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Publicado el 18 Julio, 2017 por Redacción Digital en CubaMemoria
 
 

Logros y Déficit de la Revolución: CHIBÁS

Logros y Déficit de la Revolución: CHIBÁS.

“… no el caudillo de un partido más, sino el líder insobornable de todo un pueblo…”

Por la Dra. VICENTINA ANTUÑA

Fotocopias: YASSET LLERENA

AL recorrer con mirada crítica la historia de Cuba en la última centuria, una convicción se va formando, límpida y netamente, en nuestro espíritu: la de la unidad de la revolución cubana, es decir, la de que hay sólo una genuina revolución cubana.

Hacer la historia prolija y detallada de esa revolución no cabría dentro de los bien comprensibles límites de espacio con que contarnos: pero si es necesario, ante todo, fijar el concepto de unidad enunciado.

En la primera Constitución cubana, la de Guáimaro (1869), se establece que el objetivo de los patriotas que se lanzan a los campos de la revolución es producir “un cambio radical de las Instituciones políticas y sociales de Cuba”. En el Manifiesto de Montecristi, (1995), página fundamental de nuestra historia, se fijan ya nítidamente los ideales que promueven la última gesta emancipadora, con hermosos y dignos conceptos del progreso y la convivencia social que exigen, como premisa indispensable, la absoluta independencia política de Cuba.

Pues bien, si los próceres del 68 y los libertadores del 95 afirman que los postulados que rigen en su momento la comunidad son contradictorios de los que deben servir de guía a la voluntad de esa misma comunidad, podrá decirse que la revolución ha triunfado totalmente sólo en el caso de que estos últimos postulados se hayan impuesto sobre los primeros. Pero todos sabemos que no fué así: todos sabemos que, por factores muy complejos, muchos de aquellos postulados permanecen todavía como ideales colectivos, que nos mueven a la acción por lograrlos y que otros se han realizado sólo parcialmente. De aqui que persistan las esencias revolucionarias que nos llevan a afirmar la unidad de la revolución cubana.

Esta afirmación de unidad, bueno es decirlo, no pretende en modo alguno negar el dinamismo histórico. Por lo contrario, la persistencia de los ideales revolucionarios del pueblo cubano en el decurso del tiempo, no sólo abre un ancho margen a la consideración de las diferentes circunstancias históricas de la realidad de los hechos con que en cada momento se enfrentan aquéllos, sino que permite apreciar su amplitud extraordinaria capaz de enriquecerse y de adquirir un contenido más actual, de acuerdo con las complejas cuestiones que afectan a la sociedad en nuestro tiempo.

De la misma manera, la afirmación hecha conlleva el reconocimiento de la supervivencia hasta nuestros días de las mismas fuerzas  sociales negativas que, desde la colonia, como herencia letal de la servidumbre, han venido frustrando los mejores esfuerzos en pos de una convivencia digna y decorosa y de una nacionalidad justa y progresiva. Esas fuerzas, si bien en la etapa republicana adoptan nuevas modalidades, se conservan fieles a su origen como elementos de regresión, de retroceso, que no sólo han obstaculizado y frenado la consecución de los objetivos revolucionarios, sino que hasta muchas veces han logrado desnaturalizar los movimientos tendientes a lograrlos, produciendo los extravíos, excesos y errores que ojos, poco perspicaces unos y aviesos otros, han querido confundir con nuestra, genuina revolución.

Enrique José Varona, con aquella su luminosidad guiadora, nos ha legado en su análisis penetrante y certero de la realidad cubana la descripción de esos vicios y lastres, heredados de la colonia, en lo político, en lo económico, en lo social, en lo educativo y en lo administrativo, al tiempo que nos advierte de la senda que nos conducirá, superando esos males, a convertirnos en “un pueblo fuerte, numeroso, progresivo y colocado muy alto en la esfera de la cultura humana”.

Más adelante tendremos oportunidad de ver cómo el Partido del Pueblo Cubano recoge en su doctrina y en su programa la voz admonitoria de Varona a fin de limpiar esa “costra terca del coloniaje”, como denominó a esas fuerzas Rubén ‘Martínez Villena, en estos pareados de su “Mensaje lírico ci-vil” de 1923;

“…Hace falta una carga para

                       matar bribones,

      para acabar la obra de las

                            revoluciones;

 para vengar los muertos que

                       padecen ultraje;

para limpiar la costra terca del 

                                    coloniaje”.

Ahora, fijado ya el concepto de la revolución, parece oportuno hacer el recuento de sus logros más señeros, que,  conquistados con dolores y sacrificios sin cuento, son el fundamento de nuestra democracia.

Si la larga, cruenta y abnegada guerra grande, la de 1868, obtuvo, como consecuencia inmediata, una sola pero magna conquista, la liquidación de la esclavitud de una raza; la gesta emancipadora de 1895 logró la independencia y el establecimiento de la república, aunque no nuestra soberanía absoluta, mermada desde un principio por la imposición de la Enmienda Platt. Cuba se había liberado de la garra del león hispano, pero sobre la nueva república se cernir la sombra tenebrosa del águila norteamericana, “tremenda amenaza silenciosa que va paralizando como secreta ponzoña nuestros miembros” (Varona).

Ya saben ustedes las graves consecuencias del ominoso tutelaje impuesto  para el desarrollo económico y político-social de la recién nacida República, lo que unido al oportunismo, la improvisación, el desbordamiento de las pasiones y las pugnas caudillistas, produjo esa nación débil y tarada de nuestras primeras décadas republicanas. La primera generación de cubanos libres, embriagada tal vez por el triunfo de la guerra independentista o “quién sabe si falta de vigor por la lasitud natural que sigue a una lucha ingente, pareció olvidar la grave verdad que encierra esta sentencia de Varona: “Toda revolución política se esteriliza, como no abra el camino a una revolución social”.

Y no es que faltaran, no podían faltar, mentes lúcidas e imbuidas de un sano patriotismo, que advirtieran los peligros y trataran de encauzar los problemas nacionales. Recuérdese a Sanguily; léase a Varona, que es cita obligada cuando de ese periodo se trata. Pero sus voces no lograron hallar una resonancia inmediata, ahogadas por el coro de políticos conformistas y desaprensivos que en aquellos momentos, salvo excepciones, dirigían y agitaban la vida pública.

Logros y Déficit de la Revolución: CHIBÁS.

“… escogió el camino áspero y angustioso de los que luchan contra el imperio de la costumbre…” (Fotos de Archivo).

La década siguiente, la del 23 al 33, es la etapa en que se revitaliza el espíritu revolucionario, por efecto de múltiples factores locales, de la situación internacional y de la influencia de nuevas corrientes del pensamiento político-social. En violento contraste con la anterior etapa, en ésta se adquiere el convencimiento de que la obra de la revolución no se ha terminado; se afina la conciencia nacional con la crítica de las dolorosas realidades que se viven; se desempolva el ideario martiano; se Iee y se comenta el Manifiesto de Montecristi; se busca la guía de Enrique José Varona y se comprende y aplaude, al cabo de años, la postura gallarda y digna de Manuel Sanguily. Conquistas de esta etapa revolucionaria fueron la abolición de la Enmienda Platt (1934), la ley de nacionalización del trabajo y la que ponía coto a la explotación de un monopolio extranjero, el de la Compañía Cubana de Electricidad. Estas leyes, aprobadas durante el gobierno revolucionario de Grau San Martín fueron impulsadas, justo es consignarlo, por Antonio Guiteras y el Directorio Estudiantil Universitario, fieles intérpretes del sentir popular.

También fué un logro de la revolución el reconocimiento de los derechos políticos de la mujer, no otorgados graciosamente como algunos han querido ver, sino conquistados por las luchas feministas, por las indudables pruebas de capacidad de la mujer cubana y por su participación en todo el proceso revolucionario.

Tras el nuevo periodo de sombras que se cierne sobre la nación de 1934 a 1939, se produce la última gran conquista de la revolución: la Constitución de 1940, expresión del progreso y la madurez cívica alcanzados por nuestro pueblo, a la que hoy más que nunca rindo un fervoroso tributo de total acatamiento como consagración de nuestra soberanía democrática.

A través de estos periodos inquietos y turbulentos en que se lucha contra el autoritarismo, mientras se evidencian fuertes pugnas ideológicas y grandes movimientos populares, se va vigorizando el espíritu nacional; se van robusteciendo las fuerzas morales de nuestro pueblo. Se forma así una más fuerte conciencia colectiva del valor de la libertad y la democracia y se adquiere una mayor visión de los destinos patrios, que lleva ínsita la necesidad de luchar contra toda suerte de determinismos geográficos, históricos y sociales. Por eso, no vacilo en afirmar que es la formación de esta conciencia colectiva, el resultado moral más trascendente de la última etapa revolucionaria a que nos hemos referido.

En lo político, una gran mayoría de nuestro pueblo depositó su fe en el Partido Revolucionario Cubano, surgido de la revolución, que pareció encarnar ese estado de conciencia colectivo. Pero ya sabemos cómo, tras alcanzar el poder en ejemplares comicios, ese partido defrauda la fe popular, que habla esperado de él la realización de sus anhelos de adecentamiento político y de bienestar social. El gobierno auténtico, en efecto, no sólo no aborda ninguno de los graves problemas nacionales, sino que se transforma en el más escandaloso ejemplo de los vicios tradicionales de la política cubana, haciendo llegar a su cima el desgobierno, la censura  y el peculado, la improvisación y el nepotismo, el prebendaje y el pandillerismo.

Es entonces cuando un hombre de recio espíritu, de limpios ideales y de fe inquebrantable en los credos revolucionarios, ante “la violación contumaz e invariable de todos los postulados éticos y políticos del antiguo autenticismo, y de los que rindieron la vida en la noble aspiración de contribuir a crear una República inspirada en el ideario generoso y militante del Apóstol” —son sus propias palabras—, abandona la alta posición que en  ese partido ocupaba –era la segunda figura del mismo— y se convierte en el tenaz fiscal de sus antiguos compañeros de lucha. Ese hombre fué Eduardo Chitas.

No era un hombre nuevo en la pedalea. Formado en la lucha revolucionaria, a partir del primer Directorio Estudiantil Universitario, el de 1927, se habla distinguido siempre por su carácter generoso y batallador, por su conducta pública rectilínea puesta al servicio de los intereses populares, a los que sacrificó su patrimonio y su sosiego, así como por sus afanosos desvelos en favor del mantenimiento de la pureza del ideal revolucionario. Convencido Chibás de que el Partido Revolucionario Cubano habla dejado de ser el instrumento adecuado de la revolución, una vez perdidas las esperanzas de una rectificación imposible, decide, con un grupo de dirigentes auténticos rebeldes e igualmente asqueados de la corrupción entronizada en el poder, fundar un nuevo partido político, haciendo una ardorosa apelación a las reservas morales de nuestro pueblo.

Con la creación de ese partido, Eddy Chibás rescata el legado revolucionario y es, a partir de ese momento, no el caudillo de un partido más, sino el líder insobornable de todo un pueblo, el cruzado del movimiento de recuperación cívica más poderoso que ha habido en nuestra historia republicana. Al hablar de su creación, él mismo ha dicho: “El Partido del Pueblo Cubano surge como una esperanza.  No era un producto del acaso, ni la obra caprichosa de un caudillo. El autenticismo entraba en la etapa de su decadencia, de su prostitución política, acentuada después bajo el régimen venal de la cordialidad y de loa “nuevos rumbos”. Loa demás equipos eran manejados también por los dineros del inciso K o de la Renta de la Lotería, meras entelequias de partidos, cuyos  jefes estaban prestos a venderse  en subasta pública al mejor postor… Surge la ortodoxia, pues, de modo natural, “como brota del tallo  la flor, como madura la espiga”.  Era el instrumento que aguardaba  el pueblo cubano para fumigar  el  ámbito político de la nación. Bastó una consigna decisiva para aglutinar a la ciudadanía “Vergüenza contra dinero” movilizó al país en 15 días Y el primero de junio de 1948, el P.P.C. obtenía de las urnas  cerca de cuatrocientos mil sufragios.  Había perdido los comicios, pero ganado de calle, el campo, la – fábrica, la escuela”.

En la sintética ‘Declaración de Principios” que, recién fundado el partido, se dió a la publicidad el – 15 de mayo de1947, se establece  su propósito fundamental en esta  forma: “Rescatar el programa y la  doctrina de la Revolución cubana:- nacionalismo, socialismo y antiimperialismo que dan origen a los postulados básicos de la ortodoxia:- libertad politiza, independencia económica y justicia social. Después de exponer la forma que adopta el nuevo instrumento de la revolución, se propugnan los objetivos inmediatos, que se concretan en: “Luchar sin contemporizaciones contra el  latrocinio el prebendaje, el soborno, el caciquismo y los demás vicios de la politiza tradicional. Frente a la política al uso de los pactos sin ideología, mantendremos con firmeza la ideología sin mixtificaciones de la Revolución ortodoxa”. Es este principio el que ha dictado la línea antipactista y de independencia política que el partido ha mantenido firmemente a través de su historia, como único medio de garantizar la pureza de su postulado de honradez y eficacia administrativa.

Si en relación con los mencionados vicios tradicionales de la política, Eduardo Chibás y con él el Partido Ortodoxo han mantenido un fiero combate porque “hay que talar y destruir primero para desecar el pantano y edificar después sobre una base sana” y porque “el espirito insobornable de la Revolución verdadera es ante todo pulcro y eficiente manejo de la cosa pública, única base inconmovible para más altos y fecundos empeños nacionales”, también hay que reconocer su preocupación por dar un golpe mortal a la imprevisión, la improvisación, la demagogia y todo tipo de mesianismo o providencialismo que, en mayor o menor medida, han caracterizado a nuestros gobiernos. Esa preocupación se manifiesta, de una parte en la estructuración funcional del Partido “en que se integran los núcleos sociales interesados en la liberación nacional: profesionales, campesinos, obreros, juveniles y femeninos” y, por otra parte, en la existencia activa de sus diecisiete comisiones técnicas asesoras, encargadas de estudiar los complejos problemas de la comunidad y proponer soluciones, con vistas al programa de gobierno de la Ortodoxia, que preconiza la necesidad de buscar remedio al desorden económico-social, simultáneamente en los diversos campos que comprende.

Que el movimiento ortodoxo es “la cristalización de un estado de conciencia nacional”, como afirmó su ‘fundador lo confirman la forma en que ha vencido el escepticismo que habla hecho presa en zonas muy apreciables de la ciudadanía y la emoción pública que le mantiene vigoroso en toda la República. Prueba es todo ello de que Eddy Chibás escogió el camino áspero y angustioso de Ices que luchan contra el imperio de la costumbre, de los inconformes con la realidad fea y torpe; pero se vió compensado por la comprensión y la fe de un pueblo que amaba su “lenguaje rebelde de la verdad”, su estilo directo y vibrante, su palabra encendida y acusadora,- porque lo sabía con la autoridad moral que permite llamar a las cosas por su nombre, sin cobardes eufemismos ni cómplices mediastintas. Su lucha denodada por las libertades públicas y por el adecentamiento político del país llegó a través de su hora dominical de la C.M.Q. hasta los más apartados rincones de la nación, conquistando el corazón de los cubanos humildes y laboriosos que ansiaban, como él, un mejor destino para Cuba.

A su constante denuncia de las apostasías, latrocinios y crímenes contestaron muchas veces sus impugnadores con la calumnia aviesa y el dicterio injurioso. Jamás líder alguno sufrió tales campañas de difamación, ni ataques más virulentos. Pero su vida limpia y ejemplar, plena de sacrificios y renunciamientos, lo hacía invulnerable.  De aqui que los insultes sin grandeza, ni elegancia que se le dirigieron,  se volvieron siempre, a los ojos del pueblo, contra sus mendaces  autores.

Se le llamó intransigente y, sin duda, lo fué; sólo que su intransigencia no tuvo “más blanco, como él mismo reconocía, que la corrupción administrativa, el compadrazgo político, el gangsterismo palaciego y callejero y todas las demás lacras que corroen la vida pública nacional”.

También se le llamó loco, porque su generosidad y desprendimiento contras tó con el egoísmo de los políticos al uso que éstos, sin la altura necesaria para comprenderlo, tenían que achacar a enajenación mental lo que era producto de su acendrado patriotismo.

Su último gesto, el de su inmolación, que nos ha dejado sin consuelo, tuvo la virtud, que él había previsto, de abrir para el movimiento de recuperación moral que había creado, todas las conciencias honradas Que no había aún con-quistado. Pero fué también la última lección de un espíritu heroico, que lo sitúa en paridad con Martí en el holocausto de su vida. Esa lección es: la negación del providencialismo, que tanto combatió durante su vida, al mismo tiempo que la reafirmación de su fe en que la revolución ha de ser obra del pueblo cubano, conquista suya; porque cuando la conciencia de un pueblo ha despertado y se siente dueña de su destino, no puede admitir como dádiva lo que sólo a su soberana voluntad pertenece.


Redacción Digital

 
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