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Publicado el 18 Noviembre, 2015 por Liset García Rodríguez en Cultura
 
 

ROLANDO ANICETO

Hombre que vale por dos

Rolando Aniceto RamosPor LISET GARCÍA
Fotos: MARTHA VECINO

Cuando Rolando Aniceto Ramos cierra los ojos, la primera imagen que ve es la calle Obispo. No hay otra que le atraiga más de La Habana Vieja, aunque las ha recorrido todas. Tantos lazos lo atan a esa parte de la ciudad que ha llegado a pensar que tiene dos madres: la suya, de nombre Sara, y La Habana.

Le parece que no hay placer mejor que caminar por sus callejuelas y plazas. Cuando lo hace, la mirada se le pierde entre los balcones, las rejas y la gente que la habita. No importa si nació allí o vino de no se sabe dónde: es parte de ese rebullicio del que no podría prescindir ninguna ciudad.

A este hombre que vale por dos, porque dos son las profesiones a las cuales se ha entregado toda la vida, se le pueden aplicar varios refranes, pero el que le viene como anillo al dedo es “de casta le viene al galgo”.

Familia de manos en pie

El bisabuelo de Rolando, Gabriel José Aniceto, fue el primer quiropedista de La Habana y quizás del país, profesión que ejerció con el título de practicante de la facultad de Medicina y Cirugía. Nacido en Almería, Andalucía, el 18 de marzo de 1851, emigró a La Habana para trabajar en lo que por entonces era conocido como flebotomiano.

La historia familiar recoge que luego de establecerse en la parte más antigua de la ciudad, pudo abrir su consultorio en 1877 en la calle Amargura 99, entre Villegas y Aguacate. Disfrutó de fama no solo por ser el iniciador de un servicio de podología, sino por “los resultados y su numerosa y distinguida clientela que así lo prueban”, según una revista de la época.

Gabriel Aniceto es autor del primer libro sobre medicina de los pies en idioma español, Tratado de las uñas y enfermedades del pie, editado en 1905, todo un acontecimiento entonces, que le concedió prestigio y no pocos elogios por “sus conocimientos técnicos y su habilidad maravillosa” –refirió también aquella publicación–, que siguió mostrando casi hasta su muerte, ocurrida el 19 de julio de 1925.

El bisabuelo tuvo 27 hijos en dos matrimonios y se hizo ciudadano cubano. Cuatro de sus hijos fueron quiropedistas, entre ellos Enrique, abuelo del entrevistado. Su padre –médico de profesión–, también favoreció la influencia que desde niño recibió, y al parecer le contagió el oficio.

Quién sabe si estaba escrito que Rolando Aniceto fuera quiropedista y por eso la madre, al salir del hospital La Dependiente (hoy Clínico Quirúrgico Diez de Octubre) con el recién nacido en brazos, lo llevó a su primer paseo por el consultorio de la familia.

La podología no solo fue sustento para el hogar, sino también tema de conversación cotidiana y la consulta era paso obligado por la cercanía con la casa donde habitaban.

Quizás los Aniceto sean hoy la familia más antigua asentada todavía en La Habana Vieja. En 1898 se trasladó de la calle Amargura a la de Obrapía y hacia 1940 fue a vivir a Someruelos, hoy Aponte. En esa década el abuelo Enrique estableció el consultorio en Villegas 253, donde aún está hoy, y en esa misma calle está su vivienda desde hace unos años.

En homenaje a su bisabuelo, en el I Congreso Internacional de Podología, realizado en marzo de 2007, en el que Rolando presentó un texto sobre la historia de esa profesión en Cuba, varios delegados apoyaron la idea de establecer como Día del Quiropedista, el 18 de marzo, fecha del nacimiento del primer Aniceto, pero tal decisión no ha llegado a concretarse. Vendría bien, además, colocar una tarja que recuerde al transeúnte quién fue ese hombre y lo que hizo para mantener en pie tan importante labor.

Señalizaciones heredadas de sus mayores, acerca de un oficio que él también ejerce.

Señalizaciones usadas por Gabriel, el bisabuelo, y por Enrique, el abuelo, a finales del siglo XIX y en la década de 1940, respectivamente

-¿Quiropedista o podólogo?

-En algunos países se le conoce como podiatra. Es lo mismo, igual que dentista y estomatólogo. En griego quiere decir manos en pie. En varias naciones son doctores, en otros como ahora en Cuba, se titulan de licenciados.
Rolando se graduó en 1962 en la escuela de Medicina de la Universidad de La Habana; recibió un título de quiropedista, profesional no universitario, pues entonces no existía el técnico de nivel medio.

Hace 53 años ejerce esa labor de la que no piensa jubilarse. Tantos años mirando y curando pies le han proporcionado no pocas satisfacciones. Pero lo que más disfruta es el intercambio con las personas que acuden a su consulta. Se habla de todo en el salón de espera, como en las barberías o en las paradas de guaguas. “¡Se oye cada historia!, para enfriar a cualquiera, o para pasar un rato de buen humor”.

Alivio de los pies, consuelo del alma

Rolando Aniceto se divierte mientras anda con pies entre manos. Todavía atiende a pacientes de cuando comenzó hace 53 años; allí se sienten como en familia. Sonríen cada vez que él intenta contarle a algún recién llegado que su paciente más viejo y aún asiduo a su consulta cumplió recientemente 137 años. “Me da pena con su papá porque hasta el otro día estuvo viniendo, pero bebe mucho y ya está muy viejito y no puede caminar tanto”. Con la candidez de chistes similares, y algunos no tan inocentes, este quiropedista, quien parece el hombre más serio del mundo, al tiempo que quita callosidades alivia no solo las plantas de los pies.

Quizás heredara del bisabuelo su sentido del humor. Era quien repetía, según le contó su abuelo Enrique, que “alivio de los pies, consuelo del alma”, frase convertida por Rolando en filosofía de vida. Aunque lamente que la estirpe de los quiropedistas de la familia termine con él, pues sus tres hijos se dedican a otras profesiones –el mayor es periodista, el segundo estomatólogo y el menor estudia Geografía–, le satisface saber que a ninguno le falta simpatía, originalidad, deseos de reírse.

Cuando se reúnen estos cuatro Aniceto, María Victoria, la madre de los dos últimos, prepara pertrechos con antelación, pues sabe que no habrá momento para hacer otra cosa que disfrutar de la alegría y el pintoresquismo criollo que ellos desbordan.

La otra mitad

Rolando Aniceto fue y es un gran lector. Costumbre familiar. Sara, la madre, coleccionaba BOHEMIA y otras revistas, cuyas llegadas al barrio ella velaba. Exigía ser la primera en leerlas. En la casa hay libros por doquier, algunos son ejemplares de ediciones valiosas de la mejor literatura cubana y universal.

De la mano de los libros llegó al periodismo. En 1963 se vinculó a la emisora C.O.C.O., en la red de corresponsales voluntarios, fundada por su director Guido García Inclán, amigo de su padre e integrado a las filas de la ortodoxia, igual que gran parte de la familia Aniceto. En 1971 el ya avezado podólogo matriculó Periodismo en la Universidad de La Habana, pero estudió a intervalos hasta que llegó a graduarse en 1983.

Aunque trabajó formalmente en la radio provincial durante décadas, su mejor escuela fue la Agencia de Información Nacional, a la que lo unen especiales lazos afectivos. Actualmente continúa su quehacer periodístico en Habana Radio y en Radio Progreso, y es parte del equipo del programa televisivo Andar La Habana.

Tanta pasión por escribir, de la que no puede desprenderse, lo llevó por el camino de la investigación sobre La Habana, “una ciudad hecha a mano, sin la que no podría vivir”, comenta. Hace poco, al ser declarada Ciudad Maravilla, sintió que una gran justicia se le hacía a esa urbe, que merece seguir recuperándose para existir siempre.

En los últimos 40 años ha indagado en su historia; escudriña en lo que yace o vive aún detrás de cada piedra, de cada reja, y sobre quienes han habitado allí. “Hasta en los sitios más deteriorados se aprecian bellezas dormidas o por renacer, que resurgen tras la restauración, que avanza poco a poco”.

Sobre esa ciudad y sus tradiciones versó –varios años junto al escritor Eduardo Robreño y luego solo– una peña que tenía por sede el lobby del Hotel Inglaterra. Muchos de sus habituales asistentes durante más de 11 años lamentan que aquel encuentro mensual haya desaparecido del mapa cultural.

Ahora, a su animador se le puede escuchar en encuentros que coordina la Uneac, como parte del proyecto cultural Raíces, en los que no faltan “descubrimientos” de protagonistas de la historia y otros detalles citadinos poco conocidos.

A Rolando Aniceto se deben varios textos que recogen remembranzas de personajes y sitios habaneros, entre otros: Asturianos en Cuba, El Capitolio de La Habana, Maricarmen y Bigote Gato, y Los primeros de La Habana, acuciosa indagación sobre los primeros vecinos, los primeros hombres que ejercieron los importantes oficios de sastre, carpintero, barbero, médico… y acerca de la primera fortaleza, el primer teatro, la primera universidad, el primer acueducto, el primer ferrocarril…

Importantes reconocimientos ha merecido por su entrega a la investigación de las raíces históricas y la labor de promoción cultural. Menciona, en primer lugar, La Gitana Tropical, distinción de la dirección provincial de Cultura; el premio Miguel de Cervantes y Saavedra, otorgado por la Federación de Sociedades Españolas, y el Melchor de Jovellanos, de la Federación de Asociaciones Asturianas de Cuba.

En el diálogo con este hombre saltaron una y otra vez los rostros y las imágenes de todo lo que debe salvarse de la urbe capitalina. “En primer lugar el Capitolio. Sus piedras, sus bronces, sus entablados son resumen de cubanía, y está inspirado en el de la antigua Roma, y no en el de Washington, como piensan algunos”.

También habló de lo que empaña la belleza de La Habana, “de las malas palabras de arena y cemento que dañan sus valores arquitectónicos, de las calles rotas, de la indolencia que se aprecia entre quienes permiten el desorden, el irrespeto, la indisciplina… y de los que intentan negar la historia.

“Soy tan feliz curando un pie como escribiendo de mi ciudad. Parece que soy mitad podólogo y mitad periodista. Quiroperiodista me han bautizado ya, y la verdad es que no sabría definir cuál profesión me gusta más.

“A mis 71 años no puedo hacer otra cosa que seguir lo que me viene por tradición familiar, y amar La Habana, mi mejor manera de sentir la cubanía. Honrar su memoria y a sus héroes, porque ¿qué seríamos sin ellos –dos de mis hijos se nombran Carlos Manuel y José Julián en honor a aquellos grandes–, y sin historia? Seríamos polvo, como dijo el poeta, y ni siquiera polvo enamorado”.


Todas las grandes ciudades tienen su grupo de consagrados, que llegan a convertirse en verdaderas figuras populares. Por ejemplo: al hablar de cuentos se piensa en Lanura; […] de aviadores, en Rosillo; de polemistas, en Juan Gualberto; de pintores, en Romañach y de quiropedistas en Gabriel Aniceto.
Es realmente un mago del pie. […] En esta época de incesante movimiento […], cuando parece que las gentes no tienen tiempo para llegar y a todas partes se dirigen con una velocidad de mil demonios […], tropezando con todo lo que encuentran a su paso, los servicios de un profesor hábil y competente para curar las enfermedades de los pies, son verdaderamente inapreciables. […] El señor Gabriel Aniceto es, acaso, el primer pedicuro de La Habana. […] El título universitario del señor Aniceto data de 1888 y ejerce la profesión de pedicuro desde 1876. Ha descubierto muchos y variados procedimientos para curar las enfermedades de ese órgano tan delicado […]. La clínica del señor Gabriel Aniceto está montada a la moderna, con un arsenal quirúrgico de primera clase. […].
En esta plana aparecen dos vistas de la clínica: los departamentos de señoras y caballeros. En la parte superior El Dr. Aniceto y debajo sus hijos Santiago y Gabriel, dignos colaboradores de su padre. (Tomado de un recorte de la revista Gráfico –noviembre de 1914–, que el entrevistado conserva en su archivo personal.)


 

Rolando Aniceto receta
“El pie es la base del cuerpo humano, de ahí su gran importancia. Si se inmoviliza una mano, queda la otra. Pero si un pie se inhabilita probablemente el cuerpo se detenga. Por eso deben cuidarse muy bien, en especial, las personas diabéticas. El cuidado se basa en una higiene adecuada, buen corte de uñas, que debe hacerse según la forma del dedo, lo que se llama corte anatómico de la uña. Otra recomendación es la utilización de calzado apropiado y no cortarse callosidades, por eso recomiendo que solo se haga con los podólogos del sistema de salud. Son frecuentes las verrugas plantares (sobre todo en niños y adolescentes), los hongos interdigitales, las uñas encarnadas, males que si no se tratan adecuadamente pueden ser causa de problemas mayores”.


 


Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez