contra la dictadura del 10 de Marzo de veinte formas diferentes, tantas como han requerido los distintos momentos. Ahora, desde Miami, Millo Ochoa recomienda ir a unas elecciones dignas que, sin ser una claudicación frente al régimen, le devuelvan al país la tranquilidad que no ha tenido en 4 años, y debiliten al 10 de Marzo arrebatándole una parte del Poder. El artículo que publiqué la semana pasada, en el que dije con claridad y con franqueza estas cosas, me valió felicitaciones de muchos líderes oposicionistas. La coincidencia de Millo Ochoa con esa tesis, me honra tanto como esas felicitaciones. De Millo Ochos —aclaremos— a quien no he tenido el gusto ver una sola de ver una sola vez en mi vida.

Pero esa fe del pueblo no puede ser estática. Necesita ser una virtud activa, no contemplativa A mi modo de ver, una de las razones por las cuales nuestra Nación no ha acabado de cuajar definitivamente radica en esto. El cubano ama mucho a su tierra, pero no llega a concretar en forma militante ese cariño. Sabe que hay una cosa que es la música, otra que es el azúcar, otra que es el azul del cielo. Conoce la historia de la independencia, respeta a los veteranos, pone por todas partes retratos de Martí. Pero no se da cuenta de que eso viene a ser, visto con lógica social, la pura ornamentación del patriotismo.

El cubano hace igualmente ascos de la política ¿Y por qué? Pues simplemente porque no la entiende en su verdadera función porque, no se da cuenta de que en un país contemporáneo y civilizado la política desempeña casi siempre el papel que en las épocas del colonialismo correspondía a las guerras. ¿No fueron la República  española, el New Peal che Roosevelt y el Socialismo británico -tres de los más grandes triunfos populares del siglo XX – un legítimo producto de las urnas?

Mochas personas  dicen, como si con ello acaran un certificado de independencia individual, o un título de intocables: “Y a mí, que vivo de mi trabajo,  ¿qué me interesa la política?”  Y al hacer esto se olvidan de que la política es la que nos da los presidentes, los senadores y los ministros que llevan luego por un rumbo u otro a la nación.

Cuando un comerciante dice que a él no le importa que gane Juan o Pedro, se olvida de que ese Juan o aquel Pedro son los que nombran a los ministros de Hacienda y de Comercio, que luego nombran a su vez a los inspectores que van a chantajearlos.

Cuando un obrero declara que él vive de su jornal, y que no le preocupan los auténticos, los ortodoxos o los paulistas, ignoran que luego  son estos señores que a él no le preocupan quienes fijan el régimen de salarios, la extensión de la zafra o el alcance de la Jornada de Verano.

Cuando un campesino cree que su problema es sembrar, recoger la cosecha y mandarla al mercado, se equivoca  de medio a medio, porque hay un Ministro de Comercio que le fija los precios a lo que él sembró, y otro Ministro de Agricultura que puede arraigarlo en la tierra que cultiva o echarlo de ella como si fuera un delincuente, con la Guardia Rural.

Quiere decir, que la política es una actividad de todos y que todos tenemos que intervenir en ella directamente, para que sus resultados no vayan contra el pueblo. Si hasta hoy no ha habido Presidentes ni Gabinetes realmente populares y revolucionarios —si se exceptúan los cortos meses de Guiteras y la provisionalidad de Grau– es que no hemos sabido producirlos. Los que tuvimos, no vinieron de Marte.

—V—

HAY que dejar sentado de una vez este principio: Cuba es un país rico, pero está lleno de gente pobre. Y este otro, que lo complementa: esa pobreza es artificial, la hemos creado los propios cubanos,  eligiendo gobiernos que no se han preocupado nunca por hacer avanzar seriamente al país, sino que se han confabulado desde los días de sus campañas electorales con los eternos enemigos de Cuba, nativos o extranjeros.

Muchos ideólogos de estos gobiernos débiles y podridos, cuando se les plantea esta cuestión, tienden a salir con la excusa de que nada podemos hacer porque dependemos económicamente de los Estados Unidos. Pero eso no es más que un sofisma que no puede satisfacer a ninguna persona sensata. Todo el mundo sabe que, dentro de ciertas realidades de tipo geográfico o histórico, que son de carácter muy general, el camino de un pueblo lo escoge ese pueblo y nadie más. Cuba, en el 95, tuvo la ayuda de los Estados Unidos, pero el haber estado peleando desde mucho antes, no sólo forzó esa ayuda, sino que hizo que después, en la paz, se respetara su independencia como no se respetó, por ejemplo, la de Puerto Rico.

Pero a los gobernantes cubanos les parece  más cómodo dejar las cosas como están y no meterse con nadie para que nadie se meta con ellos y legislar, si tiene que ser contra alguien, contra el pueblo.

Así, no se han atrevido a revisar el tratado económico con los Estados Unidos, por temor a que Washington se ponga bravo. No reparten la tierra, para que los latifundistas, que son casi siempre senadores, no se consideren perjudicados. No revisan el sistema de impuestos, obligando a los ricos a tributar en la proporción que deben, porque esos ricos son compañeros de club de los ministros y a veces ministros ellos mismos no obligan

Por eso he dicho antes que aqui lo que hace falta es concretar en acción el sentimiento patriótico. Está bueno ya de hablar de Maceo o de Martí, y de levantar esos bustos ridículos en plazas y jardines. Los héroes no necesitan  que los adornen, sino que los respeten. Lo que hay que hacer es unirse detrás de un propósito común y mandar al diablo a esos pesimistas baratos, a esos enemigos de nuestro avance nacional, que cuando alguien expresa su impaciencia y su inconformidad con lo que ve, le salen con aquello de que “esto no lo arregla nadie”.

¡SI se arreglará! Lo arreglaremos los cubanos mismos, que ya hemos sabido hacerlo en otras ocasiones históricas. Cuando alguien me señala a la juventud de hoy, de camisa apretada y pelo muy peinado, y me dice desdeñosamente que es una juventud floja y que con ella nos espera un mal futuro, siempre contesto de esta manera: “SI. Eso mismo decían de los mambises los soldados del Rey, y mira cómo los pusieron”.

En esta tarea de sacar al país del pudridero y llevarlo adelante hace falta la voluntad de todos, pero una voluntad sin gratos, una sección sin mucha palabrería. Como esa anciana que me escribe, hay muchos que desconfían de las palabras. No hablemos, pues. Hagamos. Y sobre todo, tengamos sentido sancionador. No permitamos mita que en cada resaca histórica la marea vuelva a echar sobre nuestras  playas a los mismos maderos podridos que flotan insumergibles en todas las situaciones.

(Pero de esto, de la falta de sentido sancionador de los cubanos, —causa de muchos males— hablaremos la semana próxima).

 


Redacción Digital

 
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