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Publicado el 15 Abril, 2017 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Escuela de HEROÍSMO

La primera lección de heroísmo que recibió la juventud cubana, y, con ella, todo el pueblo de Cuba, fue el ataque al Cuartel Moncada. No fue un grupo de muchachos locos, dirigido e impulsado por Fidel Castro, como muchos dijeron en aquellos días, quien dictó esa lección impar de heroísmo
Escuela de heroísmo.

O bien, vimos a los milicianos metidos en las cuevas más profundas con la alegría firme de una juventud que sabe cuál es el camino del honor y de la gloria.

Textos: Manuel Navarro Luna

Fotos: Gilberto Ante

LA revolución cubana es una escuela de heroísmo. Ahí están, nítidas y resplandecientes, ágiles y fuertes, vibrantes y gallardas, altas y profundas, sus lecciones.

Pero aquí no vamos a referirnos al curso anterior al Grito de Yara, ni al curso que comprende las jornadas del 68 y se cierra con la Protesta de Baraguá. Tampoco al otro que comprende las actividades de José Martí en el 95 y se cierra entonces con el triunfo de las armas mambisas. Nos vamos a limitar, solamente, al que se abre con el ataque al Cuartel Moncada y no se ha cerrado todavía.

La primera lección de heroísmo que recibió la juventud cubana, y, con ella, todo el pueblo de Cuba, fue el ataque al Cuartel Moncada. No fue un grupo de muchachos locos, dirigido e impulsado por Fidel Castro, como muchos dijeron en aquellos días, quien dictó esa lección impar de heroísmo. No se trataba de un grupo de muchachos locos. (Locos, al menos —o al más—en el sentido peyorativo que a esta frase suele dársele frecuentemente). Pero en el otro, en el sentido que a esa locura le dió Goethe, sí puede aceptarse. Porque Goethe dijo, en alguna ocasión —y hubo de repetirlo después casi obstinadamente– que en el arte, en la belleza y en el heroísmo, no podía olvidarse la locura.

Más de una vez se le llamó loco a Simón Bolívar. Y a José Martí, también en más de una ocasión, se le dijo loca Y hasta “loco peli-groso”. Para muchos profesores de literatura las hazañas de Don Quijote no fueron otra cosa que las actividades propias de un “chiflado”.

El mismo diccionario, —puede consultarse cualquiera de ellos— no acierta a darnos la definición acertada y cabal de esa palabra. Vemos, así, que, para el diccionario, locura y demencia son términos equivalentes. Y que la locura, en su principal acepción, es la privación de la razón. El diccionario nos da otra acepción que ya es más aceptable, aunque no tanto, y es ésta: “conducta imprudente”.

Para el diccionario, pues, quien es un imprudente es un loco. Y ocurre que la prudencia, al decir de Henri de Fouconier, es “la madre de las catástrofes”. Y lo es en no pocas circunstancias y en no pocas ocasiones. Porque la prudencia, según el propio diccionario, es la virtud que hace prever y evitar las faltas y peligros.

Escuela de heroísmo.

En el Escambray no falta nunca el miliciano que, con el fusil al hombro, acompaña a los niños al colegio.

De modo, pues, que para no ser locos, según el diccionario, tenemos que ser moderados, tenemos que evitar las faltas y evitar los peligros. Es decir: que no hacer nada; que meternos en una urna de cristal o en alguna caja de seguridad. Porque la vida, si queremos vivirla fuera de la urna y de la caja de seguridad, está llena de peligros. Y quien la vive, quien la trabaja, quien lucha y quien se esfuerza, siempre está expuesto a cometer faltas. Lenin, en alguna ocasión, se expresó de este modo: “No quiero hombres que no se equivoquen”. Claro. Por-que únicamente los que no se equivocan son los que no viven, los que no trabajan, los que no se esfuerzan, los que no luchan. Todas estamos expuestos al error. Lo que siempre hay que hacer, cuando se cometen, es corregirlos, superarlos.

En el sentido en que loco José Martí, en que lo fue Simón Bolívar y mucho antes, Don Quijote; en el sentido que fueron locos todos los libertadores de pueblos y de Patrias, se puede aceptar que lo sea Fidel Castro, y que lo fueran los muchachos enhiestos y viriles que lo acompañaron a la toma del Cuartel Monada. Esa es, precisamente, la locura de que habla Goethe, que nada tiene que ver con la de los manicomios ni con la de las clínicas para dementes. La grande, la sublime locura libertadora. Es decir: aquel denuedo tremendo, aquel ímpetu maravilloso –telúrico y estelar al mismo tiempo —que no tiene nada que ver con la prudencia de que nos habla el diccionario y que, en su afán de evitar los peligros, acaba por convertirse siempre no en una virtud, sino en un pecado de cobardía miserable, en un sentimiento rastrero de servilismo y de esclavitud.

¿Prudente? Jamás pudo serlo Don Quijote ¡Jamás pudo sedo Bolívar! Jamás pudo serlo José Martí ¡Y jamás pudo serlo Fidel Castro!

Pero es que tampoco pudo serlo jamás el pueblo de Cuba ¡Esa prudencia para evitar el peligro; para aguantar el ultraje y el látigo; para someterse al tirano que sostiene su mando sobre el crimen y sobre el pillaje, sobre el látigo y sobre las cadenas… jamás!

Contra todo éso… la llama libertadora ¡Y, envueltas en ella, los locos sublimen que  la prenden! Martí, por prenderla, iría a la cárcel cuando aún no tenla catorce años.

“¡Voy a una casa Inmensa en que me han dicho que la vida es penar! La Patria allí me lleva. Por la Patria morir es gozar más”.

Escuela de heroísmo.

En el Escambray, vimos al niño miliciano de 14 años con el fusil al hombro.

Y, al tramontar los años, Fidel iría también. Iría después del ataque al Cuartel Moncada. Y si Martí confiesa haber escrito él la carta que encontraron los voluntarios en la casa de Fermín Valdés Domínguez dirigida a un apóstata de la revolución cubana, y, por ello, se le condena a seis años de presidio con trabajo forzoso en las canteras, Fidel se enfrentaría a los Magistrados de la Audiencia de Oriente, firme, erguido, sereno y enhiesto, y les lanzaría el formidable alegato recogido luego en las páginas de “La Historia me absolverá”, donde quedó fijado, para siempre, el programa nuevo de la revolución cuba-na. El programa cuyo contenido to-tal se ha visto coronado con la más perfecta realización.

Ya en libertad, Fidel sale de Cuba. Sin hacerle concesiones a la prudencia. No podía hacérselas. Y por consiguiente, como no puede moderar su conducta libertadora: como no puede, tampoco, caminar por los cauces domésticos donde pueden evitarse, en cierta manera, los peligros porque ya él tomó, para recorrerla, la senda del sacrificio y del heroísmo, la locura redentora lo abraza. Le había prometido a su pueblo regresar a Cuba antes de finalizar el año 1956. Lo habla prometido y no eran muchos, en realidad, los que dudaban. Los descreídos eran los débiles, los flojos, los cobardes, los hombres sin fe y sin esperanza. Pero no el pueblo. El pueblo de Cuba lo esperaba. Y, antes de la fecha fijada por él, desembarcó en Playa Colorada. Con ochenta y dos hombres, y en un barquito de madera que navegaba ocho nudos y que trata uno de sus motores descompuestos.

Escuela de heroísmo.

En el Escambray vimos siempre a los jóvenes radiantes de la Patria.

Hay que conocer Playa Colorada para poder darse cuenta de lo que ese desembarco, en aquellos momentos, representaba. “No fue un desembarco, sino un naufragio-, diría Juan Manuel Márquez, uno de los héroes que acompañaban a Fidel y que, junto con tantos otros, no pudo ascender a la Sierra Maestra porque fue asesinado por los soldados de la tiranía.

Los pocos que quedaron, después del desembarco en Playa Colorada, ascendieron. Y Fidel ron ellos. “Hemos obtenido el primer triunfo”, ex clamaría el héroe. Y era, en realidad, el primer triunfa Y, acaso, el mayor. El mayor, porque, con él, estaba asegurado el triunfo de la revolución cubana sobre las armas de la tiranía. Como así fue.

Las jornadas en la Sierra Maestra fueron homéricas. Y, acaso, un poco mayor. Conocemos, desde hace muchos años, por haberlas leído, detenidamente, en más de una ocasión, “La Hieda- y “La Odisea’. Y esta opinión nuestra no está sola. La acompaña nada menos que Ia de Joseph North, el gran escritor y combatiente norteamericano que reside entre nosotros desde hace algunos meses v quien en un bello artículo publicado en el periódico “Hoy” no hace mucho, la expresó mucho más brillantemente que nosotros.

Escuela de heroísmo.

Y también vimos al viejo de más de setenta años, empuñando el fusil para los mercenarios y traidores.

Esas jornadas de Fidel y sus hombres en la Sierra Maestra —hay que conocer la Sierra Maestra para poder apreciarlas— crearon la gran escuela de heroísmo, en la cual se ha venido y se viene nutriendo la juventud y todo el pueblo cubano. Allí los hombres, los héroes de Fidel, no ofrecen más que lecciones de grandeza y de heroísmo. Que se repetirán después, en cada una de las hazañas realizadas por Camilo Cienfuegos y el “Che” Guevara en la invasión de las provincias de Camagüey y Las Villas y con el derribamiento de la tiranía batistiana.

Pero aún no se ha cerrado el curso de heroísmo.

La escuela sigue en sus actividades fecundas. Ya no son las actividades heroicas de la insurrección y de la guerra. Ahora son otras afiladas. Otras de más pecho, más profundidad, de más alcance. Ahora son las actividades heroicas de la revolución. Las asignaturas insurreccionales pasaron. Pasaron también, las asignaturas que se ofrecen y se aprenden en la guerra.

Y vienen las pragmáticas revoluciones. Se destruye la estructura económica que padecíamos con  la liquidación de los latifundios y del casatenientismo, con la nacionalización de las empresas norteamericanas y de  las otras que impedían el mejor desarrollo de nuestra economía, y, como es normal en todos los grandes procesos históricos de la revolución,  los intereses afectados se agrupan, y, con ellos, y alrededor de ellos, el clero reaccionario que estuvo siempre a su servicio. Era de esperarse y la revolución lo esperaba.

El imperialismo yanqui no podía quedarse con los brazos cruzados. El imperialismo, tiene su perfecta imagen en el tiburón, no podía quedarse con los brazos tranquilos. Los pescadores saben que aún en la cubierta del  barco, ya pescado, si el tiburón no está completamente muerto, ofrece el peligro del coletazo. Pero todo lo sabía la revolución. Y. porque lo sabía,  armó al pueblo. Armó a los trabajadores. A los obreros y a los campesinos; a los jóvenes,  a los viejos, a las mujeres, a los profesionales, a todos. Y surgieron las

Escuela de heroísmo.

Allí, en el Escambray, están 105 Milicianos, tranquilos y serenos, esperando a los invasores.

milicias revolucionarias. Ya éstas habían recibido las lecciones necesarias —necesarias y profundas— en la Escuela de Heroísmo. Así, cuando la contrarrevolución animada, dirigida y armada por el imperialismo yanqui, levantó su gusanera en el Escambray, subieron los milicianos y limpiaron. No se levantaron allí los gusanos para combatir a Fidel Castro, ni a ningún sector determinado de la política convencional a que nos tenla acostumbrado el régimen factoril impuesto por el imperialismo yanqui desde los días de Estrada Palma hasta la caída de Batista, sino que se levantaron, por órdenes y al servicio de ese imperialismo, para defender los intereses de éste y de todos los poderosos afectados por la revolución, y, consiguientemente, contra el pueblo y contra la Patria. Porque la lucha de la contrarrevolución es contra Cuba; contra nuestra Patria. Una lucha bastarda, tenebrosa, cuyos filos se dirigen, únicamente, a arrebatarle a nuestro pueblo las conquistas que le ha traído la revolución, para que sigan los privilegias en nuestra tierra; para que vuelva el latifundio y regrese a apoderarse de los bienes que son de nuestra Patria.

Escuela de heroísmo.

El espectáculo hermoso de los milicianos que, en el Escambray levantan en alto sus fusiles para sostener la soberanía de la Patria.

De ahí las agresiones económicas, ruines y cobardes, que nos ha hecho el imperialismo yanqui. De ahí las bombas, muchas de las cuales están preparadas en las iglesias donde tienen sus guaridas los curas falangistas. De ahí la invasión que se prepara y que esperamos. ¡Qué esperamos!

Pero Cuba es una escuela de heroísmo. En el Escambray vimos al niño de catorce años con el fusil el hombro. Y también vimos al viejo de más de setenta años. Los dos, allí, limpiando la gusanera Y los dos allí despeando, esperando. ¡Luchando y esperando!

Escuela de heroísmo.

Los milicianos en el Escambray no abandonan el fusil, ni siquiera para coger el plato de comida.

En el Escambray vimos siempre les Jóvenes radiantes de la Patria. Todos alumnos de la Escuela de Heroísmo, con sus fusiles en alto. O bien: metidos en las cuevas más profundas con la alegría firme de juventud que sabe cuál es el camino del honor y de la gloria. No abandonan el fusil ni siquiera para coger el plato de comida. Con el fusil al hombro se alimentan. Y hasta se acuestan con el fusil al hombro o con la subametralladora en la mano. El espectáculo hermoso lo he visto he podido tocarlo, en el Escambray, donde no faltó nunca el miliciano que, también con el fusil al hombro, acompañó a los niños al colegio o al campesino, hermano suyo, a cualquier diligencia fuera de las zonas ardientes y convulsas de aquellas montañas. ¡Y con qué amor el miliciano acompaña al niño a la escuela! ¡Con qué amor el miliciano acompaña al campesino para librarlo de cualquier peligro!

Los milicianos que fueron al Escambray, y los que no fueron; los hombres del Ejército Rebelde que estaban allí dirigiendo las operaciones, y los que allí no se encontraban; esos, y toda la juventud, todos los obreros, todos los campesinos y todo el pueblo de Cuba, están esperando, tranquilos y serenos, a los invasores.

¡Nadie tiene miedo! ¡Cuba no es Guatemala ni es España!

Escuela de heroísmo.

Ni, tampoco, falta el miliciano para acompañar al campesino, hermano suyo, a cualquier diligencia fuera de las zonas ardidas y convulsas del Escambray.

Y los hombres de la revolución están conscientes de la lucha que, en definitiva, tienen que librar. Será dura. Será larga. No importa. La revolución es invencible. Y el imperialismo, que es el capitalismo agonizante, tiene ya cercana —más cercana de lo que piensa Kennedy—su derrota y su hundimiento inevitables. Y el triunfo inevitable de los pueblos oprimidos por él también está cerca. En esta lucha, el pueblo de Cuba no sólo cuenta con sus propias fuerzas, con la fuerza de su unidad cerrada y monolítica; con la fuerza de su entusiasmo y de su decisión inquebrantable, sino también con la solidaridad de los pueblos latinoamericanos, con la solidaridad de los pueblos de África y de Asia y con la solidaridad y con la ayuda generosa del mundo socialista, Cuba es hoy, como dijo Fidel recientemente, la fortaleza de la esperanza de América. El bastión invencible de la justicia y de la revolución. ¡Y ese bastión nada podrá destruirlo! ¡Nada!

 


Redacción Digital

 
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