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Publicado el 11 Febrero, 2016 por Tania Chappi en Cultura
 
 

REINALDO ECHEMENDÍA ESTRADA: “Quiero devolver lo que me han dado”

Con una personalidad fuerte, singular, ha llevado las danzas populares y folclóricas cubanas a múltiples escenarios del mundo

Por TANIA CHAPPI
Fotos: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA

Lo más importante es la agrupación, no el individuo; la estrella es la compañía

No importa que sea un ensayo. Músicos y bailarines prodigan entusiasmo y virtuosismo. A una voz del conductor, los hombres se desplazan, saltan; las faldas de las muchachas ondulan, multicolores, siguiendo el poderoso giro de las caderas. Pronto será el estreno y el director del Ballet Folklórico de Camagüey nada dejará al azar.

Así ha ocurrido durante años, en los cuales a la par ha laborado como profesor del Instituto Superior de Arte, hecho una Maestría en Cultura Latinoamericana y ocupado en su provincia la vicepresidencia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Fue nombrado Hijo Ilustre de Camagüey. Recibió en 2008 la Distinción Por la Cultura Nacional, que otorga el Ministerio de Cultura. Hace unos meses obtuvo el Lorna Burdsall, conferido por la Sección de Artes Escénicas de la Uneac, para reconocer su “extraordinaria contribución a la cultura popular tradicional”.

Ante su compañía, trasluce ímpetu y profesionalidad. Se acerca a uno de los primeros bailarines, corrige su postura. Indica repetir un segmento de la obra. Resuenan los tambores, el tablado; llega por fin la anhelada sincronía. Solo entonces Reinaldo Echemendía baja al lunetario y queda a disposición de BOHEMIA.

-¿Cómo es que usted estudia clarinete y luego de graduado en esa especialidad se inclina hacia la danza?

-Hace 24 años tenía una carrera bien hecha en la música de concierto. Pero yo nací en el barrio folclórico más importante de la ciudad, el del Cristo. Allí vivía el maestro Jorge Luis Betancourt, director de la Sinfónica; también uno de los congueros y el conjunto de sones más relevantes de Camagüey y numerosos músicos que tocaban en la Banda Militar o en diversas orquestas; además, poetas, santeros, paleros, espiritistas. De todo eso me rodeé, en el Callejón de Mata, y quedó impregnado en mí.

“Me decidí por el clarinete porque mi padre integraba la Banda de Música de Camagüey. Sin embargo, me sentí atraído por la danza folclórica cuando estudié en la Escuela de Arte y luego en el Instituto Superior. Más tarde hice un proyecto de investigación sobre la cultura popular tradicional y el folclor, y creé agrupaciones experimentales. Un día de 1991 me llamaron de la Dirección de Cultura, la profesora Dalia Aguilar, y fundamos el Ballet Folklórico de Camagüey. En ese momento yo era clarinetista solista en la Sinfónica de la provincia; es decir, cambié completamente”.

-¿Además de músico y coreógrafo ha sido bailarín?

-Soy un bailador de tambores; o sea, tengo el santo hecho y conozco desde la cuna todas estas cosas. Lo aprendí empíricamente; no obstante, sé cómo usar en función del espectáculo las capacidades de un artista con formación académica. Y exijo bailar bien.

-¿Otros fundadores del Ballet Folklórico de Camagüey?

-Wilmer Ferrán, actualmente director de Rumbatá; junto con él entraron y aún están conmigo, Rosario Jiménez y Elsa Avilés, quienes son unas excelentes bailarinas y profesoras de danza folclórica. Elsa ha trazado la línea técnica de la compañía.

-¿En aquel momento cuál era su propósito?

“Pese a las limitaciones materiales hacemos arte de alto nivel, lo que falta en lo material lo ponemos en lo espiritual”, asevera el entrevistado.

-No teníamos la dimensión exacta de lo que significaba crear una agrupación de este tipo. Yo sí sabía el significado de hacer arte, había estudiado con importantes maestros de música, como Roberto Chorens Dotre, Elvira García y Aida Texeiro; Jorge Luis Betancourt, quien me enseñó a dirigir orquestas y con su ejemplo a ser un promotor cultural; Alfonso Morán, mi primer profesor de clarinete y de Humanidades, iba a su casa y en una sola clase recibía una formación impresionante. Ya en La Habana me formé con excelentes instrumentistas: Alberto Rodríguez, Roberto Serrano, Jesús Rencurrell. Aprendí mucho de dirección artística con Raúl Camayd, cuando yo tocaba en la Sinfónica e iba a hacer temporadas de zarzuela y opereta con el Lírico de Holguín, me quedaba viéndolo en los ensayos.

“Tengo que agradecerles mucho a la vida y a la Revolución la oportunidad de conocer a esas grandes figuras, sin costarme nada me lo enseñaron todo. En eso soy una persona con mucha suerte. Martí dijo: ‘Hombres recogerá quien siembre escuelas’; y es lo que he hecho, para poder devolver lo que me han dado.

“Mi bagaje cultural, intelectual, artístico, se lo entregué a la compañía desde el primer momento. Sabía que debíamos hacer folclor, pero desde posiciones diferentes; no era traspolar el barrio o la marginalidad al escenario, sino transformar aquello en un arte del cual el propio barrio se sintiera orgulloso; y presentarlo en todos los sitios posibles de Cuba y el mundo”.

-¿De qué manera garantizan el vínculo entre tradición y recreación artística?

-Poseemos un código, un lineamiento que utilizamos a la hora de elaborar nuestros trabajos: la espontaneidad organizada. Consiste en añadir técnica, soportes escénicos y disciplina artística al conocimiento espontáneo; otorgarle matices, afinación, limpieza de movimientos, entrenamiento. La población ha agradecido y asumido el resultado, lo cual es garantía de un proceso continuo y perdurable de vitalidad, de energía, de elementos que se modifican, pero vuelven al sitio donde nacieron, para que allí se apropien de ellos.

-¿Quiénes integran la compañía y cuál es su formación?

-En este momento hay una plantilla de 20 músicos y 22 bailarines, la mitad mujeres; pero en total somos 50 integrantes. Un alto porcentaje tiene formación académica, el otro, por lo general, viene directo del barrio. Así ocurren el intercambio y la integración: los graduados en escuelas de arte se nutren con elementos indispensables de la cultura popular directa, y quienes vienen de la comunidad aprenden a desempeñarse en la escena. Hemos buscado estar en el centro de ambos lenguajes. Con eso he podido instaurar una academia en el Folklórico, un sistema de enseñanza propio, independientemente de la formación recibida con anterioridad por los artistas. Incluye clases de ballet y de folclor. Cuando estamos preparando un estreno nos dan las cinco de la tarde. Esta compañía trabaja con una energía impresionante.

-¿Qué géneros cultivan?

-Las expresiones músico-danzarias de origen africano, como las danzas arará y abakuá, de santería, del palo monte; todos los bailes populares cubanos (el complejo de la rumba, el del son, el chachachá, mambo, pilón, mozambique, dengue) y los de salón más significativos (contradanza, danza, danzón, habanera); los bailes campesinos de nuestra región, por ejemplo, las tres variantes de zapateo existentes en Camagüey y otras danzas típicas de la gran llanura que iba de Jatibonico hasta cerca de Las Tunas: el zumbantorio, el gavilán, el papalote.

“Nuestra Suite de bailes cubanos hace un recorrido desde la contradanza hasta la chancleta y trata de seguir fielmente la partitura y los movimientos tradicionales; Kímbara es un compendio de esos bailes, pero llevados a un proceso de elaboración diferente, muestra lo cultivado por el Folklórico de Camagüey: su formación, su técnica y su música de alto nivel profesional, es una explosión de alegría, color, cubanía, rigor, virtuosismo y valores culturales; Kimbámbula recrea cómo funcionaba el cabildo congo de Santa Bárbara, uno de los más importantes de esta ciudad.

“Igualmente integran el repertorio Con el que sabe no se juega y María Antonia, es decir, una versión danzaria concebida por nosotros y estrenada en 2004; también creamos Solar son, Omó Changó, Odduá, San Juan de mi barrio, De Pascuas a San Juan, Así es mi tierra, Ancestros, Bembé, entre otras. Sueño abakuá es una pieza hecha realidad por mis muchachos gracias a una ardua labor, pues todos investigamos y buscamos las variantes posibles para elaborar un espectáculo atractivo y romper moldes seguidos por otras compañías”.

-Cuéntenos sobre las complejidades de poner en escena obras de este tipo.

Durante la inauguración del Festival Olorum 2013, evento que Reinaldo Echemendía, como director del Ballet Folklórico de Camagüey, organiza anualmente en esa ciudad. (Foto: Archivo de BOHEMIA. Autor no identificado).

-En muchas ocasiones se piensa que el folclor es un arte menor. Pero nosotros tenemos clara la diferencia entre los bailadores populares y los artistas sobre el escenario. El comportamiento escénico posee códigos y es ineludible tomarlos en cuenta. El proceso de creación es difícil porque a cada expresión o género folclórico corresponde una técnica, una manera de decir, posturas y movimientos propios, los cuales demandan un entrenamiento particular. Y si se trata de sistemas como las danzas yorubas, después de aprender la técnica general (posturas, proyección) el artista debe dominar cómo bailar específicamente para Eleguá, Ochún, Ochosi… Tiene que ser capaz de, a la vez, danzar, cantar y hacer teatro mediante la pantomima o el desempeño verbal; necesita de una integralidad poco común.

-A lo largo de estas décadas seguramente ha habido muchas satisfacciones y sinsabores.

-Las alegrías son cada creación, cada joven que vemos transformarse día a día en un artista, en una primera figura; también representar a nuestro país, a la provincia. Saber que la agrupación ha alcanzado el éxito en Camagüey –una localidad con un valor altísimo en la cultura, donde hay una compañía de ballet clásico con un público creado– y es tomada como referente nacional del arte folclórico, nos da una felicidad enorme. Eso me renueva y me permite decir que no me equivoqué al salir de una carrera terminada para iniciar otra.

“En Cuba participamos en festivales muy importantes de música, teatro y danza. En el extranjero nos hemos presentado en América, el Caribe, varios países de Europa (Francia, España, Italia, Portugal) y de África. En la enorme plaza del Zócalo, durante el Festival de las Artes del Centro Histórico de la ciudad de México, había tantas personas que le pregunté al productor: ‘¿Detrás de nosotros quién va actuar?’ Y me respondió: ‘Ese público es para ustedes’. Cuando terminamos la actuación nos cargaron, como se hace con los toreros. Significó una experiencia imborrable. De igual modo, ver en la Opera House, de El Cairo y de Alejandría, al cuerpo diplomático acreditado ponerse de pie para aplaudir a Cuba fue una de las cosas más emocionantes que yo pueda ver.

“Los sinsabores son duros. En ocasiones estos éxitos han significado lágrimas, por falta de reconocimiento. Seguimos esperando con humildad que en nuestra provincia se acuerden de que existe una compañía nombrada Ballet Folklórico de Camagüey y nos presten un poco más de atención. Agrupaciones de menos trayectoria y resultados han contado con más ayuda.

]La sede del grupo es un cine deteriorado que no podemos reconstruir. En dos oportunidades nos han prometido locales, prácticamente nos han entregado las llaves, y han virado para atrás la decisión. Hemos padecido limitaciones materiales, como todos en el país, y nos hemos impuesto a ellas, pero sabemos que podíamos haber recibido un poquito más de recursos.

“Nunca nos hemos detenido ante las actitudes adversas, nuestra postura ha consistido en hacer lo que nos toca. No solo en los escenarios importantes, igual actuamos en parques, calles de tierra, escuelas, en los municipios, dondequiera que se necesita; y tenemos una impronta sociocultural, el barrio va al teatro a vernos. Eso nos motiva a avanzar. Seguimos haciendo arte para los humildes, con todo el nivel que pudieran demandar las élites del mundo”.


Tania Chappi

 
Tania Chappi