Cubanos en días luminosos
Cubanos en días luminosos

Cubanos en días luminosos

Según un compatriota que vivió intensamente aquellas jornadas, “la gente no se quería morir, sabía que andábamos cerca del holocausto nuclear, pero estábamos dispuestos a todo con tal de defender a la patria y a la Revolución”.


El teniente coronel de la reserva Andrés Zaldívar tenía entonces 13 años y cursaba el octavo grado en una Secundaria Básica de su pueblo natal, Banes. “Muchos desafectos se habían ido para Estados Unidos, pero todavía quedaban en la escuela algunos bitonguitos y bitonguitas que fueron abandonando el país en los años siguientes. Entre el alumnado y los profesores, el apoyo a la Revolución era abrumadoramente mayoritario. Cuando Fidel decretó la alarma de combate, casi todos nos movilizamos”, rememora.

“En mi casa estaba el Comité [de Defensa de la Revolución] desde su fundación en septiembre de 1960. Al lado vivía un matrimonio joven, un poco apático a las actividades revolucionarias. Tenían un hijo de meses. Sorpresa la nuestra cuando en los días de la Crisis de octubre los dos salieron de la casa vestidos de milicianos mientras llevaban el cochecito del bebé”.

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Los medios de comunicación fueron, en aquellos días, una poderosa arma de combate de la Revolución.

Cerca de Banes hubo un emplazamiento de misiles. Se suponía que su existencia era secreta. A veces los militares soviéticos tenían que moverse por necesidad. Según testimonios recogidos entre los campesinos de la zona, “los bolos [rusos] nunca cogían por la ciudad, sino por los caminos vecinales. Iban de paisano. Nosotros los saludábamos: ‘Hola, tavarich’. Al principio no contestaban, luego se acostumbraron y nos saludaban con la mano”.  

El colega Eduardo Yasel tuvo una experiencia similar en las cercanías de Santiago de Cuba cuando fungía como corresponsal de la revista Verde Olivo: “Por la antigua carretera de El Cobre, por esa zona hacia el mar como quien coge para Chivirico, había una unidad coheteril. Los soviéticos trataban de no dejarse ver, pero siempre había un guajiro que los veía y los saludaba efusivamente. Sin embargo, cuando uno le preguntaba a la gente de la zona por los soviéticos, nadie decía nada, nadie sabía nada. Era el secreto a voces mejor guardado que he visto”. 

Quien redacta estas líneas recuerda que se convocaba por los medios masivos de comunicación a ser discretos para no brindarle información al enemigo. En un spot televisivo aparecía una caricatura del Tío Sam que, con la voz del popular actor Agustín Campos, preguntaba a un grupo de niños: ¿Dónde estar tu papá?”. Y los pequeños respondían: “En algún lugar de Cuba”.  

Fue el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, quien develó la presencia de tropas y armas estratégicas de la URSS en nuestro país. Cuando aquel decretó el bloqueo naval a Cuba, “Fidel ordenó la alarma de combate y hubo una movilización general de milicianos”, afirma Yasel. “Sin embargo, no se paralizó ninguna fábrica, siguieron funcionando el transporte y los círculos infantiles, incluso las escuelas primarias”.

El autor de este trabajo periodístico –por aquellos días contaba con nueve años de edad– pudo ver cómo a lo largo del Malecón habanero, cerca de su casa, se emplazaron baterías antiaéreas; entre ellas, las famosas cuatro bocas, junto a una de las cuales estaba su primo Eduardito (un adolescente entonces, hoy ya fallecido). “Niño, no puedes pasar, esto es zona militar”, me dijeron cuando quise ver las piezas de artillería más de cerca.

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La mujer cubana, presente en la movilización general.

Ya en plena crisis, se acrecentaron los vuelos espías estadounidenses. “Algunos tomaron eso con humor y hacían chistes”, testimonia el corresponsal de Verde Olivo. “Volaban tan bajito que los artilleros decían: ‘Por poquito el piloto yanqui me lleva la gorra’. Pero otros lo cogían muy a pecho: ‘Coño, hay que tirarle a esos cabrones, tenemos que tumbarlos’. La gente no se quería morir, sabía que andábamos cerca del holocausto nuclear, pero estábamos dispuestos a todo con tal de defender a la patria y a la Revolución”. 

El periodista Víctor Joaquín Ortega era en el otoño de 1962 un dirigente profesional de la Unión de Jóvenes Comunistas: “Me enviaron como instructor político, a nosotros nos gustaba llamarnos comisario, a lo que era entonces Habana Campo y hoy es la provincia de Mayabeque. Atendía a movilizados de barrios humildes y marginales, muchachos que apenas tenían aprobada la primaria. Los campamentos quedaban distantes y los comisarios teníamos que buscarnos el transporte, ya fuera un camión que pasaba, un tractor con carretas. O ir caminando.

“Se adiestraba a los movilizados en las subametralladoras llamadas Pepechá, en su arme y desarme, además de impartirles Educación Política. Cuando se produjo el derribo del avión espía hubo interesantes debates. ‘¿Qué pasará ahora? ¿Habrá guerra?’, decían algunos. Y otros les contestaban: ‘Hay que prepararse, y si hay guerra, que haya guerra’”.

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Fidel fija públicamente las cinco garantías contra la agresión a Cuba.

Como Fidel expresara en un evento sobre aquellos días, celebrado años después, Cuba aceptó la instalación de los misiles, en primera instancia para mejorar el balance estratégico entre el campo socialista y las potencias capitalistas lideradas por Estados Unidos. Igualmente, la presencia de esas armas era un disuasivo a los reales e inminentes planes de agresión armada que proyectaba Washington, como luego se confirmó al conocerse todo el alcance de la tristemente célebre Operación Mangosta.

La decisión del primer ministro soviético, Nikita Jruschov, de retirar unilateralmente los cohetes resultó decepcionante para el pueblo y el Gobierno cubanos, no solo porque nunca se les consultó esa medida, sino porque no se tomaron en cuenta las cinco garantías (los famosos Cinco puntos esgrimidos públicamente por Fidel) que la nación antillana demandaba: un compromiso suscrito por Estados Unidos de no agredir militarmente y de cesar su campaña de subversión, los vuelos espías y el bloqueo económico-financiero contra nuestro país, y la devolución del territorio ilegalmente ocupado por la Base Naval de Guantánamo.

Tampoco en los momentos más críticos de aquellos “días luminosos y tristes”, como los calificara el Che, faltó el humor criollo. Este periodista recuerda, reflejo de la contrariedad del pueblo ante la actitud adoptada por la URSS, a un adolescente que voceaba una publicación de la Unión de Jóvenes Comunistas: “Vaya, el Mella está en la calle, acabaíto de imprimir… Nikita, Nikita, lo que se da, no se quita… Vaya, que ya salió el Mella…”. 

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El pueblo escucha en la calle las orientaciones de su máximo líder. La foto fue captada en San José, casi esquina a Prado, La Habana.

La profesora universitaria Paquita López Civeira cursaba entonces el bachillerato en el Instituto de La Habana (hoy preuniversitario José Martí de La Habana Vieja): “Estábamos acuarteladas en la escuela, un muchacho estudiante de Medicina nos impartió un curso de primeros auxilios, hacíamos guardias y a veces nos daban pequeños pases para ir a nuestras casas”.

El día que Fidel fijó las cinco garantías contra la agresión a Cuba, ante el rumor creciente que se oía afuera, las muchachas salieron a la calle. La gente gritaba: ¡Viva Cuba libre! ¡Viva Fidel! ¡Viva la Revolución! Un anciano vestido a la usanza de 1920, con sombrero de paja, camisa de manga larga blanca y tirantes que le servían de cinturón iba con la multitud. Al pasar junto a las estudiantes se detuvo: “Relinchó el caballo, niñas, relinchó el caballo. Y lo bien que relinchó”.

*El autor es periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico 2021

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Fuentes consultadas Entrevistas realizadas por el autor de este trabajo. El folleto El mundo al borde de la guerra nuclear. Conferencia Tripartita 1992, de Fidel Castro.


CRÉDITO:

Fotos: Autor desconocido

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