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Publicado el 19 Enero, 2016 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

AQUÍ, LA TV: La complacencia de ver

Para contrarrestar la influencia de la industria hegemónica del entretenimiento, a las instituciones culturales de difusión masiva, en Cuba, les corresponde privilegiar proyectos que beneficien la apreciación de códigos novedosos, el establecimiento de valores universales y de jerarquías estéticas

sahilysEn el siglo XXI la televisión le habla a un espectador formado en otras experiencias mediáticas (informática, celulares, tablets, internet, redes sociales, videojuegos), a quien los adelantos tecnológicos le permiten llevarse al hogar productos comunicativos de todo tipo; algunos son portadores de una extremada violencia, de efectos especiales o historias ligeras, las cuales aseguran el consumo fácil.

Para contrarrestar la influencia de la industria hegemónica del entretenimiento, a las instituciones culturales de difusión masiva, en Cuba, les corresponde privilegiar proyectos que beneficien la apreciación de códigos novedosos, el establecimiento de valores universales y de jerarquías estéticas. Al medio televisual, el más popular, se le exigen narrativas actualizadas, capaces de despertar el interés del destinatario mediante la construcción de saberes, el desarrollo del intelecto y la educación del gusto estético.

Estos propósitos demandan, además de buenas intenciones y deseos de transformar las condiciones y expectativas en el nuevo escenario mediático, el fomento de una estrategia de comunicación liderada por el pensamiento descolonizador, la interactividad expresiva y el sentido crítico.

Lo que no se visibiliza no existe. Es preciso aprovechar las formas comunicativas de nuestra televisión, este medio es múltiple y diverso en intereses creadores, intencionalidades, funciones, servicios; a la vez es multilateral en su alcance, pues tiene la responsabilidad de crecer como expresión de artisticidad, que influye en el disfrute de los públicos.

Entre los aciertos de la programación concebida para el inicio de 2016 descuella la puesta en pantalla, en directo, del acto y la gala de apertura del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, sede del Ballet Nacional de Cuba, en la que se asumió el desafío de ubicar cámaras en un espacio no habilitado para este fin y adaptarse a la iluminación preconcebida en el montaje escénico. Captar desplazamientos, ejecuciones, momentos irrepetibles de ballets clásicos, exigió maestría y sensibilidad del equipo de realización.

La zaga Ip Man. Hong Kong, transmitida por Cubavisión, en las tardes de fin de año reveló el significado de las artes marciales chinas, su espíritu y eticidad, en las acciones del maestro Ip Man, que simbolizan el bien, la justicia, la valentía.

Cada cultura, incluso la globalizada, se construye en torno a sus goces y experiencias de sentido. Así lo demuestran las series en pantalla Los negociadores, La cúpula y Sala de urgencias (Multivisión, de lunes a viernes). En capítulos y escenas los creadores acuden a la estética de la repetición, lo previsible en la narración, cierran las emisiones con felicidades efímeras, suspensos placenteros, plantean controversias morales y siempre el relato queda abierto para otra temporada. Con estos ingredientes, atrapan e incitan a otros encuentros, pues son repetitivos, sentimentales, relajantes.

En diferentes épocas los pensadores y filósofos han alertado sobre la banalización, la cual amenaza con tragarse el mundo y, de paso, ganarle la batalla a la inteligencia. Conduce a este fenómeno el hecho de que el espectador sea cada vez más simple y necesite una nutrición más obvia, masticada, rinda culto a la vida disipada, lo vulgar y al hedonismo. Desde el siglo XIX, el escritor ruso Antón Chejov llamó a la banalidad lo más terrible, insultante y deprimente. Sus personajes y acciones son, por lo general, banales; cuando intentan rebelarse contra la mediocridad, se abocan en situaciones destructoras, pues lo banal desemboca en lo trágico.

Toda situación humana o actitud tiene un marco de expresión convencional en los géneros dramáticos, de los cuales se nutre la ficción televisual, que desempolva hallazgos en senderos transitados por la literatura, el teatro y el cine.

La complacencia de “ver” –no solo “mirar”–, pondrá en guardia el ojo atento. Durante el proceso en el que el espectador dialoga con la obra, aprecia, toma conciencia de sus valores éticos, estéticos, formativos.

La industria cultural tiene en el audiovisual uno de sus más poderosos instrumentos financieros de la mundialización y aunque las personas crean esquivar las “seducciones” de lo banal, no lo logran, de alguna manera siguen nadando en sus aguas. De ahí la importancia de compartir la complacencia de “ver” con lo intelectivo y lo racional sin renunciar a las emociones, al entretenimiento útil, disfrutable.


Sahily Tabares

 
Sahily Tabares