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Publicado el 19 Abril, 2017 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

NUNCA FUE TAN GLORIOSO PERTENECER AL PUEBLO DE CUBA

Nunca fue tan glorioso pertenecer al pueblo de cuba

Facsímil del editorial referido a la victoria cubana en Playa Girón sobre las tropas mercenarias del imperio, en abril de 1961.

A LAS 4 de la mañana del lunes pasado, corroborando todo lo anunciado y denunciado previamente por el gobierno revolucionario, fuerzas irregulares llegadas del exterior, adiestradas, equipadas y orientados por los guerreristas norteamericanos desembarcaban en !a bahía de Cochinos en zafarrancho de combate y trataban de abrirse paso hacia el interior.

Fue un desembarco anfibio según el patrón clásico de la II Guerra Mundial, lo que indicaba a las claras la dirección técnico especializada de la empresa, sólo concebible en la alta oficialidad aeronaval del país vecino. Actuaron en la operación barcazas de transporte, tropas de completo equipo, paracaidistas y aviones. Todo tenía el sello de una pequeña guerra localizada en un punto del territorio nacional, con evidente ambición de convertirse en cabeza de playa y, eventualmente, ocupar áreas mayores de la Isla.

Desde el comienzo, los precedentes y los mismos hechos definían el perfil del estado agresor. La existencia de bases de preparación para esos asaltos, en Guatemala y en los Estados Unidos, había sido informada por acuciosos reporteros de la misma prensa yanqui, sin que sus organizadores se molestaran en desmentido. La ayuda monetaria y el estímulo dados públicamente por las autoridades norteamericanas de más alta responsabilidad a contrarrevolucionarios de origen cubano que no ocultaban su determinación de combatir a sangre y fuego al régimen de Fidel Castro, desde dentro y desde fuera, Identificaban de antemano a los inductores máximos de la agresión. Esteban señalados desde antes de movilizar a sus mercenarios.

El ataque fue realizado en la forma más inhumana que cabe imaginarse. Los intrusos llegaron bombardeando inicuamente una zona donde no había elementos apreciables de defensa militar: un área que permaneció durante siglos olvidada de la civilización y a la que el gobierno revolucionario elevara en breve tiempo a la categoría de lugar próspero, haciendo entrar a sus habitantes, antes míseros, en una perspectiva de progreso y dignidad humana. Entraron destruyendo cooperativas, Granjas del Pueblo, centros de población inaugurados hacía pocos meses por las autoridades revolucionarias y puestos a la disposición de sus habitantes, dueños ahora de su tierra y de su trabajo. Llegaron, cobardes y abusivos, asesinando y masacrando a campesinos indefensos, a cooperativistas que no podían oponer su fusil, con esperanzas de éxito, a un despliegue semejante de armamento facilitada por un estado poderoso. Aparecieron destruyendo vidas a granel, exterminando familias enteras, suprimiendo con saña diabólica el último resto de vida en hombres, mujeres y niños. Como hicieran hombres de su misma calaña en Guernica, en Lídice, en las ciudades soviéticas. La misma sangre podrida del fascismo revivía en los naziyanquis de hoy, no menos que en sus despreciables chacales criollos, tan sobrantes de armas como carentes de corazón.

Nada mostraba más cabalmente el propósito fundamental que guiaba a la contrarrevolución: Impedir el paso al desarrollo de Cuba, cegar las fuentes de producción y de riqueza, destruir vidas, derechos y conquistas legítimas de un movimiento nacional redentor de los humildes. Despejar a metralla viva un escenario ejemplar, para reinstalar en él a los latifundistas que lo mantuvieron inmemorialmente en la abyección y la miseria. Abrirle a los usureros y explotadores nativos y extranjeros un comino de sangre por el que pudieran regresar cómodamente, cuando ya no hubiera cubanos más que en los cementerios.

Pero equivocaron sus cálculos. Pronto la fuerza tremenda de la revolución golpeó el foco invasor, lo rodeó y copó sin posibilidad alguna de escape. La pandilla de gusanos superarmados, que sólo confiaba en la sorpresa, el campo fácil y el apoyo extranjero, ni siquiera pudo valerse de su crecido número -eran tres o cuatro mil hombres- para hacerse fuertes en las costas de la Ciénaga de Zapata. No les fue posible mantenerse en un suelo que no consiente traidores ni renegados. Aislados e Intimados de rendimiento en breves horas, su fracaso fue una rotunda decepción para sus patronos del norte. Consecuencia de no haber prestado crédito a tiempo o las palabras admonitorias de Fidel Castro. De no haber creído -miserables que son- en el heroísmo del pueblo cubano. De especular sobre la pura fuerza y el puro dólar, descontando el factor moral que mantiene erguidos a hombres y naciones, y a falta del cual ningún otro elemento, puramente material, vale ni vence.

El eco de la agresión fue como esperaban los leales, tanto en América como en el mundo. Pensadores y obreros, jóvenes y viejos, hombres de piel blanca, cobriza, negra, amarilla en los cinco continentes; profesores y estudiantes; legisladores y simples ciudadanos; intelectuales y campesinos protestaron, firmaron declaraciones, se lanzaron a las calles, asediaron los diplomáticos cubanos en las capitales ofreciéndose como voluntarios, gritaron su indignación ante las embajadas del imperialismo, lanzaron hasta la altura de congresos y gobiernos el clamor que dio en breves horas la vuelta al mundo: “jManos fuera de Cuba”. Cientos de ciudades vibraron de ira y acusación contra el núcleo rapaz y criminal de los instigadores, habituados a especular desde Washington y desde Nueva York con la sangre de pueblos enteros; los que financiaron y armaron primero a Hitler para destruirlo y reemplazarlo luego en el campeonato de la iniquidad mundial: los infames magnates del capitalismo yanqui, engordados con el tuétano y el hambre de los pobres de la tierra. La clase obrera, creadora infatigable de toda la riqueza y el esplendor de la civilización industrial, paralizó en pocas horas países enteros, convirtiéndose en protagonistas del propio acontecer cubano.

Todavía no era bastante. A las 24 horas de perpetrada la agresión, el régimen más poderoso del mundo -el que ha humillado a los mercaderes obtusos de Yanquilandia, con un viaje humano de ida y vuelta al espacio cósmico- cumplía sus anteriores promesas con la pequeña isla y anunciaba a los desvergonzados e insolentes gobernantes de Washington que ya había pasado el tiempo en que una potencia militar podía hacer trizas de los derechos humanos, pisotear la soberanía de los países y valerse de su fuerza para repetir lo que hiciera en Nicaragua v en Guatemala. Estaba la Unión Soviética -así resonó con perfecta claridad en todas partes, y particularmente en la misma ciudadela del imperialismo- dispuesta a venir en ayuda del país agredido. Si Cuba no estaba sola entre los pueblos, tampoco lo estaba entre los estados. Había un gobierno -caso excepcional, sin precedentes en la historio- decidido a poner su incalculable poderío al servicio de la justicia, aunque ella residiera en el más pequeño de los países. La decisión final de los asuntos mundiales no estaba más en manos del capitalismo voraz. Un mundo de obreros y campesinos, que había vencido mil etapas de martirio y prueba colectiva, comprendía y sentía la prueba por que pasaba la modesto isla del Caribe y alzaba su brazo gigante, interponiéndose en el camino de la bota yanqui.

Así están las cosas a la hora de cerrar esta edición de BOHEMIA: la invasión doméstica dominada virtualmente; los fabricantes de guerritas cómodas, reflexionando medrosamente en sus butacones de Wall Street y de la Casa Blanca; el mundo de pie, rodeando vigilante y generoso la isla heroica. Y los reptiles en figura humana, nacidos por equivocación en la misma patria que los fundadores, acosados en su provisional madriguera de las playas nativas, puestos a la sombra en las ciudades o entregados a la justicia sumaria de la revolución.

Nunca fue tan glorioso pertenecer al pueblo de Cuba. Jamás quedó consagrada de modo tan rotundo, ante lo faz del mundo, la tierra de José Martí. En ninguna época de la historia fue más grande -ni en la Atenas que venció a los persas, ni en los Países Bajos que se libraron del yugo de Felipe II- el honor y la dignidad de un pueblo tan pequeño. Los descendientes de esta generación cubana mirarán mañana con orgullo y reverencia a sus antepasados, que probaron con sangre ser capaces de enfrentarse, al mayor imperio del siglo XX y merecieron, por su abnegación, por su dignidad, por su coraje sin par, la ayuda del mundo y el respaldo de los que hoy representan un futuro sin explotación y sin miseria. Y que supieron ganárselo como bravos.


Redacción Digital

 
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